Historia

BOOTH, WILLIAM (1829-1912)

William Booth, fundador del Ejército de Salvación, nació en Nottingham, Inglaterra, el 10 de abril de 1829 y murió en Londres el 20 de agosto de 1912.

William Booth
Trasfondo familiar y primeras influencias.
Su padre fue un fracasado hombre de negocios cuyas infructuosas ambiciones eran casi totalmente materialistas. El hijo le describió significativa pero irreverentemente en la frase: 'Mi padre fue un aprovechado, un arribista.' Perdió su dinero y murió de un infarto. Su madre era probablemente de origen judío. Tras la muerte de su marido puso una de esas pequeñas tiendas que el viajero encontraba en cada pueblo o localidad inglesa, tal vez preguntándose cómo podía el tendero tener lo suficiente para pagar el alquiler. El muchacho fue aprendiz de un prestamista porque su padre pensó que este negocio le daría la mejor oportunidad de ganar dinero, por lo que en los primeros años de su vida estuvo dividido entre una ambición comercial y una aspiración espiritual. Su biógrafo, Harold Begbie, dice que 'había tres cosas firmes en su mente, siendo la primera la determinación de progresar en el mundo, la segunda la ambición de trabajar por un cambio político y la tercera el anhelo de estar a bien con Dios.' Este último deseo se fortaleció e intensificó por su asistencia a las reuniones metodistas y particularmente por la predicación de un evangelista llamado Caughey, aunque el origen de su inquietud espiritual ni William Booth ni su biógrafo intentan explicarlo. 'Cómo llegué', dijo él posteriormente, 'a esta noción de religión, cuando vi tan poco de su carácter manifestado a mi alrededor a veces me confunde.' Sin embargo, no sólo era su propia falta de religión lo que le oprimía. Le influenció su familiar cercanía con la pobreza, sintiéndose cargado no sólo por la pobreza material sino todavía más por la espiritual que estaba constantemente ante él. Sentía más y más el llamamiento de la calle, dándose cuenta de que la pobreza espiritual era la causa verdadera de la miseria con la que, por su negocio, estaba siempre en contacto, siendo esta inquietud personal y esta conciencia de la miseria de otros lo que se convirtió en un irresistible llamamiento al ministerio.

En ese tiempo en Inglaterra, especialmente en Londres, el humanitarismo era el entretenimiento de unos pocos filántropos maniáticos. Poco interés había en las iglesias por los cuerpos de los hombres. No había sistema nacional de educación; ninguna idea de casas de reforma; ninguna legislación sobre el trabajo; ninguna provisión para la pobreza sino las casas de caridad. Se levantaban voces que exigían una reforma, unas veces con lástima y otras con indignación, como las de Dickens, Lord Shaftesbury, Carlyle, Ruskin, John Stuart Mill, Cobden y Bright; pero ninguno de ellos tenía el apoyo de las iglesias y ninguno estaba movido por algún motivo religioso reconocido y comprometido. Esos reformadores se dirigían a la gente cultivada y confortable de Inglaterra. La voz que iba a llamar la atención del pueblo inglés sobre las condiciones vergonzosas y peligrosas procedió, por curioso que parezca, de un evangelista cuya educación la había recibido en una casa de empeños.

Comienzo de una nueva etapa.
William Booth pudo señalar el día cuando tuvo lugar ese cambio de la casa de empeños al púlpito, un cambio que sería de extraordinaria influencia no sólo para Inglaterra sino para el mundo. Un ministro metodista le ofreció apoyo financiero durante tres meses si se dedicaba a predicar. El joven aceptó la oferta, notificó a su jefe su propósito, hizo su maleta y salió para iniciar una nueva vida. Tres cosas, escribió posteriormente, marcaron ese día: Era Viernes Santo; era su cumpleaños y 'la más importante de todas, es que en ese día me enamoré de la preciosa mujer que luego sería mi esposa.' Catherine Mumford sería no sólo una dedicada esposa y una inspiradora compañera sino también una sabia consejera, ganándose el título de 'madre del Ejército de Salvación.' El biógrafo la caracteriza en unas pocas frases como 'capaz, diestra y brillante mujer, que se deleitaba en charlas de sobremesa, que de alguna manera se enorgullecía de su hábil lógica y era capaz, brillante, osada y recta hasta el extremo; aunque uno duda si su corazón en ese tiempo iba acompasado con su cerebro.'

