Historia
BELMEIS, RICHARD DE († 1128)
Enrique I recompensó los fieles servicios de Belmeis en el oeste con el obispado de Londres. Fue elegido el 24 de mayo de 1108, siendo ordenado sacerdote por Anselmo en Mortlake unos días después y consagrado obispo el 26 de julio en Pagham, Sussex. Anselmo ya tenía su salud deteriorada y parece que solo con cierta dificultad cedió a la extrema ansiedad de Enrique para la apresurada consagración de su ministro. Una generosa donación a la iglesia madre de Canterbury testificó de la gratitud de Richard por la disposición del arzobispo a cumplir sus deseos. Probó ser un verdadero súbdito de la sede de Canterbury en el celo con que se esforzó por obligar a Thomas, arzobispo electo de York, para que reconociera la supremacía del primado de toda Inglaterra; pero Anselmo parece haber sospechado que el ambicioso obispo de Londres aspiraba al palio. A la muerte de Anselmo, Richard mismo consagró a Thomas después de la debida profesión de obediencia canónica, pero una feroz lucha por la precedencia estalló en Navidad en la corte del rey en 1109 entre los prelados rivales. Richard reclamó, como deán de la provincia de Canterbury y como obispo mayor, decir misa ante el rey en preferencia a Thomas, a quien no otorgaría la dignidad arzobispal. Cenando en la mesa del rey se renovó la disputa, volviéndose tan intensa que Enrique, disgustado, los mandó a ambos a cenar solos. Pero la consagración de un nuevo arzobispo de Canterbury puso fin a las aspiraciones de Richard en esa dirección.
Richard retuvo su virreinato en las marcas muchos años después de su nombramiento para Londres. Ciertamente tuvo el cargo hasta 1123 y nada sino la mala salud le hizo abandonar el poder. Su gran posición en el oeste le permitió durante algunos años dedicar todo el ingreso de su obispado a la reconstrucción de la catedral de San Pablo, que el obispo anterior, Maurice, había comenzado en un grado tan pródigo como para ser una seria carga para su sucesor. Casi terminó la gran obra, pero después de unos años se cansó del excesivo desembolso y tal vez la terminó de una forma menos ostentosa. Hacia el final de su vida empleó su riqueza principalmente en la fundación del priorato de St. Osyth, para canónigos regulares agustinos, en la mansión de Chich (Osyth St. Chick), en Essex, perteneciente a la sede de Londres. Ya le había aconsejado a la reina Matilda que estableciera a los agustinos en Holy Trinity en Aldgate, el primer asentamiento de esta popular orden en Inglaterra. En 1123 William de Corbeuil, primer prior de St. Osyth, fue hecho arzobispo de Canterbury, una elección no improbable debido a la influencia del fundador. Pero un ataque de parálisis en el mismo año obligó a Belmeis, de mala gana, pues amó el poder hasta el final, a renunciar a su cargo en Shropshire. Finalmente buscó refugio en St. Osyth de las preocupaciones de la vida activa, donde murió, aunque es dudoso que se retirara formalmente de su sede. Su último acto fue restituir algunas tierras e iglesias que había tomado indebidamente de la abadía de Shrewsbury. Fue enterrado donde murió y los canónigos celebraron a su fundador en su epitafio como 'vir probus et grandsevus, per totam vitam laboriosus.'
Richard de Belmeis fue el tipo de prelado ministerial del siglo XII, pudiendo ser situado después de Roger de Salisbury entre los asesores eclesiásticos de Enrique I. Activo, enérgico, buen administrador e intrigante sutil, no eludiendo la traición cuando le servía a él o a la causa de su amo, fue fiel a Enrique en una posición de gran dificultad y delicadeza, siendo proporcionalmente respondido por ese monarca. Tenía poco de santo y cuidó muy bien los intereses de sus sobrinos, tanto en Shropshire como en Londres. A uno lo hizo deán de San Pablo, a otro archidiácono de Middlesex, y tanto a sobrinos eclesiásticos como seculares les procuró ricas tierras en Shropshire. Sin embargo, el continuador de la obra de Maurice, fundador de San Osyth, magnífico prelado que prodigó todos los ingresos de su sede en sus grandes edificios, al menos puede escapar del cargo de la mera búsqueda de sí mismo. Solo era codicioso de poder e influencia. En su contienda con Thomas de York mostró su celo por su orden y provincia. Como administrador y jurista, como eclesiástico, constructor de iglesias y estadista, ocupa un lugar destacado entre los obispos de su tiempo.