Historia

BENEDICTO XIII (c. 1328-1423)

Benedicto XIII (Pedro de Luna) fue antipapa entre los años 1394 y 1417. Nació hacia 1328 en Illueca, reino de Aragón y murió en Peñíscola, Valencia, en noviembre de 1423.

Procedía de una noble familia de Aragón, estudiando en Francia y enseñando derecho canónico en la universidad de Montpellier. Gregorio XI lo nombró cardenal.

Grupo escultórico con Benedicto XIII y los
cardenales y obispos que le acompañaron
en su retiro a Peñíscola, Museo Marés,
Barcelona
Posicionamiento con Clemente VII en el Cisma de Occidente.
Cuando estalló el cisma entre los partidarios de Urbano VI y Clemente VII, se puso del lado de éste, yendo a España y Portugal como representante de Clemente en 1379. En 1393, de nuevo, apareció en una reunión de dignatarios ingleses y franceses, con la esperanza de apartar a Inglaterra de la facción de Bonifacio IX, el papa elegido en Roma para suceder a Urbano VI. Al sugerir la universidad de París en 1394 tres maneras para acabar con el cisma: la dimisión de los pretendientes, el sometimiento de ambos a la decisión de un tribunal acordado o la convocatoria de un concilio general, Clemente le envió a París para impedir la primera propuesta; pero de hecho se declaró en favor de ella, posiblemente mirando por su propio interés. Clemente murió en el otoño y casi todos los cardenales de su facción estaban de acuerdo en que cualquiera que eligieran papa debería hacer todo lo que estuviera en su mano para terminar el cisma, incluso abdicando si fuera necesario, siendo el más partidario de esta posición el propio Pedro de Luna. Fue escogido unánimemente el 28 de septiembre y consagrado y coronado el 11 de octubre. Reiteró su disposición para hacer cualquier cosa por la paz; pero cuando el año siguiente una embajada que representaba al rey de Francia, un sínodo nacional y la universidad de París conferenciaron con él para pedir la abdicación de ambos papas, él declinó, recomendando más bien un encuentro entre los dos para dilucidar la cuestión. Se adhirió a esta postura, a pesar de la idea opuesta de todos los cardenales menos uno y de los ruegos personales de los duques de Berry, Borgoña y Orleáns. Carlos VI convocó un segundo concilio nacional en París (finales de agosto de 1398) e intentó ganar el apoyo de los soberanos europeos para su plan. En junio de 1397 los embajadores de Francia, Inglaterra y Castilla impusieron sobre Benedicto la necesidad de abdicar, pero se negó a hacerlo, indicando que quien debería abdicar era Bonifacio IX. No más éxito tuvo una embajada conjunta (1398) de Carlos y Wenceslao, rey de los romanos, encabezada por Pedro d'Ailly, obispo de Cambrai.

Curso de los acontecimientos en Francia.
Carlos convocó un tercer concilio en mayo de 1398, que decidió que Francia se apartaba de la obediencia a Benedicto. Cuando esta decisión recibió la confirmación real y fue promulgada (27 de julio), todos los cardenales menos tres abandonaron a Benedicto, estallando el conflicto abierto. Benedicto, prácticamente prisionero en su palacio, se sometió (abril de 1399) afirmando solemnemente que abdicaría cuando su rival hiciera lo mismo o muriera o fuera expulsado de Roma; pero secretamente protestó que su promesa era nula y vacía porque fue hecha bajo coacción. Francia estaba ahora prácticamente sin papa y cuanto más tiempo continuaba la anómala situación, mayores eran las dificultades causadas. Eclesiásticos prominentes, como Gerson y Nicolás de Clémanges, comenzaron a escribir en favor del regreso de Benedicto XIII. Finalmente, Carlos convocó una reunión de obispos y nobles (mayo de 1403) para considerar la cuestión. Antes de que se encontraran, Benedicto había ideado escapar de Aviñón una vez que estuviera libre, algo que la ciudad ya había declarado en su favor. No es sorprendente, por tanto, que los dignatarios reunidos se declararan por una restauración de Francia a su obediencia, aunque a condición de que renovara su promesa sobre la abdicación y acometiera someter la cuestión de cómo terminar con el cisma, a un concilio general en el plazo de un año. Esto dejaba las cosas como habían estado en 1394 y 1395. Bonifacio IX murió poco después (1 de octubre de 1404), pero su sucesor Inocencio VII se mostró poco inclinado a abandonar sus pretensiones. Benedicto, todavía pensando en su propio plan de una conferencia personal, emprendió un viaje a Génova, sin ningún resultado salvo la irritación de Francia, cuyo clero tuvo que pagar econonómicamente el experimento. Otro concilio nacional (1406) se declaró en favor de retirarle su derecho de presentar obispados y beneficios, pero el duque de Orleáns destacó por su completa obediencia a él e impidió la ejecución de esta decisión. A la muerte de Inocencio VII surgieron nuevas esperanzas, por la elección (30 de noviembre de 1406) de Gregorio XII, quien se mostró dispuesto a tomar medidas, incluso la abdicación, para acabar con el cisma. Se planeó un encuentro entre los rivales para el otoño de 1407, pero fracasó. En noviembre, Benedicto perdió a un poderoso amigo, al ser asesinado el duque de Orleáns, siendo lo suficientemente imprudente como para imponer la observancia francesa mediante amenazas de excomunión. En mayo, Carlos proclamó a Francia absolutamente neutral en la lucha y Benedicto, temiendo por su seguridad, huyó a Aragón, su tierra natal.

Los concilios de Pisa y Constanza.
Los cardenales de ambas facciones abandonaron a sus respectivos papas y en junio decidieron convocar un concilio general, que se reunió en Pisa en 1409, citando a ambos pretendientes y escuchando testimonios al no aparecer, declarando el 5 de junio a ambos herejes, cismáticos y perjuros, no solo depuestos, sino también excomulgados. Benedicto todavía siguió afirmando sus derechos y España, Portugal y Escocia se unieron a él. El concilio de Constanza en 1414 acometió nuevas negociaciones con él, pero obstinadamente se negó a someterse, ni siquiera atendiendo a la persuasión del emperador Segismundo. Finalmente, se terminó la paciencia de sus propios simpatizantes en España y Escocia, renunciando a él en el concordado de Narbonne (diciembre de 1415). Se encerró en la fortaleza de Peñíscola, cerca de Valencia, que pertenecía a su familia y orgullosamente dijo a los enviados del concilio que la verdadera Iglesia estaba solo allí. El 28 de julio de 1417 el concilio de Constanza le desposeyó y excomulgó una vez más, permaneciendo él en su castillo con una corte de cuatro cardenales hasta su muerte.