Historia
CIPRIANO DE CARTAGO (c. 200-258)
- Huida durante la persecución de Decio
- Controversia sobre los lapsi
- Controversia sobre el bautismo de los herejes
- Persecución bajo Valeriano
- Escritos
Huida durante la persecución de Decio.
Tras mucha vacilación se sometió a la exigente demanda del pueblo, aunque una parte de los presbíteros formaron una facción opositora, obstaculizando sus esfuerzos e incluso difundiendo calumnias sobre él. Al principio Cipriano los trató con sabia consideración y les pidió consejo, pero pronto usó medidas más duras. Fue estricto con los sacerdotes y las vírgenes consagradas que habían roto su voto. Durante la persecución de Decio (que duró de enero del año 250 a abril del 251) escapó, lo que fue interpretado por sus enemigos como un acto de cobardía e infidelidad, dándose prisa en acusarlo en Roma. El clero romano (la sede estaba vacante en ese momento) escribió a Cipriano en términos de desaprobación, pero Cipriano razonó que había huido atendiendo a visiones y una orden divina. Desde su lugar de refugio pastoreó su grey con sinceridad y celo, usando un fiel diácono como intermediario.
Controversia sobre los lapsi.
La persecución fue especialmente dura en Cartago, donde muchos cristianos apostataron, aunque luego pidieron ser readmitidos de nuevo en la Iglesia. Su solicitud fue concedida sin atender las exigencias de Cipriano y su fiel clero, que insistían que tenía que haber un arrepentimiento sincero. De ese modo cientos de los lapsi (apóstatas) volvieron a la Iglesia. Cipriano censuró la blandura hacia ellos, rechazando la absolución, salvo en caso de enfermedad mortal, queriendo posponer la cuestión de su readmisión para tiempos más calmados. Pero un cisma se desató en Cartago. Felicísimo, que había sido ordenado diácono por el presbítero Novato durante la ausencia de Cipriano, se opuso a todas las medidas tomadas por los representantes de Cipriano. Éste lo destituyó y excomulgó, así como a su ayudante Augendio. Pero Felicísimo fue apoyado por Novato y otros cuatro presbíteros, organizándose de este modo una firme oposición. Cuando tras una ausencia de catorce meses Cipriano regresó a su diócesis, convocó un concilio en Cartago (261) para considerar el tratamiento que había que dar a los lapsi y al cisma de Felicísimo. El concilio se decantó por Cipriano y condenó a Felicísimo. Los libellatici, es decir cristianos que habían firmado el documento de haber obedecido las órdenes del emperador, fueron restaurados tras un sincero arrepentimiento, pero los que habían tomado parte en sacrificios paganos sólo serían recibidos en la Iglesia cuanto estuvieran a punto de morir. Después esta regulación sería mitigada e incluso éstos fueron restaurados si se arrepentían, tras una caída súbita y buscaban prontamente la absolución, si bien los clérigos que habían caído no podrían ser restaurados en sus funciones. Los seguidores de Felicísimo eligieron a Fortunato como obispo en oposición a Cipriano y los seguidores del presbítero romano Novaciano, que rechazó toda absolución a los lapsi, y le habían elegido como obispo de Roma en oposición a Cornelio, se aseguraron la elección de un obispo rival en Cartago, por nombre Máximo. Novato dejó a Felicísimo y siguió al partido de Novaciano. Pero estos extremos fortalecieron la influencia del sabio y moderado pero firme Cipriano, decreciendo el número de sus adversarios. Todavía creció más su talla al entregarse al pueblo durante el tiempo de la gran peste y del hambre subsiguiente. Consoló a sus hermanos escribiendo De mortalitate y en su De eleemosynis les exhortó a la benevolencia activa, dando él ejemplo con su propia vida. Defendió al cristianismo y a los cristianos en su tratado Ad Demetrianum, contra la acusación de los paganos de que los cristianos eran la causa de las calamidades públicas.
Controversia sobre el bautismo de los herejes.
Pero Cipriano tendría que luchar otra batalla en la que su oponente fue Esteban, obispo de Roma. El asunto en disputa fue el bautismo de los herejes. Esteban sostenía que el bautismo conferido por los herejes era válido si se administraba en el nombre de Cristo o de la Trinidad. Cipriano creía que el tal no era verdadero bautismo, contemplándolo nulo y vacío, teniendo que bautizarse al unirse a la Iglesia. La mayoría de los obispos de África se pusieron del lado de Cipriano y en el este tuvo un poderoso aliado en Firmiliano de Cesarea. Finalmente la posición de Esteban sería la reconocida, pero mientras que Cipriano defendió su postura con sabiduría y dignidad, Esteban mostró un ciego y obtuso celo, aludiendo en sus cartas a la superioridad de la sede romana sobre todos los obispados. Cipriano respondió que la autoridad del obispo romano estaba equiparada, pero no era superior, a la suya propia. Esteban rompió la comunión con Cipriano y Cartago, aunque sin ir tan lejos como para excomulgarle formalmente. Los escritores católicos han intentado salvar este escollo aludiendo a que se trató de una controversia sobre disciplina, no sobre doctrina.
Persecución bajo Valeriano.
