Historia
CASIANO, JUAN (c. 360 - c. 435)
Su primera obra, escrita antes del 426, se titulaba De institutis coenobiorum et de octo principalium vitiorum remediis libri duodecim, fue compuesta a solicitud de Castor, obispo de Apta Julia, quien deseaba introducir las reglas orientales y especialmente las egipcias en el monasterio que había fundado. Su segunda obra fue Collationes viginti-quattuor, terminada antes del 429. Ambas tuvieron amplia difusión en Occidente, mandando Benito de Nursia que se leyeran entre los monjes en el refectorio. Casiodoro las estimaba grandemente, aunque avisó a sus monjes sobre los conceptos heréticos del autor acerca de la libertad de la voluntad. Gregorio de Tours las menciona en uso, junto con reglas orientales, en el monasterio de San Yririx. Un breve compendio fue hecho por un amigo de Casiano, Euquerio, obispo de Lyón, que sirvió como fuente para la Concordia regularum de Benito de Aniano.
La decimotercera colación de Casiano es importante en la controversia sobre la doctrina de Agustín sobre la gracia. Contra sus enemigos, que estaban centrados en Marsella, Agustín dirigió poco antes de su muerte su De prædestinatione sanctorum y De dono perseverantiæ, siendo su principal oponente Casiano, que en esta colación había enunciado la doctrina llamada semipelagianismo en la Edad Media, aunque debería ser más apropiadamente denominada semiagustinianismo, ya que Casiano se separa claramente de Pelagio tratándole como hereje, mientras que se siente en completa armonía con Agustín. Su educación griega, sin embargo, le hacía imposible aceptar la doctrina de Agustín de la predestinación incondicional, la gracia particular y la absoluta negación de la libertad de la voluntad. Casiano, por otro lado, reconocía la necesidad de la gracia divina en el proceso de salvación, aunque postulaba la existencia de la voluntad libre, como condición necesaria para la operación de la gracia, afirmando que Dios nunca destruye la libertad de la voluntad, ni siquiera en el extraordinario caso de la conversión de Pablo. Partía del axioma que la salvación de Cristo no está restringida a un pequeño número de elegidos sino que está destinada a todos. Este concepto del proceso de salvación condiciona el del pecado original. Casiano creía que la caída de Adán había traído destrucción a todo el género humano, aunque todavía retenía el poder de buscar lo bueno en virtud de su estado original de inmortalidad, sabiduría y libertad completa de la voluntad. Tras la victoria de un agustinianismo modificado en el sínodo de Orange en el año 529, las doctrinas de Casiano fueron contempladas generalmente como heterodoxas, aunque no dañaron su fama como autor monástico, siendo honrado en el sur de la Galia como santo.
En la última parte de su vida estuvo envuelto en la controversia nestoriana y a solicitud del archidiácono León (posteriormente León Magno), escribió De incarnatione Domini contra Nestorium libri septem, en fecha posterior a las cartas escritas por Nestorio al papa Celestino en el año 430. La obra carece de la importancia que por otra parte posee, al ser la única contribución extensa de un occidental a la controversia nestoriana, por reducirse a ataques personales sobre el oponente y a una completa omisión de declaraciones cristológicas positivas e independientes. Casiano quería probar que la divinidad de Cristo había existido desde la eternidad y nunca había sido renunciada, por lo que María debía ser llamada no solo madre de Cristo, como Nestorio enseñaba, sino madre de Dios. La obra es especialmente valiosa al mostrar la estrecha simpatía de intereses y métodos entre el nestorianismo y el pelagianismo, mientras que Casiano, siguiendo al monje gálico Leporio, que había renunciado al pelagianismo en el año 426, sostenía que Cristo poseía en una sola persona dos sustancias coexistentes de Dios y hombre.
El siguiente pasaje procede de su obra Colaciones, 9, 22:
'Si deseamos ser juzgados con clemencia es preciso que seamos clementes con quienes nos han hecho alguna ofensa. Se nos perdonará en la medida en que perdonemos a los que nos han hecho algún mal. Por temor de esto, hay muchos que en las iglesias cuando todo el pueblo recita esta oración, dejan de pronunciar las palabras de referencia por temor de condenarse a sí mismos, en vez de granjearse el perdón. Pero no se dan cuenta de que se trata de un vano artificio que no puede ocultar sus intenciones al juez universal, que de antemano ha querido manifestar a aquellos que le invocan de qué manera les ha de juzgar. Puesto que no quiere que un día le hallemos severo e inexorable, nos ha indicado cómo habrá de actuar en el juicio, de modo que tal como deseamos que él nos juzgue, así juzguemos nosotros a nuestros hermanos que nos hayan ofendido, porque sin misericordia será juzgado el que no haya actuado con misericordia (Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia; la misericordia triunfa sobre el juicio.[…]Santiago 2:13).'
