Historia

ARRIO (c. 250-336)

Arrio, presbítero, nacido en Libia hacia el año 250 y muerto en Constantinopla en 336, ejerció en Alejandría dando lugar con sus enseñanzas a una doctrina teológica llamada según su nombre, arrianismo, en la cual se afirmaba la naturaleza finita y creada de Cristo, que fue denunciada inmediatamente como herejía.

Arrio derrotado en el concilio de Nicea, presidido
por Constantino. Fresco de un maestro búlgaro
en el monasterio de Batschkowo, siglo XII
Es difícil formarse una idea cabal de este personaje, que tanto lugar ocupa en la historia del cristianismo, pues los datos que acerca de su vida y hechos conocemos están inspirados en sentimientos apasionados, consecuencia natural de la lucha entablada entre ortodoxos y heterodoxos. Por una carta que escribió a Eusebio de Nicomedia se sabe que fue discipulo de Luciano, quien, según algunos autores, sostuvo las doctrinas de Pablo de Samosata y según otros no fue más que un hombre dotado de carácter conciliador, pero siempre dentro de la ortodoxia, como prueba el hecho de haber sido canonizado, celebrando la Iglesia católica su fiesta el 7 de enero. Arrio fue ordenado diácono por Pedro, obispo de Alejandría, el mismo que más tarde lo expulsó de la Iglesia por censurar el rigor con que se perseguía a los partidarios de Melecio, obispo de Licópolis, que originó un cisma en Egipto. Aquila, patriarca de Constantinopla, ordenó presbítero a Arrio a una edad avanzada y le confió la iglesia de Baukalis, desde la que pronto por su talento y erudición se elevó a las más altas dignidades. Al morir Aquila abrigó las esperanza de sucederle, pero fue elegido en su lugar un sacerdote llamado Alejandro. Como ha sucedido en muchos otros casos de herejías que registra la historia, los escritores ortodoxos atribuyen el origen del cisma de Arrio a la envidia y al despecho de éste, al verse postergado. Arrio tachó a Alejandro de ser partidario de las doctrinas de Sabelio, condenadas por un concilio de Alejandria (261); el patriarca convocó al clero a una asamblea en la que expuso su doctrina perfectamente ortodoxa, que fue combatida por Arrio quien sostenía que el Verbo había sido creado, hasta que Alejandro, para poner término a aquellas controversias, convocó un concilio en Alejandría al que asistieron cien obispos, que en su gran mayoría condenaron las doctrinas de Arrio y lo excomulgaron junto con sus partidarios. Apoyado por los obispos Eusebio de Nicomedia, Teognis de Nicea y Mario de Calcedonia, por parte del clero, y por el mismo emperador Constantino, que a toda costa quería acabar con la división de la Iglesia, después del destierro de Atanasio, el heresiarca fue llamado a Constantinopla (335) donde debía tener lugar su solemne rehabilitación y reingreso en la Iglesia con todos los honores y prebendas de que había sido despojado. El anciano prelado Alejandro, que gobernaba aquella iglesia, se negó a reconciliar a Arrio, por más que los obispos arrianos lo amenazaran con destituirlo. Todo estaba preparado para la ceremonia, cuando la víspera, a la puesta del sol, Arrio se sintió atacado repentinamente de una indisposición que le causó la muerte a los pocos momentos (336), estando conformes todos los historiadores en que, entre horribles convulsiones, echó por la boca varias vísceras.

Los ortodoxos pretendieron explicar aquella muerte repentina como un castigo de Dios y los arrianos la atribuyeron a un veneno suministrado por sus enemigos. Al siguiente día Alejandro dio gracias a Dios por la muerte del heresiarca y Epifanio la comparó a la de Judas. Epifanio dijo de Arrio que poseía todas las cualidades de una serpiente venenosa y que su exterior seducía a las gentes sencillas y crédulas. Todos los escritores de su tiempo, sin excepción alguna, están conformes en que Arrio era hombre de gran cultura y poderosa inteligencia, muy instruido en exégesis, conocedor profundo de la filosofía de Platón y dialéctico sutil y elocuente. Su elevada y majestuosa figura, realzada por un porte austero, y el ascetismo de su rostro se imponía a las multitudes, que le admiraban; vestía siempre una túnica sin mangas y un manto pequeño, que era el atuendo usado por los filósofos y los monjes.

