Historia

CASAS, BARTOLOMÉ DE LAS (1474-1566)

Bartolomé de Las Casas, dominico, nació en Sevilla en 1474 (1484, según su propio testimonio) y murió en Madrid el 31 de julio de 1566.

Bartolomé de Las Casas, por Antonio Lara. Biblioteca Colombina, Sevilla
Bartolomé de Las Casas, por Antonio Lara
Biblioteca Colombina, Sevilla
Era de noble familia, descendiente de uno de los caballeros franceses que acompañaron a Fernando III el Santo cuando conquistó Sevilla en 1252. Su apellido original era Casaus, pero al ir españolizándose adoptó la forma definitiva de Las Casas. Don Francisco Casas, padre de Bartolomé, pasó a las Indias en 1493 acompañando a Colón en su segundo viaje y habiendo participado de los repartimientos que entonces se hicieron en la Española y juntando algunas riquezas, vivió en Sevilla en 1497, trayendo consigo un indio para su servicio. Este indio lo cedió a su hijo Bartolomé, quien estudió humanidades y derecho en las universidades de Sevilla y Salamanca, aunque pronto hubo de ponerlo en libertad, por un decreto de Isabel la Católica, que ordenaba devolver a sus tierras naturales a todos los indios que los conquistadores habían traído consigo. En dichas universidades hubo de iniciarse Bartolomé en las doctrinas tomistas, entonces pujantes, doctrinas que luego aplicó a todas las cuestiones de las Indias, oponiéndose a la corriente general, en la que prevalecían los principios del derecho romano. Al acabar sus estudios en 1502 acompañó a Ovando, gobernador de la Española, a América, llegando a Santo Domingo el 15 de abril después de sufrir varias tormentas. Permaneció allí ocho años, administrando el repartimiento que le había tocado a su padre hasta 1510, tomando parte en las guerras contra los indios y dedicándose a explotar la tierra, empleando sin reparo para sus trabajos a los naturales.

En 1510 llegó a la Española la primera expedición de dominicos dirigida por fray Pedro de Córdoba, quien, al domingo siguiente a la octava de Todos los Santos, predicó un sermón, del que dijo Las Casas: "Sermón alto y divino, e yo le oí, e por haberlo oído me tuve por felice" (Historia general, tomo iii, páginas 276). Además, fray Pedro de Córdoba predicaba a los indios todos los domingos; pero al no saber la lengua de ellos, tuvo que servirse de intérprete, oficio que desempeñó Las Casas durante algún tiempo. Todo esto, más el haberse ordenado por este mismo tiempo de sacerdote, celebrando la primera misa nueva que se celebró en el Nuevo Mundo, determinó en Las Casas el principio de su transformación, por la que el vulgar conquistador y aventurero, vino a ser el reformador social.

A fines de 1511, don Diego Colón, segundo almirante, determinó poblar a Cuba y envió como jefe de la expedición, con unos 300 hombres, a Diego Velázquez, con quien se juntó Pánfilo de Narváez, venido de Jamaica con otros 30 hombres. Parece que llamado por Narváez, pues de antiguo eran amigos, pasó también Las Casas a Cuba en 1512. Después de haber formado en muchas expediciones de españoles para dominar la isla, ejerciendo siempre sus buenos oficios de pacificador, pues por su naturaleza era inclinado a la persuasión y a la benevolencia, recibió también Las Casas una encomienda de indios o "un buen repartimiento", como él mismo dice, acerca del pueblo de Xagua, y "comenzó a entender en hacer granjerías y en echar parte de ellos (los indios) a las minas, teniendo más cuidado de ellas que de dar doctrina...", pues "en aquellas materias tan ciego estaba el buen padre (Las Casas) como los seglares todos, puesto que en el tratamiento de los indios siempre les fue humano, caritativo y pío..." (Hist. gener., tomo iv, capítulo xxxii). El reducir así los indios a servidumbre y emplearlos en las minas y en la agricultura en provecho exclusivo del encomendero, era entonces el proceder general, sin más protesta ni "más excepción que la de los frailes de Santo Domingo, quienes, desde su llegada a la Española, empezaron a predicar contra lo que se tenía por lícito en orden a la libertad de los naturales y a los derechos de los conquistadores" (Fabié, Vida y escritos de Fr. Bart. de Las Casas, tomo i, página 36).

