Historia
BRADWARDINE, THOMAS (1290-1349)
En Chichester, Thomas pudo haber conocido al célebre Richard de Bury, después obispo de Durham, quien tuvo una prebenda en la catedral de Chichester a principios del siglo XIV y de ese entusiasta por el estudio y diligente coleccionista de libros pudo haber recibido por primera vez el gusto por el saber. Sin embargo, nada se sabe sobre su educación antes de ir a Oxford, ni la fecha exacta de su partida allí se ha determinado. Todo lo que se sabe de cierto es que ingresó en el colegio, fundado recientemente por Walter de Merton, y en 1325 su nombre aparece como uno de los supervisores de la universidad. En ese puesto hubo de tomar parte en una disputa entre la universidad y el archidiácono de Oxford. La archidioconía la tenía in commendam Galhardus de Morâ, cardenal de Santa Lucía; los deberes del cargo eran desempañados por un representante y los emolumentos eran manejados por hombres cuyo objeto era obtener tanta ganancia para ellos mismos como pudieran. Reclamaron la jurisdicción espiritual sobre la universidad para el archidiácono. El canciller y los supervisores resistieron la pretensión, manteniendo que la disciplina de la universidad les pertenecía a ellos. El archidiácono cardenal se quejó al papa, siendo citados el canciller, los supervisores y ciertos maestros de artes a Aviñón para responder por su conducta, pero ellos se negaron a comparecer y presentaron una demanda contra el archidiácono en el tribunal del rey. El rey, Eduardo III, obligó al archidiácono a someterse al arbitraje de los jueces ingleses y la controversia terminó a favor de la universidad, que estaba exenta de toda jurisdicción episcopal.
Durante su residencia en Oxford, Thomas Bradwardine obtuvo la más alta reputación como matemático, astrónomo, filósofo moral y teólogo. A solicitud de los miembros de Merton les impartió un curso de conferencias teológicas, que luego amplió en un tratado. Esta obra le valió el título de Doctor Profundis, siendo en su propio tiempo comúnmente llamada Summa Doctoris Profundi, pero más tarde veces se ha titulado De Causa Dei contra Pelagium, et de virtute causarum ad suos Mertonenses libri tres. Este tratado fue editado por Sir Henry Savile en 1618 en un volumen en folio de casi 1.000 páginas. Continuó siendo durante mucho tiempo una autoridad entre los teólogos agustinianos y en la escuela calvinista. El deán Milner da un resumen de su contenido en su Church History (iv. 79-106). Según Bradwardine toda la Iglesia de su tiempo estaba profundamente infectada de pelagianismo. 'Yo mismo', dice, 'una vez fui tan necio y vano cuando me apliqué primero al estudio de la filosofía como para ser seducido por este error. En las escuelas de los filósofos rara vez oí una palabra con respecto a la gracia, ya que continuamente nos decían que éramos los dueños de nuestras propias acciones libres y que estaba en nuestro propio poder hacer bien o mal.' Hasta ese momento Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.[…]Romanos 9:16 le había parecido que era un error 'pero después... me di cuenta de que la gracia de Dios precede a todas las buenas obras, tanto en el tiempo como en la naturaleza; por gracia entiendo la voluntad de Dios.' Bradwardine quería sustentar esta posición con bases teóricas. Reconoció a Agustín como su maestro. El resumen de su enseñanza es lo que sigue: Dios es bondad y perfección completa, siendo su acción buena en sí misma y libre de potencialidad de imperfección. Él es la primera causa, el principio absoluto del ser y el movimiento. Por lo tanto, nadie puede actuar ni nada puede 'acontecer'. Dios es quien ordena los acontecimientos. La presciencia divina es la voluntad ejercida de antemano o la predestinación de la voluntad del hombre. La voluntad de Dios es inmutable. Todo tiene lugar en virtud de la necesidad antecedente inmutable, causada por la volición divina. De ahí que el hombre no puede decir nada 'más útil y eficaz... que sea hecha tu voluntad.' Los efectos de la predestinación son en el presente el don de la gracia, la justificación del pecador, el mérito o recompensa, la perseverancia hasta el fin y la felicidad perpetua en el mundo venidero. Bradwardine se esfuerza en probar, con mucha fuerza lógica y precisión matemática, que las acciones humanas están totalmente desprovistas de todo mérito, que no merecen la gracia ni siquiera de congruo, que es la forma más engañosa de pelagianismo, y la que era más comúnmente sostenida en ese tiempo. Mantiene que la naturaleza humana es absolutamente incapaz de vencer una sola tentación sin la provisión de la gracia divina y que esta gracia es el libre y no merecido don de Dios, cuyo conocimiento y poder son igual de perfectos. Si Dios no otorgara su gracia libremente, no podría prever cómo conferiría sus dones y por lo tanto su presciencia no sería absoluta; de manera que la doctrina de la presciencia de Dios y la gracia libre están unidas. Pero subyacente a todo el razonamiento duro y seco de este tratado, hay una profunda vena de cálida y genuina piedad que ocasionalmente brota en fervorosa meditación y oración, llena de amor, humildad y agradecimiento. A pesar de su teoría, Bradwardine, como Agustín, afirmó la realidad del libre albedrío. Su importancia histórica consiste en que fue uno de los más poderosos adalides del agustinianismo durante la fase final de la Edad Media. Este movimiento contribuyó a la disolución del escolasticismo y a un nuevo entendimiento de la doctrina cristiana desde el punto de vista de la fe personal.
