Historia

BONIFACIO VIII (c. 1235-1303)

Bonifacio VIII (Benedetto Gaetani), papa desde 1294 a 1303, nació en Anagni hacia 1235 y murió en Roma el 11 de octubre de 1303.

Bonifacio VIII inaugurando el jubileo desde el palacio
de Letrán, Biblioteca Ambrosiana, Milán
Política y éxitos en Italia.
Estudió derecho civil y canónico en París, comenzando su carrera eclesiástica como canónigo de Todi, teniendo beneficios en Lyón y Roma, donde llegó a ser notario de la curia. Martín V le nombró cardenal en 1281 y bajo Nicolás IV y Celestino V fue uno de los más prominentes miembros del sagrado colegio, siendo empleado en las más variadas misiones. Animó a Celestino V a retirarse a una vida ascética y hasta elaboró la fórmula de abdicación, de la cual él mismo obtendría provecho, ya que en el transcurso de una noche, tras la renuncia de Celestino a la dignidad papal, fue investido el 24 de diciembre de 1294. Incluso antes de su consagración, el nuevo papa afirmó sus prerrogativas revocando muchos nombramientos de sus dos predecesores, destituyendo a los arzobispos y obispos designados por Celestino sin el consentimiento de los cardenales y dejando Nápoles para ir a Roma con toda su corte, a pesar de los esfuerzos de Carlos II para impedírselo. Fue consagrado y coronado en San Pedro el 23 de enero de 1295, tomando enseguida parte activa en los conflictos de su tiempo, al ofrecerse a mediar entre Génova y Venecia en febrero. A continuación fijó su atención en Sicilia, que se había liberado del dominio francés en 1282, escogiendo a Pedro III de Aragón como rey, lo que disolvía la relación feudal con Roma. El hijo y heredero de Pedro, Jaime II, se mostró dispuesto a abandonar Sicilia al corresponderle Aragón por la muerte de su hermano mayor. Sin embargo, otro hermano, Federico, asumió la corona de Sicilia, no bastando los repetidos anatemas papales ni una liga armada para que renunciara a sus pretensiones. En 1302 obtuvo favorables condiciones de paz y al año siguiente reconocimiento papal. Bonifacio también intervino en la lucha entre 'negros' y 'blancos' de Florencia, en favor de los primeros, enviando un legado a Toscana. Del paso de Dante por Roma como embajador de los Bianchi nace el enconado odio que manifestó hacia Bonifacio VIII. De acuerdo con los Neri, Bonifacio trajo a Carlos de Valois a Toscana en 1301 como gobernador, pero su gobierno de cinco meses no consiguió nada sino la pérdida de las últimas simpatías hacia el papa en esa región. Bonifacio tenía poder real sólo en el sur de Italia y en algunas partes centrales. Carlos II de Nápoles se convirtió en el siervo obediente de la curia, mientras que Pisa, Velletri, Orvieto y Terracina escogieron a Bonifacio como gobernante. Un partido hostil se estaba formando en Roma, dirigido por los Colonna, cardenales que desaprobaban la estrecha alianza con Carlos II y apoyaban secretamente las pretensiones de la casa de Aragón en Sicilia. En 1297 el papa los despojó de sus dignidades eclesiásticas, renunciando ellos ese mismo día a su lealtad a él, declarando la abdicación de Celestino inválida y apelando a un concilio general. Bonifacio privó a la familia de sus posesiones una tras otra, quedando Palestrina sola contra el ejército papal. Los Colonna se sometieron en 1298, pero cuando al año siguiente Bonifacio destruyó Palestrina ellos volvieron a tomar las armas contra el papa, siendo de nuevo derrotados y sus territorios divididos entre sus enemigos, los Orsini y los Gaetani.

