Historia

CARRANZA, BARTOLOMÉ DE (1503-1576)

Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, nació en Miranda de Ebro en 1503 y murió en Roma el 2 de mayo de 1576.

El arzobispo Carranza. Monasterio de El Escorial, Madrid
El arzobispo Carranza
Monasterio de El Escorial, Madrid
Recibió su primera educación en Alcalá de Henares y en 1520 ingresó en la orden dominica en el convento de Benalague (Guadalajara). Estudió teología en Salamanca y desde 1528 dio clases de filosofía y teología escolástica en Alcalá, siendo lector de teología desde 1534 en Valladolid. Pronto adquirió fama de gran teólogo que le valió ser nombrado censor de la Inquisición en España. En 1540 Carlos V le ofreció el obispado de Cuzco, en Perú, pero él declinó el ofrecimiento al igual que no aceptó más tarde (1549) el de Canarias. A solicitud del emperador tomó parte en las deliberaciones del concilio de Trento después de 1546, donde insistió en que los obispos debían residir en sus propias diócesis y no acumular beneficios eclesiásticos. Aunque parezca extraño, Carranza entró en conflicto con los teólogos romanos porque afirmó que los obispos tenían derechos de jure divino, no por designación papal. Cuando el concilio fue suspendido pudo ir a Flandes como confesor del infante Felipe, pero prefirió trabajar en España como provincial de su orden. Acompañó a Felipe a Inglaterra (1554) cuando se casó con María Tudor, participando en la persecución de los protestantes en esa nación. En una inspección que hizo en la universidad de Oxford varios profesores fueron expulsados por su intervención. Fue recompensado por Felipe II en 1557 nombrándolo arzobispo de Toledo, lo cual suponía la culminación de su carrera. Cuando Carlos V agonizaba (1558), Carranza le dio el sacramento. Sus enemigos hicieron circular el rumor de que el emperador no había muerto en la fe de la Iglesia católica, por culpa de Carranza. La Inquisición tenía declaraciones de prisioneros que ofrecían suficiente material para justificar la intervención y sus enemigos, especialmente el inquisidor general Valdés y Melchor Cano, se fijaron en su catecismo (Comentarios del reverendissimo Fray Bartolomé Carranza sobre el Catechismo Christiano, Amberes, 1558), que contenía cualquier cosa menos doctrinas protestantes, aunque algunas expresiones se apartaban de la tradición católica. Por un breve de Pablo IV de enero de 1559 se concedió al gran inquisidor de España autorización para indagar la conducta de los obispos españoles. Con el permiso de Felipe II, el 22 de agosto de 1558 Carranza fue encarcelado en Valladolid y sus papeles confiscados, encontrándose algo más de material acusador. Los interrogatorios de protestantes en Valladolid que tuvieron lugar en 1558 y 1559 fueron especialmente rigurosos, descubriéndose que sobre la doctrina de la justificación y el purgatorio había hecho declaraciones que no eran católicas. A pesar de su apelación al papa, la Inquisición española le tuvo en prisión ocho años. Pío IV encargó urgencia en la tramitación del proceso, pero los jueces inquisidores procedieron con relativa calma. En 1564 el rey suplicó al papa que el asunto fuera resuelto en España por jueces nombrados por Roma. Fueron cuatro, entre los cuales había un cardenal y un arzobispo. Cuando fue llevado a Roma en 1567, a instancias de Pío V, fue procesado durante nueve años. El proceso romano terminó (1576) con una solemne abjuración de catorce sentencias sacadas de sus escritos y con castigo canónico de suspensión de sus funciones de arzobispo durante cinco años, que debía pasar en el convento junto a Santa María sopra Minerva y a ejercitarse en ciertos actos de penitencia en dicho convento, en el que murió dos meses después sin regresar a España. Antes de su muerte declaró muy impresionado que en toda su vida estuvo adherido al sentir de la Iglesia católica y que nunca profesó en sentido de heréticas las condenadas proposiciones, sobre cuyo fallo se mostró sumiso. Carranza fue víctima de bajas pasiones de enemigos de su elevación y valer y de la campaña emprendida para preservar a España de las doctrinas protestantes. El tribunal de la Inquisición había obtenido una victoria en su persona sobre la más alta dignidad episcopal, pero Gregorio XIII permitió un epitafio laudatorio en su sepulcro en Santa María sopra Minerva.

Además de la obra citada se le debe: Summa conciliorum et pontificum (Venecia, 1546), Controversia de necessaria personali praesentia episcoporum (Venecia, 1547) y Tratado de la paciencia. El siguiente texto de su Comentarios al catecismo cristiano (1558) muestra cómo el arzobispo defendía la difusión de las Escrituras:

'[A los fieles devotos] se les podría dar toda la Escritura, tan bien y mejor que a muchos que saben latín y tienen otras letras. No digo esto porque las ciencias que por don de Dios se comunicaron a los hombres no tengan lugar en la Escritura, sino porque el Espíritu Santo tiene sus discípulos y los alumbra y ayuda... Puedo certificar con verdad, que de mi consejo han leído toda la Sagrada Escritura algunas personas, viendo que concurrían en ellas partes que me parecían necesarias, y que sacaron muy gran fruto para su consolación y corrección de vida. Entre éstas fueron algunas mujeres.'