Historia

BEECHER, HENRY WARD (1813-1887)

Henry Ward Beecher, congregacional americano, cuarto hijo de Lyman Beecher, nació en Litchfield, Connecticut, el 24 de junio de 1813 y murió en Brooklyn el 8 de marzo de 1887.

Henry Ward Beecher
La estirpe Beecher, inglesa con una ligera mezcla escocesa y galesa, retrocedía a los puritanos que llegaron a Boston con John Davenport en 1637 y al año siguiente fundaron New Haven. Fueron una serie de robustos granjeros y herreros de Connecticut, señalados por sus hazañas de fuerza al estilo de Sansón. Eran dados a casarse; el abuelo de Henry tuvo cinco esposas y doce hijos y su padre Lyman, tres esposas y trece hijos. Lyman, pastor de la iglesia en Litchfield, fue uno de los dirigentes del congregacionalismo de Nueva Inglaterra, hombre de mente aguda, ingenio rápido e imaginación fértil, pero reacio al estudio duro. Los avivamientos y el duelo doctrinal le proporcionaban sus placeres más profundos. Era inquieto, impulsivo y de inestable constitución nerviosa, rompiendo a llorar a la menor provocación. La predicación le entusiasmaba en alto grado y una tormenta lo conmovía hasta el frenesí. Los estados de ánimo de alegría desbordante se apoderaban de él, siendo capaz de hacer payasadas y contar chistes de mal gusto. Era errático, desordenado en sus hábitos y despilfarrador. Por otro lado, la madre de Henry, Roxana Foote, era una mujer tímida, sensible y abnegada, que amaba las flores y todas las cosas hermosas; cantaba, tocaba la guitarra, bordaba y pintaba en marfil. Aunque con ella todo era temperamento artístico, sin embargo, tenía mucho más equilibrio y buen juicio que su marido. Su ascendencia retrocedía a Nathaniel Foote, uno de los colonos originales de Wethersfield, Connecticut, y aún más atrás, a James Foote, un caballero que, según la tradición, ayudó al rey Carlos II a ocultarse en el roble real. Su padre y madre, Eli y Roxana (Ward) Foote, fueron episcopales y lealistas. Después de tener nueve hijos, Roxana murió de tisis cuando Henry tenía unos tres años. No mucho después de su muerte, su lugar lo tomó Harriet Porter, una bella y aristocrática mujer de modales elegantes y exquisito sentido de la rectitud y decoro, que despertó temor en los hijos de Lyman en lugar de afecto cálido.

Para un niño de la naturaleza y necesidades de Henry Ward, la vida en la casa rectoral de Litchfield era a la vez favorable y desfavorable. Había una atmósfera de virilidad intelectual, pero una malsana cantidad de discusión teológica y al aumentar su edad tenía períodos agónicos de preocupación sobre la condición de su alma. Sin embargo, un espíritu de alegría e incluso de hilaridad impregnaba el hogar. Lyman Beecher jugaba con los niños e iba a pescar con ellos. Se hacía cumplir una estricta disciplina y se desarrollaban la independencia y el ingenio. 'Fui criado para poner mi mano en todo', dijo Henry en cierta ocasión, jactándose de que podía entrar en una herrería abandonada, encender un fuego y ponerle un zapato a su caballo. También aprendió a tejer manoplas y tirantes, un logro del que profesó estar agradecido. Sin embargo. el hogar de Beecher estaba demasiado ocupado y lleno de gente para que un niño más joven recibiera mucha atención y afecto personal, de lo que Henry estaba necesitado. A pesar de que era fuerte, amante de la diversión y lleno de vitalidad, era un muchacho tímido y atrasado, de habla tan estirada que apenas podía ser entendido. Inimaginables posibilidades emocionales se fueron almacenando dentro de él. En los campos y bosques donde le encantaba estar solo, salían a la luz, pero no en la casa. Indudablemente de joven era solitario, egocéntrico y reprimido. Fue su 'desgracia', dijo años después, 'ir a una escuela del distrito.' 'No tengo ni un solo un recuerdo agradable de mis días escolares. Una dificultad y defecto en la memoria verbal, del que nunca se sobrepuso, hizo que se le considerara inusualmente estúpido. Tan atrasado estaba que cuando tenía diez años su padre lo envió a una escuela en Bethlehem, Connecticut, dirigida por el reverendo Langdon. Pero empezó a tener morriña y estudió poco, pasando tanto tiempo como pudo en el bosque. Luego fue enviado a la escuela en la que su hermana Catharine estaba enseñando en Hartford, donde él era el único niño entre unas cuarenta niñas. Cuando en 1826 Lyman Beecher se convirtió en pastor de la iglesia de Hanover, Boston, Henry estaba en la edad de la adolescencia y el deseo de aventuras románticas. Quería ir al mar. Su padre astutamente le dijo que si quería ser marino, debía aprender a navegar. Henry se tragó el cebo y acabó en Mount Pleasant Classical Institute, Amherst, Massachusetts, donde por primera vez tuvo contacto con niños de diferentes tipos de diversas partes del país. Se hizo popular entre ellos y destacó en los deportes. William P. N. Fitzgerald, ex-cadete en West Point e instructor en matemáticas, le enseñó cómo estudiar; John E. Lovell, con persistente e interesada colaboración por parte de Beecher, sacó algo de orador en él. Aquí también, por vez primera, su ferviente naturaleza emocional tuvo alguna expresión y respuesta humana, en parte a través de su práctica en la declamación, pero más particularmente a través de una o dos amistades íntimas.

