Historia
BOOTH, ABRAHAM (1734-1806)

Cuando era joven la predicación de algunos bautistas lo llevó a una conciencia de la religión y en 1755 fue bautizado por inmersión, comenzando a predicar en los condados del interior. En 1760, cuando los bautistas se reunieron por primera vez en iglesias, Booth se convirtió en superintendente de la congregación de Kirby-Woodhouse, pero se negó a ser su pastor. Hasta entonces había sido un abogado vigoroso de las doctrinas arminianas, y, con veinte años, había escrito un poema titulado Absolute Predestination, pero ahora cambió sus ideas a las doctrinas calvinistas, sostenidas por los bautistas particulares, separándose en consecuencia. Poco después comenzó a predicar los domingos en Sutton-in-Ashfield, Chesterfield, y otros pueblos y aldeas, manteniendo la escuela los días laborables como única fuente de ingresos. En este periodo compuso su obra The Reign of Grace, 1768. Henry Venn, autor de Complete Duty of Man, tras leer la obra de Booth en manuscrito, viajó a Nottinghamshire para verlo, resultando en una amistad de por vida. El prefacio a la primera edición y también a la segunda, 1771, era de Venn. Poco después de su aparición la iglesia bautista particular de Little Prescot Street, Goodman's Fields, invitó a Booth a ser su pastor, aceptando y siendo ordenado el 16 de febrero de 1769. En 1770 publicó The Death of Legal Hope, the Life of Evangelical Obedience, Londres, como sumplemento a The Reign of Grace, dirigido contra los extremos del arminianismo y el antinomianismo. Otras ediciones vinieron en 1778 y 1794. Estas dos obras fueron traducidas e impresas en el extranjero. Publicó una nueva edición de la obra del doctor Abbadie titulada The Deity of Jesus Christ, 1777. En 1778 publicó An Apology for the Baptists, & c., una obra escrita para oponerse al principio de la comunión mixta. En 1784 publicó Paedobaptism Examined, una respuesta a la obra póstuma del célebre Matthew Henry. Este libro se convirtió en dos gruesos volúmenes, 2ª edición, 1787; fue seguido por A Defence of Paedobaptism Examined, & c., 1792. En 1796 publicó Glad Tidings to Perishing Sinners, de la que aparecieron otras cuatro sucesivas ediciones y en 1805 Pastoral Cautions.
Otras obras fueron: Essay on the Kingdom of Christ, 1788, traducida al galés y publicada en Aberystwith, 1810; Commerce in the Human Species, publicado por Abolition Society, 1792; The Amen to Social Prayer, 1801; Divine Justice essential to the Divine Character, 1803; Elegy on Mr. James Hervey y numerosos sermones y alocuciones funerarias publicados por separado. Booth también editó varias ediciones de Manual on Baptism de Wilson y varios de sus artículos están en Baptist Magazine, 1809, 1810. Poco antes de su muerte, impedido de la predicación, escribió dos ensayos, y dos días antes de su muerte uno titulado The Origin of Moral Evil, que fueron posteriormente publicados como Posthumous Essays, 1808.
Una losa de mármol fue erigida a su memoria en la capilla de la calle Prescot, de la que fue pastor treinta y cinco años. Era un hombre robusto y de constitución sólida. Su vida privada se distinguió por la pureza y amabilidad impecable. Una dama miembro de su iglesia le dejó un magnífico legado, pero al descubrir que había parientes pobres por medio fue al Banco de Inglaterra y les transfirió la totalidad del importe. Su esposa murió cuatro años antes que él, teniendo varios hijos.
Las obras de este autor, consideradas por los bautistas como una completa e incontestable vindicación de sus doctrinas, fueron recogidas y publicadas en tres volúmenes, Londres, 1813, como The Works of Abraham Booth, & c., pero sin incluir sus escritos sobre paidobautismo. En 1829 su Paedobaptism Examined, & c., fue reeditado en cuatro volúmenes por la comisión de Particular Baptist Fund.
