Historia
BROOKS, PHILLIPS (1835-1893)
- Familia
- Primera etapa
- Comienzo de su ministerio
- Ministerio en Boston
- Ascenso al obispado
- Valoración
- Obras

La familia Phillips había sido notoria en la vida religiosa y educativa de Massachusetts desde 1630, cuando el reverendo George Phillips llegó de Inglaterra con Winthrop y se instaló en Watertown, Massachusetts. Su hijo, Samuel, fue pastor en Rowley, Massachusetts, durante cuarenta y cinco años. El siguiente en la línea, también llamado Samuel, rompió la sucesión clerical y se dedicó a la orfebrería, pero tuvo por esposa a la hija de un ministro, Mary Emerson; y su hijo, Samuel, fue ministro de South Church, Andover, Massachusetts, durante sesenta y dos años. Los últimos tres hijos, Samuel, John y William, ejercieron actividades seculares, adquirieron riqueza y la utilizaron para fines filantrópicos y propósitos educativos. John fundó Phillips Exeter Academy y el hijo de Samuel, el juez Samuel Phillips, con la cooperación de su padre y dos tíos, fundó Phillips Andover Academy. La esposa del juez, Phoebe Foxcroft, aportó a la riqueza familiar, gracia social y vida intelectual de alto orden, reapareciendo su gran estatura y grandes ojos oscuros en Phillips Brooks. Llevando a cabo el deseo de su marido, ella, con su hijo John, fundó Andover Theological Seminary. Este John fue el padre de Mary A. Phillips, madre de Phillips Brooks.
En la familia Brooks había menos conspicuo idealismo y espiritualidad. El fundador del linaje en América fue Thomas Brooke, ciudadano de Watertown en 1636 quien debe haber estado bajo el ministerio del reverendo George Phillips. El único ministro en esta estirpe fue el reverendo Edward Brooks, cuyas tendencias liberales lo llevaron a renunciar a su parroquia y cuya esposa era descendiente directa del reverendo John Cotton. Sus dos hijos fueron Cotton Brown Brooks y Peter Chardon Brooks. El hijo mayor se convirtió en comerciante en Portland, Maine, y el más joven, en un prominente laico unitario en Boston, siendo a su muerte considerado el hombre más rico de la ciudad. Cuando William Gray Brooks, hijo de Cotton Brown Brooks, llegó, a la edad de diecinueve años, a Boston para establecerse en los negocios, conoció, en la casa de su tío Peter, a la sobrina de su tía, Mary Ann Phillips, con quien se casó en 1833. De esta unión nació Phillips Brooks, el segundo de seis hijos, de los que cuatro ingresaron al ministerio.
De su padre y madre heredó virtudes elevadas en proporción equilibrada. Su madre tenía toda la pasión espiritual de los Phillips. Estaba ricamente dotada de una intensa y poderosa naturaleza emocional, que se reveló en un idealismo brillante y celo reformador por el establecimiento de la justicia. Su seriedad ética y su fe incuestionable se mezclaron con un amor ardiente de madre que se prodigó sin restricción sobre sus hijos. Este fervor de espiritualidad iba templado y dirigido en su hijo por las cualidades humanitarias del linaje Brooks. De su padre, un sustancial hombre de negocios, preciso y metódico, y muy atento al camino de los hombres, heredó habilidad ejecutiva, gusto por el arte y la literatura, un sentido por ciertos valores y una falta de inclinación a interferir en los derechos personales de los demás. El hijo fue semejante a su padre en su costumbre de anotar, constantemente y exhaustivamente, los pensamientos que brotaban de sus lecturas y observaciones.
Primera etapa.