Dinamarca, Hungría y Polonia.
Poco después de su ascensión, Bonifacio se vio envuelto en complicaciones más allá de los límites de Italia. Eric VIII de Dinamarca había encarcelado al arzobispo de Lund en 1294, con el propósito real de obtener dinero, aunque nominalmente lo hiciera por conspiración. En 1295 Bonifacio envió un legado a exigir su liberación, so pena de excomunión y entredicho. Esos castigos los impuso en 1296, pero Eric lo retuvo hasta 1302, no logrando el papa que restaurara a su diócesis al depuesto arzobispo. En la lucha por el trono de Hungría, fundándose en que él había sido 'puesto sobre príncipes y reinos, para derribar la iniquidad' y que Hungría pertenecía por razones especiales a la sede apostólica, quiso ser la voz decisiva; en 1300 envió a Carlos Roberto, nieto de María de Sicilia, a los húngaros como rey, pero ellos prefirieron a Andrés III y tras su muerte eligieron al hijo de Wenceslao II de Bohemia, como Ladislao V. Al morir Bonifacio, Wenceslao estaba preparándose para unirse con Felipe el Hermoso contra él, chocando también sus intereses con los del papa en otro lugar también, en Polonia, que había elegido a Wenceslao en el año 1300 para ocupar el lugar del desposeído Ladislao. De nuevo Bonifacio reclamó sus derechos, apoyó al rey exiliado, quien tuvo que buscar su ayuda, y prohibió a Wenceslao asumir la corona sin la sanción papal; pero al igual que en Hungría sus palabras no fueron tenidas en cuenta.

Alemania.
Tuvo más éxito en Alemania, donde la empresa de Adolfo de Nassau, en el tratado de Nuremberg (21 de agosto de 1294), de apoyar a Eduardo I de Inglaterra contra Felipe IV, desagradó al papa, quien deseaba la paz entre Francia e Inglaterra. Escribió a Adolfo prohibiéndole tomar las armas y reprochándole por no haberle anunciado su elección. Adolfo contestó sometiéndose, por lo que recibió algunos privilegios a cambio, pero los legados papales seguían insistiendo en la paz. Bonifacio fue más lejos al imponer a los tres reyes una tregua (1295), que al expirar renovó por otros dos años. En 1296 les ordenó que sometieran sus diferencias a su decisión, pero sólo Adolfo envió sus representantes a Roma. El 27 de junio de 1298 Bonifacio decidió que ni Felipe ni Adolfo debían traspasar sus límites y que los que habían sido violados debían ser restaurados. Adolfo nunca supo de esta decisión y cuatro días antes de que le fuera entregada había sido desposeído por los príncipes electorales, cayendo en batalla el 2 de julio contra su rival Alberto de Austria. Bonifacio empleó un tono conciliador con Alberto, citándolo a presentarse ante él en seis meses y sometiendo sus derechos al trono, ya que pertenecía al papa examinar a la persona escogida como rey de los romanos y rechazarlo si era inapropiado. Alberto se retrasó hasta que su posición fue segura en Alemania, enviando entonces embajadores en marzo de 1302 con generosas promesas y la evidencia exigida. Bonifacio necesitaba su ayuda contra Francia, por lo que no levantó ninguna objeción, recociéndolo como rey de los romanos y futuro emperador. Alberto, a cambio, renunció a su alianza con Felipe e hizo todas las concesiones posibles prácticas y teóricas.

Inglaterra.
Pero un obstáculo más perturbador era el rey y el Parlamento inglés. Cuando Eduardo I conquistó Escocia por segunda vez en 1298, Bonifacio exigió que el país fuera un feudo de la Santa Sede, citando a Eduardo ante su tribunal por haberse aventurado a poner sus manos allí. Eduardo trajo la causa ante el Parlamento en 1301, replicando el pueblo inglés que Escocia nunca había sido feudo papal, que su rey no respondería ante ningún tribunal y que, aunque él quisiera, no se lo permitirían. El 7 de mayo Eduardo informó al papa que no dejaría Escocia, teniendo Bonifacio que contentarse con esa respuesta, porque entretanto había estallado el conflicto con Francia.

