Historia

CAIRD, JOHN (1820-1898)

John Caird, Iglesia de Escocia, nació en Greenock, a 37 kilómetros al noroeste de Glasgow, el 15 de diciembre de 1820 y murió allí el 30 de julio de 1898.

John Caird
Fue educado en la universidad de Glasgow (1837-38, 1840-45; máster en humanidades, 1845), interrumpiendo sus estudios en 1838-39 para ocuparse en las obras de ingeniería de su padre. Tras terminar su educación fue ministro sucesivamente en Newton-on-Ayr (1845–1847), Lady Yester's, Edimburgo (1847–49), Errol, Perthshire (1849–57) y Park Church, Glasgow (1857–62). Su extrordinaria elocuencia lo elevó pronto a la fama, pero por el trabajo excesivo su salud se quebrantó, teniendo que retirarse a una parroquia rural. En 1862 fue designado profesor de teología en la universidad de Glasgow, donde fue rector y vice-canciller en 1873, reteniendo ambas posiciones hasta su muerte, aunque anunció su intención de dimitir al comienzo de 1898. Fue conferenciante Croall en Edimburgo en 1878-79 y conferenciante Gifford en Glasgow en 1890-1891 y 1896, aunque un ataque de parálisis le obligó a suspender su segunda entrega. Escribió Sermons (Edimburgo, 1858); Introduction to the Philosophy of Religion (conferencias Croall para 1878–79; Glasgow, 1880); Spinoza (Edimburgo, 1886 y las póstumas University Addresses (Glasgow, 1898): University Sermons (1898) y The Fundamental Ideas of Christianity (conferencias Gifford; 2 volúmenes, 1899; con una biografía del autor por E. Caird).

De su sermón Religion in Common Life, predicado en 1855 ante la reina Victoria que mandó publicarlo, procede la siguiente cita:

"Ninguna obra realizada en el nombre de Cristo, perece. Ninguna acción que ayude a moldear la mente de uno de los santos de Dios, jamás se pierde. Vivid por Cristo en el mundo y llevaréis con vosotros a la eternidad todos los resultados de vuestros negocios terrenales que vale la pena conservar. El río de la vida sigue corriendo, pero las pepitas de oro que tenía en solución permanecen depositadas en el corazón santificado. "El mundo pasa y sus deseos; mas el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre". Cualquier otro resultado de nuestra "diligencia en los negocios", muy pronto se perderá. No podréis inventar ninguna clase de intercambio entre el mundo visible y el invisible para que el saldo a• vuestro favor del uno pueda ser transferido al otro, cuando emigréis del uno para pagar vuestras cuentas en el otro. Entre las cualidades requeridas en el mundo venidero no figuran la perspicacia mundana, la sutileza ni la versatilidad. El gran intelecto, atestado de conocimientos, y desarrollado en admirable perspicacia, tacto y sabiduría mundana, durante una vida dedicada a la política o a los negocios, no está capacitado por tales atributos para ocupar un lugar más elevado entre los santos de la inmortalidad. El honor, la fama, el respeto, el homenaje obsequioso que acompañan a la grandeza hasta el borde de la tumba, no pueden seguir ni un paso más adelante. Estas ventajas no han de ser despreciadas; pero si eso es lo único que hemos conseguido con el trabajo de nuestras manos o el sudor de nuestra frente, la hora muy pronto vendrá en que descubriremos que hemos trabajado en vano y que hemos empleado nuestras fuerzas inútilmente. Mas aunque estas cosas pasan, hay otras que permanecen. Las ganancias y pérdidas del mundo, muy pronto pueden dejar de afectarnos, pero no acontecerá así con la gratitud, la paciencia, la bondad y la resignación que ellas hayan podido generar en nuestro corazón. Cuando vayamos a encontrarnos con nuestro Dios, el escenario de las actividades del mundo podrá borrarse de nuestra vista, y nuestro oído no percibir el ruido de su incesante trajinar, pero ni un solo pensamiento desinteresado; ni una sola de las palabras bondadosas o amables: ni un solo acto de amor abnegado por causa de Cristo realizado mientras cumplimos con nuestro deber ordinario, dejará de quedar indeleblemente impreso en el alma que partirá con todo ello a su destino eterno. Vivid de tal manera que pueda ser éste el resultado de vuestras labores. Vivid de tal manera que vuestra obra, tanto en la iglesia como en el mundo, pueda ser una disciplina para llegar al glorioso estado en el que la iglesia y el mundo serán uno; donde el trabajo será adoración y la labor será descanso; donde el obrero jamás abandonará el templo, ni el adorador su lugar de trabajo, 'allí no hay templo; porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, son el templo de ella.'