Al acercarse la Pascua de Pentecostés de 1514, no habiendo en la isla más que otro clérigo que había quedado en la villa de Baracoa, Las Casas determinó dejar sus haciendas para ir a decir misa y predicar a la no lejana y recién fundada villa de Sancto Spiritus. Y ocurrió lo que él mismo narra:

"Estudiando los sermones... comenzó a considerar consigo mismo sobre algunas autoridades de la Sagradq Escritura, y si no me he olvidado, fue aquella la principal y primera del Eclesiástico, capítulo xxxiv, Immolantes ex iniquo oblatio es maculata...; comenzó, digo, a considerar la miseria y servidumbre que padecían aquellas gentes. Aprovechóle para esto lo que había oído en la isla Española decir y experimentado, que los religiosos de Santo Domingo predicaban que no se podía tener con buena conciencia los indios, y que no querían confesar ni absolver a los que tenían, lo cual dicho clérigo (el mismo que escribe, es decir, Las Casas), no aceptaba, y queriéndose una vez con un religioso de la dicha orden confesar... no quiso el religioso confesalle. El clérigo luego se le rindió... pero en cuanto a dejar los indios no curó de su opinión. Pasados algunos días en aquesta consideración y cada días más y más certificándose por lo que leía cuanto al derecho y vía del hecho, aplicando lo uno a lo otros, determinó en sí mismo convencido de la misma verdad ser injusto y tiránico cuanto cerca de los indios en estas Indias se cometía. Finalmente, se determinó de predicallo y porque teniendo él los indios que tenía, tenía luego la reprobación de sus sermones en la mano, acordó, para libremente condenar las encomiendas como injustas y tiránicas, dejar luego los indios y renunciarlos en manos del gobernador Diego Velázquez..." (loc. cit.).
Autógrafo de Bartolomé de Las Casas
Autógrafo de Bartolomé de Las Casas
Y como lo pensó, así lo hizo; puso los indios en manos del gobernador, comenzó a predicar contra el régimen tiránico y destructor de las encomiendas que acababa rápidamente con los naturales, pues en tan pocos años ya apenas quedaba una décima parte de la población india de la isla; y, en fin, viendo que con su predicación no lograba el resultado apetecido, determinó venir a Castilla e informar al rey, para que dictase las órdenes oportunas. Por entonces llegaron a Cuba cuatro dominicos con fray Gutierre de Ampudia a la cabeza, como vicario. Las Casas se alegró mucho con su llegada y ellos se alegraron a su vez al encontrar al clérigo tan decidido a luchar por la causa que hasta entonces solo los dominicos defendían. Puestos de acuerdo Las Casas y fray Gutierre embarcaron para la Española, a fin de conferenciar con fray Pedro de Córdoba, superior de todos los dominicos de América y de allí y con su consejo pasar a España en busca se de remedio. Fray Gutierre cayó enfermo en el camino; pero Las Casas logró al fin avistarse con fray Pedro y exponerle sus planes, que éste aprobó del todo, aunque sin ocultarle las grandes dificultades con que habían de luchar, no ya en las tierras descubiertas donde todos se le pondrían de frente, sino en el mismo entorno del rey, pues algunos consejeros sacaban gran partido de este funesto sistema. Fray Pedro dio a Las Casas dos frailes que le acompañaran a España, uno de los cuales era fray Antonio de Montesinos, que había tenido la fortuna de ser el primero en predicar en favor de la libertad de los indios.