Fue bautizado en la Primera Iglesia de Boston, pero cuando tenía cuatro años la familia se identificó con la Iglesia episcopal. Después de estudiar en la escuela latina, fue admitido en Harvard en 1851, cuando no tenía dieciséis años, aunque ya entonces era de gran estatura. En la universidad destacó en lenguas y estuvo en lo más alto en lógica y filosofía. Gran parte de su tiempo lo empleaba en la lectura. No mostró signos de ser un orador, pero escribió excelentes documentos para las sociedades de las cuales era miembro y se graduó decimotercero en una clase de sesenta y seis. Con la intención de entregarse a la enseñanza, logró un puesto en Boston Latin School. Con los treinta y cinco jóvenes turbulentos de casi su propia edad asignados a su cargo, no pudo mantener la disciplina y en seis meses renunció, profundamente disgustado por haber fallado en su ciudad natal y en su primer trabajo. Sus cuadernos de este tiempo son notables por su falta de introspección o lucha espiritual. Revelan una mente serena, principalmente preocupada por discernir la riqueza de la vida y su importancia para la fe y naturalmente inclinada a generar y proclamar ideas morales. Casi invariablemente escribía como si se dirigiera a una audiencia. Una lectura de estos pensamientos aleatorios descubre cuán imposible era que él fuera cualquier cosa menos un predicador. Y aunque dudó, luego súbitamente, después de comenzar el curso, fue a estudiar en el seminario en Alexandria, Virginia.
Es indicativo del vigor creativo de su mente que llevara consigo varios cuadernos, que dividía en dos partes iguales, una para los hechos y pensamientos que encontraba en su lectura, la otra para sus propias reflexiones. Tan imperativa era la necesidad de autoexpresión que llenó primero la segunda, y luego la primera. Estas meditaciones revelan la madurez insólita de su mente y la perfección de su estilo. Para él los años de seminario no fueron un período de angustia intelectual e inquietud espiritual. No hay registro de una lucha prolongada con dudas religiosas, o de una batalla consigo mismo para renunciar al mundo, sus valores y sus ambiciones. Los sistemas teológicos y los hallazgos de los críticos no le interesaban demasiado. Sólo le preocupaba la vida, sus variadas experiencias y sus increíbles posibilidades. Desde el principio parece haber tenido tres convicciones, claras y permanentes: Dios, personal, vivo, en todo y sobre todo; el hombre, por naturaleza hijo de Dios y capaz de una vida abundante en bendiciones; Cristo, la revelación de lo que Dios es y el hombre puede ser. Estas fueron para él las certezas luminosas, las intuiciones seguras de su carácter espiritual. Su problema no fue la obtención de una fe racional, sino cómo transmitir a los hombres una comprensión de la libertad, alegría y vida abundante que se puede encontrar en el espíritu y por el poder de Cristo. Que éste iba a ser su mensaje, Phillips Brooks lo descubrió en su segundo año en el seminario y los años siguientes solo profundizaron su gloria e importancia en su mente y aumentaron su maravilloso poder de imponerlo.
Una observación escrita en su cuaderno cuando acababa de cumplir veinte años revela que, a diferencia de la mayoría de los jóvenes, no estaba inclinado a ignorar las costumbres de sus padres ni a abrir sendas nuevas. 'En general, encontraremos', señala, 'que con las teorías ocurre como con los caminos rurales, que nos pueden desviar un poco de nuestro camino, pero si finalmente se nos cruzan, es más fácil y seguro seguir con ellos la vía más rápida, ganando en la comodidad y placer que los constructores de carreteras han preparado para nosotros, mucho más de lo que perdemos al no tomar una línea recta por nuevos campos escabrosos.' Durante toda su vida Brooks no solo se mantuvo en el medio del camino, sino que anduvo en los antiguos caminos. Su mirada no buscaba el horizonte, sino los valores y la belleza poco familiar de las cosas familiares. Fue un intérprete, no un pionero.
Comienzo de su ministerio.
Fue ordenado diácono en Alexandria, Virginia, el 1 de julio de 1859. Comenzó su ministerio en Church of the Advent, Filadelfia, el mes siguiente. Inmediatamente su impresionante personalidad y su inusual elocuencia llamaron la atención. Muchedumbres iban a escucharlo. En enero de 1862 se convirtió en rector de Holy Trinity en la misma ciudad. Fue un dirigente no solo en las cosas espirituales, sino en la tensión de la guerra civil que alcanzó prominencia local gracias a su lealtad inquebrantable a Lincoln y la causa de la Unión. Cuando el cuerpo del presidente asesinado estaba yacente en Independence Hall, Brooks pronunció un sermón de tal perspicacia y poder sobre Character, Life and Death of Mr. Lincoln que atrajo amplia atención. En julio de ese mismo año, 1865, volvió a destacar de la manera más singular. El día de la conmemoración de la designación de Harvard College en honor de sus estudiantes que habían muerto en la guerra, Phillips Brooks fue invitado a hacer la oración. Lo que normalmente es un trámite se convirtió en un acontecimiento. 'Fue la declaración más impresionante', dijo el presidente Eliot, 'de un día importante y feliz. Ni siquiera Commemoration Ode de Lowell cautivó en ese momento el corazón de sus oyentes. Esta expresión espontánea e íntima del noble espíritu de Brooks convenció a todos los hombres de Harvard de que un joven profeta se habían levantado en Israel.' Otro que estaba presente dijo: 'Uno hubiera preferido haber hecho esa oración antes que dirigir un ejército o dirigir un Estado.' No fue una oración formal escrita en majestuosas frases litúrgicas; la fluida piedad de nueve generaciones de hombres que oraban, brotó en ese día en maravillosa expresión.
