Columbano (llamado también Columba el Joven), abad de Luxeuil y Bobbio, nació en Leinster, Irlanda, en 543 y murió en Bobbio el 21 de noviembre de 615. Su juventud fue de estudio y se hizo muy versado en la literatura y en las obras de los gramáticos. Con el paso del tiempo su singular belleza lo expuso a muchas tentaciones de sus convecinas. Para resistirlas, se aplicó con diligencia redoblada a su trabajo, estudiando gramática, retórica y geometría con todas sus fuerzas. Todavía preocupado por sus deseos carnales, buscó el consejo de una mujer anciana, que vivía como ermitaña. Ella le ordenó huir de la tentación. En obediencia a su consejo dejó a sus padres y su hogar y fue a vivir con un entendido doctor llamado 'Silene', probablemente Sinell, abad de Cluaininis en Lough Erne. Mientras estuvo con él, Columbano compuso una versión métrica de algunos de los Salmos y escribió otros poemas y tratados. Después de un tiempo dejó a Sinell y entró al monasterio de Bangor en la costa de Down, que estaba entonces bajo el gobierno de su fundador, Comgall, donde destacó por su devoción y la estricta disciplina de su vida. Después de permanecer allí varios años, anheló ir como misionero a tierras extranjeras, y, al haber obtenido el consentimiento renuente de su abad, navegó con otros doce monjes que deseaban acompañarlo a Gran Bretaña, donde solo hicieron una corta estancia, y luego, probablemente en 585, pasó a la Galia. Las guerras constantes y la consiguiente negligencia de los sacerdotes habían causado la decadencia de la religión en los dominios de los reyes merovingios. El cristianismo permanecía, pero los hombres no cuidaban de practicar la auto-mortificación y penitencia (Vita, p. 11). Columbano predicó en varios lugares y luego fue a la corte, según su biógrafo Jonás, de Sigebert, rey de los austrasianos y borgoñones. Sin embargo, debe tratarse de un error, pues Sigebert de Austrasia fue asesinado en 575 y este rey debe por lo tanto haber sido Guntramn de Burgoña, que murió en 593, o Hildebert II, quien sucedió a su padre Sigebert en Austrasia y a su tío Guntramn en Borgoña. Es probable que Columbano llegara a la corte de Hildebert después de haber tenido éxito en el reino de Guntramn. El rey le recibió gentilmente y le suplicó que permaneciera en su país, ofreciéndole cualquier cosa. Columbano rechazó sus donaciones y solo pidió que pudiera establecerse en algún lugar apartado. El rey estuvo de acuerdo y él y sus compañeros fijaron su morada en la desértica región de los Vosgos, donde encontraron las ruinas de una antigua fortificación a la que la tradición del día dio el nombre de Anagrates (Vita, p. 12), actual aldea de Anegray, en Faucogney, departamento de Haute-Saône. Allí vivieron muy duramente, a veces no teniendo nada para comer excepto la hierba y la corteza de los árboles. A unas tres leguas de distancia estaba la abadía de Salix o Le Saucy, y el cillerero Marculf, quien fue enviado por su abad para llevar comida a los extraños, habló tanto de la santidad de Columbano que muchos discípulos se unieron a él y mucha gente le ayudó. Pero Columbano amaba la soledad. A menudo se retiraba de su pequeño grupo y tomando solo a un joven como compañero se retiraba a algún lugar solitario. Tenía mucha de la ternura y amor hacia todos los seres vivos, como Columba, Patricio, y, de hecho, todos los monjes celtas en general. Se dice que las aves se posaban en su hombro para que pudiera acariciarlas y mientras vagaba por el bosque las ardillas bajaban de los árboles y anidaban en su capucha. Al igual que otros celtas, también era activo, intrépido y apasionado.Mapa de las misiones celtas y anglosajonas
