Historia
CATALINA DE SIENA (1347-1380)

Francesco Vanni en
Santo Domingo de Siena
La cercanía a su hogar de un monasterio dominico dejó una profunda impresión en la sensible niña, creyendo ella misma que Santo Domingo mismo se le había aparecido en un sueño, exhortándola a entrar en la orden. Desdeñando el deseo de su madre de que se casara, Catalina, que contaba doce años de edad, se cortó su larga cabellera rubia para eludir atenciones no deseadas. Tres años más tarde la viruela destruyó su belleza, pudiendo cumplir su deseo, al que su madre ya había consentido previamente, de ingresar en la orden de los penitentes de Santo Domingo. No bebió nunca más vino, siendo su sola comida hierbas sin cocinar, tomadas como ensalada o con aceite, fruta y pan. Se flagelaba tres veces al día, según la más rígida costumbre dominica, una vez por sí misma, otra por los vivos y otra por los muertos. Bajo el hábito llevaba un cilicio que luego sustituyó por una cadena de hierro alrededor de su cintura. Pasaba la noche en oración hasta que las campanas del monasterio tocaban a maitines, tumbándose entonces entre tablas que simbolizaban su ataúd. Este ascetismo lo practicó durante tres años, en una diminuta habitación de la casa de su padre, salvo para asistir a misa en la vecina iglesia dominica. Tras 1366 aparece más frecuentemente en público, siendo conspicua por sus obras de misericordia hacia los pobres y enfermos, especialmente durante la peste de 1374. Por su devoción y piedad reunió a su alrededor una compañía de veinte personas de ambos sexos, principalmente miembros de la orden dominica.
Visiones.
La causa principal de la fama de Catalina fueron sus visiones y profecías. Incluso durante el tiempo de su noviciado creyó que Cristo se le aparecía y hacia el final del periodo de preparación que se había desposado con ella, tal como había pasado con Catalina de Alejandría, poniéndole una alianza en el dedo. Este símbolo matrimonial era siempre visible a ella, aunque otros ojos no podían verlo. Su unión con Cristo fue santificada además por un intercambio de corazones y finalmente por los estigmas divinos, comenzando con la huella de un clavo en su mano y terminando con la dolorosa huella de las otras cuatro heridas. Esta estigmatización, como en el caso de su contemporánea alemana, Margareta Ebner de Medingen, siempre permaneció invisible, mientras que en el caso de Francisco de Asís y la mayoría de los estigmatizados, las heridas podían ser visibles a todos. Ella también creía que estaba asociada con la Virgen y con Cristo, no solo estando convencida de que bebía la sangre del costado del Señor y la leche del pecho de María, sino que también recibía instrucción, amonestación y consuelo divinos, que frecuentemente comunicaba a otros en éxtasis. Muchas de sus cartas y escritos, especialmente sus Diálogos, fueron dictados en trance. Una vez ayunó durante cuarenta días, desde el Domingo de Resurrección hasta la Ascensión, siendo sostenida solamente por la eucaristía y convirtiéndose en un modelo para individuos posteriores, particularmente las dos Catalinas del siglo XV.

de Giovanni di Paolo (1404-1482)
A pesar de su abandono del mundo, Catalina fue impulsada durante los años de reclusión de su vida a tomar parte en los asuntos eclesiásticos y políticos de su país. Tras 1374 dejó frecuentemente Siena para promover la paz entre los nobles hostiles de Toscana. En 1375 fue a Pisa, donde escribió a la reina Juana de Nápoles para que emprendiera una cruzada para liberar Tierra Santa. Un año más tarde fue a Aviñón para reconciliar a la república de Florencia con Gregorio XI, aunque no tuvo éxito por la traición de los florentinos. Sin embargo, más tarde, tras jugar un papel decisivo en el regreso del papa a Roma, consiguió su propósito por un viaje a Florencia en 1378. El cisma entre Urbano VI en Italia y Clemente VII en Aviñón también atrajo su atención, siendo firme partidaria del primero, quien la llamó a Roma y tras escuchar sus exhortaciones de paz la envió a la corte de Juana junto con Catalina de Suecia, para que la reina dejara de apoyar a Clemente y apoyara a Urbano. La misión fracasó, porque la hija de Brígida no se sometió a Catalina, aunque ésta vivió lo suficiente para ver la adhesión de Nápoles al papa. Fue llamada de nuevo a Roma donde murió, siendo enterrada en la iglesia dominica de Minerva en Roma, si bien se afirma que su esqueleto está en la iglesia dominica de su ciudad natal. Fue canonizada por Pío II en 1461, mientras que Urbano VIII designó su fiesta el día 30 de abril. Se la representa en el arte llevando un crucifijo con estigmas en sus manos y también una alianza matrimonial. Ocasionalmente lleva en su mano un lirio o un libro.

Sus principales escritos son trescientas setenta y tres cartas dirigidas muchas de ellas al papa, cardenales, príncipes y nobles, siendo importantes para la historia de ese periodo. Escribió también veintiséis oraciones, varios oráculos proféticos cortos y un diálogo entre ella misma y Dios Padre, dictado en trance en 1378, con el título Libro della Divine Dottrina, dividido después en cuatro tratados sobre sabiduría religiosa, oración, providencia y obediencia. Una división anterior es en seis tratados bajo el título Dialogi de providentia Dei. Históricamente el tratado más interesante es el de la oración, en el que Catalina subraya el valor de la oración del corazón, que no necesita palabras, en contraposición al mero formalismo. No escatima críticas a sacerdotes, cardenales ni al papa, reprobándolos por sus delirios y amonestándolos por su alto deber. Pero aunque proclamó la necesidad de una reforma, siempre quiso estar con su Iglesia, siendo inquebrantable su lealtad a la fe católica. Sus obras completas fueron editadas primero por Aldus en Venecia en 1500, pero la mejor de las antiguas ediciones es la de G. Gigli L'Opere della Serafica Santa Caterina da Siena (5 volúmenes, Siena, 1707-26).
De su obra Dialogi de providentia Dei es el siguiente pasaje:
'El alma, que es elevada por un muy grande y anhelante deseo del honor de Dios y la salvación de las almas, comienza por ejercitarse a sí misma durante un cierto espacio de tiempo en las virtudes ordinarias, permaneciendo en la celda del auto-conocimiento, para conocer mejor la bondad de Dios hacia ella. Esto lo hace porque el conocimiento debe preceder al amor y solo cuando ha obtenido amor puede luchar para continuar y vestirse con la verdad. Pero en ninguna manera la criatura recibe tal gusto de la verdad o tal brillo de luz sino por medio de una humilde y continuada oración, fundada en el conocimiento de ella misma y de Dios; porque la oración, ejercitándose en el camino superior, une con Dios al alma que sigue las huellas de Cristo crucificado y así por deseo y afecto y unión de amor la hace otro Él mismo. Cristo habría querido decir esto cuando dijo: 'El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.'