Carpócrates fue un
gnóstico de
Alejandría de la primera mitad del siglo II. Sus enseñanzas descansaban en bases
platónicas intercaladas con ideas cristianas. Según
Ireneo (
Hær., i. 25), complementado aquí y allá por
Epifanio (
Hær., xxvii), enseñó que en el principio existía la primitiva fuente divina, 'el padre de todo', 'el único principio' (griego
arche). Los ángeles, que están lejos de esa fuente, son quienes han creado el mundo. Los demiurgos del mundo han aprisionado en cuerpos las almas caídas, que originalmente colaboraron con Dios y ahora tienen que pasar por cada forma de vida y cada acto para recuperar su libertad. Para lograrlo se necesita una larga serie de transmigraciones a través de los cuerpos. Las palabras de Jesús en
Porque mientras vas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te eche en la cárcel.[…]Lucas 12:58 (
Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.[…]Mateo 5:25) muestran este pensamiento muy claramente, según Carpócrates; el 'adversario' es el
diablo quien arrastra las almas al más elevado de los demiurgos del mundo; este último las entrega a otro ángel, su mensajero, quien las encarcela en cuerpos hasta que hayan pagado el último céntimo, es decir, hayan ganado la libertad, y puedan elevarse al Dios más sublime. Durante sus transmigraciones las almas retienen el poder de la memoria (griego
anamnesis), aunque en grado diferente. El alma de Jesús, hijo de José, poseía el poder de recordar a Dios con la mayor pureza. Por lo tanto, Dios le invistió de poder para escapar de los demiurgos del mundo y despreciar las costumbres judías, en las que fue criado. Cualquiera que piensa y actúa como él, obtiene el mismo poder. Esta es la
fe y el amor por el cual somos salvados; cualquier otra cosa, esencialmente indiferente, es buena o mala, piadosa o vergonzosa, sólo según el concepto humano, pues por naturaleza nada es malo. Esta es la enseñanza que Jesús dio a sus discípulos 'privadamente en misterio', ordenándoles difundirla entre los fieles ('los dignos y creyentes'). Los seguidores de Carpócrates dieron honor divino a Jesús como a otros sabios seculares (Pitágoras, Platón y
Aristóteles). Afirmaban que tenían el poder de gobernar a los demiurgos del mundo; a su alcance estaban artes
mágicas,
exorcismos, filtros y pociones, sueños y curas y como otras sociedades secretas tenían una señal distintiva de reconocimiento, que ellos imprimían con hierro candente en el lóbulo de la oreja derecha.
Escritores posteriores siguieron a Ireneo. Clemente añade nuevo material con algunas citas de un manuscrito carpocraciano. En el mismo se dice que Carpócrates tuvo un hijo, Epífanes, cuya madre era Alejandra de Cefalonia y que este hijo fue escritor, muriendo cuando tenía diecisiete años, siendo honrado como dios en Same en Cefalonia. Esta historia se ha declarado mítica, sosteniéndose que la adoración a la luna en Same (griego theos epiphanes) fue transferida a Epífanes, el gnóstico. Aunque esta indicación es sorprendente, no hay razón suficiente para hacer de la declaración de Clemente un mito, tanto más cuanto ha extraído su relato de un largo extracto de una obra de Epífanes, De la Justicia. En esta obra el joven idealista defiende la comunidad de bienes y mujeres, sin la intención de predicar la inmoralidad generalizada. Incluso Ireneo había escrito: 'Apenas puedo creer que toda la impiedad, iniquidad y cosas prohibidas que ellos enseñan en sus libros, sean practicadas por ellos.' En ninguna manera al carpocracianismo se le puede llamar cristianismo. Es un fenómeno fácilmente explicable por el sincretismo religioso del siglo II.