Historia
BERTOLDO DE REGENSBURGO (c. 1220-1272)
Los historiadores alemanes, desde los contemporáneos de Bertoldo, el abad Hermann de Niedernaltaich, hasta los de mediados del siglo XVI, hablan en los más elocuentes términos de la fuerza de su personalidad y el efecto de su predicación, que se dice haber atraído a casi increíbles números, por lo que las iglesias no podían darles cabida, viéndose obligado a hablar desde una plataforma o desde un árbol al aire libre. Los dones de profecía y milagros se le atribuyeron pronto, esparciéndose su fama desde Italia hasta Inglaterra. Debió ser un predicador de gran talento y éxito. Aunque el relato manuscrito de sus sermones, que comenzó a circular muy pronto, en ninguna manera es confiable como producción literaria, se puede del mismo obtener una idea tolerablemente segura de la materia y forma de su predicación. Era siempre de carácter misionero, basada formalmente en las Escrituras del día, pero apartándose enseguida de ellas para aplicar el tema especial que Bertoldo deseaba subrayar. Generalmente insistía en un llamamiento al auténtico dolor por el pecado, confesión sincera y perfecta penitencia; la penitencia sin contrición no tiene valor a los ojos de Dios y ni siquiera un cruzado o un peregrino obtendrán beneficio a menos que haya un firme propósito de renunciar al pecado. Desde esta posición Bertoldo critica a los nuevos predicadores de indulgencias. El carácter extremadamente mezclado de sus audiencias le llevó a hacer sus apelaciones tan amplias y generales como fuera posible. Evita las cuestiones teológicas sutiles y aconseja al laicado a no curiosear en los misterios divinos, sino dejarlos al clero y contentarse con el credo. Los sucesos de peso político del tiempo los deja sin tocar. Pero todo lo que afecta al hombre medio, sus gozos y tristezas, supersticiones y prejuicios, lo trata con profundo conocimiento y con una cuidadosa claridad de arreglo, fácil de seguir hasta para el más ignorante. Aunque exhorta a todos a contentarse con su estado en la vida, denuncia los impuestos opresivos, los juicios injustos, la usura y el comercio deshonesto. Judíos y herejes han de ser aborrecidos, así como los comediantes que arrastran la mente del pueblo hacia los placeres mundanos; también condena las danzas y torneos y tiene una palabra de culpa para la vanidad de las mujeres y su tendencia al chismorreo. Nunca es árido, sino siempre vívido y gráfico, mezclando en sus exhortaciones una variedad de anécdotas, chistes y las crudas etimologías de la Edad Media, haciendo extensivo uso de la interpretación alegórica del Antiguo Testamento y de su fuerte sentimiento hacia la naturaleza.