Historia

BENITO DE NURSIA (c. 480- c. 547)

La única autoridad antigua sobre la vida de Benito, pues la Vita Placidi es considerada poco fiable incluso desde Mabillon y el poco valor de la Vita sancti Maori ya lo demostró Malnory, es prácticamente la biografía escrita por Gregorio Magno. Pero las expectativas suscitadas por una biografía escrita sólo cincuenta años tras la muerte de Benito por un autor tan distinguido son decepcionantes, al exaltar, en el espíritu de su tiempo, la grandeza de su héroe por el número e importancia de sus milagros. Esta tendencia la lleva tan lejos que Grützmacher se inclina a no apreciar nada verdaderamente histórico en toda esta masa de detalles legendarios, menos los nombres de los lugares donde Benito vivió y trabajó y los nombres de sus discípulos. Pero eso es llevar las cosas a un extremo; Gregorio nombra expresamente a cuatro abades, que eran parte de sus discípulos, de los cuales uno vivía todavía (Honorato) en Subiaco, siendo testigo de la veracidad de su historia, debiendo haber sido total y clara la tradición entre los monjes que emigraron desde Montecassino a Letrán cuando él escribió.

Benito de Nursia entregando la regla
a un grupo de monjes;
de un manuscrito del siglo XII
Primeros años.
Por tanto, una vez que se remueve del relato de Gregorio el halo legendario de la cabeza de Benito, lo que queda es que procedía de una numerosa familia de la "provincia de Nursia" en los Apeninos umbros, habiendo nacido a finales del siglo V. Recibió en Roma la educación de su tiempo, que, sin embargo, no significó mucha familiaridad con los autores clásicos romanos, y no parece que incluyera a los griegos. Conmocionado por la inmoralidad a su alrededor dejó la escuela y la casa de su padre por una vida de mortificación solitaria. Su primer habitáculo permanente fue una cueva no lejos de Subiaco, donde un monje, Romano, le proporcionó el tosco atuendo monástico y escaso alimento. En ese lugar pasó tres años de intenso conflicto con su baja naturaleza, hasta que la difusión de su fama puso punto final a su soledad. Los monjes de un monasterio vecino, tal vez el de Vicovaro, cuyo responsable acababa de morir, le suplicaron que les dirigiera. Aceptó con vacilación, probablemente previendo lo que sucedió cuando intentó imponer su regla estrictamente. Cuando su insubordinación llegó al punto de querer envenenarle, Benito descubrió la trama y gentilmente se retiró a su querida cueva. Allí, al congregarse nuevos discípulos a su alrededor, estableció doce pequeñas comunidades, cada una con doce internos y un 'padre' como cabeza.

San Benito, siglo XIII,
escuela romano-bizantina.
Sacro Speco, Subiaco
Montecassino.
Gregorio no dice cuánto tiempo permaneció Benito en las inmediaciones de Subiaco como director de esos grupos piadosos, pero la tradición de Montecassino atribuye su traslado por la oposición de un clérigo celoso llamado Florencio y la sitúa en el año 529. El nuevo lugar estaba a medio camino entre Roma y Nápoles, el Castrum Casinum de los romanos, quienes habían tenido un destacamento militar allí. En la cumbre de la montaña (actual monte San Germano), dedicada a la adoración de Apolo por una población todavía muy pagana, Benito construyó dos capillas bajo la invocación de Juan el Bautista y Martín de Tours, colocando luego el fundamento del monasterio que habría de tener tan famoso nombre. Aunque Gregorio no lo dice definitivamente, se puede aceptar la idea tradicional de que enseguida elaboró su regla, resultado maduro de su experiencia en la guía de aspirantes a la vida monástica de perfección. Las perturbaciones de la época ayudaron a aumentar el número de los que buscaban un refugio pacífico en Montecassino, estableciéndose una casa hija en Terracina. En el verano del año 542 Totila, rey de los godos, en su camino hacia Campania, deseó ver al famoso abad. Gregorio relata que, para probar sus poderes proféticos, el rey envió a uno de sus oficiales en atuendo real a Benito, quien percibió el engaño instantáneamente y cuando el joven rey se postró ante él, le dijo que entraría en Roma, cruzaría los mares y reinaría nueve años, lo cual ocurrió. Gregorio menciona a la hermana de Benito, Escolástica, en relación con la última reunión entre los dos en una casa cerca del monasterio; ella había estado dedicada al servicio de Dios desde su temprana juventud. La fecha de la muerte de Benito no puede determinarse por ninguna de las fuentes. Su cuerpo fue enterrado cerca del de Escolástica en la capilla de San Juan Bautista y según Pablo Diácono fue trasladado un siglo más tarde al monasterio de Fleury en el Loira.