En Arrio no brilla el genio de un teólogo que parece debía presidir a aquel singular movimiento; sus escritos delatan al dialéctico sutil y el pensamiento lo expone en un estilo evasivo, no brillando en sus producciones la reflexión ni la profundidad. Su doctrina fue el producto de la escuela de las sutilezas, procedente de la de Antioquía. Arrio supo interpretar el estado del cristianismo de su tiempo, en el que unos emperadores recién convertidos a la fe católica y una pléyade de obispos inquietos, de convicciones movibles y de espíritu servil, prometían un desarrollo rápido y violento a una doctrina de fondo racionalista que intentaba menoscabar el fundamento del dogma cristiano y que, bien presentada, disimulaba ante el pueblo su crudeza. Acerca de sus costumbres y cualidades morales, Teodoreto, Lactancio, Atanasio y otros autores, están conformes en aseverar que era hombre ambicioso y soberbio hasta lo inaudito. Según ellos, la doblez y la disimulación eran su característica habitual; adulador y rastrero con los poderosos (según puede verse en sus relaciones con el emperador Constantino y la hermana de éste), se mostraba altanero e inflexible con sus iguales e inferiores. No se sabe que fuese dado a los placeres, ni que allegase riquezas, sin duda porque, según afirma Liponiano, el afán de notoriedad y poderío absorbía en él todas las demás concupiscencias. Se sabe que escribió diferentes obras, quemadas en la plaza pública por orden del concilio de Nicea, no habiendo llegado a nuestros tiempos más que algunos fragmentos del libro Thalia (Banquete) escrito en prosa y verso en defensa de sus ideas (Atanasio, Oratio contra Arianos), que contenía además algunos cantos populares arrianos.

Los siguientes son textos que muestran cuál era su enseñanza. El que viene a continuación está en Atanasio:

'Según la fe de los elegidos de Dios, de los prudentes de Dios, de los santos hijos, de los ortodoxos, de los que reciben el Espíritu Santo de Dios, he aprendido esto de los que participan de la sabiduría, de los buenos, de los que han sido adoctrinados por Dios y son prudentes en todo. He caminado en pos de sus huellas, con opiniones parecidas, yo que me he hecho famoso y he sufrido mucho por la gloria de Dios; y enseñándome Dios, he alcanzado sabiduría y conocimiento.'
(Or. Ar. 1,5).
Atanasio cita también este pasaje de la Thalia de Arrio:
'Por consiguiente, el mismo Dios, en su propia naturaleza, es inefable para todos los hombres. Sólo Él no tiene nadie que le sea igual o parecido o de igual gloria. Le llamamos ingénito a causa de Aquel que es engendrado por naturaleza. Le ensalzamos como a quien no tiene origen y le adoramos como eterno por razón de Aquel que empezó a existir en el tiempo. El que no tiene comienzo hizo al Hijo, comienzo de las cosas creadas, y se lo ofreció a Sí mismo como Hijo y lo adoptó. Nada tiene propio de Dios según su propia subsistencia, ya que no es igual ni consubstancial con Él... Hay pruebas evidentes de que Dios es invisible para todos los seres que traen su origen del Hijo y es también invisible para el mismo Hijo. Diré claramente cómo ve el Hijo al Invisible: por aquel poder por el cual ve Dios y en su propia medida, así puede el Hijo ver al Padre, como es justo. Hay, pues, una Trinidad, pero no con glorias iguales; sus subsistencias no se entremezclan; una es infinitamente más gloriosa que la otra. El Padre, por no tener origen, es, en cuanto a esencia, ajeno al Hijo. Comprende que la Mónada existía; en cambio, la Díada no existía antes de que empezara a existir. Ahora bien, aun no existiendo el Hijo, el Padre es Dios. Por consiguiente, no existiendo el Hijo-pues empezó a existir por voluntad del Padre-, es Dios Unigénito y ajeno a los dos. La Sabiduría existió como sabiduría por beneplácito del Dios sabio. Se concibe, pues, de mil maneras; Espíritu, Poder, Sabiduría, Gloria de Dios, Verdad, Imagen y Palabra. Comprende que también se concibe como Resplandor y Luz. El Todopoderoso puede engendrar a uno que sea igual al Hijo, pero no es capaz (de engendrar) a otro más excelente, superior o mayor. Lo que es y cuanto es, el Hijo lo es por voluntad de Dios. Desde que ha existido y siempre que ha existido, ha existido de Dios. Siendo un Dios fuerte, alaba en parte al Superior. Para decirlo brevemente, Dios es inefable para su Hijo. Porque es para Sí mismo lo que es, es decir, inefable. De suerte que el Hijo no puede expresar nada de las cosas que son según la comprensión, porque no puede investigar al Padre tal cual es en Sí mismo. Porque el mismo Hijo no conoce su propia esencia. Pues, siendo Hijo, existió en realidad por voluntad del Padre. ¿Qué argumento hay para afirmar que quien procede del Padre no pueda conocer a su propio padre por comprehensión? Porque es evidente que uno que haya tenido comienzo no puede entender o comprender, tal como es, al que no tuvo principio.'
(De syn. 15).
El siguiente texto es un buen resumen de la enseñanza de Arrio con sus propias palabras:
«Decimos y creemos que el Hijo no fue ingénito, y que tampoco procede de nada de lo que existe, sino que ha subsistido antes de los tiempos y de las edades, por su propia voluntad y consejo [en calidad de] Dios perfecto, Hijo único, inmutable, y que antes de ser engendrado, o creado, o constituido, no existía, porque no dejó de ser engendrado. Se nos persigue porque decimos que el Hijo tuvo un principio, mientras que afirmamos que Dios no lo ha tenido.»
(Carta a Eusebio de Nicomedia)