Clemente VI (Pierre Roger) fue papa entre los años 1342 y 1352. Nació en Corrèze, Aquitania, hacia 1291 y murió el 6 de diciembre de 1352 en Aviñón.
Clemente VIIngresó en la orden benedictina, siendo después concejal de Felipe el Hermoso y más tarde arzobispo de Ruen, siendo elegido papa el 7 de mayo de 1342 en Aviñón. Era hombre de talento y brillante orador que se dedicó completamente a la política francesa, rechazando la invitación de una delegación romana, entre la que se encontraba Petarca, para que volviera a Roma. Dirigió con vigor la batalla con Luis de Baviera, favorecido por las divisiones en el colegio electoral y por la debilidad del emperador. Aunque Luis mostró su disposición para someterse a cualquier humillación, Clemente permaneció irreductible. En la primavera de 1346 proclamó la excomunión del emperador y su destitución. Por su influencia, Carlos de Luxemburgo fue informalmente escogido como Carlos IV por tres arzobispos, Juan de Bohemia y Rodolfo de Sajonia el 11 de julio de 1346. Luis murió el 11 de octubre de 1347. Ante el fracaso para presentar otro candidato en su lugar, Clemente justificó la necesidad de la confirmación papal. La fortuna pareció favorecerle. El alzamiento republicano en Roma, bajo Cola di Rienzo (mayo a diciembre de 1347), se derrumbó por sí mismo. La reina Juana de Sicilia, sospechosa del asesinato de su marido, se presentó ante él, siendo absuelta y permitiéndole retener la corona. Necesitada de dinero vendió el condado de Aviñón al papa por ochenta mil florines, renunciando Carlos IV a sus derechos al mismo. Para agradar a los romanos e incrementar los ingresos, Clemente redujo el periodo entre jubileos, de cien a cincuenta años. En relación al jubileo de 1350 la doctrina escolástica de los méritos superabundantes de Cristo fue extendida, incluyendo los de los santos y el derecho a distribuir indulgencias, sentando tal jubileo un precedente, en ese sentido, para la posteridad. La bulaUnigenitus de enero de 1343 expresa bien esas ideas:
'[Jesús no] nos redimió con cosas corruptibles, como la plata o el oro, sino con su preciosa sangre, de la que, como víctima inocente en el altar de la cruz, no derramó apenas una gota (que gracias a su unión con el Verbo habría bastado para la redención de toda la humanidad), sino que vertió un inconmensurable torrente...
Ese tesoro lo encomendó para que se dispensase en beneficio de los fieles... a través del bienaventurado Pedro, que recibió las llaves del cielo, y de los sucesores de Pedro, como representantes de Dios en la tierra. Los propósitos a los que sirve deben ser convenientes y razonables, como la remisión, a veces total y a veces parcial, del castigo debido por pecados temporales... y para tales fines, este tesoro se debe aplicar como merced concedida a quienes sean verdaderos penitentes y se hayan confesado.'