Historia

CIRILO DE ALEJANDRÍA (c. 375-444)

Cirilo de Alejandría nació en esa ciudad y murió también allí el 27 de junio del año 444.

Vida y carácter.
De sus primeros años sólo conocemos algo a través de Sócrates y alguna fuente más. Era sobrino del arzobispo Teófilo, a quien acompañó a Constantinopla en el año 403 para asistir al sínodo Ad Quercum (de la Encina). Cuando su tío murió el 15 de octubre del 412 Cirilo le sucedió en su sede, aunque el gobierno no estaba satisfecho con esta decisión. Se temía, no sin razón, que el nuevo obispo mostrara demasiada independencia, lo cual demostró Cirilo, probando ser el verdadero amo en Alejandría. Cerró las iglesias de los novacianos, expulsó a los judíos de la ciudad, a pesar de la oposición del prefecto Orestes, y cuando los monjes de Nitria insultaron al prefecto en la calle, alabó a su dirigente como mártir. Aunque él no ordenó el asesinato de Hipatia, la filósofa era un monstruo para el arzobispo. Desde el principio Cirilo fue enemigo de Nestorio. La victoria de su vida la alcanzó cuando el emperador confirmó la destitución de su enemigo, que había decretado el concilio de Éfeso del año 431, mientras que él retuvo su cargo aunque los obispos sirios le habían declarado también depuesto. Su administración es el apogeo de los obispos alejandrinos en la cima de su poder e influencia, de la cual fueron arrojados por el pretencioso, pero miope e incapaz, Dióscuro. Entre los griegos su fiesta se conmemora el 9 de junio y entre los latinos el 28 de enero. León XIII le promocionó al rango de doctor ecclesiæ.

Actividades literarias.
En general la actividad literaria la desplegó en el campo dogmático y exegético. En sus homilías y epístolas abundan los temas dogmáticos. Como apologista, Cirilo se hizo famoso por su refutación del ataque del emperador Juliano contra el cristianismo, en treinta libros, de los que solo los diez primeros existen en su totalidad y del once al veinte en fragmentos. La actividad literaria dogmático-polémica del arzobispo fue muy completa. Al frente de la misma se hallan los escritos sobre la doctrina de la Trinidad, compuestos antes de la controversia cristológica. La controversia misma originó un gran número de tratados contra el nestorianismo. Los resultados de la labor exegética del patriarca están contenidos en los diecisiete libros Sobre la adoración en Espíritu y verdad, en los trece de Exposiciones elegantes sobre el Pentateuco, así como en numerosos comentarios sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La característica interpretación típico-alegórica alejandrina en oposición a la antioquena, es muy prominente en la exégesis de Cirilo. La obra más importante en ese sentido es el comentario completo al evangelio de Juan.

Importancia para la doctrina.
En lo que respecta a la enseñanza a Cirilo se le ha dado el título de 'Sello de los Padres', al ser quien fijó definitivamente la doctrina de la Trinidad. Y si su gloria es grande en ese sentido, muchas veces se ha suscitado la cuestión de si su cristología no contiene huellas de relación con el apolinarismo, al que él mismo se opuso con convicción. En todo caso, su cristología se aproxima al límite que separa la ortodoxia del monofisismo. Descansa en la suposición de los antiguos alejandrinos (Atanasio) y los Capadocios, por la que ellos estaban de acuerdo con Apolinar contra toda teoría que negara la unidad sustancial del Redentor encarnado con la segunda persona de la Trinidad. Considerando la personalidad del Redentor se sigue verdaderamente la afirmación de la unidad de la persona, pero también un temerario olvido de la humanidad individual en él. El Dios-Logos permaneció, con la naturaleza humana que había asumido, siendo el mismo sujeto inseparable que había sido antes. La 'unión física' no es una 'confusión', aunque ambas naturalezas han de distinguirse 'en teoría solamente'. Los ataques a los que esa idea se exponía, por ambos lados, sólo podían ser repelidos por Cirilo dándole a la idea de 'naturaleza' un significado que ignorara lo individual. Sólo de esta manera se hacía explicable la afirmación de que antes de la encarnación existían dos naturalezas, divina y humana, pero tras la encarnación solo una, la naturaleza divino-humana, o, como Cirilo expresó en las palabras del credo que él consideraba de Atanasio, aunque en realidad compuesto por el odiado Apolinar, 'una naturaleza de Dios el Logos hecho carne.' La naturaleza es aquí sólo algo 'común'. Cristo no es hombre como Pablo y Pedro: es el autor de una nueva humanidad. Sin embargo, Cirilo hace depender todo de la humanidad perfecta asumida por el Redentor. Pero las afirmaciones de Cirilo no ayudan a vencer la contradicción de que este Redentor a pesar de su 'alma racional' no tenía libre albedrío, sino que era 'inflexible en mente'. En realidad no intentan hacerlo, porque Cirilo con su idea de naturaleza no necesitó hacer excepción para el 'hombre perfecto', como Apolinar hizo. Cirilo pudo hablar más fácilmente en favor de una mutua comunicación de propiedades de la naturaleza humana y divina en el Redentor (communicatio idiomatum), y de esa manera evita el peligro de una fusión de naturalezas en su enseñanza. La expresión 'en dos naturalezas', de la fórmula de Calcedonia en el año 451 no se apoyó en la cristología de Cirilo. Pero su cristología venció esa fórmula, porque los teólogos bizantinos que la interpretaron, lo hicieron explicando la doctrina de las dos naturalezas según la enseñanza de Cirilo.

