Historia
CESÁREO DE HEISTERBACH (c. 1180- C. 1240)
El siguiente texto procede de esta obra y nos ayuda a entender el espíritu de la misma:
'V, 23. Del novicio en cuya frente se imprimió la cruz al inclinarse al «Gloria Patri»: En cierta ocasión en que un novicio de Hemmenrode se inclinó devotamente al versículo de la Santísima Trinidad, sintió que se le imprimía en la frente una cruz, y yo creo que en ese momento estaba meditando en la pasión. Se llama Hartmann y vive todavía.
V, 24. Del monje pintor que murió el día de viernes santo: Cierto monje benedictino negro de la diócesis de Maguncia murió hace pocos años. Era ciertamente un buen pintor, y tan devoto de nuestra orden que pintaba crucifijo para diversos altares de varios monasterios sin cobrar más que los gastos. Pues a nosotros nos hizo casi todos los crucifijos y nunca nos pidió nada. Por eso, el sumo crucificado, a cuya imagen todos estamos hechos, queriendo manifestar a su pintor cuánto aquel santísimo trabajo le compla cía, el viernes santo, o sea, el mismo día en que se conmemora especialmente la Pasión, se dignó llevársele de este mundo no sin admiración de muchos. Como si el Señor le hubiera dicho: Ya que siempre trabajaste en torno a mi pasión con la mente y con el cuerpo, meditándola y exhibiéndola a los demás en pinturas, he aquí que en el día de mi pasión te voy a llevar del trabajo al descanso, donde ya me contemplarás no mentalmente o representado por figuras, sino cara a cara. Cosas que le dijo para hacer visible cómo el Señor a los que honran la imagen de su pasión les devuelve el honor y se lo paga.
VI, 3. De Cristián, el deán de Bonn, que sirvió al abad ignorante de ello habas cocinadas con grasa: El deán de Bonn, Cristián, de buena memoria, hombre de buena vida, y muy culto, que murió siendo novicio de nuestro monasterio, teniendo la virtud de prodigar generosamente la hospitalidad, cierto día invitó a comer a su mesa al abad Germán, de Hemrnenrode, que antes había sido deán de los Santos Apóstoles de Colonia, y era también hombre culto y discreto. Y al no haber ningún plato sin carnes, mandó al servidor secretamente que quitara el tocino y sirviera al abad las habas. Estando el abad comiéndolas de buena fe, el monje que le acompañaba, que no era tan sencillo, notó una partícula de tocino en su escudilla y se la enseñó. Una vez vista, apartó inmediatamente la escudilla por imperativo de la conciencia. Y cuando iban de camino, el abad inquirió de la curiosidad del monje, diciéndole: Mal hayas, que hoy me privaste de mi plato. Si te hubieras callado, yo habría comido de buena fe, y al ignorarlo no habría pecado. Pero recuerdo un suceso contrario que le pasó a Daniel de Schönau.
VI, 4. Del monje Godescalco, que en Siegburg comió de buena fe empanadas cocinadas con grasa: Cierto día en que dicho Daniel, entonces nuestro prior, almorzaba en Siegburg, y estaba con él el hermano Godescalco de Vollmuntsteine, monje sencillo y justo, les fueron servidas empanadas cocinadas con grasa por los hermanos de aquel monasterio. Notándolo el prior por el olfato, no quiso comerlas, pero sin embargo no prohibió al otro monje que las comiera. Terminado el almuerzo, cuando pudieron hablar, dijo Godescalco al Prior: -Señor Prior, ¿por qué no te comiste las empanadas? Estaban muy buenas. Respondió aquél: -No me extraña que estuvieran buenas porque estaban bien cocinadas con grasa. -¿Y por qué no me lo dijiste? -fue replicado. Respondió el Prior: -No quise privarte de tu comida. No te pese, que la ignorancia te excusó. Dicho Daniel era un hombre culto, y había sido profesor antes de entrar en el monasterio.
