Aretas,
arzobispo de
Cesarea, nació en Patras hacia el año 860. A la luz de ciertas investigaciones y descubrimientos aparece como un vigoroso gobernante eclesiástico en el imperio bizantino, además de un poderoso promotor del saber, defendiendo y promocionando las tradiciones de la escuela de
Focio. El periodo que cubre su vida fue uno de los más interesantes en erudición y en la recolección de los tesoros supervivientes de la antigüedad. Llegó a ser arzobispo de Cesarea bajo el emperador León VI († 912), siendo el segundo en rango tras el
patriarca de
Constantinopla. Tuvo que vivir hasta avanzada edad, pues existe una carta manuscrita suya al emperador Romano († 944). En su capacidad episcopal fue defensor de la
ortodoxia, según la entendía Focio. Despreciaba a los
nestorianos y a los 'insanos'
eutiquianos, a quienes clasificaba con los
maniqueos. Rechazó la doctrina de
Taciano del Logos, igualándola con la de los
arrianos. La tendencia a la veneración de
reliquias y de la
Virgen María aparece en todas sus obras. Sus acciones muestran un temperamento apasionado, con una inmutabilidad inquebrantable una vez que se había posicionado. León V entró en conflicto con la ley canónica por su decisión de casarse por cuarta vez, probablemente inducido por el deseo de un heredero varón. El relato de este conflicto (904-907) muestra un notorio retrato de la política bizantina, condicionada por las relaciones mutuas de la
Iglesia y el Estado. Mientras los sarracenos amenazaban la frontera del imperio, León trabajaba diligentemente para ganar el consentimiento del patriarca Nicolás para su cuarto
matrimonio, pero éste tenía reservas al respecto y apeló a la desaprobación de Aretas en apoyo de su acción, al rechazar admitir al emperador a la Iglesia. Cuando el patriarca mostró una actitud más conciliadora, Aretas rehusó seguirle, siendo desterrado tras la caída de Nicolás. Ganó al sucesor de éste, Eutimio, a su modo de pensar, obteniendo su ayuda cuando Nicolás fue restaurado tras la
muerte de León. Eutimio, tras una reconciliación externa con su competidor, se retiró a una vida de
ascetismo, muriendo en el año 917. El odio de sus enemigos le persiguió incluso hasta la tumba; pero tres años más tarde Aretas pudo demostrar su persistencia al trasladar reverentemente sus restos. Esos datos están reflejados en varias cartas y escritos ocasionales recogidos en el códice 315 de Moscú (denominado 302 por Matthæi). Allí se muestra que él tuvo una posición de gran influencia en relación no sólo a los emperadores, sino a todos los principales dirigentes políticos, militares y eclesiásticos.
Que su vida estuvo llena de controversias se aprecia por la cantidad de escritos polémicos, algunos para su propia vindicación de acusaciones personales, pero muchos otros contra los iconoclastas, monofisitas armenios, judíos, o los 'charlatanes' Luciano y Juliano. Especialmente notorio es el dirigido en contra de su antiguo alumno Nicetas de Paflagonia. Pero su interés no era solamente eclesiástico, tal como se muestra por un número de bellos manuscritos que había preparado para su biblioteca y que él mismo completó con introducciones, notas y apéndices. Los más valiosos contienen obras de Euclides, Arístides, Platón, o los "charlatanes" Luciano y Marco Aurelio, además de colecciones de apologistas cristianos hasta Eusebio, que en muchos casos suplen el texto primario. Las notas varían en valor, pero muestran un gran conocimiento de la literatura griega y alejandrina, conteniendo muchos datos de importancia histórica y lexicográfica. La principal obra de su propia composición es un comentario sobre el Apocalipsis, escrito probablemente después del año 913 y basado en un comentario anterior de Andrés de Cesarea. No se trata de una compilación, pues contiene una gran cantidad de observaciones nuevas y citas de otras fuentes, incrementando más del doble la extensión del comentario de Andrés. La posición exegética es la misma; Aretas da por sentado que el Apocalipsis contiene revelaciones del mundo ulterior y halla en cada palabra prominente la posibilidad de referencias multiformes a la historia pasada y futura, aunque manteniendo firmemente que esas interpretaciones deben justificarse por el resto de la Escritura y por el pensamiento cristiano puro. El texto de su comentario está en Migne, Patrologiae cursus completus, cvi. 487-786, y en Cramer, Catena Græcorum patrum in Novum Testamentum, viii (Oxford, 1844), páginas 176-582.