En el verano de 1865, Brooks se fue al extranjero para un año de viaje. A su regreso fue llamado a convertirse en el director de la nueva Episcopal Theological School en Cambridge. La invitación le tentó, pero finalmente la rechazó. Mientras tanto, su influencia ampliaba su rango y profundizaba su impresión, pero la contribución permanente a la riqueza espiritual de América que pertenece a su etapa de pastor en Filadelfia es el villancico "O Little Town of Bethlehem", escrito para su escuela dominical y cantado por primera vez en Navidad de 1868 con música compuesta por Lewis H. Redner. De rica naturaleza poética, Brooks escribía fácilmente versos, como lo prueban sus cuadernos, pero en este dulce villancico expresaba el sentimiento de Navidad con una belleza que su iglesia mantendría en perpetua posesión.
¡Oh aldehuela de Belén! afortunada tú,
Pues en tus campos brilla hoy la sempiterna luz.
El Hijo, el deseado con santa expectación
Por toda gente v toda edad, en ti, Bélén, nació.Allá do el Redentor nació, los ángeles están
Velando todos con amor al Niño sin igual.
¡Estrellas rutilantes, a Dios la gloria dad,
Pues hoy el cielo nos mostró su buena voluntad!¡Cuán silencioso allí bajó preciado y puro don!
Así también aquí dará sus bendiciones Dios.
Ningún oído acaso perciba su venir,
Mas el de humilde corazón se habrá de recibir.¡Oh santo Niño de Belén! Desciende con tu amor,
Y echando fuera todo mal nace en nosotros hoy.
Angélicos cantores le anuncian al nacer;
Y así proclaman por doquier tu gloria y tu poder.
Al ser un hijo de Boston, su creciente fama atrajo la atención de su ciudad natal y Trinity Church, la fortaleza del episcopalismo, lo llamó en agosto de 1868 para convertirse en su rector. Al principio se negó, pero Trinity, después de esperar casi un año, renovó el llamamiento con tanta urgencia que Brooks aceptó y comenzó su memorable ministerio en Boston el 31 de octubre de 1869. El edificio de Trinity Church se edificó en Summer St. cerca de Washington, una estructura digna de impresionante construcción de granito en estilo gótico. En 1872 el gran incendio de Boston destruyó esta iglesia y el noble edificio de Copley Square fue erigido y consagrado el 9 de febrero de 1877. El arquitecto H. H. Richardson y el decorador John La Farge combinaron sus habilidades artísticas para hacer un logro arquitectónico sobresaliente y un tabernáculo apto para el ministerio de su gran predicador.
Inmediatamente después de llegar a Boston, Phillips Brooks despertó el interés público en su persona y mensaje. Mientras Trinity Church se estaba construyendo, predicó en Huntington Hall a las audiencias que llenaban ambos cultos en ese gran auditorio. Entonces, desde el púlpito de su magnífica iglesia y sede central, atrajo la atención de Boston y de las mentes religiosas de todo el mundo. Las condiciones de la vida espiritual de su ciudad y de su generación eran especialmente favorables a su genio peculiar. Boston era la capital del puritanismo y el puritanismo siempre fue propenso a enfatizar los aspectos intelectuales del cristianismo, con exclusión de los elementos estéticos y emocionales. Su excesivo dogmatismo había resultado en el frío intelectualismo del unitarismo. Los episcopales ocupaban una posición mediadora, aunque su exclusividad eclesiástica era una limitación. No habían estado involucrados en los antiguos conflictos teológicos. Sus formas de culto no eran desagradables para un número cada vez mayor de personas con aspiraciones sociales en una ciudad de creciente prosperidad; tenían tradición, tenían riqueza, pero ningún predicador de habilidades prominentes. En consecuencia, cuando este brillante atleta espiritual, teniendo la piedad ferviente y las convicciones profundas de los más religiosos, las combinó con toda la libertad intelectual y amplitud de tolerancia que era el orgullo de los liberales, se puso en el mismo centro del ruedo y predicó las verdades eternas de la fe en forma no dogmática y con contagioso entusiasmo a la gente que acudía en masa para escucharlo.
