Historia

ASBURY, FRANCIS (1745-1816)

Francis Asbury, primer obispo metodista ordenado en América, nació en Hamstead Bridge, parroquia de Hansdworth, suburbio al norte de Birmingham, Staffordshire, Inglaterra, el 20 de agosto de 1745 y murió en Spottsylvania, Virginia, el 31 de marzo de 1816.

Francis Asbury
Francis Asbury
Primeros años.
Sus padres, Joseph Asbury y Elizabeth Rogers, eran de humilde extracción. El padre trabajaba para dos familias acomodadas en la parroquia; la madre era de tronco galés con mucha de la susceptibilidad emocional tradicional de los suyos. Fue la madre quien dejó la mayor impronta en el hijo. La muerte de una hermana pequeña la había llevado a la más profunda melancolía durante varios años, hasta 'que a Dios le agradó abrir los ojos de su mente.' Hasta entonces una mujer mundana, ahora asistía a los cultos y empleaba horas en leer libros devocionales. Su casa se convirtió en un lugar de cita para 'el pueblo de Dios.' Antes del nacimiento de su hijo, según una tradición familiar, tuvo una visión en la que Dios se le apareció, anunciándole que daría a luz un varón y sería un gran dirigente. Aferrada a esta visión prodigó sobre el niño todo el afecto que su hermana le había motivado. Francis creció bajo el cuidado de su emotiva madre y desarrolló un amor maternal que parece haber impedido, con una posible excepción, la inclinación hacia el otro sexo. Si su propio relato es confiable fue siempre un muchacho serio con 'un sentido particular del ser de Dios', temiendo grandemente el juramento y la mentira, aborreciendo la lucha y la pelea y nunca imitando los vicios de sus malvados compañeros. Tuvo una limitada escolarización y a la edad de trece años y medio era aprendiz de 'una rama de negocio', que pudo haber sido la de herrero. Fue aprendiz durante seis años, experimentando a los catorce años de edad un avivamiento espiritual. El interés en el metodismo parece haber sido encendido por su madre, que le enviaba a la aldea vecina de Wednesbury para escuchar a los predicadores itinerantes. Fue una nueva experiencia para un muchacho que se había criado en la Iglesia anglicana escuchar a un predicador predicar sin un libro de sermones y orar sin un libro de oración. Por vez primera vio hombres y mujeres de rodillas, diciendo amén con emoción espiritual. 'Esto no es la Iglesia sino algo mejor' concluyó.

Determinación de emigrar a América.
Desde entonces se juntó más y más con los metodistas, reuniéndose con ellos para leer y orar e incluso tener ejercicios devocionales en casa de su padre. También acompañaba a su madre a una reunión quincenal de mujeres, donde leían las Escrituras al principio y luego se aventuraban 'a exponer y parafrasear una pequeña porción leída.' A la edad de dieciséis años ya predicaba, visitando los condados vecinos y al mismo tiempo siguiendo su llamamiento y trabajando hasta que tuvo veintiuno, cuando fue a Londres y fue admitido en la conferencia wesleyana. Durante cuatro años fue ministro itinerante y en 1771, en la conferencia en Bristol, él y Richard Wright se ofrecieron como voluntarios para ir a América. Las razones de esta decisión les han parecido demasiado obvias a los biógrafos metodistas. ¿No están contenidas en el relato que hizo en su diario tras haber estado ocho días en el mar? '¿Adónde voy? Al Nuevo Mundo. ¿Para qué? ¿Para ganar honores? No, si me conozco. ¿Para ganar dinero? No, voy para vivir para Dios y para que otros hagan lo mismo.' Sin embargo, hay evidencia de que había tomado apego a una joven que no era aprobada por su madre y este desengaño pudo facilitar su marcha. Se trata del único romance en su vida. Nunca se casó. También pudo ser una pequeña mezcla con el oro puro de su resolución de vivir para Dios y que otros hicieran lo mismo. El ayudante del circuito de Staffordshire acusó una vez a Asbury de no obedecer las instrucciones y ejercer de 'dictador'. Es una nota que se oyó más de una vez en los que trabajaron con el futuro obispo. 'Pasión por la superioridad y sed de dominio' fueron siempre características suyas, según alguien que le conocía bien. ¿Era posible que América le atrajera porque allí, sin impedimentos, podía hacer que otros vivieran para Dios, a su manera, forjando una carrera única en este Nuevo Mundo? Cuando zarpó para América resolvió llevar un diario para su propia satisfacción. Diez años más tarde dio otro motivo: Cuando el diario se publicara permitiría a sus amigos y al mundo ver 'cómo empleé mi tiempo.' 'La gente ignorante de las causas y motivos de mi conducta' escribió más tarde 'siempre me juzgarán más o menos incorrectamente.' Su diario sería el testimonio de su carrera misionera y si fuera necesario de su vindicación.