Luis de Anjou a los pies de Bonifacio VIII,por Pietro Lorenzetti. Iglesia de San Franscico, Siena
Luis de Anjou a los pies de Bonifacio VIII,
por Pietro Lorenzetti. Iglesia de San Franscico, Siena
Francia.
Felipe el Hermoso era un gobernante según el modelo de la descripción de Maquiavelo, no conociendo ley salvo la de su propio interés y no deteniéndose ante nada para lograr sus objetivos. Sus relaciones con Bonifacio fueron al principio amistosas, pero probablemente se sintió ofendido por la interferencia del papa en sus designios hacia Inglaterra. Cuando en 1296 el clero de Francia e Inglaterra se quejó a Bonifacio sobre los impuestos que sus soberanos les exigían a propósito de sus campañas militares, respondió con la bula Clericis laicos, del 25 de febrero de 1296. Comenzaba con la ofensiva afirmación de que el laicado siempre había sido hostil al clero, y procedía a prohibir a todos los príncipes que impusieran taxas al clero sin aprobación papal bajo pena de excomunión. Eduardo, aunque al principio protestó, declaró en 1297 que no impondría más impuestos al clero sin su consentimiento; pero Felipe respondió prohibiendo toda exportación de oro y plata, acuñada o sin acuñar, desde Francia (agosto de 1296). Esto suponía cortar una gran porción de las ganancias papales, de manera que Bonifacio modificó su actitud en la bula Ineffabilis amoris del 25 de septiembre de ese año y cedió aún más en tres breves de febrero y julio de 1297, extremadamente conciliatorios en el tono; en el mismo espíritu canonizó a Luis IX en agosto, pareciendo que la discordia estaba en vías de solución. Pero poco después estalló de nuevo. Felipe había dado su bienvenida en su corte a algunos de los exiliados miembros de la familia Colonna, escuchando sus quejas sobre los abusos del papa, no saliendo bien librado su carácter moral. La malversación del derecho de regalía del rey, por otra parte, constituía una provocación creciente hacia el papa desde 1299. En el año 1301 se produjo una ruptura abierta, al haberse incrementado las pretensiones de ambas partes y estando prestas a embarcarse en una guerra más enconada que antes. Bonifacio envió como legado a París a un francés, Bernard de Saisset, obispo de Pamiers, quien era por diversas razones persona non grata en la corte francesa, no contribuyendo su altivez a mejorar su condición. Felipe no quiso recibirlo y cuando regresó a Pamiers, le llevó a París para juzgarlo y condenarlo por traición y lesa majestad. El 5 de diciembre de 1301 Bonifacio exigió que su embajador fuese inmediatamente liberado para que fuera a Roma, convocando al mismo tiempo a los principales juristas y eclesiásticos franceses a congregarse en Roma el 1 de noviembre de 1302, para aconsejarle sobre la difícil cuestión francesa. Entre los más apasionados reproches notificó a Felipe, en la bula Ausculta fili, que se presentara también en persona o por apoderado en esa asamblea; se repetían las afirmaciones de que Dios había puesto al vicario de Cristo sobre príncipes y reinos, dándole la encomienda de ordenar lo necesario para remover escándalos y procurar el bienestar del reino de Francia.

