Historia
BOLENA, ANA (c. 1507-1536)
- Familia y primera etapa
- Coqueteos con Enrique VIII
- Maniobras para el divorcio real
- Casamiento de Ana y Enrique
- Enfriamiento de Enrique
- Caída de Ana
- Juicio y ejecución
- Semblanza

Era hija de Sir Thomas Boleyn, posterior conde de Wiltshire y Ormond, quien era nieto de Sir Geoffrey Boleyn, un próspero comerciante de Londres, que fue alcalde en 1457 y compró la mansión de Blickling en Norfolk al veterano Sir John Fastolf. La frugalidad parece haber preparado el camino para la futura grandeza de la familia. Sir Geoffrey se casó con una hija y coheredera de Lord Hoo y Hastings. Su hijo, Sir William Boleyn de Blickling, se casó con Margaret, hija y coheredera de Thomas Butler, conde de Ormond; y su hijo, Sir Thomas, se casó con Elizabeth, hija de Thomas Howard, conde de Surrey, quien, por sus servicios en la batalla de Flodden, restauró el ducado de Norfolk de su padre. Tenía un hermano llamado George, posterior vizconde de Rochford, y una hermana mayor llamada María, pareciendo haber sido confundidas algunas partes de su historia personal con la suya. Ambas hermanas pasaron algunos de sus primeros años en Francia y parece que Ana, que entonces tenía siete años, debe haber acompañado a su hermana mayor, María, cuando estuvo allí en el séquito de la hermana de Enrique VIII, María, quien se casó con Luis XII en 1514. María Bolena estaba en Inglaterra nuevamente en 1520 cuando se casó con William Carey; mientras Ana, que se convirtió, como observa Cavendish, en 'una de las damas de la reina francesa', permaneció en Francia hasta finales de 1521 o principios de 1522, cuando, debido a las intenciones hostiles de Inglaterra hacia Francia, volvió a su patria. Participó en alguna de las fiestas de la corte en marzo de 1522 y es seguro que pronto encontró más de un admirador, además del rey. Sir Thomas Wyatt, el poeta, le prestó mucha atención, aunque en ese momento estaba casado. Los cortesanos de Enrique VIII mostraban poco respeto por los lazos conyugales. El rey mismo antes había deshonrado a la hermana de Ana, María, a quien mandó casar con William Carey; se puede decir a favor de Ana que en medio de esa corte extremadamente corrupta, no siguió la corriente. Un pretendiente más honorable apareció en la persona de Lord Henry Percy, heredero del condado de Northumberland; pero cuando su apego se hizo manifiesto, Wolsey le paró los pies por orden del rey. Llamó al joven y lo reprendió por su indiscreción al enredarse 'con una chica tonta en la corte', diciéndole que el rey había estado planeando casarla con otro y llamando finalmente al conde, su padre, que amenazó con desheredarlo por su presunción.
Coqueteos con Enrique VIII.
