Giacomo Antonelli, cardenal secretario de Estado bajo Pío IX y principal consejero político del papa, nació en Sonnino, a 102 kilómetros al sudeste de Roma, en los entonces Estados papales, el 2 de abril de 1806 y murió en Roma el 6 de noviembre de 1876.
Giacomo AntonelliDescendiente de una antigua familia de la Romana, que en sus alternativas de esplendor y decadencia había dado a Italia jurisconsultos, historiadores y ladrones de caminos, podría decirse que estaba destinado por su origen a cumplir en la historia un destino bueno o malo, pero do alta importancia. Su historia ofrece un ejemplo entre mil, del hombre que nacido en modesta cuna, llega por su propio esfuerzo a las más elevadas posiciones. Hijo de un recaudador municipal, que antes había sido vaquero, o de un leñador, según otros, que se había enriquecido por el trabajo y el comercio, Antonelli hizo su primera educación la recibió en el seminario romano, estudiando luego derecho en la Sapienza. De robusta complexión y arrogante estatura, el brillo de sus ojos denunciaba una inteligencia viva, a la vez que su frente despejada, su nariz aguileña, sus largos dientes y pesada mandíbula, sus espesos labios y su tez morena, si recordaban al hombre de las montañas, le daban también una fisonomía particular que le distinguía del vulgo. Tras desempeñar varios cargos menores en el gobierno papal, fue designado delegado o gobernador sucesivamente de Orvieto, Viterbo y Macerata. Mostró tal vigor y juicio en el estallido de la revolución de 1831, que Gregorio XVI le procuró un lugar en el Ministerio del Interior, trasladándole en 1845 a la posición de tesorero de la Camera Apostolica o ministro de finanzas. En su nombramiento en 1840 como canónigo de San Pedro recibió las órdenes de diácono, aunque nunca llegó a sacerdote. Pío IX le hizo cardenal en 1847 y en la organización del consejo municipal, en el otoño de ese año, le nombró presidente. Unos meses más tarde, al establecerse un ministerio sobre bases modernas, fue puesto de nuevo a la cabeza, pero pronto dimitió del cargo, siendo prefecto de los palacios pontificios, cargo que le serviría para organizar la huída a Gaeta. De allí, como secretario de Estado, dirigió las negociaciones que permitieron el regreso del papa el 12 de abril de 1850, permaneciendo desde esa fecha hasta su muerte en la dirección de los asuntos públicos bajo Pío IX.
Al ser el mayor soporte de la política conservadora, Antonelli era considerado la encarnación del mal por los liberales. Sin embargo, sus oponentes admitían que era un hombre de genio en diplomacia y de incansable constancia en la defensa de sus principios. En sus relaciones con España, permitió a los gobiernos enajenar los bienes del clero, a cambio de una indemnización en renta del Estado, y trabajó por el restablecimiento de la monarquía, lo que explica que Alfonso XII le enviara el Toisón de Oro (agosto de 1875). Su vida privada ha sido duramente atacada, siendo verdad que fue más un estadista que un clérigo. Sea cual fuere el juicio de su carácter, fue uno de los hombres fuertes del siglo XIX, estando su nombre unido indisolublemente al pontificado al que sirvió tan fielmente.