Llegados a Sevilla, se presentaron Las Cass y fray Antonio de Montesinos al arzobispo fray Diego de Deza, dominico también, protector de Colón desde el primer momento, y "el que, en frase del mismo Colón en una de sus cartas, fue causa de que sus altezas hoviesen la India", pidiéndole cartas de recomendación para el rey, que obtuvo en seguida. Las Casas se entrevistó con el rey el 23 de diciembre de 1515, mostrándole la carta de presentación del arzobispo de Sevilla y quedando en tratar detenidamente el asunto en conferencias ulteriores, que no llegaron a realizare por ocurrir muy pronto la muerte del rey. Su consejero, Tomás de Matienzo, dominico, apoyaba, como todos los de su orden, la causa de Las Casas; pero, en cambio se le oponían algunos de los miembros del consejo eral. Divulgada la muerte del rey, Las Casas fue de Sevilla a Madrid, para conferenciar con los gobernadores Cisneros y Adriano, y aun pasar a Flandes a ver al nuevo rey, si fuera preciso. Pero Cisneros acogió muy bien a Las Casas, dándole el título de procurador universal y protector de los indios y señalándole un sueldo de 100 pesos de oro cada año, más 20 ducados para el viaje. "En cuanto a los dineros -respondió Las Casas- no he menester, porque para gastar y sustentarme en este negocio yo tengo hartos." Pero el cardenal replicó sonriéndole: "Andá, padre, que soy más rico que vos." Hay que tener en cuenta que Las Casas, después de dar libertad a sus indios no tenía más riquezas que el producto de la venta de una yegua y ni aun a España hubiera podido volver sin la ayuda de algún amigo y la protección de los dominicos." A petición de Las Casas nombró una comisión que revisase las leyes de 1512, en la cual entraron Palacios Rubios y el mismo fray Antonio de Montesinos, amigos de Las Casas, y quedó excluido el obispo de Burgos, Fonseca, su gran enemigo. También había que enviar otra comisión al Nuevo Mundo para estudiar y ejecutar la reforma sobre el terreno; y Cisneros, queriendo escoger gente competente e imparcial, no llamó a los dominicos, que desde el principio se habían declarado por la libertad de los indios, ni a los franciscanos que estaban al lado de los conquistadores, sino a los jerónimos, que aún no habían tomado cartas en el asunto. Pero los tres monjes jerónimos escogidos para esta comisión, no tardaron en inclinarse del lado de los intereses creados, es decir, del lado de los conquistadores, cuyos emisarios les solicitaban reciamente, como lo reconocieron bien pronto Palacios Tubios y Las Casas, aun antes de que la comisión saliese de España. Por esto, aun cuando por real cédula de 17 de setiembre de 1516 se nombraba a Las Casas informador y consejero general de la susodicha comisión de jerónimos y de todas las autoridades de las Indias, aquellos frailes ni siquiera quisieron admitirle en el buque en que ellos hicieron la travesía. Además, en las instrucciones que se les habían dado, redactadas por la antedicha comisión reformadora, por tres veces se hacía constar que los indios son "libres y súbditos de su Majestad." Sin embargo, los jerónimos llegados a América acabaron de ponerse del lado de los conquistadores y encomenderos. Las Casas tuvo por únicos protectores a los dominicos, a uno de cuyos conventos tuvo que retirarse porque llegó a peligrar su vida; hasta que al fin decidió volver por segunda vez a España en mayo de 1517.

Al llegar Las Casas a Aranda de Duero para entrevistarse con Cisneros, encontró a éste atacado de la enfermedad que le llevó al sepulcro el 8 de diciembre de 1517. Las Casas fue enseguida en busca del rey Carlos y siguiendo a la corte anduvo casi dos años afrontando todo género de contradicciones y admitiendo cuantas disputas se le presentaban para defender los derechos de los indios. Los principales episodios de estos dos años de luchas son: 1º El proyecto presentado por Las Casas de llevar colonos españoles, no conquistadores sino agricultores, con condición de pagarles el viaje y cuanto necesitasen en el primer año de su estancia. Esta última condición no fue aceptada. Lo cual, más el desastre de una pequeña expedición (dirigida por un tal Berrio, que a escondidas de Las Casas, condujo a América a algunos colonos para abandonarlos del todo apenas llegaron allá), hizo que el proyecto se retirase. 2º Como algunos encomenderos dijeron a Las Casas que si les daban doce negros dejarían en libertad a todos sus indios, Las Casas propuso esto a la corte, propuesta de la cual se arrepintió bien pronto combatiéndola encarnizadamente. "Este aviso -dice él mismo- de que se trajesen negros a estas tierras dio primero el clérigo Casas, no advirtiendo la injusticia con que los portugueses los toman y hacen esclavos; el cual después que cayó en ello no lo diera por cuanto había en el mundo... porque la misma razón es de los indios." (Hist. gener., iv, cii). Este proyecto, a pesar de haberse vuelto contra él el mismo Las Casas, siguió adelante; pero lo que no se puede afirmar es que a esa sencilla inadvertencia de Las Casas se deba la esclavitud de los negros, con los cuales ya traficaban los portugueses hacía más de medio siglo. 3º Contra las afirmaciones de muchos de la corte que afirmaban ser los indios esclavos por naturaleza e incapaces de recibir la fe, se formó en Salamanca una junta de teólogos, presidida por el prior del convento dominico de San Esteban, la cual dio un dictamen defendiendo los derechos de los indios y apoyando las pretensiones de Las Casas. Además, habiéndose quejado Las Casas a los ochos predicadores del rey, de la injusticia con que se trababa a los indios, los ocho predicadores, entre los cuales había dominicos, franciscanos y agustinos, unánimemente acordaron, obligándose bajo juramento a trabajar cuanto en ello pudiesen, por creerse en conciencia obligados a amonestar a los del Consejo de Indias para que reconociesen la libertad y derechos de los indios y remediasen las iniquidades que se cometían contra ellos; y si los del Consejo no hiciesen caso de esta amonestación, predicar contra ellos públicamente y aun contra su majestad en la parte que le cupiere de culpa. Los predicadores pusieron en práctica su resolución, comisionando al dominico fray Miguel de Salamanca para que fuese su portavoz ante el Consejo. El Consejo, atemorizado y sorprendido por esta enérgica actitud, les pidió un dictamen de lo que convenía hacer, y en el mismo, redactado por fray Miguel, se pide la supresión del régimen de encomiendas con la absoluta libertad de los indios, y un sistema de penetración pacífica, parecido al que Las Casas proponía. 4º Este proyecto de Las Casas consistía en que le dejasen determinada cantidad de terreno en tierra firme, en el cual nunca pudiera entrar gente de guerra, sino sólo los que él admitiese para desarrollar la agricultura, el comercio y la unión y cristianización de los naturales. Al fin este proyecto, aunque con algunas restricciones, logró la aprobación del rey el 19 de mayo de 1520. Tras lo cual Las Casas partió para el Nuevo Mundo.

