Historia
BARWICK, JOHN (1612-1664)

Barwick se instaló en Londres y se entregó enteramente a la causa del rey. Llevó a cabo una correspondencia privada entre Londres y Oxford, que era entonces cuartel general del rey, comunicando al rey todos los planes e intentos de los rebeldes, y transmitiendo las órdenes de su majestad a los amigos de la causa real. Para llevar a cabo estos asuntos con la mayor seguridad, vivió en Durham House, la residencia londinense de su patrono, el obispo de Durham, lo cual respondía a un doble propósito. Durham House era una espaciosa mansión que podía ocultar más fácilmente en ella, si fuera necesario, los sistemas de cifrado relacionados con los asuntos del rey, y él podría, si se le preguntaba qué estaba haciendo en Londres, responder que actuaba como capellán del obispo Morton. Además tenía la oportunidad de recuperar para la lealtad a algunos que habían sido extraviados por los grandes presidentes del Parlamento Largo; entre otros a Sir Thomas Middleton y al coronel Roger Pope. Los servicios que Barwick prestó a la causa real fueron inmensos. Tuvo una gran parte en la elaboración del tratado de la Isla de Wight; y tras la muerte de Carlos I, inmediatamente se puso al servicio de Carlos II, pero su salud estaba grandemente deteriorada, en parte, por un exceso de trabajo y en parte por la pérdida de su amo real; de no haber sido por la ayuda de sus dos hermanos, Peter y Edward, que vinieron en su ayuda, habría sucumbido por completo. Primero Peter, y luego Edward, le ayudaron en la oficina de correos en los días en que las cartas entraban y salían, y por este medio los trabajos de John fueron aliviados, y 'él, cuyo interés era mantenerse escondido, fue menos visto fuera.' Pero el servicio era muy peligroso y pronto los Barwicks fueron delatados por la traición de un funcionario de la oficina de correos, llamado Bostock. John fue acusado de alta traición y fue encerrado (abril de 1650), primero en la Gatehouse en Westminster y luego en la Torre. Ni las amenazas de tortura ni las más magníficas promesas pudieron inducirle a traicionar ninguno de los secretos del rey y, con gran presencia de ánimo, se las arregló para quemar todas las claves secretas, mientras que los oficiales rompían las puertas de su cámara para detenerlo, por lo que los documentos incautados no revelaron nada. El relato de su vida en la Torre podría alegrar los corazones de los vegetarianos y abstinentes totales. Se suponía que era un moribundo; de hecho su amigo, el Sr. Otway, se había propuesto enterrarlo decentemente, una tarea que esperaba tener pronto que cumplir. Pero la extrema simplicidad de la dieta de Barwick en la Torre (vivía de hierbas y frutas o gachas, y no bebía más que agua de manantial), combinada, sin duda, con la abstinencia necesaria de todo asunto, pues le estaba prohibido el uso de pluma, tinta y papel, y de todos los libros excepto la Biblia, produjeron un cambio tan maravilloso en su salud, que cuando el Sr. Otway, con el permiso del presidente Bradshaw, lo visitó, no podía creer que el saludable hombre que lo recibió era el doctor Barwick, pues esperaba encontrar un esqueleto viviente. Barwick estuvo dos años y cuatro meses en prisión. Browne, el diputado-teniente de la Torre, quedó tan impresionado con su comportamiento cristiano, que fue ganado a la religión de su prisionero, bautizando Barwick a su hijo según los ritos de la Iglesia de Inglaterra. West, teniente de la Torre, quedó tan atraído por Barwick que pronto relajó el rigor con el que el prisionero en un primer momento había sido tratado. Barwick fue puesto en libertad, sin ningún juicio, en agosto de 1652, y visitó primero a su viejo amigo y patrono, el obispo Morton, quien lo recibió con la mayor cordialidad; luego visitó a sus ancianos padres y después vivió durante algunos meses en la casa de Sir Eversfield en Sussex. Finalmente fijó su domicilio en la casa de su hermano en St. Paul Churchyard, renovando su gestión de la correspondencia del rey con tanto cuidado y esmero como siempre. Visitó al doctor Hewitt, predicador en St. Gregory, cuando fue encarcelado por conspirar contra Cromwell, asistiéndolo en sus últimos momentos en el cadalso (junio de 1658), cuando recibió de él un anillo con el lema 'Alter Aristides', que llevó hasta su muerte. También estuvo en los últimos momentos del obispo Morton (22 de septiembre 1659), predicando su sermón fúnebre y escribiendo su biografía (1660).
