Historia
BERENGARIO DE TOURS († 1088)
- Primeros años
- Controversia eucarística
- Berengario se somete a Roma
- Reafirmación de sus ideas en Francia
- Importancia de Berengario

Los fundamentos de su educación se pusieron en la escuela del obispo Fulberto de Chartres, quien representaba la teología tradicional de la Edad Media, aunque no pudo imponerla sobre su alumno. Se sentía menos atraído por la teología pura que por el saber secular, adquiriendo conocimiento de los clásicos latinos, el método dialéctico, la libertad de método y una cultura general sorprendente para su época. Más tarde prestó más atención a la Biblia y los Padres, especialmente a Gregorio y Agustín, siendo significativo que fuera atraído por la teología formal tras tal preparación. De vuelta a Tours fue canónigo de la catedral y hacia el 1040 director de su escuela, que pronto elevó a un alto nivel de eficiencia, atrayendo alumnos de cerca y de lejos. La fama que adquirió surgió en gran medida de su vida íntegra y del éxito de su enseñanza. Tan grande era su reputación que varios monjes le pidieron que escribiera un libro que encendiera su celo y su carta a Joscelin, más tarde obispo de Burdeos, quien le había pedido que interviniera en una disputa entre el obispo Isembert de Poitiers y su capítulo, muestra la autoridad que se le atribuía. Fue nombrado archidiácono de Angers y tuvo la confianza de no pocos obispos y del poderoso conde Geoffrey de Anjou.
Controversia eucarística.
Sin embargo, entre el coro de alabanzas se comenzó a oir una voz discordante; afirmaba que Berengario sostenía ideas heréticas sobre la eucaristía. De hecho él estaba predispuesto al rechazo de la enseñanza de Pascasio Radberto, que era hegemónica entre sus contemporáneos. El primero en darse cuenta fue su antiguo colega de estudios Adelmann, que entonces era profesor en Lieja, quien le escribió preguntándole y al no recibir respuesta volvió a escribirle de nuevo, rogándole que abandonara su oposición a la enseñanza de la Iglesia. Es probable que en el año 1050 Berengario escribiera una carta a Lanfranco, prior en Bec, en la que expresaba su pesar porque éste se adhiriera a la enseñanza de Pascasio, considerando el tratado de Ratramno sobre el asunto (que Berengario suponía haber sido escrito por Escoto Erígena) herético. Declaró su acuerdo con el supuesto Escoto, sintiéndose respaldado por Ambrosio, Jerónimo, Agustín y otras autoridades. Esta carta la encontró Lanfranco en Roma, después de haber sido leída por varias personas y como Berengario no estaba bien conceptuado allí, Lanfranco tuvo temor de que su asociación con él le perjudicara, por lo que puso el asunto en manos del papa. Éste excomulgó a Berengario en un sínodo en el año 1050, citándolo para que compareciera en otro a ser celebrado en Vercelli en septiembre de ese mismo año. Aunque disputando la legalidad de su condenación, se propuso ir, pasando primero por París para obtener permiso del rey Enrique I, como abad nominal de San Martín en Tours. Pero en lugar de otorgárselo el rey lo encarceló, aprovechando Berengario su estancia allí para estudiar el evangelio de Juan con miras a confirmar sus ideas. El sínodo se celebró en Vercelli sin él, y dos de sus amigos que intentaron defenderlo fueron expulsados, pudiendo escapar por poco de la violencia; el libro de Ratramno fue destruido, siendo Berengario condenado de nuevo. Fue librado de la prisión, probablemente por la influencia de Godofredo de Anjou, pero el rey le convocó a un sínodo a celebrarse en París en octubre de 1051. Berengario, temiendo que el propósito fuera su destrucción, evitó aparecer, no teniendo efecto las amenazas del rey tras su sesión, ya que Berengario, protegido por Godofredo y el obispo Eusebio Bruno de Angers, encontró muchos partidarios entre gente menos prominente.
Berengario se somete a Roma.