Ni en pensamiento ni en método fue un pionero. Era sensible a las mejores corrientes espirituales de los tiempos. Coleridge, Tennyson, Maurice, Robertson y Bushnell habían ministrado a su pensamiento y encendido su espíritu. Ante los cuestionamientos suscitados por un despertar científico, no trató de reconciliar la religión y la ciencia, o combatir una filosofía materialista con argumentos. Su método de responder a las dudas mentales lo sugiere en el ensayo Pulpit and Modern Scepticism (Essays and Addresses): 'Me parece que si yo fuera un laico en los días cuando alguna doctrina se hubiera desatado quedando a merced del viento, volando arriba y abajo por las calles, que iría a la iglesia el domingo, no queriendo que mi ministro me diera una respuesta magistral a todas las preguntas que se habían suscitado al respecto, la cual no creería si él la diera, sino esperando que de su sermón yo pudiera renovar mi conocimiento de Cristo, poseerlo, su naturaleza, su obra, su deseo por mí una vez más claro ante mí, saliendo más preparado para ver esa disputada verdad del momento en la luz suya y como una declaración de él...'
Durante enero y febrero de 1877 pronunció sus valiosas Lectures on Preaching en Yale Divinity School. Estas conferencias develan, como no lo hacen otros escritos del gran predicador, sus propias experiencias personales y su noble concepción de la alegría y el propósito del ministro cristiano. Su idea predominante es que 'predicar es la comunicación de la verdad por un hombre a los hombres. Tiene dos elementos esenciales, la verdad y la personalidad... La predicación es impartir la verdad a través de la personalidad.' Por lo tanto, el predicador debe captar y vivir la verdad que él enuncia; debe amar y venerar a los hombres. Su descripción de la religión como 'la vida del hombre en gratitud y obediencia y desarrollo gradual en semejanza a Dios', es clásica en exhaustividad y sugerencia. En este año Harvard College le confirió el doctorado en teología y en 1878 se publicó su primer volumen de sermones. En febrero de 1879 pronunció en Filadelfia las conferencias Bohlen sobre The Influence of Jesus. Su fama se extendió a Inglaterra, siendo invitado por el deán Stanley a predicar en la abadía de Westminster el 4 de julio de 1880 y el siguiente domingo por deseo expreso de la reina predicó ante ella en Royal Chapel en Windsor, siendo esta la primera vez que tal distinción se daba a un estadounidense.
El año siguiente fue invitado a ser el predicador en la universidad de Harvard y profesor de ética cristiana. A esta invitación dio gran consideración, ya que estaba muy inclinado a aceptar la oportunidad ofrecida para influir a los estudiantes. De mala gana, la rechazó. Harvard entonces abolió el oficio de predicador y adoptó el plan de tener un grupo de ministros seleccionados de diferentes denominaciones para oficiar sucesivamente durante períodos cortos. Oxford otorgó a Brooks el doctorado en teología en 1885 y Columbia en 1887. Rehusó la elección como ayudante del obispo de Pensilvania en 1886. En octubre del mismo año la Convención General contempló una resolución para cambiar el nombre de la Iglesia de Protestante episcopal a 'Iglesia americana' o 'Iglesia de los Estados Unidos.' Pero él protestó vigorosamente porque la denominación no era lo suficientemente grande como para hacer una afirmación tan pretenciosa y porque asumir tal nombre condenaba a la Iglesia episcopal a convertirse en la Iglesia de aquellos que aceptaban la teoría de una sucesión apostólica que confiere ciertos privilegios exclusivos. La resolución fracasó en la convención, pero Brooks quedó preocupado de que el intento pudiera ser renovado y predicó un sermón en su propio púlpito contra la proposición en la que declaró que si el cambio se hiciera, 'no veía cómo él o cualquiera, que no creyera en la sucesión apostólica, podría permanecer en la Iglesia episcopal.' Este sermón tuvo una importante influencia en Estados Unidos y en Inglaterra.