VIII, 48. Del lego que vio entrar en el coro a fantasmas del demonio: En cierto tiempo, en el monasterio de Hemmenrode, se vio al diablo entrar en la iglesia con una grey de cerdos, y salirse luego por la misma puerta por la que había entrado. En otra ocasión, cierto hermano lego, cuyo nombre no quiere se conozca, vio al demonio en la figura del Prior, llevando una corona en el cuello como hecha de paja y legumbres. Le precedía uno de sus amigos tirándole de esa corona como si fuera un perro. Mientras tanto, estando entretenido en el coro con semejante fantasía, ocurrió que entró en el coro el mismo prior, para despertar a los legos a los que encontrara dormidos. Y al entrar él, esa visión fantástica que el lego tenía ante los ojos, se desvaneció inmediatamente.
XII, 21. De la monja a la cual rodeaba ardiendo el niño que había matado: Cierta monja, de un monasterio vecino del nuestro, que no quiero nombrar, al quedarse encinta, para que no se conociera su deshonestidad, dio muerte en ella misma al fruto de su parto. Después se puso enferma muy grave, y haciendo bastante penitencia, confesó todos sus pecados, pero se calló el estupro y el parricidio, expirando de esta manera. Después de lo cual, a una parienta que se esforzaba mucho en beneficio de su alma, se le apareció la muerta mientras estaba en oración, teniendo en las manos al niño que había concebido, el cual estaba ardiendo, y dijo: -A este niño le concebí y parí, y le maté cuando ya tenía alma, por lo cual doy vueltas continuamente alrededor de él, y es para mí un fuego ardiente que me devora. Y si de este el más grande pecado me hubiera confesado, habría encontrado la gracia. De lo que se deduce que los pecados que no fueron detectados en la confesión, serán expiados en el futuro por la confusión.
XII, 47. De la mano del copista de Arinsburgh: En Arinsburgh, un monasterio de la orden premonstratense, según oí a cierto sacerdote de su misma comunidad, había un «spriptor» llamado Ricardo, inglés de nación. Éste había copiado en el mismo monasterio a mano muchos libros, con lo cual se había ganado su merced en el cielo. Después de muerto, fue enterrado en un lugar noble, y al cabo de veinte años se abrió su tumba, apareciendo su mano derecha tan entera y tan en sazón como si se la hubiese acabado de cortar de un cuerpo vivo. El resto de su cadáver se hizo polvo. Y en testimonio de ese milagro esa mano todavía se conserva hoy en su monasterio. La mano del copista había estado siempre adornada con la pluma y ahora su obra recibe el fruto de su caridad.'
Las obras históricas de Cesáreo incluyen un Catalogus episcoporum Coloniensium y una Vita sancti Engelberti, arzobispo de Colonia que fue asesinado por un pariente en 1225. Esta obra le asegura a Cesáreo un puesto entre los más prominentes biógrafos de la Edad Media. El primer libro describe la personalidad de Engelberto; la segunda los peligros que enfrentaba por la arrogancia de sus vasallos. El tercer libro trata sobre los milagros de Engelberto, que fue reverenciado como mártir. Finalmente, Cesáreo merece un lugar entre los predicadores de su tiempo. Sus homilías son ciertamente monásticas, no sermones populares, como los de Bernardo de Clairvaux, pero tienen la rica aplicación de la Sagrada Escritura, la conexión de la exposición moral y alegórica y el objetivo de edificar a sus oyentes. A pesar de su sencillez muestran una estructura en su planificación. Peculiar a Cesáreo y correspondiente a su método es el acopio abundante de ejemplos históricos de tiempos modernos. Era un verdadero hijo de su tiempo. En él vive el espíritu de los antiguos cistercienses, tal como Bernardo imprimó la huella en la orden. Une una sincera ortodoxia con una piedad ferviente y un elevado sentimiento moral. Aunque entregado a la Iglesia, sin embargo supo ver sus obvios defectos y su jucio es incorruptible. Aunque fue un monje celoso no pierde de vista los sucesos del mundo y los desórdenes políticos de su tiempo, con toda la miseria que produjeron.