Henry Ward Beecher y sus padres
Henry Ward Beecher y sus padres
En 1830 ingresó en Amherst College, graduándose cuatro años después. Se mantuvo en un nivel bajo en sus clases, porque tenía la aversión de su padre a la dificultad del estudio y nunca estuvo dispuesto a someterse a un régimen fijo. Sin embargo, según le movía su inclinación, leyó extensamente a los clásicos ingleses. También adquirió un conocimiento considerable de frenología, que siempre sintió que le fue de gran ayuda en la evaluación de los poderes y tendencias de los hombres. Al hablar en público, atrajo algo de atención, e hizo frecuentes contribuciones a Shrine, uno de los periódicos de la universidad. Durante las largas vacaciones de invierno enseñó en la escuela, y en ocasiones enseñó o predicó. Era un joven sano, activo en el atletismo como entonces era común, popular con sus compañeros, notable por su habilidad en la narración de cuentos y la mímica, agilidad en la conversación, hilaridad y bromas pesadas.

Hasta entonces, el joven Beecher no había tenido ninguna experiencia religiosa. Durante un avivamiento en Mount Pleasant Academy, pasó por un breve período de excitación religiosa que él supuso ser la conversión, apremiándole su padre en la iglesia. Pero no tenía terreno firme donde asentarse y en la universidad sufrió mucho por la incertidumbre y la duda. Sabía que su madre en su lecho de muerte lo había dedicado al ministerio y que su padre esperaba que todos sus hijos fueran predicadores. Por lo tanto, al graduarse en la universidad hizo lo más natural e ingresó en Lane Theological Seminary, Cincinnati, del que su padre era rector. Aquí su exuberante vitalidad y su interés en lo que estaba pasando en su interior, le llevó a dedicar tanto tiempo a actividades extracurriculares como del currículo en sus estudios. Continuó leyendo, enseñando, predicando y escribiendo artículos para Daily Evening Post de Cincinnati, y durante unos meses ejerció como editor de Cincinnati Journal, un semanario presbiteriano. Durante la excitación que siguió a la destrucción de la imprenta de James G. Birney por una turba en favor de la esclavitud, juró el cargo como alguacil especial. Sus dudas sobre entrar al ministerio continuaban. No sentía atracción por la teología sistemática en ese momento ni después y tenía escasa capacidad intelectual para hacer frente a sus problemas. El calvinismo, que lo había ensombrecido desde la infancia, con su énfasis en la soberanía de Dios, su rigidez y severidad, era repelente a una naturaleza como la suya, rebelde a toda restricción, extraordinariamente sensible a la belleza y la alegría de la vida, y anhelante del amor y el compañerismo. Estaba decidido a predicar el evangelio, en todo caso, como le fue revelado y no como se enseñaba en las escuelas. Finalmente, la certeza religiosa surgió en él a través de una experiencia personal extática. Una hermosa mañana de mayo en los bosques de Ohio, entró en su alma un embriagador sentido de Dios, que ama 'al hombre en sus pecados, con el propósito de ayudarle a salir de ellos', no 'por un cumplido a Cristo, ni por una ley, o por un plan de salvación, sino desde la plenitud de su gran corazón', y de Cristo como alguien cuyo deseo es levantar al hombre 'de todo lo bajo y degradante a lo elevado.' Más tarde se dio cuenta de que Cristo siempre estaba cerca de él, como compañero y amigo para sostenerlo. Se trataba de una noción que abría posibilidades para una vida religiosa altamente emocional y un campo para la predicación adaptado exactamente al temperamento y dones de Beecher.