Primera etapa en América.
El metodismo en América no comenzó con la llegada de Asbury a Filadelfia. Otros misioneros le había precedido, pero un gran sentido de responsabilidad por ese vasto país le abrumaba. El día de su llegada fortificó su alma orando cinco veces, leyendo tres capítulos de Apocalipsis, cien págias de Sermons de Wesley y otro centenar del relato de Edwards sobre los avivamientos en Nueva Inglaterra. La semana siguiente comenzó el primero de sus itinerarios para unirse a Richard Boardman. Hay mucho de importante para su carrera en conjunto en sus primeras experiencias. Aunque era sólo un ayudante bajo Boardman, que era mayor en edad y servicio, se tomó la obra muy seriamente. Halló mucho que era criticable en Nueva York; la disciplina era laxa, no aprobando a los predicadores que se quedaban en la ciudad, creyendo que los cambios frecuentes en los circuitos eran deseables 'para evitar la parcialidad y popularidad.' Determinó establecer un ejemplo y el 24 de noviembre de 1771, sin permiso de Boardman, partió en un caballo prestado por las localidades de Westchester County, predicando por doquier, en tabernas, cárceles y por el camino. No fue indulgente consigo mismo ni con su montura y como el invierno se aproximaba desafió la lluvia y la nieve. Al no estar aclimatado todavía cogió un grave enfriamiento, pero continuó predicando aun sufriendo de escalofríos y fiebre. Finalmente, no pudo más y tuvo que guardar cama durante tres semanas. Todavía estaba débil cuando reanudó su predicación, no teniendo ya nunca buena salud.

En octubre de 1772 Asbury recibió una carta de Wesley, nombrándole superintendente en América y con esta autoridad llevó adelante sus propias ideas sobre la disciplina. No dudó en expulsar a miembros culpables de las reuniones, a pesar de las protestas. 'Mientras yo esté' escribió en su diario 'las normas deben ser cumplidas y no soporto ser dirigido por metodistas a medias.' Pero en junio de 1773 tuvo que someter su autoridad a Thomas Rankin, recién llegado de Inglaterra. Sin embargo, nunca fue un buen subordinado y pronto perdió la simpatía de su superior, quien ciertamente nunca entendió la actitud colonial hacia la madre patria y continuamente fue un tropiezo. Al final Rankin se quejó a Wesley, quien citó a Asbury para que regresara.

Independencia de las colonias.
Fue un momento crítico en la carrera de Asbury. Con una presciencia de los acontecimientos venideros determinó quedarse, creyendo que sería 'un deshonor eterno' dejar 3.000 almas en ese tiempo de peligro. Pudo haber tenido en mente también el pensamiento de que si Rankin y otros se iban, como era probable, él tendría un lugar único en la construcción de la organización metodista en América. Había una rebelión en el aire. Observadores más agudos que Asbury percibían la independencia en las colonias. Todavía, en palabras de Jesse Lee, los metodistas 'eran solo una sociedad religiosa, no una Iglesia'; pero Strawbridge y los predicadores del sur ya estaban administrando los sacramentos como si fueran una organización separada. Dos revoluciones parecían inminentes. La revolución política no le preocupaba a Asbury, salvo si interfería en su fin supremo. Asistió a la tercera conferencia en Filadelfia mientras el segundo congreso continental muy cerca luchaba con problemas temporales, dándose cuenta él con temor de que las mentes de los hombres estaban 'llenas de pecado y política.'