El siguiente pasaje es de la segunda carta de Cirilo a Nestorio de enero-febrero de 430:

'[...] El sagrado y gran concilio [de Nicea] enseña que el unigénito Hijo de Dios nació, según la naturaleza, de Dios Padre, Dios verdadero de Dios verdadero, luz de luz, por quien el Padre lo creó todo; y que descendió, se encarnó y, habiéndose hecho hombre, padeció, resucitó al tercer día y subió a los cielos. En estas palabras y en estos dogmas conviene que insistamos también nosotros, considerando diligentemente qué quiere decir eso de que el Verbo de Dios se encarnó y se hizo hombre. Porque no decimos que la naturaleza del Verbo se haya hecho carne por transformación de sí mismo; ni tampoco que se transformó en un hombre completo, compuesto de alma y cuerpo. Afirmamos que el Verbo unió consigo según la hipóstasis a una carne animada por un alma racional y así, de manera inexplicable e incomprensible, se hizo hombre y quedó constituido también en hijo de hombre, con una unión (unidad), que no es sola voluntad o beneplácito, ni mera asunción de una persona. Y aunque las dos naturalezas sean diferentes, al estar unidas por una verdadera unidad, forman un solo Cristo e Hijo. La unidad no suprime la diferencia de naturalezas, sino que la divinidad y la humanidad, por conjunción secreta e inefable en una sola persona, constituyen un solo Jesucristo e Hijo. De esta manera, del que subsiste antes de todos los siglos y ha sido engendrado por el Padre, se afirma que, según la carne, ha nacido de una mujer; no porque su naturaleza divina haya comenzado a existir en la sagrada Virgen, ni porque haya necesitado una segunda generación después de la recibida del Padre. Es una necedad y una total impertinencia afirmar que el que existe antes de todos los siglos y es coeterno con el Padre necesita una segunda generación para poder existir. Lo que decimos es que por nosotros y por nuestra salvación se unió según la hipóstasis a la humanidad y nació de mujer. De ahí que se diga que ha nacido según la carne. Porque no nació primeramente de la Virgen un hombre ordinario en el que luego descendió el Verbo; lo que decimos es que, unido a la carne en el mismo útero materno, fue engendrado según la carne, reivindicando como propia la generación de su carne.
Del mismo modo decimos que sufrió y resucitó, no porque el Verbo de Dios haya sufrido en su propia naturaleza las llagas, los agujeros de los clavos, u otras heridas del mismo género (la divinidad no tiene cuerpo y, por tanto, no puede padecer), sino porque el cuerpo que hizo suyo experimentó todo esto; por eso se afirma de nuevo que padeció por nosotros. Porque el impasible estaba en un cuerpo pasible.
Del mismo modo pensamos respecto a su muerte: porque el Verbo de Dios es inmortal por naturaleza e incorruptible, vivo y vivificante. Pero, puesto que su propio cuerpo experimentó la muerte para que, como dice Pablo, redundase por gracia de Dios en bien de todos, se dice de él que sufrió la muerte por nosotros. No es que experimentase la muerte en cuanto a su propia naturaleza se refiere (sería pura locura decir algo así o pensarlo), sino porque, como acabo de decir, su carne ha gustado la muerte. Igualmente, porque su carne ha resucitado, se le atribuye la resurrección al Verbo, no porque haya caído en la corrupción, Dios nos libre, sino una vez más porque su cuerpo ha resucitado.
Así confesamos un solo Cristo y Señor, no porque adoremos a un hombre juntamente con el Verbo (eso de «con el Verbo» puede hacernos imaginar una división), sino porque adoramos a uno solo y el mismo, porque su cuerpo no es algo ajeno al Verbo y con él se sienta junto al Padre. No son dos Hijos los que se sientan junto el Padre, sino uno solo por su unidad con su propia carne. Si rechazamos como incomprensible o como indecorosa la unidad según la hipóstasis, terminaremos hablando de dos Hijos, porque será necesario distinguir y llamar a uno hombre de por sí, que ha sido honrado con la apelación de Hijo, y al otro, de por sí y separadamente Verbo de Dios, que posee por naturaleza el nombre y la realidad de la filiación. No es necesario, pues, separar en dos Hijos al único Señor Jesucristo. No serviría de nada a la rectitud de la fe, si se opina así, la unión de personas de que hablan algunos. La Escritura no dice que el Verbo unió a sí la persona de un hombre, sino que se hizo carne. Hacerse carne el Verbo no es otra cosa sino que ha participado como nosotros de la sangre y de la carne. Hizo suyo nuestro cuerpo y nació hombre de una mujer, sin por eso dejar de ser Dios ni el ser engendrado por Dios Padre. Lo que era, siguió siéndolo al asumir la carne.
Esto es lo que enseña en todas partes la doctrina de la fe íntegra. Así hemos comprobado que pensaron los santos Padres, que se atrevieron a llamar madre de Dios (theotocos) a la santa Virgen, no porque la naturaleza del Verbo o su divinidad haya tomado el principio de su existencia de la Santa Virgen, sino porque, como fue engendrado por ella el santo cuerpo dotado de alma racional y unido según la hipóstasis con el Verbo, se dice que éste fue engendrado según la carne.
Esto escribo ahora, por amor en Cristo. Te ruego como hermano y te conjuro ante Cristo y ante sus ángeles elegidos a que pienses y enseñes esto con nosotros para que quede a salvo la paz de las iglesias y que el vínculo del amor y la concordia sea indisoluble entre los sacerdotes de Dios.
Saluda a los hermanos que están contigo. Los que están con nosotros te saludan en Cristo.'
Mapa de los Padres de la Iglesia - Cirilo de Alejandría