En la temporada de Cuaresma de 1890 dirigió una memorable serie de cultos a la hora del mediodía en Trinity Church, Nueva York, dirigiéndose a audiencias multitudinarias de hombres de negocios de Wall Street, que reconocían en él a un gran hombre, con pleno conocimiento del mundo en el que vivía, hablándoles en una manera no convencional de las satisfacciones más profundas de la vida.
Ascenso al obispado.
En la primera parte de su ministerio, Phillips Brooks estuvo poco interesado en la maquinaria de la administración denominacional. Las convenciones le disgustaban y sus discusiones le parecían en su mayor parte triviales; a los obispos los tenía en afable tolerancia. Pero su amigo, el obispo Potter de Nueva York, afirma que en sus últimos años Brooks experimentó un cambio fundamental con respecto al episcopado. 'Llegó a la conclusión de que lo que había considerado un llamado a la rutina, podía transformarse... en un ministerio de oportunidades más nobles y en el mayor servicio posible.' Por lo tanto, cuando a la muerte del obispo Paddock hubo un movimiento espontáneo por parte de las iglesias de la diócesis para su elección al obispado vacante, no solo estuvo dispuesto, sino que estuvo deseoso de aceptarlo. La elección tuvo lugar el 29 de abril de 1891, siendo elegido en primera votación por una amplia mayoría del clero y una gran mayoría de laicos de la convención diocesana. Inmediatamente se produjo una fuerte oposición entre los elementos más reacios de la Iglesia en toda la nación. Fue acusado de falta de ética doctrinal y de latitudinarismo eclesiástico. Durante unas diez semanas la resolución estuvo en el aire y no fue sino hasta el 10 de julio que el obispo presidente anunció que la elección había sido confirmada por la mayoría de los obispos. Esas tergiversaciones de su enseñanza y de su lealtad las soportó con digno silencio. La consagración tuvo lugar en Trinity Church el 14 de octubre de 1891. Muchos habían temido, y algunos habían esperado, que alguien que era tan destacado por el espíritu profético tuviera en poco aprecio los cánones de su Iglesia y tratara con desdén la burocracia administrativa. Todo lo contrario. Durante los quince meses de su titularidad, obedeció escrupulosamente las leyes de la iglesia y las hizo cumplir fielmente, pero su servicio principal fue la insólita inspiración espiritual que su presencia infundió en las iglesias a su cargo. Luego, después de una breve enfermedad, cuando acababa de cumplir su quincuagésimo séptimo cumpleaños, murió, cayendo la noticia sobre Boston y más allá como una calamidad pública aplastante. Un gran faro de luz espiritual se había extinguido. Más impresionantes que los cultos funerarios en Trinity Church fueron los miles de reverentes hombres y mujeres que se reunieron en Copley Square, cuya conciencia de pérdida personal la expresaron en oraciones e himnos. La ciudad de Boston celebró un servicio conmemorativo en su honor, se predicaron sermones de conmemoración en todas partes en Estados Unidos e Inglaterra. Se recaudaron noventa mil quinientos dólares espontáneamente para una estatua de bronce, que fue elaborada después de la guerra por Saint-Gaudens y se encuentra cerca de Trinity Church. Phillips Brooks House se estableció en Harvard, dedicada a Piedad, Caridad y Hospitalidad, y se puso una vidriera conmemorativa en St. Margaret, Westminster.

La contribución suprema de Phillips Brooks a Estados Unidos fue él mismo. Gran obispo y gran predicador, fue más grande como hombre, magníficamente moldeado y armoniosamente desarrollado, resplandeciente con simpatía humana y luz espiritual. Es 'el único que conozco', escribió su íntimo amigo, el doctor Weir Mitchell, 'que me pareció realmente grandioso.' Físicamente era majestuoso, medía un metro ochenta y cinco centímetros y pesaba 136 kilos, ancho de hombros, bien proporcionado, de piel tersa, faz amplia e iluminada por brillantes ojos marrones. 'Era el hombre más apuesto que he visto', dijo el juez Harlan de la Corte Suprema de los Estados Unidos. 'Me senté frente a él una vez en una cena y no pude quitar mis ojos de él.' Su indumentaria era poco convencional, su gesto sencillo, sin la menor sugestión de compostura eclesiástica; los niños pequeños lo amaban instintivamente y a todos transmitía la impresión de una bondad sincera y radiante. Disfrutaba de su religión; tenía un gran sentido del humor y 'la profunda sabiduría de la broma sutil'; pero a su pesar despertó la furia que se desata contra un hombre fuerte. El éxito lo hizo humilde y su constante prosperidad aumentó su afán de entrega sin paliativos.
