Historia

ATILA († 453)

Atila, rey de los hunos, llamado el Azote de Dios, murió en el año 453. Era hijo de Mundzuck, que compartió la autoridad suprema sobre aquel pueblo con su hermano Bleda, a la muerte de su tío Roaa (434), a quien heredaron.

Fotograma de Los Nibelungos, de Fritz Lang. Atila representado por Rudolf Klein-Rogge
Fotograma de Los Nibelungos, de Fritz Lang. Atila representado por Rudolf Klein-Rogge
El asesinato de Bleda (442), que muchos historiadores atribuyen a Atila, le hizo jefe único de todas las tribus de los hunos, cuyo reino, según Prisco y Jornandes, abarcaba toda Escitia, desde las orillas del Báltico hasta el mar Negro; los hérulos, escitas, ostrogodos, gépidos, sármatas y otros pueblos le estuvieron sometidos con sus reyes, disponiendo de un ejército de 700.000 combatientes, ávidos de sangre y botín. Jornandes dice que Atila era de baja estatura, de pecho muy ancho, nariz aplastada, cabeza grande, ojos pequeños, tez cobriza y escasa barba. Hombre hábil, comprendió que para dominar un pueblo de instintos semisalvajes como el suyo no bastaba la fuerza, y esparció varias supersticiones que contribuyeron a endiosarlo; aprovechó la circunstancia de haberse herido en una mano una ternera con la punta de una espada oculta en la hierba mientras pastaba; el dueño del animal presentó aquella arma a Atila, que fingió aceptarla como un don del dios de la guerra y como símbolo del imperio del mundo; en cierta ocasión un ermitaño le llamó Azote de Dios, aceptando el apelativo, aludiendo que donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba. Dueño y señor absoluto de aquellos pueblos bárbaros, concibió el proyecto de lanzarlos contra los dos imperios romanos, cuya civilización odiaba, a pesar de serle desconocida, dando principio a aquellas grandes expediciones, que parecían destinadas a aniquilar el mundo antiguo. La cobardía de Teodosio II el Joven, que le mandó el nombramiento de general de su imperio y le señaló una pensión anual, sólo sirvió para envalentonar más al caudillo huno que, después de subyugar por completo al mundo bárbaro (suevos, cuados, marcomanos y alanos), invadió el imperio de oriente, llegando hasta las Termópilas. Para contener su avance, el emperador gestionó la paz, firmando el vergonzoso tratado de Margus, por el cual su sueldo, llamado así por los romanos, y tributo, según Atila, se elevó, concediéndosele el libre comercio en las márgenes del Danubio y se le entregaron todos los bárbaros, que huyendo de sus venganzas se habían refugiado en el imperio, a los que mandó crucificar en el acto, a pesar de figurar entre ellos muchos príncipes de sangre real. Durante la invasión había destruido las ciudades de Sárdica, Marcianópolis, Naiso, Singiduno, Batiaria, Sirmio y Nargo, que ocupaban una línea que partiendo del Adriático llegaba al Ponto Euxino y no medía menos de 900 kilómetros. Para sacudir el yugo de Atila, los bizantinos tramaron una conspiración contra su vida, en la que figuraban los embajadores que le habían mandado; descubierto el plan, impuso condiciones aún más onerosas al emperador, en las que asomaba un fondo de desprecio hacia los romanos. Sólo la ciudad de Aximante (Tracia) osó levantarse contra los invasores, a los que rechazó, cogiéndoles algunos prisioneros y botín. Atila pactó con sus habitantes. Dominado el oriente, se disponía a llevar sus armas al occidente, cuando el nuevo emperador bizantino Marciano, sucesor de Teodosio, se negó a seguir pagándole el tributo, y le mandó decir que tenía oro solamente para sus amigos y hierro para sus enemigos.

No por esto desistió de sus propósitos contra Roma, a cuya realización le incitaban varias causas; de una parte Genserico, rey de los vándalos, que había saqueado el África romana y quería conservar sus conquistas; de otra parte Honoria, hermana de Valentiniano III, expulsada de Roma por su conducta licenciosa, le había mandado un anillo esponsalicio, por lo que reclamaba la mitad del imperio como marido de la princesa, y además un monarca franco y acaso también varios magnates romanos le llamaron para vengarse de ciertas ofensas recibidas del emperador. Consecuente con sus propósitos, a principios de 451 salió de Panonia, al frente de un numeroso ejército, que algunos historiadores fijan en 500.000 y otros en 700.000 hombres, entre eslavos, germanos y mongoles, marchando hacia el Rin, que atravesó por Basilea, no lejos del sitio donde ese río forma su célebre cascada; devastó todas las ciudades fronterizas y penetró resueltamente en el interior: Metz, Tréveris, Reims y Tongres fueron saqueadas, viendo la aterrorizada Galia sus mejoers comarcas taladas a sangre y fuego. Los obispos se mostraron en todas partes tan abnegados como heroicos, luchando hasta la muerte para salvar a sus fieles, conducta que levantó mucho el prestigio de la Iglesia durante aquel tiempo. Presa del pánico los habitantes de París se disponían a huir en masa y entregar sin resistencia su población, cuando una jovencita llamada Genoveva (que después sería la patrona de París) a fuerza de súplicas logró que se organizara la resistencia y, según Tierry, a fuerza de valor y perseverancia salvó la ciudad. Acudiendo al llamamiento de Sangiban, rey de los alanos, al que los latinos habían permitido que se estableciera en las cercanía de Orleáns, se dirigió a sitiar esa ciudad, de la que pensaba hacer el centro militar de las Galias, en cuanto las hubiera sometido. El heroico obispo Aignan defendió la ciudad, rechazando los ataques de los sitiadores, hasta la llegada del ejército de socorro que organizó Aecio, prefecto romano de la Galia, de origen huno probablemente, reuniendo contra el enemigo común a los reyes galo-germanos, al visigodo Teodorico y a Meroveo, rey de los francos.