El rey había planeado en verdad un matrimonio para ella mientras todavía estaba en Francia y fue a eso a lo que Wolsey sin duda aludió, no a ningún plan secreto de Enrique para casarse con ella, dado que la evidencia más concluyente pudo haber tenido lugar en 1522, es decir, a un año de su regreso de Francia. Que Cavendish, de quien se deriva nuestro conocimiento del hecho, lo hubiera interpretado de otra manera no es sorprendente, pues escribió muchos años después, no sabiendo nada del plan anterior. El arreglo previsto era con el hijo de Sir Piers Butler, conde de Ormond, y se menciona con frecuencia en los documentos estatales de 1520 y 1521 como un proyecto conveniente para reconciliar a dos familias rivales en Irlanda. Sin embargo, fracasó poco después del regreso de Ana de Francia. En abril de 1522, justo después de su primer acto de presencia en la corte inglesa, su padre recibió dos concesiones separadas de tierras y cargos de la corona, y se le otorgaron favores similares durante los tres años siguientes, en el último de los cuales (1525) fue creado par con el título de vizconde de Rochford. Que este flujo constante de honores marca el comienzo del apego del rey a su segunda hija, no cabe duda; pero el secreto de las intenciones de Enrique estaba bien guardado y no fue hasta el año 1527 cuando se supo que contemplaba un paso tan serio como el divorcio de su primera esposa, Catalina de Aragón. Algunas de las cartas de amor que le dirigió a Ana Bolena durante este período (que por algún medio inexplicable llegaron al Vaticano en Roma y se han impreso más de una vez), dan amplia idea del progreso de esta intriga. En una o dos, el amante real se expresa como un joven galante que languidece en desesperación, quejándose de que ha sido herido durante más de un año con el dardo del amor y no puede soportar su ausencia. En otras se revela más audaz y familiar, incluso superando los límites de la modestia y abundando en alusiones groseras. Es evidente que aunque la dama al principio le dio poco aliento en su lance, no fue por un sentido particular de sensibilidad por su parte, pues tan pronto como el rey se comprometió a buscar el divorcio para casarse con ella, le permitió dirigirse con un estilo que habría sido un insulto para una mujer realmente modesta.

ilustración de Cassell's Illustrated History of England
En mayo de 1527 se iniciaron ciertos procedimientos secretos ante Wolsey como legado, convocándose al rey (por supuesto, por su propio deseo) para defenderse de la acusación de convivir con la esposa de su difunto hermano Arturo. Con esta vergonzosa artimaña, se propuso al principio poner fin a un matrimonio de dieciocho años. Pero el objetivo no resultaba viable por ese medio y los procedimientos se suspendieron. El asunto se mantuvo en secreto y no se supo nada de ello hasta mucho después, cuando se descubrió el registro original de los procedimientos en la Oficina de Registro. Pero aunque este paso en particular se ocultó de manera efectiva, Catalina inmediatamente obtuvo cierto conocimiento de las intenciones del rey y el rumor de que Enrique buscaba el divorcio, pronto se volvió bastante general. Al año siguiente, el papa envió al cardenal Campeggio a Inglaterra para juzgar la causa junto con Wolsey y tanto el rey como Ana Bolena parecían ser muy optimistas. Ana disponía de espléndidos apartamentos en Greenwich, cerca de los del rey, y los cortesanos la atendían todos los días atropelladamente, mientras que la reina estaba relativamente descuidada. Evidentemente, tenía la intención de acostumbrar a las personas gradualmente a su posición futura; pero el pueblo miraba en hosco silencio (Le Grand, Hist. du Divorce, iii. 231–2). Unos meses más tarde, en junio de 1529, el embajador francés sospechaba firmemente que la pareja ya había anticipado el matrimonio, mientras el caso aún estaba ante los legados (ib. 325). Pero la sentencia esperada no se pronunció, la causa fue revocada a Roma y pasaron cuatro años más antes de que el rey se atreviera a dar ese paso que, según su propia opinión, siempre había sido libre de asumir bajo su propia responsabilidad. Durante esos cuatro años, o en todo caso durante algunos de ellos, las relaciones que subsistieron entre el rey y Ana Bolena apenas podían ser dudosas. Después de que Enrique finalmente se separó de su esposa en 1531, Ana iba con él de un lugar a otro, injuriada y odiada por la gente. En Roma se hablaba claramente de ella como la amante del rey, e incluso Simon Grynæus, que visitó Inglaterra en el año recién mencionado y tenía todo el deseo de cultivar la buena voluntad de Enrique, no estaba seguro de que no le hubiera dado hijos (Original Letters relating to the Reformation, Parker Society, ii. 552). De hecho, la conducta de Enrique al convivir con ella, así como al repudiar a su legítima esposa, es reprobada en más de un escrito papal emitido en el año 1532; y no parece que la imputación haya sido rechazada incluso por el propio rey.
Casamiento de Ana y Enrique.