Fue grandemente estimado por Wycliffe, Gerson y Flacius. La valoración en la que Thomas Bradwardine fue tenido como teólogo en su propio siglo está indicada por la forma en la que Chaucer se refiere a él. En Nun's Priest's Tale, el orador, tratando la cuestión de la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre, afirma:
But I ne cannot boult it to the bren,
As can the holy doctour S. Austin,
Or Boece, or the Bishop Bradwirdyn.
Hacia 1335 Bradwardine fue, con otros siete hombres de Merton, convocado a Londres por Richard de Bury, que había sido hecho obispo de Durham en 1333 y canciller al año siguiente, y quien se rodeó con un gran séquito de caballeros y capellanes, en parte por un amor al esplendor y en parte por un amor a la compañía de hombres de saber que pudieran ayudarlo en la formación de su biblioteca. En 1337 el obispo de Durham obtuvo para su capellán Bradwardine la cancillería de la catedral de San Pablo con la prebenda de Cadington Minor adjunta. Pronto aceptó también una prebenda en la catedral de Lincoln, aunque no sin algunos escrúpulos y vacilaciones, debido a las objeciones entonces prevalecientes contra la no residencia de los beneficiarios.
Por recomendación conjunta del arzobispo Stratford y el obispo de Durham fue nombrado uno de los capellanes reales. Aunque el título de confesor lo llevaban todos los capellanes del rey, el lenguaje de Birchington parece implicar que Bradwardine en realidad recibió la confesión de Eduardo III, que, teniendo en cuenta la vida que llevaba entonces el rey, debe haber sido un cargo muy difícil y desagradable si era concienzudamente ejercido. Se unió a la corte en Flandes y acompañó al rey, el 16 de agosto de 1338, en su itinierario por el Rin para celebrar una conferencia en Coblenza con su cuñado Luis de Baviera.
En Colonia, Bradwardine recordó al rey que Ricardo Corazón de León había ofrecido una acción de gracias pública en la catedral por escapar del duque de Austria. Esa catedral había sido destruida por el fuego, pero la nueva estructura, que no se completó hasta siglos después, estaba en curso de construcción. Los planos fueron sometidos al rey y después de consultar con Bradwardine se suscribió una gran suma de dinero. Bradwardine continuaba asistiendo al rey en la fecha de la victoria de Cressy y la captura de Calais. Fue tan diligente en sus exhortaciones al rey y a los soldados que muchos atribuyeron los éxitos de las armas inglesas al favor del cielo obtenido por las saludables advertencias y el santo ejemplo del capellán real. Después de las batallas de Cressy y Neville's Cross fue nombrado uno de los comisarios para tratar la paz con el rey Felipe.
El arzobispo Stratford murió el 23 de agosto de 1348 y el capítulo de Canterbury, pensando en anticiparse a los deseos del rey, eligió a Bradwardine para la sede vacante sin esperar el congé d'élire. Pero el rey se ofendió por la irregularidad y pidió al papa que anulara la elección y nombrara a John de Ufford mediante provisión. El nombramiento era meramente un medio para reivindicar su propio derecho de nombramiento, que había sido infringido por la prematura acción del capítulo; pero John de Ufford era anciano y paralítico y murió por la peste antes de su consagración.
Tras la muerte de John de Ufford el capítulo apeló al congé d'élire, que fue enviado con la recomendación de elegir a Bradwardine. El papa, Clemente VI, también emitió una bula en la que fingía sustituir la elección del capítulo y nombrar a Thomas por provisión. Bradwardine estaba en el continente en el momento de su elección y marchó sin demora hacia la corte papal en Aviñón para la consagración, que tuvo lugar el 19 de julio de 1349. El papa estaba tan completamente en poder de Eduardo en ese momento que una vez dijo amargamente que si el rey de Inglaterra le pedía que hiciera obispo a un burro, él no podría negarse. Los cardenales se habían resentido por el dicho, y uno de ellos, Hugo, cardenal de Tudela, pariente del papa, tuvo el mal gusto de hacer de la consagración de Bradwardine una ocasión para provocarle a cólera. En medio del banquete dado por el papa, las puertas del salón se abrieron de repente y un bufón entró sentado sobre un asno, presentando una humilde petición para que se le hiciera arzobispo de Canterbury. Teniendo en cuenta la reputación europea de Bradwardine en saber y piedad, la burla era notablemente impropia; el papa reprendió al ofensor y el resto de los cardenales mostraron su disgusto compitiendo entre sí en el respeto que le dieron al nuevo arzobispo.
Aunque la Peste Negra asolaba entonces Inglaterra, Bradwardine se apresuró a ir allí, desembarcando en Dover el 19 de agosto, hizo un homenaje al rey en Eltham y recibió las temporalidades de él el día 22. De allí fue a Londres y se alojó en La Place, residencia del obispo de Rochester en Lambeth. A la mañana siguiente de su llegada tuvo un ataque de fiebre, que se atribuyó a la fatiga después de viaje, pero por la tarde tenía tumores bajo los brazos y otros síntomas de la plaga mortal que hacía entonces estragos en Londres, muriendo unos días después. A pesar de la naturaleza infecciosa de la enfermedad, el cuerpo fue llevado a Canterbury y enterrado en la catedral.
Sus obras son: De Causa Dei contra Pelagium et de virtute causarum, editado por Sir Henry Savile, Londres, 1618; Tractatus de proportionibus, París, 1495; De cuadraturâ circuli, París, 1495; Arithmetica speculativa, París, 1502; Geometria speculativa, París, 1530; Ars Memorativa, manuscrito de la colección Sloane, Museo Británico, No. 3744. Este último es un intento de ayudar a la memoria mediante el método de asociar mentalmente ciertos lugares con ciertas ideas o asuntos, o las diversas partes de un discurso.