Historia

AYSCOUGH, WILLIAM († 1450)

William Ayscough, obispo de Salisbury, murió en 1450. Se cree que procedía de una antigua familia de Lincolnshire asentada en Kelsey. La fecha de su nacimiento es desconocida y lo único que proporciona interés a su nombre es la manera de su muerte. De hecho, todo lo que se sabe de él antes de ser nombrado obispo es que su nombre aparece en la lista de prebendarios de Sutton en la catedral de Lincoln, donde fue instalado el 10 de noviembre de 1436. Pero el 11 de febrero de 1438 fue promovido por bula papal al obispado de Salisbury, siendo consagrado en Windsor el 20 de julio siguiente, renunciando a su prebenda. Fue confesor de Enrique VI y parece haber sido constantemente llamado a consejo por el rey, a quien casó con Margarita de Anjou, en Titchfield, el 22 de abril de 1445. Fue también uno de los obispos que interrogaron a Eleanor Cobham, esposa de Humphrey, duque de Gloucester, por brujería. Su continua residencia en la corte parece haber sido la principal causa de queja en su contra en su propia diócesis, donde los obispos esperaban que mantuviera la casa abierta con la profusa hospitalidad de la Edad Media. De hecho, fue una novedad en aquellos días que un obispo fuera el confesor de un rey, lo que lo expuso a crítica adicional, pues si era confesor del rey y miembro influyente del consejo, era responsable de todo lo que se hiciera mal. Nada sino la codicia, se creía, podía haberle reconciliado con la atmósfera de la corte y si le dio al rey buenos consejos fueron sin efecto. Estos sentimientos encontraron expresión un día cuando visitó su diócesis. En ese año de tumulto civil, 1450, en el tiempo que Jack Cade y sus seguidores estaban sobre Blackheath justo antes de que entraran en Londres, el obispo dijo misa en Edington, Wiltshire, el 29 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo. Nada más terminar el rito, la gente en la iglesia lo arrastró desde el altar y lo llevó a la fuerza a una colina vecina, con su alba y estola; entonces le golpearon y mataron, desnudando su cuerpo y dejándolo en el campo sin enterrar. Pero ni siquiera así quedó saciada su ansia de sangre, pues rompieron su sangrienta camisa en pedazos, llevando los fragmentos en triunfo, gloriándose en lo que habían hecho.