William Booth antes de entrar formalmente en el ministerio había llamado la atención de la Iglesia metodista por sus predicaciones ocasionales, siendo desde la primera un auténtico aunque un tanto rudo y poco convencional orador, que movía a sus audiencias por su profunda convicción, su fe apasionada y su poder dramático. Su teología era la de la Iglesia a la que pertenecía en ese tiempo. 'Esta tierra ocupaba el lugar central en el universo estelar; el hombre, creado perfecto, había escogido el pecado y rechazado a Dios, quien en su misericordia había visitado y redimido al hombre, quien tenía en su poder la decisión de aceptar la redención o rechazarla; la felicidad imperecedera era el fruto de lo primero y la miseria imperecedera de lo segundo.' Así era la teología de la Iglesia metodista.

Ministerio en el púlpito.
Pero William Booth simplificó su predicación a que la raza humana está en rebelión contra Dios, que Jesucristo vino para vencer esa rebelión y que el cristianismo está en guerra contra el diablo y sus obras; el deber de cada individuo es deponer las armas de su rebelión y unirse a las fuerzas de Cristo, siendo el deber del predicador reclutarlo. Para William Booth esta creencia no era una opinión teológica sino una vívida experiencia. Creía que esta guerra se estaba librando en su propia alma, que se libraba en las almas de todos los hombres y que esta revuelta contra Dios era la causa de la pobreza, la miseria, la degradación y el pecado, que eran la vergüenza y el peligro de Inglaterra. Los temas de sus sermones no eran probar o definir la Trinidad o la divinidad de Cristo, la expiación vicaria o la infalibilidad de la Biblia. La teología no le interesaba. Lo que quería era rescatar a los hombres de la degradación y miseria que eran los resultados de la rebelión contra Dios y el rechazo de la ley y del amor de Dios.

El Ejército de Salvación, óleo sobre tabla de Jean François Raffaelli (1850-1924), colección privada, Christie's Images, Bridgeman Art Library, Londres/Nueva York
El Ejército de Salvación, óleo sobre tabla de Jean François Raffaelli
(1850-1924), colección privada, Christie's Images, Bridgeman Art Library,
Londres/Nueva York
Este cristianismo aplicado lo expuso ante sus audiencias con sinceridad apasionada y poder dramático. Su biógrafo cita un relato que el mismo Booth dio de uno de sus primeros sermones: 'Al describir un naufragio en el océano, mientras la aterrorizada gente se aferraba al mástil entre la vida y la muerte, ondeando una bandera de socorro a los que estaban en la orilla y enviando éstos en respuesta un bote para salvarlos... les recordé a mis oyentes que ellos estaban en un naufragio en el océano del tiempo por sus pecados y rebelión; que se estaban hundiendo hacia la destrucción, pero que si enarbolaban la señal de socorro, Jesucristo enviaría el bote de rescate. Luego, saltando sobre el asiento que estaba detrás del púlpito agité mi pañuelo sobre mi cabeza para representar la señal de socorro que quería que ellos enarbolaran.'

