Historia
CESÁREO DE ARLÉS (c. 469-542)
Primeros años.
Se sabe poco de su vida antes de que tuviera dieciocho años, pero a la edad de veinte fue al famoso claustro en la isla de Lérins, que en ese momento declinaba bajo el débil abad Porcario. Allí Cesáreo conoció los escritos de Fausto, quien había sido abad de Lérins durante unos treinta años, ejerciendo esas obras una influencia en él durante toda su vida. Porcario le nombró maestro del refectorio, pero el descontento de los monjes hizo que perdiera el puesto, tras lo cual se entregó de tal manera al ayuno que hubo que enviarle a Arlés para que recuperara la salud. Allí conoció a Firmino, quien le recomendó el estudio de la retórica con Pomerio de África, a quien ahora se identifica con el autor de De vita contemplativa. Pomerio era seguidor de Agustín y parece que ganó a su alumno para su maestro. Reconociendo en Cesáreo un compañero y pariente, Eonio, obispo de Arlés, no solo le ordenó y le puso al frente de un monasterio sino que también indujo a los clérigos, ciudadanos y al rey para que le escogieran como su sucesor. En el año 502, Cesáreo era obispo de Arlés, aunque en contra de su voluntad.
Obispo.
Su primera medida fue hacer que la asistencia a la iglesia fuera agradable para los laicos, especialmente mediante el canto, teniendo que aprender pasajes de la Biblia, además del Credo y el Padrenuestro. La administración de los fondos se encomendó a los laicos y diáconos, empeñándose en mantener firme la disciplina, pudiendo ser el autor del primer manual occidental de derecho eclesiástico Statuta ecclesiæ antiqua. En el año 505 Cesáreo fue acusado de alta traición por su secretario Liciniano, siendo desterrado a Burdeos por Alarico II, aunque pudo probar su inocencia y regresar. El 11 de septiembre del año 506 reanudó con el sínodo de Agde la larga serie de sínodos gálicos interrumpidos, siendo sus cánones, escritos por Cesáreo, importantes documentos para la historia eclesiástica. Dignos de mención entre ellos son las resoluciones sobre jurisdicción eclesiástica, esclavitud, celibato y propiedades de la iglesia, que habían de considerarse apartadas para los pobres. La muerte de Alarico, poco después de la clausura del sínodo, supuso el fin del reino de Toulouse y en el año 508 los francos y burgundios pusieron sitio a Arlés. Un pariente del obispo desertó al enemigo y Cesáreo fue acusado de traición y encarcelado, escapando solo cuando se conoció la traición de los judíos que le habían acusado. En el año 510 fue liberado y Cesáreo cuidó de los cautivos sin mirar su credo, además de rescatar a muchos con dinero y ornamentos de las iglesias. Tres años más tarde fue citado a declarar ante Teodorico en Rávena, seguramente por el empleo de fondos de la iglesia para la fundación de un monasterio en Arlés y propósitos similares, pero se ganó la aprobación del rey y recibió valiosas donaciones para pagar el rescate de los cautivos burgundios que pudo traer a Arlés. Desde Rávena fue a Roma y en octubre hizo al papa una petición en la que solicitaba permiso para emplear fondos de la iglesia en monasterios; también para abrogar, en vista de la falta de clérigos en la Galia, el hierático cursus honorum, que era firmemente enfatizado en Roma, para pedir información sobre el matrimonio de viudas y monjas, el soborno en la elección de obispos y la prohibición de nombrar a un obispo sin el consentimiento del metropolitano. El 6 de noviembre del año 513 se le concedió la petición con unas pocas reservas, permitiendo Símaco sólo el usufructo de lo entregado a los claustros y similares.
Sínodos después del año 523.