La Regla de Benito.
Características generales.
En el pasaje final del prólogo, probablemente añadido posteriormente por Benito, aparecen la siguientes palabras: 'Constituenda est ergo a nobis dominici schola servitii.' Bajo el imperio tardío la palabra schola se usaba para designar el cuerpo de guardias en el palacio imperial bajo el magister officii; de ahí el nombre pasó a las guarniciones de las ciudades provinciales, siendo usada a veces para otros cuerpos o asociaciones existentes en ellos. Al tener las organizaciones militares un código definido de regulaciones, era natural que Benito, llamado 'magister' en la primera línea del prólogo, estableciera una norma que serviría para todos los que se alistaran en el ejército espiritual ('servitium dominicum'), fueran clérigos o laicos, ricos o pobres. Separó del mundo a los monjes mucho más que Basilio o Casiano habían hecho. Además de las exigencias de pobreza, silencio y castidad, aparecen otras por vez primera, como la 'estabilidad' o residencia permanente en un monasterio, en lugar de la vida errante de los primeros monjes, y designándose un hábito. El objetivo de esta vida es la sumisión completa a la voluntad de Dios, realizada mediante la total obediencia al abad y la regla. El abad es pues un gobernante absoluto, responsable ante Dios solamente. Es cierto que en asuntos de peso ha de buscar el consejo de los hermanos, pero la última decisión recae en él. Benito parece que dudó en poner un præpositus o prior a su lado como ayudante y, si fuera necesario, su representante.

Moderación.

El día del monje
El día del monje
Al establecer el sistema de la oración diaria, Benito se apartó de la práctica antigua instituyendo el oficio de completas, la séptima de las horas canónicas. El más largo de todos los oficios era la nocturna vigilia (maitines), recitada a las dos de la madrugada. Las horas del día eran mucho más cortas: laudes, al comienzo del día, no mucho después de los maitines; prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. El capítulo 16 de la regla contiene esta división precisa:
'Dice el Profeta: «Siete veces al día te alabé» (Siete veces al día te alabo, a causa de tus justas ordenanzas.[…]Salmos 119:164). Nosotros observaremos este sagrado número septenario si cumplimos los oficios de nuestro servicio en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, porque de estas horas del día se dijo: «Siete veces al día te alabé» (Siete veces al día te alabo, a causa de tus justas ordenanzas.[…]Salmos 119:164). Pues de las Vigilias nocturnas dijo el mismo Profeta: «A media noche me levantaba para darte gracias» (A medianoche me levantaré para darte gracias por tus justas ordenanzas.[…]Salmos 119:62). Ofrezcamos, pues, alabanzas a nuestro Creador «por los juicios de su justicia» en estos tiempos, esto es, en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos por la noche «para darle gracias» (164 Siete veces al día te alabo, a causa de tus justas ordenanzas. 62 A medianoche me levantaré para darte gracias por tus justas ordenanzas. […]Salmos 119:164,62).'
Uno de los principios en los que descansaba la devoción del sistema era la recitación semanal del Salterio completo. Cuando se compara este método con el de Columbano de recitar los ciento cincuenta Salmos en el oficio de la noche del sábado al domingo, se observa un segundo principio que gobernó a Benito no sólo en el arreglo de los ejercicios devocionales sino en toda su regla: una sabia moderación y delicadeza. Se nota especialmente en las regulaciones de las comidas, de las que había dos diarias, salvo los tiempos de ayuno; se aprecia también en las reglas para el trabajo, que muestran consideración hacia los hermanos más débiles y también en el sistema de castigos. Las pequeñas faltas, como impuntualidad en las comidas u oficios, son castigadas sin dureza, las más serias con dos avisos privados y uno en público, tras los cuales el ofensor es apartado de la comunidad en las comidas y oraciones. Si todavía se obstina, el castigo físico es el siguiente paso y si finalmente las oraciones de los hermanos no surten efecto, ha de ser expulsado del monasterio. Los penitentes pueden volver dos veces, pero si hay una tercera recaída no existe posibilidad de restauración.