Al leer este relato ahora podemos quedarnos sin inmutarnos o incluso hacer una mueca de sonrisa; pero si el lector hubiera estado entre la audiencia bajo el verbo de la apasionada fe del predicador, creyendo que este grotesco acto era la expresión natural de su genuino sentimiento, no parecería tan grotesco. Las concurrencias afluían para escuchar a este nuevo predicador. Las capillas metodistas no tenían capacidad para albergar a todos los oyentes y decenas se amontonaban ante el altar para pedir oración o confesar que se habían convertido. El joven Booth fue a Londres para estudiar y prepararse mejor para la obra de su vida, pero las invitaciones de las congregaciones continuaban y le parecían irresistibles. Indudablemente le atraía la fascinación peculiar de la audiencia por un orador nato; pero mucho mayor era el poder imperioso de la creencia del joven predicador de que realmente el mundo estaba sentenciado a perecer en una conflagración sin final, a menos que fuera rescatado por los esfuerzos de individuos que ya habían sido rescatados. Inspirado por esa fe no pudo rechazar las invitaciones que le llovían de todas partes. A la mujer que sería su esposa le escribió sobre su recepción en Lincolnshire: 'Mi recepción ha sido extraordinariamente agradable. Hasta los niños se reían, bailaban y cantaban a mi llegada... Ayer tuve un duro trabajo. La capilla estaba abarrotada. El entusiasmo estaba desbordado. El sentimiento era abrumador, pero sin el estrépito que esperábamos. Mis posibilidades de servicio parecen ilimitadas. Pero Dios sabe lo mejor y donde él quiera, allí puede enviarme.' Y de nuevo: 'Ayer prediqué a congregaciones numerosas y tuvimos una reunión de oración desbordada. Hubo algunos casos espléndidos.'

Pero sus sermones no eran meremente dramáticos, estaban bien confeccionados. Agradece a Catherine Mumford por un bosquejo que le envió y le pide más: 'Quiero un sermón sobre el diluvio, otro sobre Jonás y otro sobre el juicio. Envíame algunos pensamientos escuetos; algunos bosquejos claros y sorprendentes. Nada mueve más a la gente que lo terrorífico. Deben tener las llamas del infierno delante de ellos o no se moverán. La otra noche prediqué un sermón sobre el llanto de Cristo por los pecadores y sólo uno pasó al frente, aunque varios confesaron un sentimiento e influencia santa. Cuando prediqué sobre la siega y los malos echados fuera, vinieron gran cantidad. Debemos exponer esa clase de verdad que moverá a los pecadores.' En esta petición muestra lo que siempre fue el propósito de su predicación. No era instruir a los hombres en la verdad. Era moverlos a una decisión instantánea.

Choques ministeriales.
Las páginas de la biografía de H. Begbie están repletas de los problemas que el joven predicador tuvo que enfrentar, las dificultades que encontró y el valor y la energía con que los confrontó. Siempre estuvo sometido a lo que ahora llamaríamos dispepsia nerviosa. Se casó con una mujer que estuvo siempre enferma y dividió su tiempo desigualmente entre cuidarla y ministrar al público. Era demasiado independiente para someterse a la autoridad eclesiástica que se proponía frenar su indómito espíritu o aceptar dinero a cambio de someterse a cualquier clase de autoridad. En un determinado momento se le ofreció dinero y un hermoso salón en East London cuyo costo ascendía a 7.000 libras así como un generoso estipendio para él y su esposa si consentía en quedarse permanentemente en East London y no andar de aquí para allá, oferta que declinó inmediatamente. Ningún hombre puede acometer tal empresa sin despertar fuerte oposición. La grandeza de su ambición espiritual horrorizó a muchos, la intensidad de su fe reprendió a otros; algunos de sus métodos provocaron no poca crítica y la misma grandeza de su éxito excitó los celos en sus contemporáneos. Más grande que todos esos obstáculos, tal vez mayor que todos ellos combinados, fue la frialdad de las iglesias y la dureza del mundo. En un momento pensó unirse con las iglesias congregacionales al pensar que podía tener mayor libertad. Pero la teología del congregacionalismo era calvinista, enseñando que nadie se puede arrepentir sin la gracia de Dios. Para Booth aceptar eso hubiera significado tener que cambiar su mensaje. Al leer un tratado teológico que un ministro congregacional le prestó, tiró el libro y nunca más consideró la propuesta de aceptar una servidumbre teológica para escapar de una servidumbre eclesiástica.