El siguiente pasaje está tomado de The Reign of Grace, from Its Rise to Its Consummation:
'Cristo encuentra a su pueblo totalmente desprovisto de santidad y del deseo de tenerla, pero no lo deja en ese estado. Produce en él, un sincero amor a Dios y verdadero placer en andar en sus caminos...La gran importancia de la santificación y el lugar que ocupa en la dispensación de la gracia es la siguiente: Es la [meta] de nuestra elección eternal; una promesa [sustancial] y una bendición particular del Pacto de la Gracia; un fruto precioso de la redención lograda por la sangre de Jesús; el propósito de Dios en la regeneración; la intención principal de la justificación; el alcance de la adopción absolutamente necesaria para la glorificación... Por lo tanto, la santificación podría definirse correctamente como una parte [esencial] de nuestra salvación y no como una condición para obtenerla. Porque ser librado de la esclavitud del pecado y de Satanás, bajo quien por naturaleza todos nos encontramos, y ser renovados a la imagen de Dios debe estimarse corno una gran liberación y una inestimable bendición.
Ahora bien, la esencia misma de la santificación consiste en participar y disfrutar de esa bendición. De hecho, la palabra se usa para referirse a esa palabra de gracia divina por la cual los que son llamados y justificados son renovados a la imagen de Dios. El efecto de esta obra gloriosa es la verdadera santidad o conformidad a las perfecciones morales de la Deidad. Es decir, amar a Dios y deleitarse en Él es el bien principal... Amar al Ser Supremo es totalmente contrario a la inclinación de la naturaleza corrupta porque como la depravación natural consiste en nuestra aversión a Dios, que se manifiesta de una y mil maneras, así también la esencia de la verdadera santidad consiste en amar a Dios. Este afecto divino es el origen fructífero de toda obediencia a Él y todo el deleite en Él, tanto aquí como en el más allá. No sólo es el único origen de toda obediencia: es también la suma y perfección de la santidad -porque todo deber aceptable fluye naturalmente del amor a Dios...
Las personas a quienes les es otorgada la bendición de la santificación son aquellas que son justificadas, que se encuentran en un estado de aceptación con Dios. Porque concerniente a ellas está escrito (y es el lenguaje de la gracia imperante): “Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré” (ESTE ES EL PACTO QUE HARE CON ELLOS DESPUES DE AQUELLOS DIAS--DICE EL SEÑOR: PONDRE MIS LEYES EN SU CORAZON, Y EN SU MENTE LAS ESCRIBIRE, añade:[…]Hebreos 10:16). La bendición aquí enunciada y el favor aquí prometido son que el amor a Dios y que deleitarse en su ley y sus caminos, son implantados en el corazón de todos los regenerados. [Estos los predisponen] a obedecer constantemente, toda la voluntad revelada de Dios hasta donde la conozcan. La santificación es una bendición del Nuevo Pacto y en la excelencia de su constitución, se promete como un privilegio de elección, no se requiere como una condición de derecho.
Esas almas felices que poseen la bendición invaluable y son libradas del dominio del pecado, no están bajo la Ley, ni buscan justificación por medio de ella ni están [expuestas] a su maldición. [Se encuentran] bajo la gracia, completamente justificadas por el favor de Dios, y viven bajo su poderosa influencia. Este texto implica claramente que todos los que están bajo la Ley como un pacto o [que] aquellos que están buscando aceptación del Juez eterno a través de sus obras, están bajo el dominio del pecado, sea cual fuere su comportamiento entre los hombres o sus pretensiones respecto de la santidad. Y como los que están bajo la Ley no tienen santidad, no pueden efectuar ninguna obediencia aceptable... la persona misma tiene que ser aceptada por Dios antes de que sus obras sean aceptables para Él.
A fin de considerar el tema con más claridad, puede ser de ayuda tener en cuenta que para determinar que una obra sea verdaderamente buena, tiene que ser realizada partiendo de un principio correcto, realizada siguiendo una regla correcta y con la intención de lograr un fin correcto. Tiene que ser realizada partiendo de un principio correcto, esto es el amor de Dios. El gran mandamiento de la Ley inmutable es: “Amarás al Señor tu Dios” (Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.[…]Deuteronomio 6:5; Y El le dijo: AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE.[…]Mateo 22:37). Cualquier otra obra realizada partiendo de otro principio, no importa cuántos aplausos reciba, no es aceptable a Aquel que escudriña el corazón porque por Él se pesan todos los principios, al igual que las acciones. Tiene que ser realizada siguiendo una regla correcta, ésta es la voluntad revelada de Dios. Su voluntad es la regla de la justicia. En particular, la Ley Moral es la regla de nuestra obediencia. Es un sistema completo de deberes y es considerada moral, es inmutablemente, la norma de nuestra conducta...