Henry Ward Beecher en su juventud
Henry Ward Beecher en su juventud
Después de esta experiencia de aquella mañana de mayo, ya no tuvo más dudas sobre su tarea en la vida. En 1837 recibió la licencia para predicar por el presbiterio de Cincinnati y aceptó una invitación de una iglesia de veinte miembros en Lawrenceburg, Indiana. Regresó al este en el verano de ese año y el 3 de agosto se casó con Eunice White Bullard de West Sutton, Massachusetts, con quien se había comprometido mientras era estudiante en Amherst. La joven pareja no tenía dinero y comenzó viviendo en dos habitaciones en un almacén, con los escasos muebles que les proporcionó la venta de algunos de los objetos y regalos personales de sus feligreses. El salario era escaso y Beecher no era demasiado orgulloso para usar la ropa de segunda mano de otros. No siempre encajaba, pero nunca fue exigente sobre su apariencia personal. Pronto tuvieron un niño, el primero de diez, y Beecher solicitó la ordenación al presbiterio de Miami, un organismo decididamente de la vieja escuela, cuyos miembros escoceses-irlandeses, sospecharon de su ortodoxia porque era hijo de Lyman Beecher. Con más inteligencia que inocencia, contestó a sus preguntas satisfactoriamente. Sin embargo, se aprobó una resolución en el sentido de que el presbiterio ordenaría sólo a aquellos que se adhirieran a la antigua escuela presbiteriana de la Asamblea General. Beecher se negó a cumplir esta condición y regresó a Lawrenceburg, sin ser ordenado. Su iglesia le apoyó y se convirtió en un organismo presbiteriano independiente. Más tarde, el 9 de noviembre de 1838, fue ordenado por la nueva escuela presbiteriana de Cincinnati. Beecher permaneció en Lawrenceburg hasta julio de 1839, cuando se convirtió en pastor de la segunda iglesia presbiteriana de Indianápolis, una congregación de la nueva escuela que se había retirado de la primera iglesia. Allí permaneció ocho años.

Durante la primera década de su ministerio, Beecher se sintió cómodo, con dominio de sí mismo y aprendiendo a usar sus dones. Comenzó su carrera con una considerable acumulación de información derivada de sus amplias lecturas, una afición apasionada por la vida al aire libre, un gusto por las personas fuera cual fuera su clase, lo que a veces le hizo peligrosamente descuidado en su elección de amistades, la ambición de ser un efectivo predicador y sobre todo, una poderosa y sincera seriedad moral. Estaba dispuesto a ser una ley para sí mismo, no solo teológicamente, sino en todo lo demás. En menor grado tenía la inestabilidad emocional de su padre y su entusiasmo por la acción, hábitos desordenados, tensión áspera e ineptitud financiera. Ni en el púlpito ni fuera del mismo prestaba mucha atención a los convencionalismos. Había poco en su indumentaria o su comportamiento que sugiriera su profesión. Iba a cazar y pescar, jugaba con los jóvenes, participaba en los picnics de la escuela dominical, pintaba su casa, empujaba una carretilla por las calles, iba a los incendios y sostenía la manguera, con la misma indiferencia a las apariencias con las cuales en años posteriores caminaría por las calles de Nueva York comiendo cacahuetes y dejando un rastro de cáscaras detrás de él. Su buen humor, buena disposición, interés en todos los aspectos de la vida humana y su libertad de cualquier piedad ostentosa le hizo popular en general. Durante mucho tiempo su predicación no le satisfizo. Finalmente, a través de un estudio de Jonathan Edwards y los métodos empleados por los apóstoles como se muestran en el libro de Hechos, captó la idea de que el secreto del éxito de la predicación radica en su singularidad de objetivo, al efectuar un cambio moral en los oyentes; y que un sermón es bueno sólo porque tiene poder sobre el corazón. Sobre este principio basó toda su predicación. La gente se reunía para escucharlo; ayudó en cultos de avivamiento por el Estado; y con gran frecuencia se le llamó para dar conferencias y alocuciones en ocasiones especiales.