Pero también este proyecto de penetración pacífica de Las Casas fracasó por completo bien pronto. Entonces, triste y abatido, se retiró una vez más al convento de dominicos de la Española, donde poco tiempo después pidió el hábito de religioso, profesando en 1523 en aquella orden que siempre le había protegido y a la que en espíritu ya desde mucho tiempo antes pertenecía. Desde este momento la vida de Las Casas pierde algo de su exterior bullicio, pero gana en intensidad y eficacia. Las Casas tuvo entonces que dar más amplia y sólida base a sus estudios de teología, para llevar dignamente el hábito de la oren. Bien pronto, y a consecuencia de esto, comienza a desenvolver con éxito su actividad literaria. La dirección general de su vida siguió siempre siendo la misma, el bien espiritual y material de los indios. En 1527, en el convento de Santo Domingo de Vega Real, comenzó a escribir su Historia Apologética. Poco después fue elegido prior del convento de Santo Domingo de Puerto Plata. Aquí fue donde teniendo noticia de que llevaban los últimos sacramentos a un español que tenía muchos indios en sus encomiendas. Las Casas se interpuso deteniendo en otra habitación al párroco que los llevaba, y haciendo saber al enfermo que se condenaría si no daba libertad a los indios que tenía por esclavos, a lo cual accedió. En 1531 Las Casas vuelve a escribir un largo Memorial para el Consejo de Indias, pidiendo, como siempre, "que se libertan los indios" y se ponga remedio a sus males. Por este tiempo llegaban las noticias de los sucesos y conquistas que en el Perú realizaban Pizarro y Almagro. Entonces Las Casas se embarcó secretamente para Castilla a fin de obtener del rey que a aquellos indios les dejasen en libertad como vasallos libres y señores de su albedrío y de sus bienes y haciendas. La cédula obtenida en esta ocasión del rey por Las Casas forma entre las Leyes de Indias. En seguida volvió con ella para la Española, de allí para México y de México salió con fray Bernardino de Minaya y fray Vicente de Santa María, para ir a intimarla a los conquistadores del Perú, en donde la cédula real fue bien recibida y solemnemente promulgada. Poco más tarde fue llamado Las Casas a la Española para que acabase de reducir al cacique Enriquillo, contra el cual se habían estrellado los ejércitos de los conquistadores sin poder nunca vencerlo, trayéndolo Las Casas de la mano a la audiencia, con la que ya vivió en paz en adelante.

