Historia

AVERROES (1126-1198)

Averroes (Abū al-Walīd Muḥammad ibn Aḥmad ibn Muḥammad ibn Rushd), filósofo, astrónomo y jurisconsulto árabe, nació en Córdoba en 1126 y murió en Marruecos en 1198. Su abuelo, Abulwalid Mohammed, y su padre desempeñaron en Córdoba el cargo de cadí (juez mayor), siendo el primero uno de los jurisconsultos más célebres del rito amalekita. Se formó en la universidad de Córdoba, que era la Atenas de los árabes españoles. Estudió teología, según los aschanitas, después derecho, conforme al rito amalekita y más adelante medicina, en cuya ciencia tuvo por maestro a Abu Djafan Ibn Harun, de Trujillo; se dedicó también a las matemáticas y a la astronomía observando manchas solares, y consagró, por último, la mayor parte de su vigor intelectual a las especulaciones filosóficas, ciencia en la cual tuvo por profesor oral a Ibn Badjá, y por verdadero maestro a Aristóteles, de cuya celebridad fue partícipe Averroes. Muerto su padre, fue nombrado cadí, pero adquirió mayor celebridad como sabio y filósofo que como magistrado, tanto que el sultán Abdel Mummen de Marruecos, ilustrado príncipe almohade, le llamó a su corte, y permitiéndole conservar todas las dignidades que desempeñaba en España, extendió sus funciones de cadí a Mauritania y le confió una misión importantísima. "El año de 1153 -dice un biógrafo- encontramos a Ibn Rushd en Marruecos, ocupado quizá en secundar las miras de Abdel Mummen en la organización de los colegios que entonces fundaba, pero sin desatender por ello sus observaciones astronómicas." Al sultán Abdel Mummen le sucedió su hijo Yatrub Yussuf, de cuya protección y confianza continuó gozando Averroes, gracias al sabio Ibn Tofail. Yatrub Yussuf, aficionado en extremo a las obras de Aristóteles, que corrían entre las gentes ilustradas de su pueblo mal traducidas al árabe, latín y persa, le encargó un comentario claro y breve de las obras de el Estagirita, obra que le valió a Averroes el sobrenombre de Comentador de Aristóteles, con que fue conocido y reputado en las escuelas de la Edad Media.

Condenación de Averroes
Condenación de Averroes
Con Jakub al-Mansur (Almanzor), hijo de Yussuf, gozó en un principio de familiaridad y privanza, pues le colmó de honores y distinciones cuando vino a Córdoba en 1195 para emprender la guerra con Castilla; pero cayó al fin en desgracia y fue con otros intelectuales del islam procesado y perseguido como reo de heterodoxia musulmana; se le confiscaron todos sus bienes y se le desterró a Lucena. Según Ansari lo que más afectó a Averroes en su desgracia fue el verse afrentosamente expulsado por el pueblo de la mezquita mayor de Córdoba un día en que había entrado en ella con su hijo. La gente le insultaba también frecuentemente en Lucena, por lo cual huyó del lugar de su destierro y se refugió en Fez, pero pronto fue conocido, siendo encarcelado. Compadecido Almanzor del desgraciado filósofo, le prometió la libertad y el perdón si se retractaba públicamente de sus opiniones en la puerta de la mezquita de Fez; accedió Averroes y abjuró de su herejía, regresando algún tiempo después a Córdoba, donde vivió retirado y pobre. Parece que en los últimos años recuperó el favor del sultán y reclamado para cadí de Mauritania, fue rehabilitado y repuesto en su antiguo cargo de juez mayor de aquella provincia africana, muriendo en Marruecos, siendo enterrado el 10 de diciembre de 1198, aunque exhumado tres meses después y trasladado a Córdoba, depositándolo en el mausoleo familiar.

Averroes no dejó escuela entre los árabes; muchas de sus obras de metafísica y lógica habían sido entregadas a las llamas, y al fin de la dominación musulmana en España el averroísmo había hallado eco entre los judíos y latinos, alcanzando notable influencia en las ideas filosóficas de Europa. Dejó comentarios, obras filosóficas originales y tratados sobre teología y medicina. Sus Comentarios sobre Aristóteles son de tres clases: menor, una breve paráfrasis o análisis de las obras de Aristóteles; medio, breve exposición del texto; mayor, una más amplia exposición; los tres hechos sobre una imperfecta traducción árabe de la versión siria y el texto griego (Averroes desconocía el griego y el siríaco); por lo que ninguno de los tres goza de valor para la crítica textual de Aristóteles, pero sí lo tiene muy grande para la doctrina filosófica y científica de el Estagirita. Sus obras filosóficas originales son: Destructio Destructionis (Tehafot al Tehafot, en la que refuta la Destructio Philosophorum de Algazel); dos tratados acerca de la unión del entendimiento activo y el pasivo; tratados lógicos acerca de varias partes del Organon; tratados de física sobre la base de la Física de Aristóteles; todos estos escritos se publicaron en latín, edición de Venecia, 1497 y 1527; y dos tratados que existen, en hebreo y árabe, consistente uno en una refutación de Avicena y otro sobre la armonía entre la filosofía y la teología. De medicina se publicó su gran obra Colliget (corrupción latina de Culliyyat, Venecia, 1527, como décimo volumen en latín de las obras de Aristóteles; escribió asimismo el compendio astronómico del Almagesto de Tolomeo.

