Historia

BUENAVENTURA (1221-1274)

Buenaventura (Giovanni di Fidanza, llamado Doctor Seraphicus), nació en Bagnorea, a 80 kilómetros al noroeste de Roma, en 1221 y murió en Lyón el 15 de julio de 1274.

Mapa del escolasticismo y misticismo medieval
Ingresó en la orden franciscana probablemente en 1238, yendo a París en 1242 o 1243 donde estudió bajo Alejandro de Hales. Dio clases allí sobre las 'Sentencias' de Pedro Lombardo y sobre las Sagradas Escrituras, hasta que la universidad suspendió las clases en 1255. Fue escogido general de su orden en 1257 y cardenal-obispo de Albano en 1273. Su último acto público fue una poderosa alocución pronunciada ante el concilio de Lyón en mayo de 1274, a favor de la unión de las iglesias oriental y occidental. Fue canonizado por Sixto IV en 1482. En defensa de su orden antes de ser general de la misma, durante la batalla entre la Sorbona y las órdenes mendicantes, escribió De paupertate Christi, en respuesta al De periculis novissimorum temporum (1256), de William de St. Amour, en el que mediante una argumentación forzada y sofista presenta la pobreza voluntaria como elemento de perfección moral. De sus ideas sobre la vida monástica dejó una exposición en Determinationes quæstionum circa regulam Francisci. En su administración fue manso pero firme. Como maestro y autor ocupa uno de los lugares más prominentes en la historia de la teología medieval, no tanto por algún pronunciamiento original sino por lo exhaustivo de sus ideas, la sencillez y claridad de su pensamiento y un estilo en el que se aprecia el gran encanto de su personalidad. Sus escritos devocionales y místicos, como De septem itineribus æternitatis, son casi imitaciones de Hugo de San Víctor. Sus escritos dialécticos son más independientes. Su Breviloquium es una de las mejores exposiciones de dogmática cristiana de la Edad Media.

El siguiente texto trata sobre las causas de la decadencia de las órdenes religiosas:

La gente nos dice: «Nosotros vemos que todas las órdenes religiosas están decaídas en su vida espiritual, incluso las que parecen prósperas en las cosas temporales y en ciertos usos ceremoniales. Y querríamos conocer las causas principales de esa decadencia». Yo contesto: «Toda cosa que no saca su sustancia de su mismo ser, cae y cae más en el no ser, a menos que sea sustentada por el que le da el ser. [...] La primera causa es la multitud de los que entran en las órdenes, pues lo mucho no puede ser gobernado tan fácilmente como lo poco, incluso un barco grande se maneja menos fácilmente que uno pequeño, y donde hay muchas cabezas hay muchos entendimientos diferentes que no se pueden reducir todos al mismo parecer. En segundo lugar, cuando son arrinconados los que mantuvieron la orden en su vigor originario, o se quebranta su influencia, ya los antiguos no pueden dar ejemplo de rigor a los miembros jóvenes, y los recién llegados, que no conocieron las obras de aquéllos, sólo imitan lo que tienen ante los ojos. [...] En tercer lugar, un hombre que no ha aprendido no puede enseñar, y eso ocurrirá cuando el gobierno de la orden llegue a estar en manos de esos jóvenes hermanos. [...] En cuarto lugar, las costumbres poco edificantes van minando poco a poco hasta llegar a convertirse en ejemplos para los demás, y si algunos hermanos, llevados de un buen celo, las reprueban, los demás las defienden. [...] En quinto lugar, las distracciones que surgen a menudo, halagando los oídos, suscitando afectos de devoción profana, aflojando la moral, presentando ocasiones de pecar y haciéndose deslizarse al religioso por pendientes carnales cotidianas, incapacitándole para corregirse, hasta hacerle pensar sólo en esas cosas y oscurecerle el ojo de la conciencia, de manera que correrá en busca de esas cosas mismas, semejante a Sansón ciego y en la cárcel.
»Hay además otras causas particulares para ciertas órdenes. Por ejemplo, la extremada pobreza, que induce a los hermanos a convertirse en propietarios individuales, proveyendo cada uno para sí mismo, ya que la comunidad no es capaz de hacerlo por todos; o por el contrario la riqueza excesiva, que los hace carnales, orgullosos y viciosos de maneras muy diferentes. Además, la familiaridad con las gentes del mundo da lugar a muchas tentaciones de la carne y de las cosas temporales. Por otra parte, el frecuente cambio de los cargos conventuales, pues aunque eso sea bueno en parte, da ocasión al demonio para aprovecharse, por ejemplo el que espera ser sustituido pronto no emprenderá la reforma de la orden, y los súbditos rebeldes se empeñarán más en la deposición del superior que en su corrección propia.
»Por estas y otras causas, el estado religioso está tan decaído que no sólo está degenerado, sino que su situación es desesperada casi. De manera que a menos que Dios no lo remedie hay escasas posibilidades de reforma. Pero, como todas las cosas cooperan juntas para el bien de los que Dios ama, lo que no tiene una solución general puede irse haciendo en particular».
(Buenaventura, Quaestiones super Regulam, en Opera, Maguncia, 1609, VII, 336.)