Mapa de las invasiones bárbaras
Mapa de las invasiones bárbaras

Atila, al saber la llegada de aquel ejército, levantó el campo, y pasando el Sena, fue a esperar al enemigo a los campos Cataláunicos (Chalons-sur-Marne), a orillas del Marne, terreno muy apropiado para maniobrar la caballería; el día 23 de febrero de 451 se encontraron frente a frente en aquellas llanuras las dos mitades del mundo bárbaro: Con Roma los francos, sármatas, sajones, galos, letos, visigodos, armóricos, brenos, borgoñeses, alanos y ripuarios, y al lado de Atila los boios, turingios, ostrogodos, gépidos, hérulos y considerables tribus de francos y borgoñeses, enemigas de las que habían abrazado el partido de Roma. Aquel combate, uno de los más encarnizados y sangrientos que registra la historia, en el que la matanza fue tan horrible que cuentan las crónicas que llegó a correr un arroyo de sangre por el pie de un montículo que ambos bandos se disputaron tenazmente, costando la vida a 165.000 hombres, según unos historiadores, y 300.000, según otros, terminó con la derrota de Atila, que tuvo que pasar el Rin y, costeando el Danubio, regresó a Panonia. Poco tardó, sin embargo, de reponerse del revés sufrido y a la primavera siguiente volvió a pedir la mano de Honoria, que de nuevo le fue negada, y apoyándose en este pretexto franqueó los Alpes, entrando en la Galia Cisalpina; sitió y arrasó la ciudad de Aquileya y ante el temor que inspiraban los invasores, los habitantes del norte y de las riberas del Adriático se refugiaron en las lagunas de la desembocadura del Po y fundaron la ciudad de Venecia. La habilidad estratégica de Aecio, que por la inferioridad numérica de su ejército no quiso fiar a un combate decisivo el éxito de aquella campaña, que debía decidir la suerte de Roma, y se limitó a atacar aisladamente a los generales de Atila, a los que venció muchas veces, causándoles importantes pérdidas, acaso el temor supersticioso de morir como Alarico si entraba en Roma, y principalmente la intervención de León Magno, que fue personalmente al encuentro de Atila para concertar la paz, lograron que Atila renunciara a sus propósitos de conquista y salvaron a Italia, que salió del paso pagando una fuerte suma en concepto de dote de Honoria.

Atila, rey de los hunos. Colección privada, París
Atila, rey de los hunos. Colección privada, París
Los invasores se retiraron a su país, pasando Atila los últimos años de su vida en el suntuoso palacio que había levantado a orillas del Danubio, no lejos de la actual Budapest, en el que vivió rodeado del lujo que había visto en los países civilizados, bien distinto de la sencillez que reinaba en sus viviendas y en su mesa, en la que sólo se veía vajilla de madera, antes de entrar en contacto con la refinada civilización romana. Por aquel tiempo contrajo nuevo matrimonio con Ildegunda, muriendo inesperadamente por la rotura de una vena del pecho, la misma noche de boda, debido a los excesos cometidos, según algunos historiadores; dejó numerosos hijos habidos con sus varias mujeres. Su cuerpo fue expuesto públicamente en el campamento entre dos hileras de tiendas de seda y depositado en tres cajas, una de oro, otra de plata y otra de hierro, enterrándose de noche junto con los más preciados trofeos de sus victorias y los cadáveres de los esclavos que abrieron la fosa; en los funerales figuraron numerosos sacrificos humanos; sus vasallos se cortaron los cabellos y se hirieron en la cara, entonando fieros cantos guerreros en los que ensalzaban sus victorias sobre ambos imperios romanos, su poderío y hacían constar que no había muerto de herida, no a causa de la traición de los suyos, sino en medio de los placeres y sin dolor; después, junto a su enterramiento se celebraron banquetes fúnebres tan inmorales como orgíacos.

El imperio de Atila, como todos los que no tuvieron más lazos de unión que la voluntad del conquistador que los formó, no sobrevivió a su muerte; las guerras civiles entre los hunos y los demás pueblos germánicos dieron cuenta de él sin dejar otro rastro en la historia. Sin embargo, los magiares, que ocuparon 450 años después los territorios en que murió Atila, lo consideran con orgullo como su fundador, dando nombre al traje nacional que usan y, si no históricamente legendaria y poéticamente, le proclaman el primer héroe de su pueblo, que también reconoce origen finlandés. Otro fenómeno aún de más difícil explicación aparece en la poesía alemana con respecto a Atila; todos los poetas y todas las tradiciones le presentan bajo aspecto simpático y le consideran un héroe legendario, a pesar de los torrentes de sangre germana que hizo correr, hecho que Bosser atribuye a que poetas y romanceros personifican y simbolizan en Atila el hecho histórico de la invasión de los bárbaros del norte. En las tradiciones escandinavas, con el nombre de Atli, y en los poemas cíclicos alemanes de los Nibelungos con el de Etzel, representa un papel parecido al que desempeñó Alejandro Magno en las fantásticas leyendas de los orietales. El nombre de un conquistador que se llamaba a sí mismo Azote de Dios y decía que por donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba, debía forzosamente pasar a la posteridad rodeado de terrible aureola y ser el símbolo de la devastación y el exterminio, apareciendo en este sentido hasta nuestros tiempos en todas las literaturas. Existe un poema latino del siglo VI titulado Crónica de Atila y Verdi escribió una ópera titulada Atila, que tuvo gran éxito en su tiempo.