También comenzó su asociación con publicaciones periódicas a través de las cuales su influencia fue mayor que la que el púlpito sólo le habría permitido. El Indiana Journal introdujo en sus columnas un departamento agrícola, cuyos contenidos se publicaban todos los meses en forma de revista bajo el título Indiana Farmer and Gardener, cambiado más tarde a Western Farmer and Gardener, siendo Beecher el editor. Su conocimiento de la agricultura no era extenso, aunque fue un entusiasta jardinero experimental; pero con la notable capacidad para asimilar y poner en práctica los resultados del trabajo de otras personas, que fue una característica de toda su vida, leyó detenidamente las enciclopedias de horticultura y agricultura de Loudon, junto con trabajos en botánica, y escribió para Farmer, de acuerdo a un amigo, 'todos los artículos que eran buenos para cualquier cosa.' Muchos de ellos fueron publicados posteriormente bajo el título Plain and Pleasant Talk About Fruits, Flowers and Farming (1859). Están escritos en un estilo directo, con elegancia, toques de humor e imaginación, conteniendo una gran cantidad de sabiduría práctica, además de impartir información, abogar por la limpieza, la temperancia, mejores escuelas públicas, más educación para los agricultores y la atención a la belleza y la utilidad.

Un Beecher difícilmente podía dejar de ser un reformador. Los primeros esfuerzos de Henry Ward para mejorar las condiciones sociales se dirigieron principalmente contra los vicios que comúnmente existían en una comunidad fronteriza. Mientras estaba en Indianápolis, pronunció una serie de alocuciones que incluían temas como "Industria y ociosidad", "Doce causas de deshonestidad", "Jugadores y apuestas", "La mujer extraña" o "Diversiones Populares". Atrajeron mucha atención en el momento, siendo publicadas en 1844 bajo el título de Seven Lectures to Young Men, que fueron ampliamente leídas en Estados Unidos y en el extranjero. Son notables por su agudo análisis de los motivos humanos, sus gráficas descripciones y lenguaje pintoresco, realismo y estilo incisivo. Fue criticado en el momento, y ha sido condenado desde entonces, por parecer dejar de lado la cuestión de la esclavitud, en una comunidad donde los abolicionistas no eran populares. Su silencio relativo sobre este tema no fue por falta de valor, pues Beecher siempre mostró audacia, no precipitada, para hacer lo que quería hacer. Los Beecher se oponían a la esclavitud, pero Henry compartió la antipatía de su padre hacia los abolicionistas extremos, "hombres-cabra", los llamó, 'que piensan que sirven a Dios golpeando todo lo que se interponga en su camino.' No sólo desconfiaba de sus métodos, sino que su enojo, malicia y malas palabras eran ajenas a su amable disposición. No estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que pudiera interferir con el propósito principal de su vida: predicar el evangelio con poder a todo tipo y condición de hombres.