Todo esto mientras la demanda del rey para el divorcio estaba ante los tribunales de Roma, pero los representantes de Enrique habían planteado varios asuntos subordinados, realmente con el objetivo de remover la causa una vez más y evitar una decisión imparcial. Finalmente, en la Pascua del año 1533 se dio a conocer que el rey se había casado con Ana Bolena el día de San Pablo (25 de enero). Aún no se había dictado sentencia alguna que declarara inválido el anterior matrimonio del rey; pero parece que se había realizado un rito nupcial en el más estricto secreto y cuando se anunció el hecho, Ana ya llevaba algunos meses embarazada. Sin embargo, poco después se obtuvo del arzobispo Cranmer que el matrimonio con Catalina era nulo y otra sentencia declaraba a Ana Bolena la esposa legal del rey, tral lo cual inmediatamente Ana fue coronada en Pentecostés en Westminster Hall con gran magnificencia.


ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Ahora había alcanzado la cima de su ambición, aunque nunca una mujer fue menos envidiada en el momento de su triunfo. Su coronación no excitó el entusiasmo al aire libre y el verdadero amor estaba ausente por dentro. La pasión que hasta ahora había cegado al rey, ya estaba en decadencia. A los tres meses de su coronación, él le dio celos y, cuando ella se quejó de su conducta, brutalmente le dijo que cerrara los ojos 'como mejor pudiera', porque tenía el poder de humillarla aún más de lo que lo había hecho. Fue poco después de este incidente que dio a luz a su única hija, la futura reina Isabel, el 7 de septiembre de 1533. La decepción en la corte fue grande, ya que los médicos, astrólogos y otros habían halagado las optimistas esperanzas del rey de que iba a ser un varón. Al año siguiente hubo una decepción peor: Ana tuvo un aborto espontáneo. Todo esto dio evidente satisfacción a los que estaban ansiosos por ver a la princesa María restaurada en su lugar a la sucesión. Además, Ana era cada vez más consciente de que el respeto del rey por ella había disminuido. De hecho, Enrique le dijo rotundamente, cuando se quejó, que debería estar muy satisfecha con lo que ya había hecho por ella, ya que no haría lo mismo otra vez si el asunto comenzara de nuevo. Luego vino una tercera decepción, aún mayor que las anteriores. El 29 de enero de 1536, poco más de tres semanas después de la muerte de su rival Catalina de Aragón, tuvo prematuramente un niño muerto.
Caída de Ana.
El apogeo de sus miserias ya estaba cerca. En mayo siguiente se celebró un torneo en Greenwich, del que el rey repentinamente se ausentó con solo seis ayudantes, dejando a los espectadores, y sobre todo (se dice) a la reina, perplejos en cuanto a la causa. Sin embargo, si se puede creer al jesuita Sanders, quien, aunque un poco más tarde, es apenas una autoridad más parcial que Hall, el rey la había visto soltar un pañuelo a uno de sus supuestos amantes, para que se limpiara el rostro. Tal acto pudo haber sido el pretexto para la partida del rey, pero la cuestión en sí misma probablemente no era ni mejor ni peor que otras mil trivialidades que difícilmente podrían haber pasado desapercibidas antes. Si Ana fue realmente culpable, ciertamente no era la primera vez que mostraba una familiaridad indebida con otros, además del rey. Las dos acusaciones posteriores esgrimidas en su contra, en Kent y en Middlesex, la acusan de varios actos de adulterio y también de incesto, que se extendieron a lo largo de casi tres años de su vida de casada. Estas acusaciones, aunque no sean ciertas, deben haber sido plausibles y es apenas concebible que durante todo este período el rey no hubiera visto nada en la conducta de Ana que pudiera haber sido malinterpretado. Su creciente disgusto, sin duda, lo llevó a interpretar sus actos de una manera que su propio respeto le había prohibido hasta entonces. Pero no fue en un día o un momento que su opinión sobre ella cambió por completo. De hecho, hay razones para creer que incluso antes de que comenzara el torneo, uno de los supuestos amantes de Ana había confesado su culpabilidad bajo tortura, o al menos bajo el temor de ella (ver la declaración jurada de George Constantyne en Archæologia, xxiii. 64). En cualquier caso, apenas se puede imaginar que dejar caer ese pañuelo fue lo primero que despertó las sospechas del rey, suponiendo que fueran reales y bien fundadas.

