Historia

COLERIDGE, SAMUEL TAYLOR (1772-1834)

Samuel Taylor Coleridge nació en Ottery St. Mary el 21 de octubre de 1772 y murió en Londres el 25 de julio de 1834.

Samuel Taylor Coleridge, por Washington AllstonNational Portrait Gallery
Samuel Taylor Coleridge, por Washington Allston
National Portrait Gallery
Vida.
Tras obtener un completo conocimiento de los clásicos y de Shakespeare y Milton en Bluecoat School en Londres, fue enviado en 1791 a Jesus College, Cambridge. Dejó súbitamente la universidad, sin título, en 1793 y se alistó en el regimiento de dragoneros, del que sus amigos procuraron que se diera de baja no mucho después. Decidió dedicarse a la carrera literaria, uniéndose a Southey en Bristol, formando parte de un grupo de jóvenes entusiastas que saludaron la Revolución Francesa como el principio de un nuevo orden de cosas. Soñaban formar una especie de colonia comunista a la que dieron el nombre de Pantisocracia, en las orillas del Susquehanna. Pero Southey vio en seguida la inutilidad del proyecto y se retiró, asentándose Coleridge por un tiempo en Nether Stowey, cerca de Bridgewater, en Somersetshire, adonde llegó Wordsworth. Los dos amigos, durante sus largos paseos y charlas, sintieron la necesidad de aplicar sus principios de libertad a la literatura y especialmente a la poesía. Rompieron totalmente con el estilo afectado y artificial que había sido la norma desde el siglo XVIII, proclamando su intención de ir directos a lo natural, tanto en el asunto como en el tratamiento. Su primera aparición en el mercado tras esta decisión fue de manera anónima, dada la falta de confianza que tenían en su recepción; así apareció Lyrical Ballads (1798), considerada la obra que marca el principio del movimiento romántico inglés. Las contribuciones de Coleridge al libro fueron sólo cuatro, de las que The Ancient Mariner fue la más importante. De hecho, es posible que no haya poeta en toda la literatura inglesa a quien se haya concedido un rango tan alto sobre la base de tan pequeño cuerpo de poesía, incluyendo, además de esos poemas mencionados, especialmente Christabel, Kubla Khan y Genevieve. Coleridge hizo un viaje a Alemania en compañía de Wordsworth y su hermana Dorothy, pasando algún tiempo en Gotinga, donde quedó absorbido por la filosofía de Kant, siendo el primero en introducirla en su país. De hecho, el principal propósito de su vida posterior fue la interpretación y reforzamiento de sus principios. Con la excepción de un año en Malta y Roma, pasó la mayor parte del tiempo con sus amigos hasta 1810 en el Distrito de los Lagos, tras lo cual fue a Londres, viviendo los últimos diecinueve años de su vida en la casa del Dr. Gillman en Highagate Hill. La influencia de Gillman logró que dejara el hábito del opio, al que, por prescripción médica al principio, había quedado esclavizado. Planeó muchos libros, terminando algunos, aunque ejerció más influencia en sus conversaciones con sus amigos, incluyendo un gran número de jóvenes que le veneraban como un oráculo. La combinación de los variados dones que poseía fue, en cierta manera, un obstáculo. Era demasiado poeta para ser un estricto filósofo y demasiado filósofo, al menos en su etapa posterior, para dar alas a su maravillosa capacidad poética. Más aún, con todo su saber, estaba falto de la energía necesaria para fundir en un todo el plan definido del material disperso del que su mente estaba saturada. Fue un gran crítico; de hecho, la opinión de alguien tan competente como Saintsbury (History of Criticism, iii. 230, Londres, 1904) es que merece ocupar el tercer lugar en esa faceta, siendo sobrepasado solo por Aristóteles y Longino. Uno de sus grandes servicios como crítico fue la restauración de Shakespeare a la posición que merecía, tras haber caído en el olvido durante el siglo XVIII.