Averroes tenía hacia Aristóteles verdadera veneración, un afecto más hondo que el de cualquier otro filósofo. No obstante, Tomás de Aquino, a pesar de reconocer el valor de sus comentarios, dice de él: Non tam fuit peripateticus quam peripateticae philosophiae depravator. Hay historiadores de filosofía que califican a Averroes de ecléctico espiritualista, pero eso no basta para formar ideas exactas de sus doctrinas y errores filosófico-teológicos. Entre estos últimos el principal es el racionalismo, el panteísmo psicológico, la supresión casi completa de la personalidad humana y la negación formal de la inmortalidad del alma. Lo que caracteriza al materialismo de Averroes, y de los árabes en general, es el neoplatonismo de que va revestido, lo que se aprecia en el principio de la eternidad de la materia, la existencia de una multitud de espíritus colocados jerárquicamente entre Dios y la materia, sirviendo de mediadores entre ambos extremos, lo que niega la providencia en el propio sentido de la palabra, la doctrina de la emanación o la extracción en vez de la creación, la animación de los cuerpos celestes, la glorificación mística, en sentido natural del conocimiento.

Su más famosa teoría es la de la unidad numérica del entendimiento humano, o sea del alma racional, teoría que aunque apuntada por Avempace, constituye el más característico rango del averroísmo filosófico. La doctrina averroísta tiende a despojar al individuo, no sólo del entendimiento agente, sino también del posible. Por todo entendimiento individual pone Averroes al que llama adquirido, que no es más que simple disposición del alma de cada hombre a comunicar con el entendimiento activo, posible o material, que existe a manera de sustancia separada que irradia su luz intelectual hacia las imágenes fantásticas, que es lo único, aparte aquella comunicación, que de más elevado puede ofrecer el alma individual. El entendimiento informante no es forma informante, sino sustancia asistente. La diversidad de intelecciones en los individuos es efecto de la diversidad de imágenes fantásticas; se explica como el hecho de "el mismo aire, según la variedad de los tubos de los instrumentos del músico, produce sonidos múltiples." Con tal doctrina dio Averroes un paso más que Avicena, que decía ser sustancia separada el entendimiento activo, pero no el pasivo. Uno y otro se apoyan en una errónea interpretación de Aristóteles (De Anima, libro iii, capítulo iv, text. 19). Y este entendimiento es separado y no mezclado e impasible, acción sustancial existente. En cosmología, además de los puntos indicados, enseña Averroes que el universo es la evolución necesaria de una sustancia increada y eterna; en absoluto nada nace ni muere; la generación y la muerte no hacen más que modificar las condiciones de la existencia. La moral ocupa muy poco espacio en los comentarios del filósofo de Córdoba. El bien, según Averroes, no depende únicamente de la voluntad divina, y la principal regla moral se reduce a hacer prevalecer la razón sobre los sentidos. Para Averroes la religión es necesaria al pueblo, que halla en ella el único medio de instrucción para sus alcances, y los que intentan arrebatarle las ideas morales y religiosas merecen la muerte; pero para el filósofo la religión se reduce al conocimiento de la realidad y afirma que lo que es verdadero en teología es falso en filosofía.

Los primeros impugnadores de Averroes (Guillermo de Auvernia, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Ramón Martí) atacaron doctrinas verdaderamente averroístas: el intelecto uno, la eternidad del mundo, etc. El otro Averroes corifeo de la impiedad, aparece por vez primera en el libro de Egidio Romano, De erroribus philosophorum. Allí se le acusa de haber vituperado las tres religiones, afirmando que ninguna ley es verdadera, aunque pueda ser útil. Usaban los averroístas, como término de indeferentismo, la expresión loquentes in tribus legibus, entendiendo a los cristianos, israelitas y musulmanes, justificándose con pasajes de su maestro en el comienzo a los libros ii y xi de la Metafísica y al iii de la Física. Acosados por los doctores cristianos solían acudir al sofisma de que una cosa puede ser verdadera según la fe y no según la razón, y fingiéndose externamente cristianos, se entregaban a una incredulidad desenfrenada, poniendo todas sus blasfemias en cabeza de Averroes. Le achacaban el dicho de que la religión cristiana es imposible; la judaica, de niños y la musulmana de puercos. "¡Qué secta la de los cristianos, que se come a su Dios!", contaban que había exclamado. "Muera mi alma con la muerte de los filósofos", es una de las frases que se le atribuían. Así se encontró un filósofo cordobés, a mediados del siglo XIV, transformado de sabio pagano que había sido, en una especie de demonio encarnado, cuando no en blasfemo de taberna, a quien Duns Escoto llamó iste maledictus Averroes, Petrarca canem rabidum Averroes y Gerson dementen latratorem; a quien pintó Andrea Orcagna en el camposanto de Pisa, al lado de Mahoma y del Anticristo, y a quien en la capilla de los españoles de Santa María Novella de Florencia, se le ve con Arrio y Sabelio, oprimido por la vencedora planta de Tomás de Aquino, en el admirable fresco de Tadeo Gaddi. Este averroísmo anti-teológico también se profesó en España. Nicolás Eymerich lo anota en el gran registro de su Directorium y Raimundo Lulio fue uno de sus impugnadores más feroces. La doctrina averroísta tuvo en sus principios varios adherentes, que se redujeron a muy pocos al ver su incompatibilidad con la cristiana. En la era del Renacimiento se aseguró mayores triunfos. León X condenó en el V concilio de Letrán (1513), la teoría de Averroes del entendimiento separado, que entre otros profesaron Jera, Cardin, y en parte Pomponacio, Pico della Mirandola y Aquilino.