Historia

BELLARMINO, ROBERTO (1542-1621)

Roberto Francesco Romolo Bellarmino, famoso polemista católico, nació en Montepulciano, a 42 kilómetros al sudoeste de Arezzo, Toscana, el 4 de octubre de 1542 y murió en Roma el 17 de septiembre de 1621.

Roberto Francesco Romolo Bellarmino
Por parte materna era sobrino del papa Marcelo II y procedía de una noble aunque empobrecida familia. Desde muy temprano mostró su talento, pues siendo niño citaba de memoria a Virgilio y compuso varios poemas en italiano y latín. Uno de sus himnos sobre María Magdalena se incluye en el breviario romano. Su padre le preparó para la carrera política, esperando que restaurara la gloria caída de su casa, pero su madre deseaba que entrara en la orden jesuita, prevaleciendo finalmente esta decisión. Entró en el noviciado romano en 1560, permaneciendo en Roma durante tres años y yendo luego a una casa jesuita en Mondovi en el Piamonte. Allí aprendió griego y lo enseñó, tan rápido como lo aprendió. Su estudio sistemático de la teología comenzó en Padua en 1567 y 1568, donde sus profesores eran tomistas, ya que los jesuitas todavía no habían desarrollado una teología propia.

En Lovaina.
Tras una visita a Venecia, donde alcanzó renombre como orador público, fue enviado por el general de los jesuitas, Francisco de Borja, a Lovaina en 1569, sede de la universidad católica más famosa entonces. Fue ordenado sacerdote en Gante el Domingo de Ramos de 1570, por el anciano Jansenio. Entre los profesores de Lovaina prevalecía una estricta teología agustiniana, representada por Bayo, el precursor del jansenismo. Bellarmino no tenía suficiente profundidad o experiencia cristiana, para apreciar las doctrinas agustinianas de la corrupción del hombre y de la necesidad divina de la gracia para mover la voluntad. Por lo tanto, se opuso a las proposiciones de Bayo, aunque sus propias convicciones y expresiones en la gran controversia sobre la gracia siempre fueron un tanto imprecisas. Fue el primer jesuita en enseñar en la universidad, siendo la asignatura la Summa de Tomás de Aquino. También realizó extensos estudios sobre los Padres y teólogos medievales, que le proporcionaron material para su libro De scriptoribus ecclesiasticis (Roma, 1613), que fue posteriormente revisado y ampliado por Sirmond, Labbeus y Oudin. En Holanda obtuvo un conocimiento de la gran controversia con los protestantes que a duras penas podía haber adquirido en Italia, aunque parece que nunca entró en contacto personal con los dirigentes evangélicos. Finalmente, aprendió hebreo y escribió una gramática que se imprimió varias veces. Su genio en la enseñanza, claridad de pensamiento y habilidad en la controversia eran indiscutibles.