La extrema rapidez de la expresión caracterizaba su discurso público. Los taquígrafos calculaban que hablaba 213 palabras por minuto, lo que se debía a la excesiva energía de sus emociones. Se entusiasmaba con la presencia de una audiencia y todo su ser se galvanizaba, de modo que cuando intentaba retardar su discurso, todos sus procesos mentales se ralentizaban y la autoconciencia lo confundía. 'Hablaba con su audiencia como un hombre podría hablarle a un amigo, vertiendo rápidamente, aunque con tranquilidad y raramente apasionado, los pensamientos y sentimientos de un espíritu singularmente puro y sublime. Los oyentes nunca consideraron el estilo o la manera, sino solo la sustancia de los pensamientos... En esta combinación de perfecta sencillez de tratamiento con singular fertilidad y elevación de pensamiento, ninguno de los famosos predicadores de la generación que ahora está desapareciendo se le acercan...' (James Bryce, The Westminster Gazette, 6 de febrero de 1893). Como guardaba revistas voluminosas y tenía una amplia correspondencia, Brooks dejó una gran cantidad de material para su albacea literario, que fue puesto a disposición del profesor A. V. G. Allen, quien publicó en dos grandes volúmenes la que constituye la biografía estándar del gran predicador (Life and Letters of Phillips Brooks, 1900). Sus principales defectos son la masa de cartas sin importancia, el excesivo tono laudatorio y la falta de humor por parte del autor, que le llevó a tratar como si fueran momentos solemnes las experiencias comunes a todos.
Obras.
Los principales escritos de Brooks fueron: Yale Lectures on Preaching (1877); The Influence of Jesus (1879); Essays and Addresses (1892) y volúmenes de sermones titulados: Sermons (1878), The Candle of the Lord (1881), Sermons Preached in English Churches (1883), Twenty Sermons (1886), The Light of the World (1890), New Starts in Life (1896) y The Law of Growth (1902).
Sobre el espíritu y propósito de la predicación es el siguiente párrafo de una de sus obras:
"Trabajando por el bien de las almas es como llegamos a comprender lo que el alma vale. Si alguna vez durante vuestro ministerio dudáis del valor de las almas encargadas a vuestro cuidado, porque os parecen torpes y que no vale la pena que deis vuestra vida por ellas, id y trabajad por ellas; y mientras trabajéis, iréis viendo cada vez con más claridad todo lo que valen. Id y tratad de salvar un alma, y sabréis cuánto valía la pena haberla salvado; cuán digna es de la más completa salvación. No es recapacitando ni pensando en ella, sino sirviéndola, cómo llegaréis a comprender cuán precioso es su valor. Así es cómo el padre llega a conocer el valor de su hijo, el maestro el de su discípulo y el patriota el de su tierra natal. Y así el cristiano, que vive v muere por el alma de sus hermanos, llega a comprender el valor de esas almas por las cuales Cristo vivió y murió. Y si me preguntáis si la teoría que he estado sentando es realmente verdad; si después de haber trabajado por tales almas, año tras año, el hombre puede advertir en ellas vislumbres de ese valor que no sólo justifiquen la pequeña obra que ha podido realizar, sino que aun hagan creíble la obra de Cristo, os responderé enfáticamente que sí. Cualquier otro interés y satisfacción del ministerio, se completa en esto: que, cuanto más trabaje, año tras año, por las almas, tanto más llegará a comprender, el pastor, que éstas tienen un valor infinitamente superior a todo el trabajo que por ellas haya podido realizar. No sé cómo hubiera podido terminar mejor mi discurso, que con este testimonio. Que vosotros también lo descubráis así, en vuestra experiencia. Que cuanto más os alleguéis a Cristo, más valor tengan ante vuestros ojos las almas de los hombres, y más perfectamente las veáis como él las ve. No puedo desear una bendición más grande que ésta sobre vuestro ministerio. Que Dios, nuestro Padre, os guíe y os guarde siempre."
Lectures on Preaching, páginas 279-281. Handy Theological Library de Allenson, 1903.