En el año 1054 Hildebrando llegó a Francia como legado papal. Al principio se mostró amigable con Berengario y habló de llevarle a Roma para que la autoridad del papa León acallara sus temores. Pero cuando halló que Berengario podía perturbar la paz de la Iglesia se echó atrás. Bajo esas circunstancias, Berengario decidió ceder en todo lo que pudiera, mostrando los obispos franceses su deseo de terminar rápidamente la controversia y declarando el sínodo de Tours su satisfacción con la declaración escrita por Berengario de que el pan y el vino tras la consagración son el cuerpo y sangre de Cristo. El mismo deseo de paz y la muerte del papa León fueron razones para que Hildebrando no presionara a Berengario para que fuera a Roma. Después lo hizo, seguro de su poder, teniendo que presentarse Berengario ante él en Roma en el año 1059, respaldado por una carta de recomendación de Godofredo de Anjou para Hildebrando. En el concilio celebrado en Letrán no pudo defenderse, presentándosele para su aceptación una fórmula doctrinal que desde su punto de vista era la idea más carnal del sacramento. Abrumado por las fuerzas contrarias tomó el documento y se postró en el suelo en silencio en aparente sumisión.
Reafirmación de sus ideas en Francia.
Berengario volvió a Francia lleno de remordimientos por esta deserción de su fe y de amargura contra el papa y sus enemigos; sus amigos eran cada vez menos, Godofredo había muerto y su sucesor le era hostil. Eusebio Bruno se fue apartando paulatinamente de él. Sin embargo, Roma le quiso dar una oportunidad; Alejandro II le escribió una carta animosa, a la vez que le avisaba de no añadir más perjuicios. Él todavía estaba firme en sus convicciones y hacia el año 1069 publicó un tratado en el que dio cauce a su resentimiento contra Nicolás II y sus antagonistas en el concilio romano. Lanfranco le respondió y Berengario se rehizo. El obispo Raynard Hugo de Langres también escribió el tratado De corpore et sanguine Christi contra Berengario. Pero el sentimiento contra él en Francia iba en aumento, hasta el punto de que casi se llega a la violencia abierta en el sínodo de Poitiers en 1076. Hildebrando, como papa, intentó todavía salvarlo, citándolo a Roma una vez más (1078) y proponiéndose silenciar a sus enemigos mediante el asentimiento a una vaga fórmula, similar a la que había firmado en Tours. Pero sus enemigos no estaban satisfechos y tres meses más tarde en otro sínodo presentaron una fórmula que no dejaba lugar a dudas sobre la transubstanciación, salvo por una sofistería indefendible. Berengario fue bastante indiscreto al proclamar la simpatía de Gregorio VII, quien le mandó reconocer sus errores y no continuar en ellos. La valentía de Berengario se vino abajo, confesando que había errado y siendo enviado a su patria con una carta protectora del papa, aunque en su corazón el rencor había anidado. Una vez en Francia recuperó su osadía y publicó su propio relato de los procedimientos en Roma, retractándose de su arrepentimiento. La consecuencia fue otro juicio ante un sínodo en Burdeos (1080) y otra sumisión forzosa. Tras ello guardó silencio, retirándose a la isla de San Cosme cerca de Tours para vivir en soledad ascética. Aparentemente sus convicciones permanecieron inalterables hasta su muerte, encomendándose a la misericordia de Dios en lo que él consideraba injustas persecuciones a las que había sido sometido.
Importancia de Berengario.
La auténtica importancia de Berengario en el desarrollo de la teología medieval descansa en el hecho de que afirmó los derechos de la dialéctica en teología, más decididamente que ninguno de sus contemporáneos. Hay proposiciones en sus escritos que pueden ser entendidas en un sentido puramente racional. Pero sería ir demasiado lejos si se viera en el racionalismo de Berengario el principal punto de partida, atribuyéndole por ello la subversión deliberada de toda autoridad religiosa: Escritura, Padres, papas y concilios. Sería atribuirle a un hombre del siglo XI ideas de las que su época nada sabía y que ni siquiera poseía términos para expresar. El contraste que él establece no es entre razón y revelación, sino entre formas racionales e irracionales de entender la revelación y las autoridades a las que no accedió a someterse fueron, en su criterio, sólo autoridades humanas. Habló amarga e injustamente de papas y concilios, incapaz de perdonarles por hacerle infiel a sí mismo, lo que no significa que rechazara el concepto católico de Iglesia. Su oposición se limitó a la doctrina eucarística de su tiempo, contraviniendo la teoría de Pascasio no solo porque creyera que era contraria a la Escritura y los Padres, sino por ser destructiva de la misma naturaleza del sacramento.