Francis Asbury
Francis Asbury
Por varias razones, de las que Wesley, Rankin y sus asociados eran principalmente responsables, los metodistas cayeron bajo sospecha de los lealistas durante la Revolución y sufrieron cierta persecución. Asbury mismo se negó a prestar el juramento de lealtad requerido por el Estado en Maryland, viéndose obligado a refugiarse en Delaware, donde estuvo veinte meses (1777-78), mientras que Rankin y sus colegas huyeron del país. Él había intentado permanecer neutral en la batalla entre su país natal y las colonias, pero la lógica de los acontecimientos le atrapó. Estaba convencido de que Inglaterra nunca podría someter a las colonias rebeldes y que la independencia era inevitable. Con no pocos recelos tomó su elección y se hizo ciudadano de Delaware.

Aunque Asbury hizo de esta forzada residencia en Delaware un medio de ganar unas 1.800 almas, estaba temporalmente en eclipse. La controversia sacramental le puso de nuevo en candelero y le dio la oportunidad de lograr el control personal del metodismo en el momento más crítico de su historia. Los predicadores del sur estaban ahora bastante comprometidos con la administración de los sacramentos, al haber perdido la Iglesia de Inglaterra su cohesión en las colonias rebeldes, llevando a cabo Asbury un seguimiento entre los predicadores del norte y consiguiendo que se comprometieran con la idea wesleyana. Una división en la organización metodista parecía inevitable una vez que la conferencia meridional se posicionó en la conferencia en Fluvanna en 1779. En la negociación que siguió Asbury demostró ser un adepto de la conciliación, postergación y transigencia. La sabiduría de la serpiente se mezcló extrañamente con la sencillez de la paloma en su composición. La oración y la política práctica fueron de la mano. El resultado fue una completa victoria para la facción del norte y un triunfo personal de Asbury, que ahora, aunque sin título, estaba a la cabeza de la organización metodista. La conferencia de Baltimore de 1782 confirmó su posición y puso fin de una vez por todas a la controversia sacramental. Un mes después, en Virginia, Asbury oyó 'las buenas nuevas' de que Inglaterra había reconocido la independencia de las colonias.

Al frente del metodismo en América.
Para tratar con esta nueva situación Wesley resolvió en 1784 seguir un curso que había considerado por largo tiempo. Envió a Estados Unidos al reverendo Thomas Coke, presbítero de la Iglesia anglicana que se había unido al metodismo, con instrucciones para compartir con Asbury la superintendencia de las sociedades metodistas. Coke encontró a Asbury por vez primera en Barratt's Chapel en Kent County, Delaware, siguiendo varias conferencias. De nuevo, Asbury evidenció su sagacidad. Percibiendo correctamente el temperamento de sus asociados, insistió en que debería recibir su nombramiento no de Wesley sino de una conferencia regular y lo consiguió. En una memorable conferencia en diciembre de 1784, en Baltimore, Coke y Asbury fueron escogidos como superintendentes, siendo el libro de oración resumido, la liturgia y la disciplina enviados por Wesley adoptados como el fundamento de la Iglesia Episcopal Metodista en Estados Unidos. En días sucesivos, Asbury fue ordenado diácono y anciano y consagrado como superintendente, no obispo. Sin embargo, casi al mismo tiempo comenzó a referirse a sí mismo como obispo, cosa que Wesley reprobó fuertemente, pero el título quedó y apareció en las minutas de la conferencia de 1787. Teóricamente compartía sus funciones episcopales con Coke, pero las frecuentes ausencias de éste dejaron el control práctico y la dirección de la organización en su colega americano. Teóricamente también era siervo de la conferencia metodista, pero entre sesiones gobernaba tan autocráticamente como el papa de Roma. Con la mira puesta en la gloria de Dios nombró predicadores sin la más mínima consideración a sus deseos o a las preferencias de los miembros. Hubo fuertes quejas y más de una vez su autocrático poder fue desafiado. No fue hasta que su fuerza se debilitó y ya no pudo llevar la carga, que aceptó como obispo asociado (1800) a Richard Whatcoat, quien sería poco más que su suplente. Fue Asbury quien planeó esas grandes campañas que enviaron predicadores no sólo a las remotas partes de los antiguos Estados sino a los Alleghanies en las peligrosas fronteras de Kentucky y Ohio. Fue un maestro de la estrategia religiosa. No fue un gesto inútil cuando él y Coke presentaron una alocución congratulatoria, elaborada por Asbury, al nuevo presidente, el general Washington, logrando el reconocimiento de los metodistas como el primer cuerpo religioso que profesaba lealtad al nuevo gobierno.