Benito de Nursia predicando
Benito de Nursia predicando
Organización y dirección de la vida monástica.
Del hecho de que en su provisión para las vestiduras de los monjes, Benito hiciera distinción entre provincias se ha cuestionado la autenticidad de la regla, pero las condiciones climáticas entre los monasterios asentados en las llanuras o en las montañas hacen razonable esas diferencias. Benito había vivido como anacoreta y cenobita en conventos de variado tamaño y en diferentes partes de Italia, dirigiendo una sola casa y un grupo de casas. Cuando elaboró una regla con esta multiforme experiencia de lo que convenía a la vida monástica de su tiempo, era consciente de que estaba dotando al monasticismo italiano de una forma legislativa definida más fuerte y consistente que nunca antes, diferenciándose de sus predecesores, como Basilio, Casiano, Pacomio, Jerónimo y Agustín. En esto radica la importancia especial de la obra de Benito, tanto para la Iglesia como para el mundo en general. En el tiempo en el que la sede romana, al vindicar e incluso incrementar su independencia de los reyes arrianos y de los emperadores bizantinos, se estaba preparando para erigir su imperio universal sobre las ruinas del antiguo, el monje supo cómo aplicar los antiguos talentos romanos de legislación y organización al creciente aunque todavía incoherente monasticismo. De manera que él fue el fundador de la gran orden benedictina que por siglos concentró en sí misma la extraordinaria fuerza espiritual de la vida religiosa, contribuyendo en grado profundo a la extensión de la Iglesia occidental. La extraordinaria influencia de la orden sería inexplicable, por otra parte, si desde el principio no hubiera sido la guardiana del saber y la literatura. La Regla exigía a los hermanos, además del trabajo manual, dedicar una o dos horas diarias a la lectura; proporcionó al convento una biblioteca de la que los monjes tomaban ciertos libros para el estudio en tiempos señalados y cada hermano tenía su tabilla y stylus para escribir, haciéndose cargo Benito mismo de la educación de los hijos de romanos prominentes. En al menos un pasaje de la regla a los que no pueden leer se les menciona como de clase inferior. Todo eso habla de su interés por el saber y la literatura, que estaba en el fundamento original de la orden. Casiodoro fue incluso más lejos que Benito, fundando probablemente durante su vida el doble convento de Squillace, en el que expresamente se estipuló el estudio de la literatura clásica, aunque es imposible determinar hasta dónde esto influenció en la orden benedictina tras la fusión con ella.

De la Regla de Benito es el siguiente texto sobre las clases de monjes y el buen gobierno del monasterio:

I. Los tipos de monjes: Es bien sabido que hay cuatro tipos de monjes. El primero es el de los cenobitas, o sea los que viven juntos en un monasterio militando bajo la regla y el abad.
El segundo tipo es el de los anacoretas, llamados también ermitaños, o sea los que mediante la ayuda de Dios se bastan para luchar contra los vicios de la carne y de los pensamientos, sólo con su mano y su brazo, pues ya aprendieron antes a pelear contra el diablo ayudados por la compañía de otros muchos gracias a la prueba cotidiana del monasterio, y al contrario, no dejándose llevar del fervor primerizo del cambio de vida, bien enseñados así en la milicia fraterna y seguros sin la ayuda de nadie para la batalla solitaria del desierto.
El tercer tipo de monjes, y por cierto pésimo, es el de los sarabaítas, que sin ser probados como lo es el oro en el crisol por la experiencia maestra de ninguna regla, sino flojos como el plomo que se ablanda, siguen entregados por sus obras al mundo, estando a la vista que mienten a Dios con su tonsura, los cuales, por parejas o tríos o incluso solos, sin pastor, no son parte de los rebaños del Señor sino de los suyos propios, tomando a capricho sus deseos por ley, calificando de santo cuanto piensan o prefieren y sosteniendo que no es lícito lo que no les apetece.
El cuarto tipo es el de los monjes llamados giróvagos, que se pasan toda la vida vagabundeando por tierras diversas, hospedándose en distintos monasterios por tres o cuatro días, siempre errantes y nunca estables, al servicio de sus propios caprichos y de las avideces de la gula, y más indeseables que los sarabaítas en todo. Por lo cual será mejor callarse que seguir hablando de la vida miserable de todos éstos. De manera que, pasándolos por alto, vamos a ocuparnos con la ayuda de Dios de regular el vigorosísimo tipo de los cenobitas. [...]
XXI. El mayordomo del monasterio: Será elegido mayordomo del monasterio uno de la comunidad que sea sensato, de conducta prudente, sobrio, no dado a la glotonería, ni vanidoso, ni inquieto, ni pendenciero, ni perezoso, ni pródigo, sino temeroso de Dios y que para toda la comunidad sea como un padre. Cuidará de todo, no hará nada sin orden del abad, cumplirá lo que le manden, no perturbará a los hermanos, y si alguno de ellos le pide algo que no sea razonable no le entristecerá menospreciándole sino que razonablemente y con humildad le denegará la petición desconsiderada. Y que guarde su alma, acordándose siempre del dicho apostólico según el cual quien administra bien se conquista un buen escaño. Tenga cuidado con todo celo de los enfermos, de los niños, de los huéspedes y de los pobres, sabedor sin duda ninguna de que habrá de dar cuenta en el día del juicio por todos ellos. [...] Si la comunidad es numerosa denle ayudantes que le alivien la carga para que desempeñe con ánimo el oficio a su cuidado. Y dense las cosas que han de darse y pídanse las cosas que han de pedirse en el momento oportuno para que nadie sea perturbado ni se entristezca en la casa del Señor.
(La Regla de San Benito, versión de A. Linage Conde, Silos, 21994, páginas 41-42 y 73-74.)
Mapa de los Padres de la Iglesia - Benito de Nursia