Portada de la obra de BellarminoDisputationes de controversiis christianæ fidei
Portada de la obra de Bellarmino
Disputationes de controversiis christianæ fidei
En Roma. Las Disputationes.
La estancia de Bellarmino en Lovaina duró siete años. Su salud se quebrantó por el estudio y el ascetismo y en 1576 hizo un viaje a Italia para recuperarse. Aquí fue retenido por orden de Gregorio XIII para que se ocupara en enseñar sobre teología polémica en el nuevo Colegio Romano. Dedicó once años de trabajo a esta tarea, de la cual surgió su célebre Disputationes de controversiis christianæ fidei, publicada primero en Ingolstadt, 4 volúmenes, en 1581-93. Ocupa en el campo de la dogmática el mismo lugar que los Annales de Baronio en el campo de la historia. Ambas obras fueron el resultado de un gran avivamiento religioso e intelectual que la Iglesia católica había experimentado desde 1540. Las dos llevan la firma de ese periodo: El esfuerzo por la elegancia literaria, que era lo principal a comienzos del siglo XVI, y el deseo de acumular tanto material como fuera posible para abarcar todo el campo del saber humano, lo cual incorporó a la teología. La exposición de Bellarmino de los conceptos y argumentos de los protestantes es sorprendentemente completa y segura, por lo que la circulación del libro en Italia se vio obstaculizada durante algún tiempo. Falla, como la mayoría de sus contemporáneos, en entender el principio del desarrollo histórico y su creencia en la autoridad, llevada a un extremo, perjudicó su sentido de la verdad, manejando la Biblia y la historia de manera arbitraria. El primer volumen trata de la Palabra de Dios, de Cristo y del papa; el segundo de la autoridad de los concilios y de la Iglesia, ya sea militante, expectante o triunfante; el tercero de los sacramentos; y el cuarto de la gracia, libre albedrío, justificación y buenas obras. La parte más importante de la obra está contenida en los cinco libros sobre el pontificado romano. En los mismos, tras una introducción especulativa sobre las formas de gobierno en general, sosteniendo que la monarquía es la mejor, afirma que un gobierno monárquico es necesario para la Iglesia, a fin de preservar la unidad y el orden. Considera que tal poder fue establecido cuando Cristo dio la comisión a Pedro. A continuación procede a demostrar que este poder ha sido transmitido a los sucesores de Pedro, admitiendo que un papa herético puede ser libremente juzgado y depuesto por la Iglesia, ya que la misma herejía le incapacita como papa. Aquí hay un eco de los grandes concilios del siglo XV. La tercera sección discute el tema del Anticristo; Bellarmino desarrolla plenamente la teoría expuesta por los padres latinos y griegos de un Anticristo personal, que viene antes del fin del mundo y es aceptado por los judíos y entronizado en el templo en Jerusalén, negando así la interpretación protestante de que el papa sea el Anticristo. La cuarta sección expone que el papa es el juez supremo en asuntos de fe y moral, aunque concede (confirmado más tarde por el Vaticano I) que el papa puede equivocarse sobre hechos que pueden ser conocidos por conocimiento ordinario humano y también cuando habla como mero teólogo no oficial o doctor privatus. Sus argumentos abundan en la última parte, que trata del poder del papa en asuntos seculares. Aunque dice que el papa no tiene jurisdicción en tales asuntos, defiende su potestad para destituir reyes, absolver súbditos de su lealtad y alterar las leyes civiles, cuando esas acciones son necesarias para el bien de las almas entregadas a su cuidado pastoral.

Roberto Bellarmino, grabado de Johann Elias Haid
Roberto Bellarmino, grabado de Johann Elias Haid
Nuevas responsabilidades tras 1589. Escritos polémicos.
Hasta 1589 Bellarmino estuvo enteramente ocupado como profesor de teología, pero esa fecha marca el comienzo de una nueva época en su vida y de nuevas dignidades. Tras el asesinato de Enrique III de Francia, Sixto V envió en 1590 al cardenal Cayetano como legado a París para negociar con la Liga, escogiendo a Bellarmino como teólogo acompañante, estando en la ciudad durante el sitio de Enrique de Navarra. El siguiente papa, Clemente VIII (1591-1605), puso gran esperanza en él. Escribió un prefacio a la nueva edición de la Vulgata y fue nombrado rector del Colegio Romano en 1592, tres años después, provincial de Nápoles, examinador de obispos en 1598, cardenal en 1599 y asesor del cardenal Madruzzi, de la congregación de Auxiliis, creada para resolver la controversia de la armonía de la gracia eficaz y la libertad ventilada entre tomistas y molinistas, que juzgó debía dejarse libre su discusión sin intervenir directamente las escuelas, y en 1602 arzobispo de Capua. Había escrito vigorosamente contra el pluralismo y la no residencia, dejando un buen ejemplo al salir en cuatro días para su diócesis, donde se dedicó celosamente a sus deberes episcopales, ejecutando firmemente los decretos de Trento. Bajo Pablo V (1605-21) estalló el gran conflicto entre Venecia y el papado, en el que Fra Paolo Sarpi fue el portavoz de la República, protestando contra el entredicho papal, reafirmando los principios de Constanza y Basilea y negando autoridad al papa en asuntos seculares. Bellarmino escribió tres réplicas a los teólogos venecianos y al mismo tiempo posiblemente salvó la vida de Sarpi, al avisarle de un inminente asesinato. Nada más ser entronizado Pablo V lo había nombrado miembro de la congregación del Santo Oficio, por lo que Bellarmino tuvo que notificar a Galileo la condenación de su enseñanza heliocéntrica. Pronto tuvo ocasión de cruzar su espada dialéctica con un prominente antagonista, Jacobo I de Inglaterra. Bellarmino había escrito una carta al arcipreste inglés Blackwell, reprochándole por prestar juramento de lealtad, despreciando su deber hacia el papa. Jacobo le atacó en 1608 en un tratado en latín, que el erudito cardenal respondió, haciendo burla de los defectos del latín del rey. Jacobo replicó con un segundo ataque en estilo más cuidado, dedicado al emperador Rodolfo II y todos los monarcas de la cristiandad, en el que él se presentaba como defensor del primitivo y verdadero cristianismo católico. La respuesta de Bellarmino abarca más o menos la totalidad de la controversia. En respuesta a un tratado póstumo de William Barclay, el célebre jurista escocés, escribió otro Tractatus de potestate summi pontificis in rebus temporalibus, en el que reiteraba sus firmes posturas sobre el asunto, siendo prohibido en Francia, donde no agradó ni al rey ni a los obispos. En su ancianidad se le dio permiso para regresar a su antiguo hogar en Montepulciano, siendo allí obispo durante cuatro años, tras haberse retirado del colegio jesuita de San Andrés en Roma. Recibió algunos votos en los cónclaves que eligieron a León XI, Pablo V y Gregorio XV, pero solo en el segundo caso tuvo alguna posibilidad de ser elegido.