A finales del año 256 se desató una nueva persecución bajo el gobierno de Valeriano, sufriendo Esteban y su sucesor Sixto II el martirio en Roma. Cipriano en África preparó a su grey mediante su De exhortatione martyrii, presentándose como ejemplo cuando fue llevado ante el procónsul romano Aspasio Paterno el 30 de agosto del 257. Rechazó sacrificar a los dioses paganos y profesó su fe firmemente en Cristo. El cónsul lo desterró al desolado Curubis, desde donde consoló a su rebaño y a su clero desterrado. En una visión contempló el final que se aproximaba. Cuando pasó un año fue citado de nuevo, quedando bajo arresto domiciliario en espera de medidas más severas tras un nuevo y más riguroso edicto imperial que pedía la ejecución de todos los dirigentes cristianos. El 13 de septiembre del año 258 fue encarcelado, a instancias del nuevo procónsul Galerio Máximo. Al día siguiente fue interrogado por última vez y sentenciado a morir decapitado. Su respuesta fue 'Gracias a Dios'. La ejecución se llevó a cabo en un lugar público, cerca de la ciudad. Una gran multitud siguió a Cipriano hasta su último viaje. Se despojó de sus ropas sin ayuda, se puso de rodillas y oró. Dos de sus clérigos le vendaron los ojos. Mandó que se le dieran veinticinco monedas de oro al verdugo, quien con mano temblorosa administró el golpe mortal. El cuerpo fue enterrado por cristianos cerca del lugar de ejecución, siendo construida sobre el mismo una iglesia que sería destruida por los vándalos. Se dice que Carlomagno trasladó sus restos a Francia; Lyón, Arlés, Venecia, Compiègne y Rosnay en Flandes, afirman tener sus reliquias.
Escritos.
Además de cartas, que están recopiladas parcialmente con las respuestas de aquellos a quienes fueron escritas, Cipriano escribió varios tratados, algunos de los cuales tienen la impronta de cartas pastorales. Su obra más importante es De unitate ecclesiæ. En la misma hace del episcopado, no de Roma sino de la Iglesia en conjunto, la piedra fundacional de la Iglesia, conteniendo la siguiente frase: 'No pude tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por madre... quien se congrega en otra parte fuera de la Iglesia, dispersa a la Iglesia de Cristo.' La afirmación más famosa de Cipriano, 'Fuera de la Iglesia no hay salvación', se halla en Epist. lxxii. Ad Jubajanum de hæreticis baptizandis, 'Quia salus extra ecclesiam non est.' Su obra De oratione dominica es una adaptación de De oratione de Tertuliano. También trabajó en la obra de éste De patientia en su obra De bono paiientiæ. Las siguientes obras son de dudosa autenticidad: De spectaculis; De bono pudicitiae; De idolorum vanitate (que tal vez sea de Novaciano); De laude martyrii; Adversus aleatores y De montibus Sina et Sion. El tratado titulado De duplici martyrio ad Fortunatum no sólo fue publicado por vez primera por Erasmo sino que probablemente también fue compuesto por él y adjudicado a Cipriano. La posteridad ha tenido menos dificultades en captar la universalidad de la personalidad de Cipriano que sus contemporáneos. Combinó la mansedumbre de pensamiento con una conciencia siempre presente sobre la dignidad de su oficio. Su sincera vida, su negación de sí mismo y fidelidad, moderación y grandeza de alma han sido reconocidas y admiradas. Fue un ejemplo de dirigente eclesiástico. La gloria de su valiente y edificante martirio no puede eclipsarse por la conducta evasiva de los primeros años. Como escritor no fue en general original ni especialmente profundo.
El siguiente pasaje procede de la obra de Cipriano, La unidad de la Iglesia, 6-7:
'Dice el Señor: Yo y el Padre somos uno (Yo y el Padre somos uno.[…]Juan 10:30). Y está escrito, además, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: Los tres son uno (Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra:[…]1 Juan 5:7). Y, ¿cree alguien que esta unidad, que proviene de la firmeza de Dios y que está vinculada a los misterios celestes, puede romperse en la Iglesia y escindirse por conflicto de voluntades opuestas? Quien no mantiene esta unidad, tampoco mantiene la ley de Dios, ni la fe en el Padre y el Hijo, ni la vida y la salvación. Este misterio de unidad, este vínculo de concordia, que ciñe indisolublemente, se nos muestra en el Evangelio, cuando la túnica de Jesucristo, el Señor, no se divide absolutamente ni se desgarra, sino que más bien, echando suertes sobre ella, la recibe íntegra y la posee incorrupta e indivisa quien se haya revestido de Cristo (comp. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido.[…]Gálatas 3:27; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne.[…]Romanos 13:14).
La divina Escritura dice lo siguiente: En cuanto a la túnica, sin embargo, ya que era inconsútil desde la parte superior y tejida toda de una pieza, se dijeron entre sí: No la rompamos, sino echemos a suertes a ver a quien le toca (23 Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una parte para cada soldado. Y tomaron también la túnica; y la túnica era sin costura, tejida en una sola pieza. 24 Por tanto, se dijeron unos a otr[…]Juan 19:23-24).
Él traía la unidad, que proviene de la parte superior, es decir, del cielo, del Padre; unidad que no puede ser destruida en absoluto por quien la recibe en posesión, ya que la obtuvo toda de una vez, como algo sólido e indisolublemente estable. No puede poseer, por tanto, la vestidura de Cristo quien rompe y divide la Iglesia de Cristo.'