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El día después del torneo, hacia las cinco de la tarde, el lord canciller, el duque de Norfolk y otros condujeron a Ana a la Torre. Al entrar por la puerta del tribunal, cayó de rodillas y protestó por su inocencia. Su hermano Lord Rochford y sus otros supuestos amantes parecen haber sido arrestados a una hora anterior ese mismo día y llevados a la Torre antes que ella. Lord Rochford fue acusado del repugnante delito de incesto, un cargo aparentemente respaldado por su propia esposa, pero no más creíble en ese sentido; de ella es suficiente decir que luego sufrió la muerte por ayudar a la quinta reina de Enrique, Catalina Howard, en sus intrigas. Pero los culpables sin título, fueron los primeros condenados. El 12 de mayo, Sir Francis Weston, Henry Norris y William Brereton, caballeros de la cámara privada, con Mark Smeaton, un músico, fueron procesados por relaciones ilícitas con la reina y condenados por alta traición. El caso de Ana fue prejuzgado antes de que fuera llevada a juicio. Un tribunal compuesto por veintiséis lores y reunido en una de las salas de la Torre, había de juzgarla. El rey tuvo la crueldad de hacer figurar entre los jueces al primer amante, Percy, conde de Northumberland, al padre de la acusada y al conde de Norfolk, su tío materno. Percy ocupó su asiento en el tribunal, pero muy pronto se sintió enfermo y hubo de retirarse, muriendo pocos meses después. El conde de Norfolk presidía a los demás jueces. Ana compareció el 15 de mayo y ocultando las torturas de su alma se presentó con noble y tranquilo aspecto. Las acusaciones más formidables contra ella se debieron a algunas mujeres, entre ellas Lady Rochford, cuñada de la reina. Ésta, que a toda costa quería deshacerse de su marido y de Ana, había solicitado y obtenido, juntamente con las amas Cosyns y Stonor, que odiaban también a la prisionera, espiarla constantemente. Dormían a la cabecera de su lecho, anotaban las palabras que el sueño o la fiebre le arrancaban, le dirigían numerosas e intencionadas preguntas, y comunicaban a los jueces, interpretándola torcidamente, cualquier frase equívoca que saliese de sus labios. No fue mucho más digna la conducta del presidente, tío de la acusada, pues mientras ésta declaraba, la interrumpía con frecuencia, para murmurar en voz baja y con tono despreciativo: '¡Bah, bah, bah!'. La procesada fue declarada culpable de los crímenes de adulterio, incesto y traición, ignorándose si sus dos parientes votaron en pro de la acusación. En su virtud y para complacer al rey, se la condenó a ser decapitada o quemada viva, sentenciando el mismo tribunal a su hermano Lord Rochford a ser descuartizado. Sin embargo, fue conmutado a una simple decapitación, que él y los demás sufrieron el día 17, aplazándose la ejecución de la reina hasta el día 19.
