Historia
BONIFACIO DE SABOYA (c. 1207-1270)
Bonifacio visitó Inglaterra en 1244 por vez primera. Era un hombre de mente práctica y dio su atención en primer lugar a la situación financiera de su sede. Encontró que había heredado una considerable deuda de sus predecesores y que el rey había empobrecido aún más la posesión del arzobispado durante la vacante. Mostró su descontento y los dirigentes de la facción reformista abrigaron la esperanza de que no sería un mero instrumento del rey. El obispo Grosseteste de Lincoln le dio la bienvenida y le rogó que convenciera al rey para poner fin a la vacante de la sede de Winchester, surgida por la resistencia del capítulo a la propuesta de otro de los tíos del rey. Bonifacio estuvo de acuerdo y procuró una reconciliación entre el rey y el hombre elegido por el capítulo. Probablemente deseaba la ayuda de los obispos ingleses para reparar las destrozadas finanzas del arzobispado. Exigió que toda la provincia de Canterbury ayudara en el pago de la deuda y quiso obtener el consentimiento de los sufragáneos en esta demanda. Para ello se unió con sus sufragáneos en su oposición a la propuesta del rey de Robert Passelewe para la sede de Chichester, por no tener conocimiento teológico suficiente. Fue una objeción que se podía haber vuelto contra él mismo; pero Bonifacio no estaba interesado en la coherencia. El rey hizo una apelación al papa; pero Bonifacio defendió su idea y el candidato del rey fue rechazado. Así Bonifacio afirmó su independencia del rey y demostró su capacidad como hombre de negocios, al organizar la gestión económica de las temporalidades del arzobispado. Se las arregló para recaudar algo de dinero en Inglaterra y a finales de 1244 partió para el concilio de Lyón.
Allí fue consagrado por el papa Inocencio IV el 15 de enero de 1245. Su hermano Philip era arzobispo de Lyón y prelado militar, de cuyas fuerzas el papa tenía necesidad. Bonifacio, que era joven, audaz y apuesto, también procuraba una carrera militar. Durante el concilio comandó la guardia del papa y obtuvo de él una subvención de los primeros frutos de los beneficios vacantes dentro de la provincia de Canterbury durante siete años. Se le dio bajo el pretexto de pagar la deuda del arzobispado. Tras conseguir el arzobispado, se dedicó a la política familiar, no regresando a Inglaterra hasta finales de 1249, cuando fue entronizado en Canterbury el 1 de noviembre. Su objetivo principal era amasar dinero y para este propósito copió el procedimiento seguido por el gran reformador eclesiástico de la época, el obispo Grosseteste, e instituyó una rigurosa visitación de su diócesis. Lo que Grosseteste pretendía era restaurar la disciplina; lo que pretendía Bonifacio era imponer multas. Los monjes de Christ Church fueron obligados a pagar por desviarse de sus reglas y a los monjes Feversham y Rochester no les fue mejor. Pero Bonifacio no estaba contento con la visitación de su propia diócesis y procedió a extenderla a toda la provincia de Canterbury. Se fue a Londres y en lugar de tomar posesión de su palacio de Lambeth, tomó prestada la casa del obispo de Chichester. Se trataba de una señal de que no tenía intención de permanecer en Inglaterra y los monjes resueltamente resistieron la pretensión del arzobispo, de tomar los ingresos para sus propios asuntos políticos en el extranjero. Enrique III otorgó a Bonifacio el derecho real de abastecimiento en Londres. Los londinenses se resistieron, pero las tropas provenzales del arzobispo fueron más fuertes que ellos. El pueblo quedó sometido a la rapiña de un ejército extranjero.
En este estado de irritación popular, Bonifacio efectuó la visitación de la catedral de San Pablo. El deán y el capítulo le negaron la admisión, porque solo estaban sujetos a su obispo como visitador. Bonifacio ordenó que las puertas de la catedral fueran abiertas por la fuerza. Al no poder obtener la admisión a la sala capitular, excomulgó a los prebendarios desobedientes. El día siguiente visitó el priorato de St. Bartholomew. Todo Londres estaba alborotado y el arzobispo consideró prudente vestirse de armadura bajo su indumentaria e ir con un séquito armado. En St. Bartholomew fue recibido con todo honor como primado; pero los canónigos estaban en sus puestos, preparados para el culto, no en la sala capitular, para recibir al visitante. Furioso por las burlas de la multitud en el camino, el arzobispo se precipitó en el coro y ordenó a los canónigos ir a la sala capitular. Cuando el subprior protestó, Bonifacio le golpeó con el puño sin piedad, gritando: 'Esta es la manera de tratar a los ingleses traidores.' Se produjo un tumulto. Las vestimentas del arzobispo se rompieron y su armadura quedó a la vista. La ira de los londinenses estalló y Bonifacio tuvo que huir en una embarcación a Lambeth. Se retiró a su posesión en Harrow y anunció su intención de visitar la abadía de St. Albans, lo que fue la gota que colmó el vaso. Los obispos sufragáneos se reunieron en Dunstable y acordaron resistir al primado. Bonifacio mostró sensatez al retirar una pretensión que se había convertido en insostenible. Suspendió su visitación y partió para la corte papal, adonde invitó a los obispos descontentos que enviaran a sus representantes (1250). Admitió que había actuado precipitadamente y prácticamente retiró sus pretensiones de hacer visitaciones fuera de su diócesis, contrariamente a la costumbre previa. Cuando se apaciguó su pasión y tuvo tiempo para la reflexión, Bonifacio mostró un espíritu de conciliación.