Hacia 1535 Las Casas escribió su libro De unico vocationis modo, en el cual condena enérgicamente la guerra como medio de conversión a la fe, propio tan sólo de musulmanes. Por ello se levantó a su alrededor una terrible tempestad de burlas y rechiflas. Las Casas, lleno de confianza en la eficacia de los medios pacíficos, pidió, para hacer la prueba, las provincias de Tuzutlan y Cobán que entonces se llamaban Tierra de Guerra por la ferocidad de sus naturales, que ya varias veces habían hecho retroceder a los ejércitos españoles. Se preparó para ello en compañía de fray Luis Cáncer y fray Pedro Angulo, obteniendo del gobernador de Guatemala, Alonso Maldonado, una cédula por la que garantizaba que nunca había de entrar en aquellas provincias gente de guerra. Las Casas y sus compañeros comenzaron poniendo en verso y música los principales misterios de la fe cristiana en la lengua de aquellos indios, e hicieron que algunos de éstos fuesen delante de los frailes, preparándoles su llegada y cantando esos versos ante los caciques. La empresa dio excelente resultado y en menos de dos años toda aquellas región estaba cristianizada, pacíficamente sometida al rey de España, sin haber derramado una sola gota de sangre. Esta fue una de las empresas más gloriosas de la conquista del Nuevo Mundo.

Portada de Brevísima relación de la destrucción de las Indias, por Bartolomé de Las Casas
Portada de Brevísima relación de la destrucción de las Indias,
por Bartolomoé de Las Casas
A fines de 1539 Las Casas tuvo que volver a España para buscar más misioneros. También en este viaje obtuvo otra cédula real, ordenando se cuidara de la enseñanza y conversión de los esclavos de Guatemala. Obtuvo también la ratificación del tratado que había hecho con el gobernador Alonso Maldonado, para que en las provincias de Tuzutlan y Cobán no entraesn durante cinco años más españoles que los frailes admitiesen. A estas alturas ya era Las casas muy bien recibido y considerado ante el Consejo de Indias, presidido ahora por el cardenal Loaisa. Las Casas seguía trabajando para que se reformasean a su gusto todas las Leyes de Indias. A este fin comenzaron a celebrarse juntas de teólogos y juristas, que acabaron con la famosa junta magna de Valladolid de 1542. A esta junta presentó un largo memorial de los remedios que debían ponerse en las Indias, de los cuales el octavo es el más famoso, por ser el que repetía siempre, en que se "declarase a los indios, así a los ya sujetos como a los que adelante se sujetaren como súbditos y vasallos libres que son, y ningunos estén encomendados a cristianos españoles." De esta junta magna de Valladolid salieron las Nuevas Leyes de Indias, ya francamente inspiradas en los principios de Las Casas, ratificadas por el rey en Barcelona en noviembre de 1542. En esta Nuevas Leyes se dice: "Item, ordenamos y mandamos, que de aquí en adelante por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la corona de Castilla, pues lo son." Era lo que siempre había estado pidiendo Las Casas. Por este tiempo acabó de escribir su celebérrima Brevísima historia de la destrucción de las Indias, dedicada al príncipe don Felipe y con la cual habían querido ir preparando la redacción de las Nuevas Leyes. Las Casas se dirigió entonces a Barcelona a dar gracias al rey emperador por la promulgación de estas leyes. Éste, al recibirlo, le entregó una cédula nombrándolo obispo de Cuzco, nombramiento aconsejado por todo el Consejo de las Indias con su presidente cardenal Loaisa a la cabeza, pero Las Casas rehusó recibir el nombramiento, porque ya hacía muchos años que había renunciando a toda merced, diciéndole al rey que sólo obraba por servicio de Dios, sin el cual aun "por servir a su majestad no iría de aquí a ese rincón." Poco después volvieron a nombrarlo obispo de Chiapas, obispado de reciente creación, nombramiento que él aceptó por obediencia, siendo consagrado en la iglesia de San Pablo de Valladolid el 30 de marzo de 1544.

Antes de embarcar para su diócesis, a la que llevaba consigo una misión de religiosos de su orden, se detuvo en Sevilla para gestionar, en virtud de la Nuevas Leyes, la libertad de bastantes indios que allí había como esclavos. Embarcaron el 9 de julio, llegando a Santo Domingo el 9 de septiembre. Es imposible describir la tormenta que se desató contra Las Casas y los dominicos en general a la publicación de las Nuevas Leyes por parte de los que poseían indios en encomienda. Sin embargo, ahora ya hacían los franciscanos causa común con los dominicos, lo cual producía a éstos gran consuelo y ánimo para la lucha. Las Casas entró a su diócesis a principios de 1545. Su régimen de vida no había cambiado con la dignidad episcopal; seguía viviendo pobremente, proscrita toda alhaja, vestido con su hábito de lana, comiendo de vigilia, etc. Los que seguían teniendo indios en busca da riquezas le odiaban y perseguían de muerte, enviando a España constantemente emisarios para que fueran derogadas las Nuevas Leyes, lo cual lograron cuando el rey firmó esa derogación en Malinas el 20 de noviembre de 1545. Las Casas procuró por todos los medios combatir el nuevo estado de cosas, pero de nada sirvieron sus esfuerzos. En 1547 Las Casas decidió dejar su diócesis y volver a España, al considerar el poco éxito que tenía y pensando que podía conseguir más por los indios fijando su residencia en la corte.