Nacimiento del Ejército de Salvación.
Cuando la conferencia metodista decidió retirarle de la obra de evangelización y asignarlo a un circuito, dejó esa Iglesia, yéndose a Londres y comenzando la Misión Cristiana. Era una empresa individual, pero sería la cuna de la que, por un proceso natural, surgiría el Ejército de Salvación. Tras desembarazarse del yugo de la Iglesia, William Booth nunca volvió a tomarlo. En cierto momento prominentes dignatarios de la Iglesia anglicana quisieron hacer alianza con el Ejército de Salvación, para que se convirtiera, si no en una rama, al menos en un instrumento reconocido de la Iglesia de Inglaterra. Pero tal propuesta hubiera significado reconocer los dos credos históricos del cristianismo y los dos sacramentos, bautismo y Cena, a lo cual Booth se negó. Muchos, probablemente la mayoría, de los que se congregaban eran de los barrios bajos y para ellos los sacramentos eran obstáculos, no ayudas, para la vida cristiana. Booth consideraba que ni el bautismo ni la Cena eran de provecho, sino lo que importaba era ser nueva criatura en Cristo. Aunque él mismo había sido bautizado y había participado de la Cena, no lo exigió a sus convertidos, aunque asintió cordialmente a su uso voluntario si lo deseaban. Él quería ver vidas cambiadas, pero ni arrodillarse en oración ni hacer una profesión de fe le satisfacían. Gradualmente la experiencia le llevó a la conclusión de que la única manera para que se produjera un cambio era hacer de los hombres y mujeres desde el instante de su conversión, buscadores de los perdidos. Desde casi el mismo nacimiento del Ejército de Salvación sus dos principios fundamentales fueron: Trabaja con hombres si trabajas para ellos y trabaja para hacerlos trabajadores cristianos.

William Booth había estado en Londres más de veinte años antes de que la Misión Cristiana tomara el nombre de Ejército de Salvación y adoptara sustancialmente la organización militar, asumiendo el general Booth el título y autoridad de comandante en jefe. Durante diez años más fue una organización reclutadora, que llevó a cabo una importante obra filantrópica. Entonces la obra filantrópica recibió un nuevo impulso y una nueva importancia.

Salvacionista predicando en una taberna
Salvacionista predicando en una taberna
Rechazo y reconocimiento.
Una noche de 1888 cuando William Booth regresaba a Londres de una campaña en el sur de Inglaterra, cruzó uno de los puentes del Támesis, quedando estupefacto al ver a hombres y mujeres durmiendo apiñados en los bancos de piedra. Por la mañana se reunió con su hijo mayor Bramwell, quien era su suplente, para ver qué se podía hacer. 'Haz algo Bramwell' exclamó, 'haz algo. Consigue un cobertizo para ellos, cualquier cosa será mejor que nada; un techo sobre sus cabezas y paredes alrededor de sus cuerpos.' Casi al mismo tiempo los médicos diagnosticaron un cáncer mortal a su esposa tras cuidadoso examen. Velando en el lecho de su moribunda esposa escribió un libro que hizo época, In Darkest England. Con este volumen Booth llamó a la puerta de la rica, complaciente y confortable Inglaterra y le mostró al mendigo que yacía descuidado a su puerta. La publicación fue la sensación del momento. El autor fue tildado de alarmista, visionario, exagerado, iluso demandando lo imposible y procurando curar lo incurable, siendo al mismo tiempo denunciado por los socialistas por intentar aliviar nada más y no curar los males de la sociedad. Fue acusado de ser un ambicioso narcisista que quería crear un organización de la que él pudiera ser jefe y que podía ser peligrosa para el Estado. Un avaro que buscaba grandes sumas de dinero de las que tenía el control absoluto. El mayor de los acusadores de Booth fue T. H. Huxley, cuyos cargos están contenidos en uno de sus Essays. Los cargos de Huxley contra el Ejército de Salvación eran principalmente dos: Que era una organización militar en la que 'cada uno que se alistaba debía obedecer sin cuestionar las órdenes del cuartel general' y que el 'proceso de degradación de la organización en un mera ambición personal fanática e intolerante ya estaba en marcha, haciendo rápidos progresos.' Pero un comité imparcial investigó los fondos recaudados y administrados por el Ejército de Salvación y, tras un cuidadoso examen, informó en detalle de que se habían tomado todas las medidas contra cualquier malversación del dinero. La misma Enciclopedia Británica anunció que 'la oposición y ridículo con que la obra de Booth fue recibida durante muchos años, dio paso a finales del siglo XIX a la más extendida simpatía, en la medida en que su carácter y resultados se habían realizado plenamente.' En menos de una veintena de años toda la campaña de calumnias se había evaporado. Con ocasión de la concesión de un galardón público por parte de las autoridades en 1905, el general Booth no aprovechó la ocasión para apelar en favor de su organización sino 'en favor de los borrachos, las prostitutas, los criminales, los pobres, los solitarios...' Poco después la Sociedad Bíblica le pidió que fuera su vice-presidente y la universidad de Oxford le concedió el título de doctor en derecho. Booth se entrevistó con los soberanos de Dinamarca, Noruega y Suecia, el emperador de Japón, la reina Alejandra, la emperatriz de Rusia y los príncipes de Gales. Dos testimonios le impresionaron grandemente; uno fue una carta del conocido escéptico Goldwin Smith, quien escribió: 'Es un testimonio del poder espiritual del fundador del cristianismo que tantos siglos después de su muerte tal obra sea hecha bajo su inspiración y en su nombre'; el otro fue la popular recepción que le fue dada en Japón, donde en dos reuniones de oración no menos de 500 personas subieron a la plataforma procurando con lágrimas hallar la salvación de Dios.