Predicador de circuito metodista. Library of Congress
Predicador de circuito metodista. Library of Congress
Trabajos y penalidades.
Un maestro de la estrategia se suele quedar en la retaguardia. Pero no fue así con el obispo Asbury. No pidió a sus seguidores más de lo que él mismo estaba preparado para hacer. Luchó contra el Adversario en combate personal desde New Hampshire hasta Georgia, no una sino muchas veces. Se ha dicho que recorrió casi 300.000 millas. 'Mi caballo trota agarrotado' escribió en su diario 'y no me asombra al haber recorrido una media de 5.000 millas al año durante cinco años seguidos.' Muchos de esos incesantes recorridos los efectuó por caminos difícilmente descriptibles y bajo una tensión física que hubiera agotado a cualquier hombre de voluntad menos resuelta. Y Asbury no fue nunca un hombre saludable. Sufría de toda clase de dolencias agravadas por un descuidado tratamiento. Las sangrías eran su remedio favorito para casi cada dolencia, desde furúnculos y peores enfermedades de la piel hasta desórdenes intestinales. Su condición se agravó por la mala alimentación, exposición y falta de salubridad ordinaria en las cabañas donde se refugiaba. A lo largo de esos años no tuvo morada fija que se pudiera llamar un hogar y salvo cuando la extenuación le obligaba no descansaba de sus labores. Pero él se gloriaba en sus sufrimientos y deseaba que la posteridad supiera que los había soportado por la salvación de las almas. Fue una estampa familiar mientras viajaba por la América metodista, con su figura delgada con prominente frente y ojos penetrantes, vestido con una chaqueta y pocas prendas, tocado con un sombrero bajo de ala ancha. Siempre tuvo un aspecto serio, casi austero, que posteriormente con sus cabellos blancos le dieron una dignidad patriarcal. Con la elección de William McKendree como obispo para suceder a Whatcoat, que murió en 1806, las riendas del gobierno comenzaron a escaparse de las manos de Asbury. Más y más dejó los detalles en las manos de su 'obispo ayudante', como persistía en llamar a su asociado. Pero hasta el mismo final, cuando su constitución quedó trastocada por una tos compulsiva y tenía que ser llevado en su carro, mantuvo el bastón de mando, muriendo en Virginia cuando se apresuraba a llegar a Baltimore para la conferencia de 1816.

Evaluación.
Asbury no fue un hombre de grandes conocimientos. Leía mucho mientras viajaba, pero su curiosidad intelectual quedaba pronto satisfecha. La vida era para él una morada temporal para un alma en tránsito. Fue esencialmente un asceta, desprovisto de interés en los asuntos temporales. Flagelaba su mente como su cuerpo, teniendo gran satisfacción en acometer duras tareas. Tampoco fue un gran predicador. No hay evidencia de que metiera a sus oyentes en esos frenesís en los que sus predicadores itinerantes veían la obra de la Providencia. Pero predicó sobre los mismos temas con profunda convicción, el pecado y la redención con la esperanza del cielo y el temor del infierno. Es como organizador más que como predicador que Asbury tiene un puesto principal en los anales del metodismo americano.