Historia
BATILDE († 680)
A la muerte de Clodoveo II (656) su joven hijo, Clotario III, un niño de unos siete años, fue reconocido como rey sobre Austrasia y Normandía; pero los cronistas son explícitos al decir que su madre gobernaba con él. Los siguientes años parecen haber sido comparativamente pacíficos, siendo empleados por la reina en todo tipo de buenas obras. Impulsó la construcción o ampliación de iglesias y monasterios, y en la reforma de los abusos del tiempo. Se esforzó en todos los aspectos para hacer cumplir la obediencia a los votos monásticos, suprimir la simonía, fomentar el saber y acabar con la esclavitud. Compró la libertad de varios presos y emancipó a muchos niños de ambos sexos, para que fueran preparados para una vida de oración. Su biógrafo agrega que era particularmente amable con los de su estirpe inglesa o sajona. Mientras tanto, Bathilda había sido fundadora de muchas iglesias y monasterios y varias de las más famosas abadías de Francia se debieron en gran medida a su generosidad. De las abadías de Jumièges, Fontenelle y Troyes fue una protectora generosa; mientras que para la de Corbie se quitó su cinto como regalo para sus internos. Para Luxeuil y los otros monasterios borgoñeses fue una generosa donante, y fue ella la que llamó a Leger de la sede de su tío, y a quien más tarde, cuando los obispos rivales estaban derramando sangre en las calles de Autun, lo nombró para el puesto vacante. La más apreciada de todas sus obras fue la reconstrucción del gran convento en Chelles, no lejos de París, en el sitio de las ruinas que la esposa del primer Clodoveo había fundado allí más de 150 años antes, y que ella, la esposa del segundo, iba a restaurar a mayor esplendor. Aquí ya se había establecido en 648 Hereswith, la madre de Ealdwulf, rey de Anglia oriental, y su hermana, Hilda, patrona de Caedmon, quien después fundó la gran abadía de Whitby, una vez tuvo pensamientos de ir. Sus propiedades y sus derechos fueron confirmados por sus propias manos y las de sus hijos, siendo invocadas solemnes maldiciones sobre cualquier abadesa que en tiempos futuros disminuyera sus posesiones, o alienara cualquier parte de sus dominios como beneficio. 'Documento', dice uno de sus biógrafos contemporáneos, 'que quienquiera puede ver en los archivos de la iglesia.' Para gobernar a este gran convento pidió a la abadesa de Joaire, que le mandara una de sus monjas, Bertila, cuya fama había llegado a la corte, siendo nombrada en consecuencia abadesa. Las iglesias de St. Denis, St. Germains, St. Medard (en Soissons), St. Martin (en Tours) y muchas otras compartían su cuidado.
En un interesante pasaje de la vida de Eligio, que afirma haber sido escrita por su compañero, Audoen, vemos a Bathilda casi cara a cara en todo su entusiasmo y dedicación religiosa. Parece habre tenido a Eligio en mayor consideración que a cualquier otro eclesiástico de la época. Fue él quien, unos años antes, había calmado sus temores de que su primogénito fuera una niña, fijando su nombre antes de su nacimiento, diseñando, con la habilidad de artista en la que sobrepasó a sus contemporáneos, una cuna especial para el niño. Se dice que predijo la regencia de Bathilda, el fallecimiento de su hijo mayor y otros sucesos. Cuando, en la noche del 30 de noviembre de 659, murió Eligio en Noyon, la reina llegó a la mañana siguiente, acompañada de sus tres hijos pequeños, sus principales nobles y una gran cantidad de gente. Besó la cara de Eligio y acarició sus manos, rompiendo a llorar y la tradición dice que, a pesar del frío de diciembre, brotó sangre de la nariz del cadáver al tacto de la reina. Bathilda se quedó tres días y mantuvo un estricto ayuno, con la esperanza de trasladar el cuerpo a su monasterio en Chelles. Pero a pesar de los esfuerzos, según dice la leyenda del tiempo, el féretro no se pudo mover, ni siquiera cuando la propia reina se puso manos a la tarea. A continuación, de mala gana consintió en que debía ser enterrado fuera de los muros de su propia ciudad. Bathilda siguió el cortejo fúnebre a pie, no pudiendo ser persuadida a utilizar su carro, aunque el invierno había convertido la tierra en un enorme barrizal. Más tarde, se despojó de todos sus adornos, excepto el brazalete de oro de su brazo, haciendo de ellos una cripta de oro y plata ('crepa') para consagrar el cuerpo del artífice muerto, que cuidadosamente envolvió en tela de seda ('holo-serica') preparada por sus propias manos.