No regresó a Inglaterra hasta finales de 1252, cuando oyó que su oficial había sido apresado por orden del obispo electo de Winchester, Aymer de Lusignan, hermanastro del rey. Con dignidad procedió a investigar este asunto y pronunció sentencia de excomunión contra Aymer, quien la declaró nula y vacía. Bonifacio fue a Oxford y expuso su caso ante la universidad, un paso que anunciaba su adhesión a la facción nacional, que estaba creciendo contra el débil gobierno de Enrique III. La presión de esta facción obligó a Enrique III a efectuar alguna supuesta modificación y el 13 de mayo de 1253 juró con solemnidad inusual, en Westminster Hall, observar las provisiones de la Carta Magna. El arzobispo Bonifacio pronunció la excomunión contra todos los que violaran las libertades de Inglaterra. Enrique III mostró un poco sentido del humor, al sugerir que su propia enmienda debía ser seguida por la de otros. Instó a Bonifacio y algunos otros prelados que demostraran su arrepentimiento, renunciando a las promociones que habían obtenido contrariamente a las leyes de la Iglesia. Bonifacio respondió que habían acordado enterrar el pasado y mirar al futuro.
En este tiempo parece que Bonifacio quiso cumplir con su deber. Era consciente de su propia ineptitud para el cargo de arzobispo y escuchó los consejos de Grosseteste y del entendido franciscano, Adam de Marisco. Pero sus buenos propósitos no duraron mucho. En 1255 fue en ayuda de su hermano Thomas, que estaba encarcelado por su tiranía por el pueblo de Turín. Bonifacio llevó dinero y tropas para el asedio de Turín y logró la liberación de su hermano. Durante su ausencia, citó al recién elegido obispo de Ely a Belley para consagrarlo, un inaudito procedimiento que provocó la protesta de los sufragáneos de la provincia de Canterbury. En 1256 Bonifacio regresó a Inglaterra y se comportó de nuevo como si el aire de Inglaterra le inspirara un ficticio patriotismo. Hizo causa común con los obispos ingleses en resistir las exacciones del papa y el rey. Durante 1257 y 1258 se llevaron a cabo varias reuniones bajo su presidencia, para elaborar medidas de oposición a las pretensiones del nuncio papal. Cuando el parlamento de Oxford elaboró sus 'disposiciones', con el propósito de controlar al rey, el arzobispo Bonifacio parece haber sido uno de los veinticuatro comisionados, y si es así, fue nombrado por el rey y no por los barones. Ciertamente fue uno de los quince consejeros encargados de la supervisión del gobierno. No obstante, no fue un político capaz de influir en los asuntos ingleses y su nombre apenas se menciona en el periodo cuando la hostilidad entre el rey y los barones se hizo más pronunciada. Parece haberse inclinado gradualmente más y más del lado del rey, hasta que se convirtió en un intrigante partidario, encontrando seguro refugio en Francia a finales de 1262. Estaba en Boulogne en 1263 y se unió al legado papal en excomulgar a los barones rebeldes. Convocó a sus sufragáneos en Boulogne y les dio la excomunión para que la publicaran. Los obispos obedecieron al primado mientras estuvieron con él en Boulogne, pero pusieron cuidado para que sus papeles fueran confiscados en Dover. A principios de 1264 Bonifacio estaba en Amiens, abogando por la causa del rey en el arbitraje que se le había encomendado a Luis IX. Cuando estalló la guerra, Bonifacio fue uno de los más destacados miembros de la facción de exiliados que reclutaron fuerzas en Francia e intrigó contra los barones. En el triunfo de los monárquicos en 1265, Bonifacio quiso regresar a Inglaterra. Parecería que no era lo suficientemente fuerte como para dirigir la política reaccionaria mediante la cual Enrique III se propuso reducir a la facción rebelde en la Iglesia. Su reputación sufrió por la actividad del legado papal, el cardenal Ottobone, que dejó su huella en la historia de la Iglesia inglesa por las constituciones promulgadas bajo su guía en el concilio de Londres en 1268. En esta tarea legislativa, Bonifacio fue incapaz de tomar alguna acción. Cuando Eduardo partió para una cruzada en 1269, Bonifacio se ofreció a acompañarlo. Pero parece que no llegó más allá de Saboya, donde murió, siendo enterrado en el panteón de la casa de Saboya en Hautecombe.
El arzobispo Bonifacio no hizo nada que fuera importante ni para la Iglesia ni para el Estado en Inglaterra. Fue un hombre de pequeña capacidad, incluso en asuntos prácticos, con los que únicamente era competente para tratar. Es alabado sólo por tres cosas: liberó a la sede de Canterbury de deudas, construyó una casa de beneficencia en Maidstone y terminó la construcción de la gran sala en Lambeth, que Hubert Walter había comenzado.