Historia

BECKET, THOMAS (c. 1110-1170)

Thomas Becket (comúnmente llamado Thomas à Becket), arzobispo de Canterbury entre 1162 y 1170, el más firme héroe de los derechos y libertades de la Iglesia en su tiempo, nació en Londres entre 1110 y 1120 y murió asesinado en Canterbury el 29 de diciembre de 1170.

Asesinato de Thomas Becket, ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Vida antes de su consagración.
Sus padres eran de clase media por lo que recibió una excelente educación, completada en la universidad de París. Vuelto a Inglaterra atrajo la atención de Teobaldo, arzobispo de Canterbury, quien le confió varias misiones importantes en Roma, nombrándolo finalmente archidiácono de Canterbury y preboste de Beverley. Se distinguió tanto por su celo y eficacia que Teobaldo le recomendó ante el rey Enrique II, al quedar vacante el cargo de canciller. Enrique, como todos los monarcas normandos, deseaba ser el dueño absoluto de sus dominios, tanto en la Iglesia como en el Estado, apelando a las tradiciones de su estirpe al planear eliminar los privilegios especiales del clero inglés, que recortaban su autoridad. Becket le cayó bien, pues parecía ser el instrumento ideal para el cumplimento de sus designios. El joven se mostraba como un cortesano cumplidor, compañero inseparable del rey en sus frivolidades y dedicado a los intereses de su amo con tan plena y firme diplomacia que apenas alguien, tal vez Juan de Salisbury, habría dudado de que se pondría del lado del rey. El arzobispo Teobaldo murió el 18 de abril de 1161 y el capítulo supo, con algo de indignación, que el rey esperaba que fuera escogido Thomas como su sucesor. Sin embargo, la elección se consumó en mayo, siendo Thomas consagrado el 3 de junio de 1162.

Arzobispo en 1162.
Nada más ser consagrado, los ojos del atónito monarca y de todo el país contemplaron una transformación total en el carácter del nuevo primado. En lugar de ser el colega amante de los placeres cortesanos, se convirtió en un prelado asceta vestido con una tosca ropa monástica, dispuesto a luchar hasta el final por la causa de la jerarquía eclesiástica. En el cisma que por aquel entonces dividía a la Iglesia se declaró a favor de Alejandro III, un hombre cuya devoción a los mismos principios jerárquicos le fueron de ejemplo, recibiendo de Alejandro el pallium en el concilio de Tours. A su vuelta a Inglaterra se puso manos a la obra para ejecutar el proyecto de liberar a la Iglesia en Inglaterra de las limitaciones que él mismo anteriormente había procurado reforzar. Su propósito era doble: la completa exención de la Iglesia de toda jurisdicción civil, con control indiviso del clero, libertad de apelación, etc. y la adquisición y protección como fondo independiente de la propiedad de la Iglesia. El rey se dio cuenta en seguida del inevitable resultado de la actitud del arzobispo, por lo que convocó una reunión del clero en Westminster el 1 de octubre de 1163, demandando que renunciaran a toda pretensión de exención de jurisdicción civil y reconocieran la igualdad de todos los súbditos ante la ley. Todos estuvieron dispuestos a someterse, pero el arzobispo permaneció firme. Enrique no estaba preparado para comenzar una guerra abierta y propuso contentarse con un reconocimiento general y la aceptación de las 'costumbres de sus antepasados'. Thomas estaba dispuesto a aceptar la propuesta, con la significativa reserva 'salvo los derechos de la Iglesia.' Enrique salió de Londres furioso.

Los artículos de Clarendon.
Enrique convocó otra asamblea en Clarendon el 30 de enero de 1164, en la que presentó sus demandas en dieciséis artículos. Lo que pedía significaba el abandono de la independencia del clero y de su directa relación con Roma, para lo cual empleó toda su habilidad para lograr su consentimiento, teniendo éxito con todos menos con el primado. Finalmente incluso Becket expresó su voluntad de acuerdo con los artículos, pero cuando iba a firmar se negó a hacerlo. Esto significaba la guerra entre los dos poderes. Enrique se propuso doblegar a su antagonista por procedimiento judicial y le citó ante el gran consejo en Northampton el 8 de octubre de 1164, para responder por las acusaciones de resistencia a la autoridad real y malversación en el oficio de canciller. En su carta 74, Becket diserta sobre los obispos y su vinculación con Roma:

'Si nos preocupamos por ser lo que decimos ser y queremos conocer la significación de nuestro nombre -nos designan obispos y pontífices- es necesario que consideremos e imitemos con gran solicitud las huellas de aquel que, constituido por Dios Sumo Sacerdote eterno, se ofreció por nosotros al Padre en el ara de la cruz. Él es el que, desde lo más alto de los cielos, observa atentamente todas las acciones y sus correspondientes intenciones para dar a cada uno según sus obras. Nosotros hacemos su vez en la tierra, hemos conseguido la gloria del nombre y el honor de la dignidad, y poseemos temporalmente el fruto de los trabajos espirituales; sucedemos a los apóstoles y a los varones apostólicos en la más alta responsabilidad de las Iglesias, para que, por medio de nuestro ministerio, sea destruido el imperio del pecado y de la muerte, y el edificio de Cristo, ensamblado por la fe y el progreso de las virtudes, se levante hasta formar un templo consagrado al Señor.
Ciertamente que es grande el número de los obispos. En la consagración prometimos ser solícitos en el deber de enseñar, de gobernar y de ser más diligentes en el cumplimiento de nuestra obligación, y así lo profesamos cada día con nuestra boca; pero ¡ojalá que la fe prometida se desarrolle por el testimonio de las obras! La mies es abundante y, para recogerla y almacenarla en el granero del Señor, no sería suficiente ni uno ni pocos obispos.
¿Quién se atreve a dudar de que la Iglesia de Roma es la cabeza de todas las Iglesias y la fuente de la doctrina católica? ¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica toda la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios?
Es necesario, sin duda, que sean muchos los que planten, muchos los que rieguen, pues lo exige el avance de la predicación y el crecimiento de los pueblos. El mismo pueblo del Antiguo Testamento, que tenía un solo altar, necesitaba de muchos servidores; ahora, cuando han llegado los gentiles, a quienes no sería suficiente para sus inmolaciones toda la leña del Líbano y para sus holocaustos no sólo los animales del Líbano, sino, incluso, los de toda Judea, será mucho más necesaria la pluralidad de ministros.
Sea quien fuere el que planta y el que riega, Dios no da crecimiento sino a aquel que planta y riega sobre la fe de Pedro y sigue su doctrina.
Pedro es quien ha de pronunciarse sobre las causas más graves, que deben ser examinadas por el pontífice romano, y por los magistrados de la santa madre Iglesia que él designa, ya que, en cuanto participan de su solicitud, ejercen la potestad que se les confía.
Recordad, finalmente, cómo se salvaron nuestros padres, cómo y en medio de cuántas tribulaciones fue creciendo la Iglesia; de qué tempestades salió incólume la de Pedro, que tiene a Cristo como timonel; cómo nuestros antepasados recibieron su galardón y cómo su fe se manifestó más brillante en medio de la tribulación.
Éste fue el destino de todos los santos, para que se cumpla aquello de que nadie recibe el premio si no compite conforme al reglamento.'
Marcha de Becket por Francia, ilustración deCassell's Illustrated History of England
Marcha de Becket por Francia, ilustración de
Cassell's Illustrated History of England
Becket sale de Inglaterra.
Becket negó el derecho de la asamblea a juzgarlo y apeló al papa; sintiendo que su vida era demasiado valiosa para la Iglesia como para arriesgarse, se fue voluntariamente al exilio el 2 de noviembre, embarcándose en un navío de pesca que le dejó en Francia. Fue a Sens, donde estaba el papa Alejandro, mientras enviados del rey se apresuraron para oponerse a él, solicitando que fuera enviado un legado a Inglaterra con autoridad plena para dictaminar sobre la disputa. Alejandro se negó y cuando al día siguiente Becket llegó y le dio un informe completo de los sucesos, Alejandro se convenció más de su postura, confirmándose su aversión al rey. Enrique persiguió al fugitivo con una serie de edictos, dirigidos contra sus amigos y ayudantes y, por supuesto, contra él mismo, pero Luis VII de Francia lo recibió con respeto y le ofreció protección. Pasó dos años en la abadía cisterciense de Pontugny, hasta que las amenazas de Enrique contra la orden le obligaron a moverse a Sens de nuevo. Él se veía a sí mismo en plena posesión de todas sus prerrogativas, deseando ver su posición reforzada por las armas de la excomunión y el entredicho. Pero Alejandro, aunque simpatizaba con él, buscaba un camino más suave y diplomático para alcanzar sus fines. Entre el papa y el arzobispo surgieron diferencias, que se agudizaron cuando en 1167 fueron enviados legados con autoridad para actuar como árbitros. Depreciando esa limitación de su jurisdicción y firme en sus principios Thomas trató con los legados largamente, condicionando su obediencia al rey por los derechos de su ordenación. Su firmeza pareció encontrar recompensa cuando, finalmente en 1170, el papa estuvo dispuesto a cumplir sus amenazas de excomulgar a Enrique, quien alarmado, quiso llegar a un acuerdo que permitiera a Thomas volver a Inglaterra y retomar su lugar. Pero ambas partes estaban realmente reforzando sus posiciones, siendo el deseo de reconciliación solo aparente. No obstante, ambos parecían momentáneamente creer en esa posibilidad, pero el contraste surgió cuando se hizo patente que la vieja rivalidad estaba todavía en pie. Enrique, incitado por los suyos, rechazó devolver la propiedad eclesiástica que había tomado y Thomas preparó la sentencia del papa contra los expoliadores de la Iglesia y los obispos que les apoyaban. Había sido enviada ya a Inglaterra para su promulgación cuando Becket desembarcó en Sandwich el 3 de diciembre de 1170, entrando dos días más tarde en Canterbury.

Penitencia de Enrique II, ilustración deCassell's Illustrated History of England
Penitencia de Enrique II, ilustración de
Cassell's Illustrated History of England
Becket asesinado.
La tensión era ya demasiado grande para ser soportada y la catástrofe que terminaría con ella no estaba lejos. Una apasionada palabra del enfurecido monarca fue considerada definitiva por cuatro caballeros que, inmediatamente, maquinaron el asesinato del arzobispo, ejecutándolo en su propia catedral el 29 de diciembre. El crimen tuvo su propia venganza. Becket fue reverenciado como mártir en toda Europa, siendo canonizado por Alejandro en 1173, mientras que el 12 de julio del año siguiente Enrique se humilló en penitencia pública ante la tumba de su enemigo, convirtiéndose en uno de los lugares más populares de peregrinaje en Inglaterra hasta que fue destruido durante la Reforma.