Barwick tomó una parte tan importante en los asuntos de la Iglesia como en los del Estado, recibiendo valiosa ayuda en ese aspecto del doctor Allestree. Como los viejos obispos, uno por uno, se estaban muriendo, y no había otros consagrados en su lugar, se multiplicaron los temores de que la sucesión episcopal podía perderse. En 1659 Barwick se dedicó a sondear a los obispos supervivientes y recoger sus opiniones sobre la preservación de la sucesión. Luego fue enviado por los obispos para informar del estado de los asuntos de la Iglesia al rey en Breda, donde predicó ante él, e inmediatamente fue nombrado uno de los capellanes reales; presentó a Carlos muchas peticiones en nombre de sus amigos, pero ninguna en su propio beneficio. Mostró la misma actitud en la Restauración; renunció a su derecho a su puesto en St. John, porque el intruso tenía el carácter de ser 'un prometedor hombre joven de saber y capacidad.' Mostró su agradecimiento a su antiguo tutor en St. John, el Sr. Fothergill, procurando para él una prebenda en York; pero para sí mismo quedó bastante contento de ser reinstalado en sus antiguas promociones. Pero sus servicios a la Iglesia y al rey eran demasiado grandes para ser pasados por alto. Fue el primero en ser propuesto para ser obispo de Man; pero la sede, a la que bajo cualquier circunstancia se habría negado, no podía serle ofrecida a él, ya que la condesa de Derby la requería para su propio capellán. El rey deseaba hacerle obispo de Carlisle; pero él se negó a aceptar una mitra, no fuera alguien a pensar que su celo por mantener la sucesión episcopal surgió de la esperanza de ser algún día obispo. Sin embargo, aceptó el deanato de Durham, al cual fue nombrado el día de Todos los Santos de 1660 y en octubre siguiente fue trasladado al deanato de San Pablo, puesto de más ocupación y menos beneficio. Tanto en Durham como en San Pablo usó sus máximas energías para restaurar los cultos después de su largo abandono y en Londres especialmente dejó su huella mediante la reactivación de los antiguos servicios corales. Fue prominente también de otras maneras. En conjunción con el doctor (posteriormente arzobispo) Dolben, visitó a Hugh Peters, con el fin de extraerle algún dato sobre la persona que verdaderamente le cortó la cabeza a Carlos I; pero el intento fracasó. Fue uno de los nueve ayudantes de los obispos en la conferencia de Savoy, siendo elegido portavoz por unanimidad de la cámara baja de convocación de la provincia de Canterbury. En 1662 la salud le comenzó a fallar, planeando dejar todas sus responsabilidades y retirarse a un beneficio rural; pero no vivió para llevar a cabo este propósito. Murió de un ataque de pleuresía, que se lo llevó en tres días. En sus últimos momentos fue asistido por su viejo amigo, Peter Gunning, quien predicó su sermón fúnebre, realizando Henchman, obispo de Londres, las exequias. Fue enterrado en San Pablo, 'depositando', como dice su epitafio, 'sus últimos restos entre aquellos ruinosos, estando seguro de la resurrección tanto de los unos como de los otros.' Además de los escritos ya mencionados, el doctor Barwick no publicó nada, salvo un sermón en 1661; pero a pesar de no inmortalizarse con su pluma, lo hizo por sus obras, dejando tras sí un nombre que siempre será venerado por los eclesiásticos ingleses. Se dice que proporcionó a Lord Clarendon material para escribir su historia, pero esto no parece ser cierto.