Bonifacio VIII apresado
Bonifacio VIII apresado
Para tratar la cuestión, Felipe convocó a sus estados en París el 10 de abril de 1302, presentando ante ellos no la bula Ausculta fili sino un documento que pretendía ser la declaración del papa, el cual sobrepasaba al verdadero ofensivamente hablando. Los estados, enardecidos, votaron permanecer al lado del rey. Hacia el fin de ese año, Felipe notificó al papa que no tenía ningún arbitraje en la lucha con Inglaterra, exhortando Bonifacio a Eduardo a que le declarara la guerra. La paz se alcanzó en 1303. Mientras tanto, como resultado del sínodo que el papa inauguró el 30 de octubre de 1302, en el que no pocos prelados franceses estaban presentes a pesar de Felipe, se emitió la bula Unam sanctam, donde se afirmaba de la manera más definitiva la teoría de las 'dos espadas' y la necesidad de la sumisión al papa para ser salvos. En vano se pusieron en marcha algunas iniciativas para conciliar a las partes, pero el 13 de abril se declaró a Felipe culpable de excomunión. Dos meses más tarde, el rey convocó a sus nobles, prelados y juristas, acusando a Bonifacio en veinticuatro párrafos en los términos más extremos. Impresionada la asamblea, resolvió apelar a un concilio general. Guillermo de Nogaret, vice-canciller del rey, fue a Italia, logrando una alianza con Sciarra Colonna, quien buscaba vengarse del papa por los perjuicios causados a su familia. Alistaron a un número de nobles de la Campagna, usando el dinero pródigamente para ganar adherentes, incluso entre los seguidores de Bonifacio en su ciudad natal de Anagni, donde tenía entonces su corte. El 8 de septiembre había resuelto publicar formalmente el anatema contra Felipe, pero el día 7, por la mañana temprano, Guillermo y sus partidarios, unos pocos cientos, forzaron una entrada en la ciudad y penetraron en los aposentos de Bonifacio, haciéndolo prisionero al negarse a hacer concesiones. El día 9 los ciudadanos lo liberaron, teniendo que huir Nogaret y Sciarra, mientras que Bonifacio regresaba a Roma el 25 de septiembre. Sin embargo, exhausto por la larga lucha moría el 11 de octubre.

Bonifacio VIII presidiendo un consistorio de cardenales.
Decretales de Bonifacio VIII, Biblioteca Británica, Londres
Carácter y logros de Bonifacio.
Su derrota no se produjo en las circunstancias de su cautiverio y muerte sino en el hecho de que las armas que usó fueron totalmente inadecuadas para conquistar el sentimiento nacionalista en Francia. El espíritu nacional demostró ser más poderoso que el eclesiástico. Esta derrota supuso un golpe fatal para la autoridad del papado. No obstante, Bonifacio no fue un hombre ordinario. Aunque tenía entre setenta y ochenta años cuando fue elegido papa, no mostró huellas de debilidad por la edad; su voluntad era inquebrantable y su mente clara y lógica. Pero su corazón estaba en el poder. En alguna manera recuerda a Gregorio VII, no pudiendo eludir los conflictos que rodearon a Hildebrando. Pero no mostró en el conflicto la grandeza moral de Hildebrando, por no decir nada de hombres tales como Nicolás I o Inocencio III, no estando su personalidad exenta de fallas morales. No tuvo escrúpulos en usar los fondos que había obtenido para la recuperación de Tierra Santa en sus propias guerras y usó los privilegios de su posición para rodear a su familia con esplendor principesco. Cuando buscó la paz, como entre Inglaterra y Francia, su motivo determinante fue demostrar que era el árbitro del mundo, no teniendo problema alguno, cuando no tenía nada que ganar, en enfrentar entre sí a los contendientes, como hizo con Alberto I y Eduardo I contra Felipe. Pero la crítica justa debe rechazar enteramente las acusaciones de libertinaje, pues descansan en testimonios no contrastados. Igualmente es sin fundamento la acusación de herejía, que sus enemigos levantaron en su contra. Clemente V tuvo buenas razones para la dudosa alabanza que le otorgó a Bonifacio al llamarlo destructor de herejes, pues no sólo confirmó sino que fortaleció las leyes contra la herejía promovidas por Federico II. Tuvo una gran influencia en el desarrollo del derecho canónico, al emitir en 1298 su Liber sextus, una continuación de los cinco libros que Gregorio IX había compilado en 1234, conteniendo sus propios decretos y otros de sus predecesores desde el tiempo de Gregorio. Se debe mencionar que mandó fundar escuelas superiores en Aviñón y en Fermo, en la marca de Ancona, modeladas según la universidad de Bolonia, para el estudio de la teología, el derecho civil y canónico, la medicina y las artes liberales. Roma le está agradecida por la refundación de la universidad romana, fundada originalmente por Carlos de Anjou en 1265. A Bonifacio se debe la adición a la tiara pontifica de la segunda corona, que representa el poder real.