Historia
CANO, MELCHOR (1509-1560)

Fue un hombre de singular energía y de una vehemencia de carácter y fuerte voluntad en el obrar, que no siempre acompañó de un espíritu moderado, lo que le ocasionó contiendas y disgustos. Desde 1548 se mostró en la cátedra, en el púlpito y en sus escritos muy suspicaz con la recién creada Compañía de Jesús, cuyo título le sonaba a nombre de secta. Decía que los luteranos, calvinistas y jesuitas, con los alumbrados, eran los precursores del Anticristo. Contra los Errores de la Compañía de Jesús se le atribuye una memoria, que fue discutida y publicada en el tiempo de la supresión de los jesuitas, pero se retiró de la publicación en 1777. Es curioso leer en los autores de la época el modo como argumentaba Cano para rebatir los méritos de la naciente Compañía y de qué medios se valió para disuadir, sin lograrlo, al duque de Gandía (Francisco de Borja) de que ingresara en los jesuitas. Su enemistad con Carranza fue duradera y honda. Cuando Cano fue elegido provincial, Carranza, a la sazón arzobispo de Toledo, se mostró opuesto a la elevación y cuando en 1558 el gran inquisidor Fernando de Valdés promovió un proceso contra Carranza como sospechoso de herejía, Cano, que había sido nombrado entre los calificadores, procedió, se dice, apoyado en personalismos, contra su rival. Asimismo se ha dicho que tuvo parte en los infortunios de don Carlos, el hijo de Felipe II. En 1556 Pablo IV llamó a Cano a Roma, para sincerarse de una muy atrevida proposición de un escrito suyo. Por presiones del gobierno español la citación no se llevó a cabo. El mismo papa anuló la elección de provincial que a favor de Cano hizo un capítulo provincial, a causa de defender a la corte de España en algunos asuntos en discordancia con Roma. Tuvo la absoluta confianza de Felipe II, pero cuando éste en 1554 quiso hacerle su confesor, Cano renunció al ofrecimiento, diciendo que "el servicio de palacio no sería bueno para él, ni él sería bueno para aquél." De las anteriores acusaciones de persecución contra don Carlos y Carranza, le defendió hábilmente el dominico Touron.
Cano es famoso por su obra de teología De Locis theologicis (Salamanca, 1563), en la que con elegancia y pureza de estilo de un clasicismo modélico entre las producciones del Renacimiento y con profundidad teológica, se aproxima, en sentir de algunos, a Tomás de Aquino, exponiendo los fundamentos de la teología con erudición. A diez reduce Cano los lugares (loci) de teología, que expone en otros tantos libros: la autoridad de la Sagrada Escritura, la tradición oral, la Iglesia católica, los concilios, los Padres, la Iglesia romana, los teólogos escolásticos, el valor de la razón natural en materias científicas, la autoridad de los filósofos y la autoridad de la historia. La 'authoritas' es superior a la 'ratio' y la principal fuente es, por supuesto, la tradición. Aunque era oponente de los jesuitas fue un total teólogo papal y un escolástico, si bien enemigo del 'falso' escolasticismo. Tuvo singulares rarezas, tanto al enseñar como al escribir acerca de materias filosóficas. Entre ellas merece consignarse su odio sistemático a ciertos principios del aristotelismo, tales como los conceptos universales, de los que decía "que nunca entendió qué cosa pudiesen ser." Al asistir al concilio de Trento, la primera vez tomó la palabra y lo hizo en un latín tan incorrecto y defectuoso, que el cardenal Guicciarni exclamó: Quam perperam latrat barbarus iste!. Cano, herido en su amor propio, trabajó estudiando noche y día hasta adquirir un estilo latino, clásico y depurado, como se echa de ver en sus posteriores obras. Otras obras son Prælectiones de poenitentia y De sacramentis (ambas en Salamanca, 1550). Pero los Loci theologici fueron puestos en el Índice en Lisboa en 1624, siendo muy alterados por el expurgador.