Apenas llegado a España fue a ver al príncipe don Felipe, que entonces gobernaba el reino en ausencia de su padre, que se hallaba en Monzón donde ese año de 1547 se celebraban las cortes, obteniendo de él varias cartas laudatorias para los dominicos de Chiapas, estimulándolos a continuar con la obra emprendida por Las Casas, así como para algunos caciques pacíficamente sometidos por los religiosos. En seguida comenzó a divulgarse por España el Democrates II o De justis belli causis apud indos. Este libro, en el que se condensaba todo cuato La Casas había combatido, suscitó enseguida acaloradas disputas. En 1550 se reunieron juntas en Valladolid para que Las Casas y Sepúlveda, autor del libro, sustentasen sus respectivas doctrinas, teniendo el primero la ayuda de sus hermanos dominicos y en esta ocasión particular la de Melchor Cano.

En cuanto estas discusiones se lo permitían, el anciano obispo se retiraba a algún convento de su orden, sobre todo el de San Gregorio de Valladolid, a escribir y continuar con la pluma su labor. A estos años de relativo descanso se deben buena parte de sus obras. Con gran frecuencia era llamado a la corte para consultarle sobre cosas de Indias; tanto que en 1560 Felipe II expidió una cédula a su aposentador mayor ordenándole dar conveniente hospedaje al anciano Las Casas, en Toledo o dondequiera que la corte se encontrase. Además la correspondencia de Las Casas en todo este tiempo es muy activa, enderezada siempre a ganar voluntades para la causa de los indios. Su testamento aparece firmado en el convento de Nuestra Señora de Atocha de Madrid en 1564. Dos años más tarde moría en ese mismo convento.

Las Casas fue muy calumniado, pero la posteridad le ha hecho justicia. Todo el que se acerca a estudiar imparcialmente al hombre que atravesó catorce veces el Atlántico, además de los infinitos viajes por los mares y tierras del mundo descubierto, siente hacia él una atracción cada vez mayor. Es el gran apóstol de la libertad humana en lo que tiene de cristiano; el discípulo de Cristo que clama sin cesar para que se envainen las espadas y se suprima el látigo del negrero, esperándolo todo de la idea flameante por medio de la palabra persuasiva.

El siguiente texto, tomado de su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), expresa el daño que muchos conquistadores españoles causaron a los indios:

'Entraron los españoles... como lobos y tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte... [La isla Española] que primero destruyeron y despoblaron, comenzando los cristianos a tomar las mujeres e hijos de los indios para servirse y usar mal de ellos y comerles sus comidas que de sus sudores y trabajos salían, no contentándose con lo que los indios les daban de su grado, conforme a la facultad que cada uno tenía, que siempre es poca, porque no suelen tener más de lo que ordinariamente han menester y hacen con poco trabajo, y lo que basta para tres casas de a diez personas cada una para un mes, come un cristiano e destruye en un día...
Los cristianos con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos... Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de sus madres, por las piernas, y les daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando... Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego, los quemaban vivos. Otros, ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y de ellas llevaban colgando, y decíanles: «Andad con cartas». Conviene a saber, lleva las nuevas a las gentes que están huidas...
[En Cuba, al señor Hatuey] lo prendieron y... lo hubieron vivo de quemar. Atado a un palo decíale un religioso de San Francisco, santo varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fe, el cual nunca las había jamás oído, lo que podía bastar aquel poquillo tiempo... Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo. El religioso respondió que sí; pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen [los españoles]... Fui inducido yo [a escribir esta relación]... por compasión a mi patria, que es Castilla, no la destruya Dios por tan grandes pecados... Tengo grande esperanza que porque el emperador y rey de España... va entendiendo las maldades y traiciones que en aquellas gentes y tierras, contra la voluntad de Dios y suya, se hacen y han hecho, porque hasta ahora se le ha encubierto siempre la verdad industriosamente... [por esos tiranos que] con color de que sirven al Rey, deshonran a Dios y roban y destruyen al Rey.'