Cuando el número de monjes se hizo tan grande que no podían vivir todos juntos en las ruinas en Anegray, Columbano determinó construir un monasterio en las inmediaciones, eligiendo el sitio de los una vez famosos baños de Luxovium o Luxeuil, a ocho millas de distancia. Las ruinas de la ciudad galo-romana estaban en la frontera entre Austrasia y Borgoña, al pie de los Vosgos, en un distrito que había estado desierto, estando cubierto densamente de bosques de pinos y matorrales. Cuando, probablemente en 590, Columbano obtuvo una concesión de Luxeuil del rey, encontró las imágenes de dioses paganos de pie entre las ruinas de la antigua ciudad. Dejando un cierto número de monjes en Anegray, construyó un monasterio para el resto. Los hijos de muchos nobles francos entraron a su nueva casa, por lo que también pronto se llenó. En consecuencia, construyó otro monasterio en Fontaine. Mantuvo la dirección de estas casas, estando a menudo en una u otra de ellas. Al mismo tiempo, pasaba muchos días en retiro solitario, nombrando prebostes para gobernar a los monjes en cada convento bajo su dirección. Fue para estas congregaciones que diseñó su regla. Obediencia 'hasta la muerte' era la base de su sistema. Menos precisa que la regla de Benito, la de Columbano imponía el trabajo severo como medio de autocontrol, sin establecer ningún reglamento particular. La abnegación debía practicarse universalmente, pero debía evitarse cualquier privación que pudiera obstaculizar la devoción. A pesar de que el poder de los abades era tan grande como el deber de la obediencia, no se les permitía infligir castigos a su discreción, pues un código penal minucioso iba anexo a la regla que prescribe las penas exactas para diversas ofensas. Generalmente se ordena el castigo corporal y el número de latigazos a ser administrado se establece en cada caso. Algo del espíritu poco práctico del monacato celta aparece en la afirmación de que la pureza del monje debía ser juzgada tanto por sus pensamientos como por sus acciones. La regla de Columbano se siguió en la Galia antes de la regla de Benito, siendo aprobada formalmente por el concilio de Mâcon en 627. Está impresa en Collectanea Sacra de Patrick Fleming, un monje irlandés, y en Bibliotheca Maxima Patrum, xii. 2. El número de monjes de Columbano aumentó rápidamente, y se dice, aunque no con muy buena autoridad, que instituyó el "Laus perennis" en sus conventos, un sistema por el cual cada monje en turno participaba en el servicio divino, de modo que la voz de la alabanza se levantaba continuamente en la congregación. Columbano se adhirió a los usos celtas con respecto a la fecha de Pascua, la forma de la tonsura y otros asuntos. Los obispos francos, que parecen haber observado su creciente influencia con algunos celos, lo instaron a que se ajustara a la práctica romana. Escribió cartas a Gregorio Magno sobre el tema de la diferencia de ritual. Tres de estas cartas nunca llegaron al papa; Satanás, dice, impidió su entrega. Una se conserva; es respetuosa, aunque al mismo tiempo el lenguaje es simple y libre. Los obispos en 602 celebraron un concilio para juzgarlo. En lugar de comparecer ante este concilio, Columbano envió a los obispos una carta escrita en un tono de digna autoridad, en la que les prohíbe examinar la cuestión con mansedumbre; les recuerda que él no es el autor de estas diferencias, porque él y sus compañeros siguieron las prácticas de sus antepasados, y suplica que se le permita permanecer en el bosque donde había habitado los últimos doce años y así estar cerca de los cuerpos de los diecisiete de sus hermanos que habían fallecido (ib. 113, ep. ii.) En una fecha posterior, también escribió al papa Bonifacio (Bonifacio III 606-607, Bonifacio IV 607-615), pidiéndole su protección. En esta época, Columbano fue firme a favor de la casa real, por lo que los obispos no parecen haber dado otros pasos en su contra.
