Historia

ATHERTON, JOHN (1598-1640)

John Atherton, obispo de Waterford y Lismore, se cree que nació en Bawdripp, Somersetshire, en 1598 y murió ejecutado en Dublín el 5 de diciembre de 1640.

John Atherton
John Atherton
Su padre, el reverendo John Atherton (canónigo de San Pablo), fue rector de la parroquia. A los dieciséis fue a Gloucester Hall (posteriormente Worcester College), pero después de recibir su título de bachiller, se trasladó a Lincoln College, donde fue miembro al obtener la maestría. Reció las órdenes y se convirtió en rector de Huish Comb Flower en su condado natal. Adquirió gran reputación como entendido canonista y competente en la ley eclesiástica, por lo que llamó la atención de Thomas Wentworth, posterior conde de Strafford, entonces lord teniente de Irlanda, para ser nombrado prebendario de St. John, Dublín, el 22 de abril de 1630, cargo que tuvo por dispensa con su promoción anterior. En 1635 se convirtió en canciller de Christ Church, teniendo también las rectorías de Killaban y Ballintubride, en la diócesis de Leighlin. Fue canciller de Killaloe en 1634. Alcanzó su promoción más elevada en 1636, cuando (4 de mayo) se convirtió en obispo de Waterford y Lismore. En esta circunstancia se dice que se 'comportó durante algún tiempo con gran prudencia, aunque bastante impulsivo, si no demasiado, contra los católicos.' (Wood, Athen. Oxon.). En 1640 fue acusado de delito contra natura y al ser hallado culpable fue primero degradado y luego ahorcado. Su cuerpo, por su propio deseo, fue enterrado en la parte más recóndita del cementerio de St. John, Dublín.

Se ha expuesto la teoría de que en realidad era inocente del delito imputado y víctima de los sentimientos de vengativos y poderosos enemigos. Wentworth, en su posición de lord diputado, había recuperado del conde de Cork algunos de los grandes diezmos que se había apropiado y había obligado al conde a llegar a un acuerdo por algunas tierras de la iglesia en su posesión. El obispo Atherton demandó el resto de esas tierras pertenecientes a la sede de Waterford que todavía eran retenidas por el conde de Cork; Carte afirma que el obispo 'sufrió por un pretendido crimen sobre el testimonio de un solo testigo que no merecía crédito. El obispo negó absolutamente el hecho; y el hombre que juró contra él, cuando iba a ser ejecutado poco después por sus propios crímenes, confesó en la horca que lo acusó falsamente.' La declaración de Carte es demasiado fuerte. El doctor Nicholas Bernard lo atendió desde el tiempo de su sentencia al de su ejecución, y a solicitud del arzobispo Ussher escribió A Relation of the Penitent Death of Bishop Atherton. De ahí se desprende que la actitud de Atherton durante el juicio fue 'condenada por todos'; pero cuando el fatal asunto se hizo manifiesto su manera cambió. Tres veces todos los días Bernard visitó al prisionero y después de un tiempo se arrepintió y enfrentó la pena con ecuanimidad. 'La magnanimidad del hombre', dice Bernard, 'la admiré mucho.' Cuando la noticia de la muerte del lord diputado trajo alguna esperanza de un indulto, 'no lo conmovió, sino que escogió una presente merecida muerte antes que la prolongación de una vida ignominiosa, por la que el escándalo aumentaría. Se aborreció tanto a sí mismo que tuvo una vez el pensamiento de pedir que se le decapitara, diciéndome que respondió con indignación "que la muerte de un perro era demasiado buena para él", y así se juzgó hasta el final.' El doctor Bernard nos dice que el padre de Atherton había predicho el acortamiento de su vida como un castigo por una falta de respeto a su madre. Cuando era joven la había amenazado con ahorcarse con la brida de su caballo en un patíbulo. El día de su ejecución leyó el servicio de la mañana a sus compañeros de prisión y luego fue escoltado por el magistrado del condado, un católico, de quien se dice que se comportó con mucha innecesaria dureza. Bernard en ninguna parte expresa una opinión de la inocencia de Atherton, aunque afirma su negación 'de la principal parte de la acusación, que la ley esgrimió, y que había sido confirmada por la confesión de su principal acusador en su ejecución también, pero en su propia conciencia aplaudió y magnificó la justicia de Dios en ella; y así quemó un montón de papeles, que escribió de los libros de leyes en su propia defensa.' Esas citas son claramente incompatibles con la idea de que Atherton fue la víctima inocente de una vil conspiración. Es de notar que ninguno de sus acusadores era católico. Su ejecución fue presenciada por una inmensa multitud y su último discurso y oración fue interrumpida por un miserable que subió a un extremo de la horca para interrumpir y ridiculizar al infeliz hombre. Una carta penitente y piadosa a su esposa, y otra para sus hijos, fueron impresas por Bernard.