Últimos años.
Hasta el final de su vida el general Booth creyó que la salvación de la sociedad dependía de la salvación de los individuos que la componen, que los hombres nunca estarían en correcta relación los unos con los otros a menos que primero se reconciliaran con Dios. Pero al hacerse más viejo su credo se hizo más simple. En su discurso ante el alcalde de Londres en 1905, con motivo de recibir el galardón Freedom of the City of London, definió no el credo sino la religión del Ejército de Salvación en términos que no todos los cristianos considerarían adecuados: 'Debes adorar a Dios, consagrarte a su servicio y hacer lo que puedas para el beneficio de quienes están cerca de ti. Debes ser bueno y sincero y honesto y bondadoso y hacer todo lo que puedas para el beneficio de tu familia y amigos. Debes perseverar en ello y tendrás una muerte pacífica y una inmortalidad bienaventurada.'

Escribió Salvation Soldiery (1890); In Darkest England and the Way Out (1890) y Religion for Every Day (1902). De su obra In Darkest England and the Way Out es el siguiente pasaje:

'La oscura Inglaterra puede describirse en líneas generales como un mundo compuesto por tres círculos concéntricos. El círculo exterior y el de mayor tamaño está habitado por los pobres, hambrientos y desamparados, pero honestos. El segundo, por aquellos que viven del vicio; el tercero, el círculo interior, lo pueblan aquellos que viven del crimen. El mundo completo de los tres círculos está empapado por el alcohol. La oscura Inglaterra tiene más tabernas que ríos la selva de Aruwimi, de los cuales Stanley ha debido en oportunidades cruzar hasta tres en media hora.
Las fronteras de esta vasta tierra perdida no pueden definirse con precisión. Se expanden y contraen continuamente. Cada vez que se produce una depresión comercial, se expanden; cuando retorna la prosperidad, se contraen. En lo que respecta a las personas, no hay una sola de entre las decenas de miles que viven en las afueras de la oscura selva que pueda verdaderamente decir que ella o sus hijos se encuentran a salvo de verse irremediablemente perdidos en su laberinto. La muerte del jefe de hogar, una larga enfermedad, una falla en el municipio, o cualquiera de otras miles de causas que podría nombrar, arrastraría al primer círculo a aquellos que actualmente se imaginan estar libres del peligro de necesidad real. La tasa de mortalidad en la oscura Inglaterra es alta. La muerte es lo único que libera a los cautivos de la prisión en que viven. Algunos logran escapar, pero la mayoría, con su salud quebrantada por el entorno, fallecen irremediablemente ante las puertas de las mansiones palaciegas que, quizás, ellos mismos ayudaron a construir.'