Su intención debe ser lograr un fin correcto: La gloria del Ser Supremo. “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquiera otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.[…]1 Corintios 10:31), es el mandato inaplazable del Altísimo. Como éste es el fin por el cual Jehová mismo actúa en todas sus obras, tanto de providencia como de gracia, es el fin más elevado al que podemos aspirar. No obstante, nadie puede obrar para alcanzar un fin tan sublime, a menos que Dios le haya instruido y esté completamente convencido de que la justificación es enteramente por gracia... Porque hasta entonces, no puede más que atribuir, principalmente al yo, sus supuestas buenas obras y su propia aceptación de Dios. Éste es el fin más elevado al cual alguien puede aspirar, aunque a menudo, se proponga otros fines más bajos. En cambio, las obras que realmente son buenas y a las que el Espíritu Santo le confiere frutos de justicia son, en la intención de la persona al igual que en su realización, para la gloria de Dios y su alabanza...
A fin de confirmar el argumento e ilustrar lo dicho, destacaría que el hombre es una criatura caída, enteramente desprovisto de la imagen santa de Dios y de su amor. Entonces, lejos de amar a su Hacedor y deleitarse en sus caminos, es su enemigo... Ni los mandamientos de la Ley Divina —aunque sean las más estrictas y puras posible— ni todas las represalias contra la desobediencia a esos mandamientos, pueden obrar en los corazones el menor grado de amor a Dios, el Dador de la Ley...
Por lo tanto, el hombre caído no puede amar a Dios, sino a través del Mediador. Tiene que contemplar la gloria de su Hacedor en el rostro de Jesucristo, antes de poder amarle o desear, aunque sea en mínima proporción, proclamar su gloria. Ahora bien, dado que no existe revelación de la gloria de Dios en Cristo más que por el evangelio; y tal como no podemos contemplarla sino por fe, nadie puede amar realmente a Dios o querer sinceramente glorificarle, mientras desconoce la verdad. Pero así como la exposición más clara de las perfecciones divinas es en Jesucristo y como el evangelio lo revela en su gloria y hermosura, así también, por medio de la influencia sagrada del Espíritu Santo, los pecadores contemplan la hermosura infinita y la gloria trascendente de Dios en la Persona y obra de Emanuel.
El evangelio [es] una declaración del perdón perfecto que viene de Dios y de esa salvación maravillosa que es por Cristo, siendo [ambos] plenos, gratuitos y eternos. Quienquiera que cree el evangelio, hasta cierto grado, goza de paz en su conciencia y del amor de Dios, dependiendo de la proporción en que el creyente ve la gloria divina revelada en Jesús y su experiencia del amor divino en el corazón. En esa misma proporción, serán sus respuestas de afecto y gratitud a Dios como un Ser de amor infinito, con una generosidad inconcebible hacia la criatura necesitada, culpable e indigna. Sus palabras serán: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?... Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre” (¿Qué daré al SEÑOR por todos sus beneficios para conmigo?[…]Salmo 116:12; 103:1). Habiendo nacido de lo alto, su hombre interior se deleita en la Ley de Dios (Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios,[…]Romanos 7:22) y anhela habitualmente conformarse más y más a ella, dado que es una imitación de la pureza divina, así como una revelación de la voluntad divina. Cuenta ahora con ese principio generoso que lleva a la acción: amor a Dios. La obediencia que pone por obra y que Dios acepta es la obediencia similar a la de un hijo o de un cónyuge, no el acto servil de un mercenario que sólo busca ganarse el derecho a la vida como recompensa por su trabajo, y menos, de un esclavo motivado por temor a su amo. [Es la obediencia] del que considera que los mandatos divinos proceden de un progenitor o de un esposo. Habiendo muerto a la Ley, vive para Dios (Pues mediante la ley yo morí a la ley, a fin de vivir para Dios.[…]Gálatas 2:19).