En otras páginas de su propio siglo o del siguiente aparece como perseguidora y asesina. Eddius dice cómo Wilfrid en su viaje hacia y desde Roma fue bondadosamente recibido por Dalphinus, arzobispo de Lyón, quien se ofreció a hacer del joven inglés su heredero y darle su hija en matrimonio. 'Pero en ese tiempo', continúa Eddius, 'una reina mal dispuesta, de nombre Baldhild, persiguió a la iglesia de Dios. Igual que la malvada Jezabel de la antigüedad, que asesinó a los profetas de Dios, ella asesinó a diez obispos, de los cuales este Dalphinus fue uno.' Bathilda parece haber dado órdenes de que fuera llevado a la corte, y de haber sido asesinado en el camino. Wilfrid, leemos, estaba deseoso de compartir el destino de su compañero, pero los asesinos, al oír que era inglés, parecen haber tenido miedo de quitarle la vida a alguien de la estripe de la reina. Todo el asunto está lleno de oscuridad. No hay ningún Dalphinus en la lista de arzobispos de Lyón, aunque ciertos antiguos breviarios que pertenecen a esa diócesis conservan el nombre de un conde Dalphinus y su hermano, el obispo Annemund, que, al no haber podido asistir a una reunión de los jefes francos en Orleáns, fue acusado ente el rey como traidor, y en secreto sus enemigos le dieron muerte en Châlons. Parece probable que o bien Annemund y Dalphinus eran la misma persona, o que Annemund el arzobispo tenía un hermano llamado Dalphinus, y que Eddius confundió a los dos. Los hagiógrafos franceses son muy cuidadosos al explicar la acción de Bathilda matando a un obispo, contentándose con referir todo el suceso a las maquinaciones de Ebroin, que había sucedido a Erchinwald hacia el año 658. Muchos manuscritos dicen Brunechilde en vez de Baldhild, un error evidente, ya que Brunechilde había muerto antes del nacimiento de Wilfrid.
Pero, además de ser una defensora de la Iglesia, Bathilda fue una mujer de Estado. En 660, por su gestión y la de sus consejeros los obispos Chrodobert de París, Audoen de Rouen y Ebroin, su segundo hijo, Childerico, fue nombrado rey de Austrasia, suceso que parece haber guiado a una paz más o menos estable entre los dos países. Unos cuatro años más tarde (¿664 o 665?), cuando su hijo mayor tenía edad de gobernar, Bathilda por fin pudo llevar a cabo su largamente acariciado deseo de retirarse del mundo. Sus nobles se habían opuesto fuertemente a este paso, pues 'los francos', se dice, 'la querían mucho', siendo solo por accidente que finalmente ella pudo cumplir su deseo. Un tal Sigoberrand, al parecer uno de sus consejeros de mayor confianza, había ofendido a sus compañeros francos, y ellos, conspirando juntos, lo condenaron a muerte sin juicio ('contra legem'). Temiendo que Bathilda pudiera tomar venganza por el asesinato de un amigo, le dieron el consentimiento para su retiro; y ella, después de haber tomado consejo de los sacerdotes, perdonó a los ofensores.
Desde entonces la reina pasó su vida en obras de piedad. En el convento de Chelles se sometió a la regla de Bertila, a quien ella había hecho abadesa. No se ahorró los oficios más humildes de la cocina o de la casa. Algunas veces volvió al mundo exterior. A petición de Bertila llevó la 'eulogia' a la corte real, para que el rey y sus nobles protegieran su fundación favorita. Tomó a los pobres y extranjeros bajo su especial cuidado; y así continuó su piadosa vida hasta (c. 678) que cayó enferma, 'quod medici ileos vocant' y tuvo que ponerse en manos de un médico. Al acercarse su última hora, se negó a que las hermanas llamaran a la anciana abadesa a su lado, porque, al estar tan débil, el choque podía acabar con ella. Desde su lecho de moribunda dio órdenes de que su pequeña ahijada, Radegunda, debía ser puesta al lado de ella en la tumba, y, así murió, viendo, según la fantasía piadosa de los tiempos, a su viejo amigo Genesius con un coro de ángeles esperando recibir su alma. Fue sepultada en Chelles en la iglesia de la Santa Cruz, donde los restos de su hijo mayor, Clotario III, habían permanecido desde 670. Unos ciento cincuenta años más tarde sus restos fueron trasladados a la iglesia de Santa María, por orden de Hegilwich, abadesa de Chelles, y madre de Judith, esposa de Ludovico Pío.
Hay dos biografías antiguas de Bathilda, de las cuales la primera parece, por la evidencia interna, que fue escrita poco después de su muerte. La segunda, que está grandemente basada en la primera, es considerada por los bolandistas casi contemporánea, pero Mabillon (Annal. Benedict. 555) la asigna a mediados del siglo VIII.