Plymouth Church
Plymouth Church
Para 1847 la fama de Beecher había llegado a otras partes. Ese año recibió invitaciones de la iglesia Park Street, Boston, y de la iglesia Old South de la misma ciudad, las cuales rehusó. Prefería el oeste y quería quedarse allí; pero su esposa no, pues su salud era débil. De ahí que cuando fue invitado a hacerse cargo de la recién fundada iglesia Plymouth de Brooklyn, congregacional en política, aceptó. Allí, el 10 de octubre de 1847, comenzó una carrera pública que destacó como pocas. La gente venía a escucharle en número creciente. Su falta de convencionalismo, audacia, ingenio y humor, su libertad teológica, capacidad dramática y lenguaje pintoresco, su intimidad amistosa y naturalidad, les fascinaba. Al principio lo hacían por curiosidad, pero siguieron llegando y por otros motivos. Su comprensión exhaustiva del corazón humano y su apreciación y variada aplicación de las verdades espirituales fundamentales satisfacían sus necesidades religiosas. En enero de 1849 el edificio de la iglesia se quemó, construyéndose uno más grande, con un auditorio semicircular, especialmente diseñado para dar a la audiencia la oportunidad de ver y escuchar a Beecher, y a éste para que tuviera libertad de ejercer sus cualidades. A partir de entonces su congregación semanal tuvo un promedio de aproximadamente 2.500 personas. A Nueva York llegaban visitantes de todo el país y desde el extranjero. Sus sermones, copiados estenográficamente, porque nunca se escribieron, se imprimían cada semana en forma de panfletos, ampliamente difundidos. En el campo de las conferencias, pronto fue uno de los oradores públicos más populares. Se convirtió desde el principio en un colaborador habitual de Independent, lo que hizo que fuera ampliamente leído. De 1861 a 1864 y de 1870 a 1881 fue editor de Christian Union. Para esos periódicos escribió algunos de los 'más vigorosos editoriales de la prensa estadounidense.' También fue durante un tiempo colaborador de New York Ledger. El efecto de su personalidad y dones fue extraordinario. 'Ha tenido la desgracia de una popularidad que es perfectamente fenomenal', escribió su hermana, Harriet Beecher Stowe, a George Eliot. 'Recuerdo estar en su casa una noche en primavera y en esa noche llegó una caja de flores de Maine, otra de New Jersey, otra de Connecticut, todas de personas con quienes no tenía contacto personal, que habían leído algo de él y querían enviarle un pequeño regalo.'

Desde el principio usó su púlpito, o plataforma, pues no tenía púlpito en su iglesia, para la discusión de preguntas públicas y la defensa de reformas Sus pronunciamientos desde allí y a través de la prensa le convirtieron en un reconocido dirigente de las fuerzas antiesclavistas. Aunque no siempre consistente o bien aconsejado, en conjunto todas sus ideas y políticas soportaron la prueba del tiempo. Creía que la esclavitud es fundamentalmente mala, pero sostuvo que bajo la Constitución no se podía interferir en los Estados esclavistas. Sin embargo, insistió que debería ser rígidamente confinada y así circunscrita, acabaría por desaparecer. Se opuso al compromiso a medidas de 1850, porque la libertad y la esclavitud son elementos irreconciliables en el sistema político. Aconsejó la desobediencia a la ley de esclavos fugitivos, declarando que los derechos de la humanidad están por encima de los de la Constitución. Mientras que expresó su simpatía por John Brown, lamentó su incursión en Harper's Ferry como el acto de un viejo loco, negando el derecho de los del norte para intentar provocar descontento entre los esclavos o provocar resentimiento contra el sur. Hizo campaña por Fremont y en 1860 por Lincoln. Después que estalló la guerra, instó a que continuara por parte del norte, criticando a Lincoln severamente por retrasarse a emitir una proclamación de emancipación. En 1863 visitó Inglaterra y ante violenta oposición apoyó al norte en una serie de discursos, que, aunque ha sido exagerada su influencia en la determinación de la opinión inglesa, fueron logros extraordinarios en favor de la causa. Después de la guerra, aunque defendió los derechos de los liberados, estuvo de acuerdo con el presidente Johnson para que los Estados secesionistas fueran admitidos de inmediato en los privilegios de la Unión y el gobierno militar en el Sur fuera suspendido tan pronto como fuera posible.

Henry Ward Beecher
Henry Ward Beecher
Ni en asuntos políticos ni religiosos Beecher mostró una particular originalidad. No abrió caminos en nuevos terrenos de la verdad; tampoco comenzó nuevos movimientos. No era un investigador, ni un razonador riguroso, ni incluso un estudiante en la acepción común del término. Tenía poca capacidad para tratar temas abstractos y rara vez discernía cuestiones sutiles espirituales o temporales. Lo más o menos obvio y práctico fue siempre su fuerte. Sin embargo, tenía una vitalidad y fertilidad intelectual inusual. Explotó todos los campos de interés humano y fue capaz de comprender los principios fundamentales, de percibir hechos esenciales y, con rara capacidad expositiva, presentarlos clara y persuasivamente. Su rapidez de ingenio y resolución le permitían tomar el control de la situación. Sin embargo, su mente era preeminentemente como la de un poeta. Pensaba en imágenes y analogías. Nunca cuando hablaba se perdía por una palabra o una figura; su problema era elegir entre la cantidad que tenía ante sí.