Dije: “Habiendo muerto a la Ley”. Éste es el caso de los que son pobres en espíritu y han recibido la expiación por la sangre de Cristo, los que consideran que su obra, y ninguna más, es totalmente suficiente para lograr su aceptación con Dios y para satisfacer a una conciencia vivificada en lo que respecta a ese importante asunto. Bien afirma el Apóstol: “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo... Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos” (4 Por tanto, hermanos míos, también a vosotros se os hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. 6 Pero ahora hemos quedado libres[…]Romanos 7:4,6). Con estas palabras extraordinarias, el creyente es descrito como muerto a la Ley y la Ley muerta para él. Lo que esto significa es que la Ley ya no ejerce poder sobre el creyente para exigir obediencia como la condición para tener vida ni para proferir amenazas contra alguien que es desobediente, así como un esposo muerto no puede exigirle obediencia a una esposa viva, ni por desobediencia amenazarla con castigos... Pero aunque la Ley, como pacto, no puede demandar nada de los que están en Cristo Jesús, sigue vigente como norma de conducta porque, en la mano de Cristo, es de gran provecho para los creyentes y para los santos más desarrollados. Ni es posible, en este caso, que debiera quitársele su autoridad o quedar en desuso porque el criterio de esa obediencia es que la naturaleza de Dios y del hombre y su mutua relación, hacen necesaria esa norma. Imaginar que la Ley ya no se aplica, en este sentido, es suponer que ya no existe la relación que hubo alguna vez —y no puede menos que subsistir— entre el gran Soberano y sus criaturas dependientes que son los súbditos de su gobierno moral. Para el verdadero cristiano, tampoco son pesados sus mandatos ni su yugo es una carga. ¡Los aprueba! ¡Se deleita en ellos su hombre interior (Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios,[…]Romanos 7:22)! Porque, como amigo y guía, muestra la manera cómo debe manifestar su gratitud a Dios por todos sus favores. Y la nueva disposición que recibió de Aquel que cumple su Ley en la regeneración, le impulsa a adjudicarle su sincero y perenne valor. Su obediencia actual es en la novedad espiritual y no la ley antigua (Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra.[…]Romanos 7:6).
Si acaso algún descendiente auténtico de los antiguos fariseos objeta que, por querer alcanzar santidad, la Ley queda abrogada, tenemos pronta respuesta: “En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (¿Anulamos entonces la ley por medio de la fe? ¡De ningún modo! Al contrario, confirmamos la ley.[…]Romanos 3:31), tanto por la doctrina como por el principio que rige a la fe. Por la doctrina de la fe porque enseñamos que no hay salvación para ningún hijo de los hombres sin el cumplimiento perfecto de todos sus justos requisitos. Esto, aunque imposible para la criatura caída y débil, fue cumplido puntualmente por el Mesías, nuestro Garante. [Esta justicia] acreditada a la cuenta del pecador creyente lo justifica completamente. Por lo tanto, la Ley, lejos de ser anulada es honrada, es magnificada ¡y esto, en grado supremo! La obediencia cumplida por el divino Redentor, de acuerdo con lo que exige la Ley, y los sufrimientos de un Dios encarnado sobre la cruz, en conformidad con su sanción penal, honra la ley más que toda la obediencia de una raza de criaturas totalmente inocentes, pudiera jamás demostrar [o] que lodo el sufrimiento de los muchos millones de los condenados pudieran sufrir eternamente. Por el principio que rige la fe porque, igual como purifica el corazón de una conciencia impía por medio de la aplicación de la sangre expiatoria, obra también por amor; amor a Dios, a su pueblo y a su causa, en cierto sentido conforme a la Ley como la regla de justicia...
Por lo tanto, si alguien pretende creer en Cristo, amar su nombre y disfrutar de comunión con Él, pero no acostumbra a tener en cuenta sus mandamientos, es “mentiroso, y la verdad no está en él” (El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él;[…]1 Juan 2:4). Porque nuestro Señor... nos advierte también que la razón por la cual alguien no guarda sus mandamientos es porque no lo ama, aunque profese lo contrario. No es amor lo que no induce a la obediencia, tampoco es digno del nombre de obediencia, la cual nace del amor. Pretender amar sin obedecer es flagrante hipocresía y obedecer sin amar no es más que esclavitud... El evangelio sólo puede darnos los principios y motivos para la obediencia que nos cause disfrutarla. Cuando conocemos la verdad que es Jesús entonces, y sólo entonces, los caminos de sabiduría serán siempre los caminos de contentamiento. Entonces la fe obrará por amor a Dios y a nuestro prójimo.'