Benito de Aniano, reformador de la orden
benedictina en el imperio franco, nació hacia el año 750 en el condado de Maguelone, propiedad de su padre en Languedoc y murió en Inden, a 21 kilómetros al nordeste de
Aix-la-Chapelle, el 11 de febrero del 821. Su juventud la pasó en la corte de
Pipino y de
Carlomagno, donde era paje y tuvo la oportunidad de destacar en lances de armas. Durante la primera campaña de Carlomagno en Lombardía, Benito rescató a su hermano de morir ahogado a riesgo de su propia vida, suceso que le conmocionó y por el que resolvió algo que ya había venido madurando lentamente: renunciar al mundo y entregarse a Dios en la vida monástica. El año 773 ingresó en Saint-Seine en la
diócesis de Langres. Regresó a su lugar de origen en el 779 y construyó un pequeño monasterio en su propia tierra, cerca del pequeño río Aniano, donde posteriormente surgiría la localidad de ese nombre a 26 kilómetros al noroeste de Montpellier, siendo reemplazado por uno más grande al haber crecido el número de sus discípulos y por un tercero aún mayor en el año 792. Este último se convertiría en el centro de los esfuerzos benedictinos para la reforma de la vida monástica en el sur y suroeste de Francia. El rey Luis de Aquitania, quien le había favorecido desde el principio, le encomendó la supervisión de todos los monasterios en su territorio y los más grandes eclesiásticos, como
Alcuino y Leidrad de Lyón, le pidieron consejo. Tuvo un amplio conocimiento de literatura
patrística y apoyó celosamente la causa de la educación. Fue un firme campeón de la
ortodoxia frente al
adopcionismo, escribiendo dos tratados en contra, el primero es especialmente interesante porque muestra la estrecha relación práctica entre adopcionismo y
arrianismo. Su influencia fue aún más amplia con la ascensión de
Ludovico Pío, quien le trajo a la
abadía alsaciana de Maurmünster y luego, para tenerle más cerca, fundó otra para él en Inden, otorgándole la supervisión de todos los monasterios del imperio. Ahora podía dedicarse a cumplir su gran propósito de restaurar el rigor primitivo de la observancia monástica, que se había relajado o modificado por la falta de cumplimiento de la vida
canónica. Este propósito se advierte claramente en las capitulaciones diseñadas por una asamblea de
abades y monjes en Aix-la-Chapelle en 817, y reforzada por orden de Ludovico Pío en todo el imperio.
Las principales obras de Benito son compilaciones de literatura ascética antigua. La primera es llamada por su biógrafo, Ardo, Liber ex regulis diversorum patrum collectus, del que preparó una edición ampliada Lucas Holsten que se publicó tras su muerte en Roma en 1661, con el título Codex regularum. La otra obra, llamada Concordia regularum de Benito mismo, está basada en la primera; en la misma las secciones de la regla de Benito (salvo ix-xvi) se dan en su orden, con pasajes paralelos de otras reglas incluidas en el Liber regularum, para mostrar el acuerdo de principios y reforzar el respeto debido a la benedictina. La Concordia la publicó primero en 1638 H. Menard, de la congregación de San Mauro, con valiosas notas (reimpresa en MPL, ciii). Una tercera colección de homilías, para ser leídas diariamente en los monasterios, no ha sido identificada definitivamente. El lugar de Benito está en segundo rango entre los hombres que hicieron gloriosos los reinados de Carlomagno y Ludovico. No tuvo la amplitud de miras que poseyó Carlomagno o Adalhardo, ni el noble impulso de fundir el saber secular y espiritual que tuvieron Pablo Diácono y Alcuino. Fue primordialmente un eclesiástico, que celosamente puso su no poco saber teológico al servicio de la ortodoxia; pero entregó lo mejor que tenía, el fervor de un alma cristiana recta, a la causa del monasticismo benedictino.