Lo físico y emocional eran los elementos dominantes en la naturaleza de Beecher, siendo tanto su fuerza como su debilidad. En apariencia personal se dice que fue una de las figuras más llamativas en Nueva York. Era de mediana estatura y algo grueso, con anchos hombros sobre los que descansaba una cabeza leonina. Su cabello, gris en sus últimos años, colgaba suelto sobre el cuello de su abrigo. Sus ojos azul grisáceo estaban llenos de expresión cambiante. Poseía una rica y flexible voz, sensible a cada rasgo de emoción. Sus recursos físicos parecían inagotables. Emanaba vitalidad y con ella un exuberante buen humor. Sus sentidos eran inusualmente agudos. Tenía el ojo del artista para los colores y se deleitaba sensualmente en ellos. Deliberadamente se deleitaba en los objetos hermosos, llevando piedras preciosas en su bolsillo para sacarlas y mirarlas cuando le hiciera falta. Algunos de esos objetos le calmaban; otros, confesó, le producían casi el mismo efecto que el champán. Ansiaba una atmósfera emotiva para su predicación, teniendo siempre flores en la iglesia e insistiendo en que el canto fuera abundante en la congregación. Mostró gran encanto y tacto en el trato con la gente y una libertad con sus amigos, incluidas las mujeres, que era poco convencional, pero tan espontánea y natural como para ser inofensiva. Libre de prejuicios raciales o sectarios, era congregacional por la libertad que la denominación permitía, pero apreciaba lo bueno en otras iglesias, aunque se opuso a todos los esfuerzos para lograr una unidad eclesiástica orgánica, convencido de que las diferentes creencias, gustos y las necesidades de los hombres la harían imposible. Era esencialmente un hombre de estados de ánimo e impulsos. Nunca se disciplinó a sí mismo a fondo o se aferró a una rutina. Hizo lo que le apetecía hacer y le faltaba un sentido de la decencia, por lo que frecuentemente hacía y decía lo que era de mal gusto e indigno de él. Si le gustaba algo, lo quería y nadie podría convencerle de que había algo más hermoso o mejor.

Su actitud en asuntos grandes y pequeños estaba igualmente determinada por sus reacciones emocionales. Así como las concepciones teológicas que surgieron en él en el bosque de Ohio fueron precisamente aquellas que satisfacían sus ansias internas, a lo largo de su carrera sus creencias y actividades estuvieron determinadas, no por pruebas críticas o intelectuales, sino por el hecho de que coincidieran con sus sentimientos, predisposiciones e intuiciones. Su intenso amor a la libertad se debía en gran parte a su rebelión contra las influencias represoras y contra el calvinismo bajo el cual creció; de ahí su odio hacia la controversia teológica y su tolerancia, por la misma causa. Creía en un Dios personal, pero Dios tenía poca realidad para él excepto personificado en Cristo. A Cristo oraba y en él su apasionada naturaleza encontró lo que buscaba. 'Acepto sin cuestionar la tripersonalidad de Dios. Acepto la Trinidad; tal vez porque fui educado en eso. No importa por qué, la acepto.' Predicó el amor de Dios y la alegría y la gloria de la vida cristiana, pero puso comparativamente poco énfasis en la justicia de Dios y la importancia de la autodisciplina, sacrificio y las virtudes más severas. Del mismo modo, sus actividades reformistas estuvieron determinadas por sus sentimientos dominantes. La condición de los esclavos despertó sus simpatías y se oponía a la esclavitud misma por su amor a la libertad y sus sentimientos religiosos. Apoyó el movimiento sufragista femenino, porque creía que es un derecho natural y se rebeló contra toda interferencia en el mismo. En sus últimos años, abrazó la teoría de la evolución, porque, tal como la interpretó, encajaba en su confianza optimista en las posibilidades de la naturaleza humana y su convicción de que el hombre nunca había caído, sino que había estado ascendiendo siempre. Al mismo tiempo, se aferró a su creencia en milagros y providencias especiales.