Su religión y filosofía.
Coleridge poseía lo que puede denominarse una 'mente seminal'; probablemente no hubo nadie en su generación que sembrara las semillas de tantas ideas que estaban destinadas más tarde a traer tanto fruto. Incluso más que en poesía, fue el originador de nuevas tendencias en el pensamiento religioso. A causa del modo fragmentario en el que dejó sus reflexiones no es fácil encuadrar sus ideas en un sistema claro y definido. Mientras que algunos han visto en él un defensor de la religión revelada contra el deísmo y el panteísmo, otros han pensado que era un panteísta o al menos un completo neoplatónico. No hay duda de que pasó por sucesivas etapas de creencia, desde la filosofía empírica y el panteísmo hasta el teísmo cristiano. En su ambición juvenil por la libertad, cortó los lazos con los dogmas de la Iglesia de Inglaterra, introduciéndose en el movimiento unitario. De sus maestros alemanes fue a Kant al que siguió estrechamente, yendo tras él en buena medida en una dirección positiva. Al mismo tiempo adoptó algunas ideas neoplatónicas, que desembocaron en un eclecticismo que se encuentra en su Biographia literaria (1816), aún más en su Aids to Reflection (1825) y también en su ensayo On the Constitution of Church and State (1820). Coleridge reconoce la igualdad de las afirmaciones de la fe y el conocimiento, pero así como quiere retener el contenido entero de la revelación, especialmente las doctrinas específicamente cristianas, también desea mostrar la naturaleza razonable de la revelación. La fe cristiana es la perfección de la razón humana; pero cuanto menos esta verdad es generalmente reconocida más necesario se hace eliminar las malas interpretaciones que llevan a falsas conclusiones. Al comienzo de su proceso intelectual el hombre debe conocerse a sí mismo, a fin de elevarse al conocimiento de Dios, a cuya semejanza fue creado. El hombre descubre que tiene en sí un elemento espiritual, que es su voluntad. Esta voluntad, sin embargo, está limitada por un lado por la ley de la conciencia y por el otro por la existencia del mal. De acuerdo a este fundamento, la religión es esencialmente ética, siendo su objetivo la elevación moral e intelectual de la humanidad. Las cuestiones de la doctrina cristiana han de ser dilucidadas por la razón práctica, más que por el intelecto. El pensamiento especulativo no tiene lugar en la religión, sino el formal y negativo que muestra que las doctrinas cristianas no contradicen a la razón humana. Esta razón práctica, la fuente de nuestro conocimiento religioso, es el don de Dios, quien es la Razón superior y en cuya luz vemos la luz. Se trata de un poder intuitivo y las ideas percibidas por su medio son una realidad auténtica. En la relación de esta razón práctica con la Escritura, Coleridge dice que el evangelio debe ser tomado en su propia valoración, no como un tratado teológico de proposiciones teóricas diseñadas para ampliar nuestro conocimiento, sea ético o metafísico, sino como una narrativa histórica que cuenta o explica ciertos hechos que, siendo verdades doctrinales, son hechos. La Biblia es inspirada en la medida en que trae la voz de Dios a nuestro corazón. Todo ha de ser considerado a la luz del significado que tiene para la vida moral de la humanidad. El carácter ético de Coleridge se aprecia especialmente en su doctrina del pecado, la regeneración y la justificación. El pecado tiene su origen en la voluntad, que se inclina hacia el mal y pierde su poder y libertad para lo bueno; pero puede liberarse por la renovada sujeción a la luz de Dios en la conciencia, volviendo a ser otra vez una voluntad racional. Esto es la regeneración, por la que el hombre recupera la posibilidad de la comunicación con el Espíritu divino. La redención es pues un acto ético del sujeto, no habiendo sitio en este esquema para una redención objetiva. La salvación procede de Cristo, pero su persona y su obra permanecen en el misterio, ya que la capacidad de sufrir es inconsistente con sus atributos divinos y un sacrificio vicario lo es con los conceptos éticos. Al intentar incluir el contenido completo de la revelación, Coleridge admite la posibilidad de creer doctrinas que trascienden la razón humana. Algunas de ellas, como la de la Trinidad, no las considera objeto de la razón práctica, aunque dice que la verdadera idea de Dios incluye tal noción. Su entendimiento de la misma se basa en el neoplatonismo. El Logos, la luz divina, está inmanente en la humanidad. Se ha revelado a sí mismo en la Historia, en la religión, así como en la filosofía y poesía, pero más perfectamente en Cristo y el cristianismo; por eso Sócrates y Platón tiene un lugar, al lado de Pablo y Juan. El Logos lleva a la humanidad a un desarrollo moral e intelectual más elevado, no sólo en esta vida sino también en la futura, por lo que la restauración de todas las cosas es posible. No es sorprendente que el intento de ensanchar el cristianismo en una religión que abrace todo lo que es verdadero, bueno y bello en el mundo, terminara por encontrar fuerte oposición y fuerte aprobación. La modesta sinceridad de Coleridge, el tono pacífico del argumento, el elemento místico en la razón intuitiva, el énfasis en el aspecto ético del cristianismo, la reconciliación de fe y conocimiento, el reconocimiento de lo bueno en cualquier forma y la amplia libertad dada a las ideas individuales, fueron características que apelaron a muchas mentes en ese periodo, más que ninguna otra forma de creencia cristiana. Los que fueron influenciados por esta enseñanza, aunque no llegaron tan lejos como para fundar una nueva Iglesia, tomaron elementos de ella y los desarrollaron en la misma dirección, no siendo exagerado decir que Coleridge fue el originador del movimiento liberal en la Iglesia anglicana o Broadchurch, que sería una característica dominante en el siglo XIX.