Se sabe poco de la vida de Cesáreo entre los años 514 y 523, aunque los cánones del concilio de Gerunda en 516-517 muestran que su influencia llegaba hasta España. En el 523 le fue posible ejercer sus funciones como metropolitano, ya que la pacífica intervención de Teodoro en la guerra franco-burgundia puso a diez ciudades de Burgundia bajo el dominio ostrogodo. En este periodo Cesáreo asistió a cinco sínodos: Arlés, 524; Carpentras, 527; Orange y Vaison, 529; y Marsella, 533. La actividad disciplinaria y legislativa de Cesáreo descansa en Statuta ecclesiæ antiqua y en los cánones de los seis sínodos, a los cuales habría que añadir los decretos de lo que comúnmente se considera el segundo sínodo de Arlés. Se preocupó de las comunidades rurales y de la construcción de escuelas para la educación del clero. Ya en los Statuta Cesáreo daba por hecho el deber y el derecho de predicar, insistiendo de nuevo en la Admonitio, que apareció en el sínodo de Vaison. El concilio de Orange (3 de junio del 529) fue el único dedicado a una cuestión dogmática y también el único que recibió aprobación papal como concilio ecuménico. Parece que ésta fue la conferencia de obispos de Vienne (mencionada en la Vita), quienes, como pelagianos, atacaron la doctrina enseñada en Arlés, mientras que Cipriano, obispo de Toulon, representó a Cesáreo que no pudo asistir por enfermedad y defendió el dogma de la gracia preveniente. El epílogo de sus resoluciones, aparentemente escrito por Cesáreo mismo, atribuye libre voluntad a todos los bautizados, rechazando la predestinación para condenación. Su propia postura hacia este problema quedó clara en 1896, cuando Morin editó el tratado Quid dominus Cæsarius senserit contra eos qui dicunt quare aliis det Deus gratiam, aliis non det, en el que mantiene que la gracia opera sin el mérito del hombre, puesto que Dios actúa según su voluntad y beneplácito. La terminación de la segunda década del siglo VI supuso la cima de la actividad de Cesáreo, deteriorándose sus relaciones con Roma. El papa Agapito I le acusó de crueldad e injusticia en sus procedimientos contra Contumelioso, obispo de Riez, aunque él actuó simplemente de acuerdo al uso galicano y defendió la disciplina de la Iglesia. Bajo el papa Vigilio fue obligado, como vicario de la sede romana, a someter una decisión en una cuestión de matrimonio, que él ignoró. Viejo y enfermo no tomó parte en los sínodos franceses, aunque la influencia eclesiástica de sus alumnos permaneció duradera. Vivió, sin embargo, para ver el claustro que había fundado el 26 de agosto del 512 o 513 en una condición floreciente y terminar su obispado de cuarenta años.
Obras.
Además de sus obras ya mencionadas, sus más importantes escritos son sus sermones. Sus principales fuentes fueron Agustín, Rufino, Fausto, Salviano y Euquerio y su generosidad al conceder sus tesoros a otros ha resultado en la atribución de muchos de sus sermones a Agustín, Fausto y autores similares. Por otra parte, preparó manuales de homilética, representados por Cod. Laon. 121 (siglo IX) y Parisin. 10605 fol. 71 (siglo XIII). Una colección similar contiene cuarenta y dos amonestaciones y una tercera está dedicada a sermones para el claustro. Una categoría especial está formada por las homilías sobre lecturas del Antiguo Testamento para cada fiesta, siendo complementadas por interpretaciones de textos del Nuevo Testamento. Otro grupo de sermones es escatológico y un tercero es importante para la historia de la penitencia. Sus reglas monásticas, que son extremadamente valiosas para la historia del ascetismo y sus regulaciones para las monjas, basadas en la carta de Agustín Ad sanctimoniales, la denominada regla de Macario y sus propios votos monásticos, recibieron forma definitiva en el año 534 y muestran claramente los diferentes estratos en su desarrollo. De los demás escritos de Cesáreo sólo las cartas deben ser consideradas, pues el Testamentum beati Cæsarii (MPL, lxvii. 1139-42) es reconocido como espurio.
El siguiente es un extracto del sermón 229, 5:
'Y siempre que hubiere alguna fiesta, vengamos a la iglesia no sólo con cuerpo casto, sino también con corazón puro. Ante todo, no conservemos rencor en el corazón contra nadie, pues quien odia aunque sea a un solo hombre, oiga a la Escritura que dice: Quien odia a su hermano es homicida (Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.[…]1 Juan 3:15). Y si es homicida el que odia a su hermano, ¿con qué cara se atreve a comulgar en el altar del Señor? Y así, el que hizo alguna injuria, pida pronto perdón; el que recibió la injuria, perdone pronto, para que con seguridad podamos decir a Dios en la oración dominical: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.'