Theodore Tilton y su esposa
Theodore Tilton y su esposa
Es una cuestión discutida si la naturaleza intensamente emocional y sensual de Beecher, su falta de una autodisciplina rigurosa, sus convicciones religiosas más bien inestables y su tendencia a ser ley para sí mismo, resultaron en ser culpable de actos inmorales o si fue víctima de falsas acusaciones. Theodore Tilton, un brillante escritor y periodista y reformador radical, fue en sus primeros años uno de los admiradores y protegidos de Beecher. Tanto él como su esposa eran miembros de Plymouth Church y su pastor visitaba con frecuencia su casa. A través de la influencia de Beecher, Tilton consiguió ser editor ayudante de Independent y al retirarse su jefe le sucedió en el cargo. Su crítica de 'Cleveland Letter' había hecho que Beecher cortara toda relación con ese periódico. Las opiniones poco convencionales de Tilton sobre el matrimonio y la religión eran ofensivas para muchos de los suscriptores y ese hecho, junto con la popularidad de Christian Union, al cargo de Beecher, redujo su circulación. Henry C. Bowen, su propietario, destituyó a Tilton de la dirección editorial, reteniéndolo como colaborador habitual, haciéndolo editor de Brooklyn Unión. A fines de 1870, en parte a través de su influencia, afirmó Beecher, Bowen quitó a Tilton de ambos periódicos. Los rumores de inmoralidades groseras por parte de Tilton estaban en el aire y Beecher, siguiendo el consejo de su esposa, aconsejó a la mujer de Tilton que se separara de él.

Durante algunos años ciertas historias escandalosas que afectaban a Beecher habían circulado clandestinamente. El 30 de diciembre de 1870, Tilton acusó a Beecher de relaciones impropias con su esposa, por una confesión hecha por ella, de la que se retractó después de una llamada de Beecher, diciendo que había sido obtenida bajo coacción. Se adoptó una política de silencio por parte de todos los interesados, pero la historia se filtró. El 2 de noviembre de 1872, Victoria Woodhull publicó en Woodhull and Claflin's Weekly un relato muy descriptivo del 'carácter y conducta del reverendo Henry Ward Beecher en su relación con la familia de Theodore Tilton.' Sin embargo, no fue hasta el 30 de junio de 1873 que Beecher negó públicamente las historias y rumores sobre él. En junio de 1874, Tilton publicó una declaración en la que acusó a Beecher de una 'ofensa contra él que se abstuvo de nombrar.' Beecher pidió a un comité de seis personas de su iglesia que investigara. Después de examinar a treinta y seis testigos, incluyendo a Tilton, quien hizo una parcial declaración y luego se negó a ser interrogado más, el comité informó que 'no encontró nada evidente que pudiera perjudicar la confianza perfecta de Plymouth Church o la sociedad en el carácter cristiano y la integridad de Henry Ward Beecher.' El 20 de agosto de 1874, Tilton demandó a Beecher, acusándolo de adulterio con la Sra. Tilton, y exigiéndole daños por valor de 100.000 dólares. El juicio duró seis meses y fue asunto de discusión en todo el país. La opinión pública estaba muy dividida. Después de nueve días de deliberación, en el jurado no había acuerdo para un veredicto, siendo la votación final de nueve contra tres a favor del acusado. Un año y medio después, un consejo de iglesias congregacionales, compuesto de 244 representantes, convocados en Plymouth Church, después de un examen, declaró: 'Consideramos al pastor de esta iglesia inocente de los cargos en su contra, hasta que sean confirmados mediante pruebas.' Se nombró un comité de cinco miembros para recibir cualquier acusación y prueba que pudiera presentarse, pero ninguna se presentó.

Una revisión de la evidencia presentada en el juicio, por un grupo imparcial de personas, probablemente diera lugar a una diferencia de opinión tal como hubo en el jurado. Beecher les dijo a dos de sus abogados que se disculparon por venir a consultarlo un domingo por la tarde: 'Tenemos la buena autoridad de que es lícito sacar un asno del pozo en el día de reposo. Pues bien, nunca hubo un asno más grande ni un pozo más profundo.' Incluso sus amigos probablemente habrían admitido una medida de verdad en la afirmación de una reseña periodística del caso: 'Hombres sensatos en todo el país se ven obligados en sus corazones a reconocer que la gestión del Sr. Beecher en cuanto a sus amistades y asuntos privados ha sido completamente indigna de su nombre, posición y llamamiento sagrado.'

