Historia

CANO, MELCHOR (1509-1560)

Melchor Cano, dominico, nació en Tarancón, España, el 1 de enero de 1509 y murió en Toledo el 30 de septiembre de 1560.

Melchor Cano
Melchor Cano
Su padre fue Fernando Cano, reputado jurisconsulto, que, a la muerte de su esposa María Delgado del Valle, entró en la orden franciscana, siendo a los dos años (1539) confesor de María y Juana, las hijas de Carlos V; muerto en Viena (1553), la primera de aquellas princesas, esposa de Maximiliano II, le hizo erigir un mausoleo de mármol. Melchor pasó su infancia en Pastrana y recibió su primera instrucción en Salamanca, donde en 1523 ingresó en la orden dominica en el convento de San Esteban. Estudió primeramente bajo la dirección de Diego de Astudillo. De 1527 a 1531 estudió en la cátedra del restaurador de estudios teológicos en la universidad de Salamanca, Francisco de Vitoria. En 1532 fue ordenado presbítero, siendo enviado al colegio de San Gregorio en Valladolid, donde en unión de Luis de Granada y otros afamados dominicos, oyó de nuevo las explicaciones de Astudillo. En 1534 tomó el título de maestro de estudiantes y dos años después fue nombrado lector de teología. A la vez que él, lo era también Bartolomé de Carranza. Los dos se empeñaron en una controversia escolástica, llegando a una rivalidad que tuvo por efecto la formación de dos facciones en aquel colegio, la de los canistas y la de los carranzistas. En el mismo 1536 le fue conferido el grado de bachiller por un capítulo general de la orden en Roma. En 1542 en aquélla ciudad fue nombrado maestro de teología y al año siguiente, regresado a España, en público concurso obtuvo la cátedra primera de teología en Alcalá de Henares. En 1546 en otro concurso público al que se presentaron seis valiosos aspirantes, ganó la cátedra número uno, que hasta entonces había ocupado Francisco de Vitoria, en Salamanca, y que Cano desempeñó hasta 1552. Con su ilustre antecesor los estudios teológicos alcanzaron señalados progresos y Cano los elevó aún a más alto grado de esplendor. En 1551 Carlos V le envió al concilio de Trento, acompañado de Domingo de Soto y otros dominicos. Tomó parte en las deliberaciones y acuerdos, especialmente en las referentes a las doctrinas de la penitencia, la misa y la eucaristía, oponiéndose a los intentos del emperador Fernando para que la copa fuera dada a los laicos. Habiendo regresado de Trento, Felipe II le propuso para el obispado de Canarias, aunque sin residencia, al ser provincial de la orden dominica en Castilla. Julio III le preconizó para el puesto el 1 de septiembre de 1552, renunciando Cano a la cátedra de Salamanca; pero al cabo de un mes, por motivos que se desconocen, renunció al obispado. Se retiró, con el fin de acabar sus Locis Theologicis, al convento de Piedrahita (Ávila). En 1553 volvió como rector al colegio de San Gregorio de Valladolid, pero sin ejercer el profesorado. En 1557 fue elegido prior del colegio de San Esteban en Salamanca y un capítulo provincial de Plasencia de aquel año le eligió provincial. Hasta que fue promovido al papado, Pío IV no consintió ver confirmada aquella elección, para lo cual se presentó en Roma. De retorno a Toledo en la primavera de 1560, murió aquel mismo año.

Fue un hombre de singular energía y de una vehemencia de carácter y fuerte voluntad en el obrar, que no siempre acompañó de un espíritu moderado, lo que le ocasionó contiendas y disgustos. Desde 1548 se mostró en la cátedra, en el púlpito y en sus escritos muy suspicaz con la recién creada Compañía de Jesús, cuyo título le sonaba a nombre de secta. Decía que los luteranos, calvinistas y jesuitas, con los alumbrados, eran los precursores del Anticristo. Contra los Errores de la Compañía de Jesús se le atribuye una memoria, que fue discutida y publicada en el tiempo de la supresión de los jesuitas, pero se retiró de la publicación en 1777. Es curioso leer en los autores de la época el modo como argumentaba Cano para rebatir los méritos de la naciente Compañía y de qué medios se valió para disuadir, sin lograrlo, al duque de Gandía (Francisco de Borja) de que ingresara en los jesuitas. Su enemistad con Carranza fue duradera y honda. Cuando Cano fue elegido provincial, Carranza, a la sazón arzobispo de Toledo, se mostró opuesto a la elevación y cuando en 1558 el gran inquisidor Fernando de Valdés promovió un proceso contra Carranza como sospechoso de herejía, Cano, que había sido nombrado entre los calificadores, procedió, se dice, apoyado en personalismos, contra su rival. Asimismo se ha dicho que tuvo parte en los infortunios de don Carlos, el hijo de Felipe II. En 1556 Pablo IV llamó a Cano a Roma, para sincerarse de una muy atrevida proposición de un escrito suyo. Por presiones del gobierno español la citación no se llevó a cabo. El mismo papa anuló la elección de provincial que a favor de Cano hizo un capítulo provincial, a causa de defender a la corte de España en algunos asuntos en discordancia con Roma. Tuvo la absoluta confianza de Felipe II, pero cuando éste en 1554 quiso hacerle su confesor, Cano renunció al ofrecimiento, diciendo que "el servicio de palacio no sería bueno para él, ni él sería bueno para aquél." De las anteriores acusaciones de persecución contra don Carlos y Carranza, le defendió hábilmente el dominico Touron.

Cano es famoso por su obra de teología De Locis theologicis (Salamanca, 1563), en la que con elegancia y pureza de estilo de un clasicismo modélico entre las producciones del Renacimiento y con profundidad teológica, se aproxima, en sentir de algunos, a Tomás de Aquino, exponiendo los fundamentos de la teología con erudición. A diez reduce Cano los lugares (loci) de teología, que expone en otros tantos libros: la autoridad de la Sagrada Escritura, la tradición oral, la Iglesia católica, los concilios, los Padres, la Iglesia romana, los teólogos escolásticos, el valor de la razón natural en materias científicas, la autoridad de los filósofos y la autoridad de la historia. La 'authoritas' es superior a la 'ratio' y la principal fuente es, por supuesto, la tradición. Aunque era oponente de los jesuitas fue un total teólogo papal y un escolástico, si bien enemigo del 'falso' escolasticismo. Tuvo singulares rarezas, tanto al enseñar como al escribir acerca de materias filosóficas. Entre ellas merece consignarse su odio sistemático a ciertos principios del aristotelismo, tales como los conceptos universales, de los que decía "que nunca entendió qué cosa pudiesen ser." Al asistir al concilio de Trento, la primera vez tomó la palabra y lo hizo en un latín tan incorrecto y defectuoso, que el cardenal Guicciarni exclamó: Quam perperam latrat barbarus iste!. Cano, herido en su amor propio, trabajó estudiando noche y día hasta adquirir un estilo latino, clásico y depurado, como se echa de ver en sus posteriores obras. Otras obras son Prælectiones de poenitentia y De sacramentis (ambas en Salamanca, 1550). Pero los Loci theologici fueron puestos en el Índice en Lisboa en 1624, siendo muy alterados por el expurgador.