Mientras tanto, el día 17 su matrimonio con el rey fue declarado inválido por un tribunal de abogados eclesiásticos presidido por el arzobispo de Canterbury en Lambeth. Sobre qué base se podría haber emitido este juicio es difícil de entender, a menos que haya habido un contrato previo entre ella y el conde de Northumberland; pero el conde mismo cuatro días antes lo había negado solemnemente, declarando que ya había atestiguado su negación al recibir el sacramento y que estaba listo para hacerlo nuevamente. Quizás fue una protesta demasiado pretenciosa y el conde, después de un interrogatorio posterior, confesó lo suficiente de su anterior intimidad con ella, para permitir a los abogados eclesiásticos resolver un caso de pre-contratación. El viernes 19, Ana fue llevada a la ejecución en la Torre en presencia de la nobleza principal y del alcalde y concejales de Londres. En el cadalso, hizo un breve discurso a los presentes, sin reconocer los delitos de los que fue acusada, pero expresó una sumisión perfecta a la ley y declaró que no acusaba a nadie por su muerte. Dirigiéndose a los asistentes, pronunció estas palabras: 'Cristiano y buen pueblo: Voy a morir por satisfacer a la ley; no acuso a nadie, ni siquiera a mis jueces. ¡Que Dios salve al rey y le conceda un largo reinado! Es un noble príncipe, el más generoso de los hombres; siempre se mostró conmigo dulce y cariñoso. ¡Que Dios me perdone!' Recogió después sus cabellos, para que no embotasen el golpe, se arrodilló, rodeó sus pies con el vestido, dejó que la vendaran los ojos y poniendo su cabeza en el tajo, murmuró segundos antes de que cayera la hoja: 'Jesús, te suplico que recibas mi alma.' El verdugo de Calais, cuyos servicios fueron contratados para la ocasión, le cortó la cabeza con una espada, siendo una forma de muerte practicada en ese momento en Francia, pero totalmente desconocida en Inglaterra. El rey, que había llorado la muerte de Catalina de Aragón, mostró cuánto odio le inspiraba Ana Bolena al vestir de blanco el día que fue ejecutada, disponiendo una cacería a la que marchó no bien oyó el cañonazo que le anunciaba la realización de su venganza.

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Pero la evidencia sobre la cual fue condenada, que puede haber satisfecho a la opinión pública en ese momento, probablemente no hubiera impresionado a nadie en nuestros días, incluso con una creencia general en su culpa y mucho menos haber justificado su ejecución. Ninguno de sus presuntos cómplices, excepto Smeaton, parece haber confesado; y la propia reina, aun cuando deseaba fervientemente los consuelos de la religión que le permitieran prepararse para la muerte, protestó en los términos más enérgicos a Kingston, el responsable de la Torre, de que era inocente de tener relaciones sexuales con ningún hombre. Los cargos, se puede presumir, derivaron de su plausibilidad por ciertos actos de familiaridad indecorosa, que los relajados convencionalismos de la corte deben haber tolerado durante mucho tiempo y que en el caso de su hermano fueron positivamente un tanto repugnantes. Pero su conducta en los días de su prosperidad había sido tan arrogante y dominante, que pocos lamentaron su destino o dudaron de que hubiera sido decretado con rectitud. Su propio padre incluso fue uno de los miembros que reconoció un veredicto de culpabilidad contra sus supuestos amantes, admitiendo por implicación que también la consideraba culpable. Nadie después de su caída parece haber sentido la menor simpatía. Sin embargo, su conducta en la prisión, como se describe en las cartas de Sir William Kingston, lamentablemente mutiladas, al ser ilegibles por el incendio de la Cottonian, difícilmente pueden considerarse que supongan una fuerte presunción de su inocencia. En cuanto a la carta a menudo citada, que se supone fue escrita por ella misma desde la Torre, es una fabricación manifiesta de la época de la reina Isabel. Pero no hay duda de que enfrentó su destino con singular alegría y coraje; de tal manera que Sir William Kingston se sintió conmovido al escribir sobre ella: 'Esta mujer tiene mucha alegría y placer en la muerte' (véase también Meteren, f. 21, que sigue un relato contemporáneo). Se sostiene comúnmente que el alejamiento del rey de ella se debió principalmente, si no del todo, a una pasión recién desarrollada por otra mujer; siendo un hecho que se casó con Jane Seymour con la mayor indecente rapidez, inmediatamente después de la ejecución de Ana. Pero la repulsión del sentimiento que manifestó con respecto a Ana parece haber sido mucho más vehemente de lo que cabría esperar de un hombre que simplemente se cansó de una amante y tomó a otra. Su pasión, de hecho, había disminuido desde el momento en que se casó con ella y solo buscó consuelo en un nuevo apego a una esclavitud que se estaba volviendo cada vez más intolerable.