Henry Ward Beecher
Henry Ward Beecher
El resto de la carrera de Beecher se vio un tanto ensombrecida por este escándalo. Pero su popularidad no fue destruida. El juicio le costó 118.000 dólares y aunque durante años sus ingresos fueron grandes, siempre fue pobre. Para recuperarse financieramente dio conferencias a lo largo del país. Su voz aún se escuchaba en asuntos públicos. Atacó a los jueces corruptos de Nueva York, abogó por la reelección del presidente Arthur, se opuso a Blaine y apoyó activamente a Cleveland para la presidencia. También trabajó en su Life of Jesus the Christ, cuyo primer volumen apareció en 1871. No vivió para terminar la tarea, pero fue completada por sus hijos y publicada en 1891. Las empresas puramente literarias de Beecher no fueron particularmente fructíferas. En 1867 publicó una novela, Norwood, or Village Life in New England, una serie de bocetos en lugar de una historia. Justo antes de su juicio había pronunciado los primeros tres cursos de las conferencias Lyman Beecher en Yale. Su incredulidad en un infierno literal, y su aceptación de la hipótesis evolutiva, le sometieron a muchas críticas y el 10 de octubre de 1882, se retiró de la Asociación de Ministros Congregacionales a la que pertenecía, para que sus hermanos no tuvieran que 'soportar la carga de responsabilidad de tolerar los puntos de vista' que él había sostenido y enseñado. En 1885 apareció su Evolution and Religion. Durante cuatro meses en 1886 estuvo en Inglaterra donde predicó y dio una conferencia. Dirigió los servicios en Plymouth Church con su vigor habitual el 27 de febrero de 1887, pero el domingo siguiente sufrió una hemorragia cerebral que acabó con su vida. Cuarenta mil personas desfilaron ante su cadáver mientras yacía en la iglesia antes de ser llevado al cementerio de Greenwood.

Un pasaje de su sermón sobre "La inmortalidad" da una idea del contenido de su predicación:

"No puedo ni quiero creer que, cuando piso los terrones de tierra, es a mi madre a quien estoy hollando bajo mi pie; la que me llevó en su seno, la que año tras año me dio de las aspiraciones de su alma. No quiero creer que ella es polvo. Todo en mí se rebela contra la idea. ¿Podrán caminar juntas dos personas, en unión inseparable, entremezclando sus pensamientos más nobles y brillantes, luchando por conseguir el ideal más elevado, como flores que crecen juntas lado a lado, aspirando mutuamente su fragancia y brillando en hermosura cada una para la otra; dos personas están así unidas y ligadas de por vida hasta que en alguna oscura hora una es llamada y la otra dejada, y ha de bajar a la tumba el corazón sangrante y decir: "Devuelvo el polvo al polvo"? ¿Acaso eso era polvo? Toda esa confianza mutua, esa fidelidad, esa verdadera franqueza, esa honestidad transparente, ese amor heroico, ese desinterés, ese gusto tan acabado y tan exquisito, ese amor tan ferviente, esa aspiración, ese poder de convicción, esa piedad, esa gran esperanza en Dios, todos esos elementos del alma, del compañero que se fue, ¿acaso eran sólo fenómenos de la materia? ¿Acaso han sufrido un colapso y como las flores del año pasado que la helada quemó, han vuelto al polvo? En la angustia de tal hora, no queremos desasirnos de la esperanza de la resurrección. ¿Puede un padre volverse del sepulcro donde ha dejado a sus hijos y decir: "Nunca más los volveré a ver"? Ya en la tenue luz en que vivió David, pudo decir: "Yo voy a él, mas él no volverá a mí." ¿Y acaso es posible que el corazón paterno pueda pararse hoy al lado de la tumba en que los niños ya no están al alcance de la vista y decir: "Nunca más vendrán a mí, ni yo iré a ellos; son pimpollos que han caído, nunca podrán dar fruto"? Esto es antinatural. Es horrible. Todo lo mejor del hombre, todo lo que hay en él, cada uno de sus instintos, toda la naturaleza humana, todo se rebela contra ello. ¿Entonces, el alma misma del hombre no es un testigo de la verdad de la inmortalidad?"