Varias veces se intentó proceder a su beatificación, entre ellas siendo papa Benedicto XIV, que no lo hizo para no herir el amor propio de la corte de Francia, contra cuyo regalismo defendió Bellarmino, al contestar a Jacobo I, el poder depositivo del papa. La gran obra de Bellarmino fue la defensa de la fe católica contra los protestantes en el terreno de una controversia brillante, moderada, de vigorosa argumentación, teniendo conocimiento del campo enemigo. En sus Controversias defendió el poder indirecto del papa sobre lo temporal, calificativo que halló oposición en Sixto V, que quiso incluir en el Índice el primer tomo de aquella obra (que luego mereció la aprobación de Gregorio XIV), así como de parte de los teólogos defensores del poder directo y de los galicanos y anglicanos, que querían un poder de sola influencia de lo espiritual sobre lo temporal. En su vida privada Bellarmino observó una conducta abnegada y ascética.

Como ya se ha mencionado Bellarmino intervino en la disputa entre Venecia y el papa, con su Risposta alle oppositioni di Fra Paulo servita (Roma, 1606), perteneciendo el siguiente texto a esa obra:

'La potestad del príncipe se adquiere de cuatro maneras, por elección, herencia, donación o conquista en justa guerra; títulos todos ellos que ciertamente no proceden de ley divina sino humana... En esto radica la gran diferencia entre el poder eclesiástico del papa y el poder político de los príncipes seculares, en que el derecho del papa para gobernar a todos los cristianos no está basado apenas en el mandato divino, en virtud del cual se debe obediencia a todo legítimo superior, sino también en el hecho de que Dios le ha concedido inmediatamente a todos los cristianos por súbditos, porque aunque el papa es elegido por los cardenales, no son éstos sino Dios quien le concede su poder... Los reyes y los príncipes seculares, por otro lado, pueden perder a sus súbditos enteramente o en parte, pues ellos mismos pueden incluso alienar una de sus ciudades o provincias y colocarlas bajo el control de otro príncipe... pero nadie puede disminuir o quitarle el poder al supremo pontífice.'
Igualmente es de la misma obra el siguiente pasaje:
'Si miráis de cerca, los abusos [a los que se refieren los defensores de Venecia] son cuestiones como el celibato clerical, el sacrificio de la misa y la invocación de los santos... Cuando se os dice que tales abusos estorban directamente a vuestra salvación, ¿qué pueden significar tales palabras sino que la salvación es imposible dentro de la iglesia romana?... Sed precavidos con respecto a las verdaderas intenciones de quienes guían a la Muy Serenísima República en estos días, pues si tienen éxito en sus propósitos, Dios lo impida, no sólo arruinarán la fe del Estado, sino que con toda probabilidad destruirán su posición temporal y la riqueza que depende tan directamente de esa fe... Con la ayuda de la Santísima Reina de los Ángeles y del glorioso evangelista San Marcos, ruego porque la astucia del diablo no consiga sus propósitos, porque de otra manera se admitirá la herejía para ruina primero de vuestra vieja República y, después, de Italia.'