Columbano expulsado por Brunilda, reina de los burgundios, por censurar los vicios de la corte
Poco después, Columbano perdió el apoyo proveniente de la corte borgoñona. Atraído por su santidad, Teodorico II, rey de Orléans y Borgoña, a menudo venía a Luxeuil para buscar sus oraciones y consejos. El rey, que se había separado a su esposa, vivía desordenadamente y en 609 Columbano aprovechó una de sus visitas para instarlo a que echara a sus concubinas y tuviera hijos de una esposa y reina legítima. El rey se inclinó a obedecerlo. Sin embargo, la conducta de Columbano enfureció a la abuela del rey, la famosa Brunilda, porque temía que si su nieto se casaba, perdería gran parte de su dignidad y poder. Un día, Columbano visitó a la antigua reina en la ciudad que ahora se llama Bourcheresse. Cuando Brunilda lo vio entrar al salón, trajo a los hijos que las diferentes concubinas habían dado al rey y los puso ante él. Les preguntó qué querían de él. 'Son los hijos del rey', respondió ella, 'fortalécelos con tu bendición.' El vívido temperamento del celta se despertó en su totalidad. 'Sabed esto', dijo él, 'que estos muchachos nunca detentarán el cetro real, porque son frutos de los burdeles.' Después de esto Brunilda y el rey actuaron rencorosamente contra Columbano, y aunque se produjo una reconciliación temporal, el abad volvió a excitar su ira al escribir a Teodorico advirtiéndole que, a menos que modificara su vida, le retiraría la comunión, es decir, se separaría personalmente de él, como Ambrosio hizo con el emperador Teodosio, una cuestión totalmente diferente de una excomunión general. Entonces Brunilda incitó a los nobles contra el abad, e incitó a los obispos a que encontraran fallas en su gobierno monástico (Vita, 18). Instigado por la facción así formada, Teodorico se dirigió a Luxeuil y ordenó al abad conceder el libre acceso a su convento a todos por igual, de acuerdo con la costumbre del país. Columbano se negó y poco después el rey lo envió a Besançon, para que allí esperara su voluntad. No se puso restricción a los movimientos del abad mientras estuvo allí, por lo que regresó silenciosamente a Luxeuil. Cuando el rey supo de su regreso, envió soldados para que lo sacaran del monasterio, ordenando que ninguno salvara a sus monjes celtas que lo acompañaron. Columbano dejó Borgoña en 610, después de haber pasado veinte años allí. Él y sus compañeros fueron conducidos con considerable dureza hacia Auxerre y de allí a Nevers, donde fueron obligados a embarcarse en el Loira. Desde Tours, donde visitó la tumba de Martín, Columbano envió un mensaje a Teodorico para advertirle que en tres años él y sus hijos serían destruidos por completo. En Nantes, el grupo debía partir para Irlanda. Mientras esperaba una nave, Colombano escribió una conmovedora carta de despedida a los monjes que había dejado en sus monasterios de Borgoña. Con muchas expresiones apasionadas de dolor, les ordenó obedecer a su nueva cabeza, Attala, y le pidió que permaneciera con ellos a menos que surgiera algún peligro de división sobre la cuestión de la Pascua. Se dice que el barco que debía llevarlo de regreso a Irlanda fue dirigido milagrosamente a tierra, y que a él y sus monjes se les permitió ir adonde quisieran. Visitaron la corte de Hlotair (Clotario) II, rey de Neustria, en Soissons, siendo calurosamente bienvenidos. Mientras Columbano estuvo en la corte de Neustria, el rey le consultó para saber si debería unirse a Teodeberto o Teodorico en la lucha que entonces se avecinaba. Se dice que Columbano le ordenó que no ayudara a ninguno de ellos, declarando que al cabo de tres años el dominio de ambos sería suyo. Aunque presionado para residir en Neustria, se negó a hacerlo, porque deseaba visitar otros países. En 611 abandonó Neustria y, custodiado por una escolta que le proporcionó Hlothair, viajó a la corte de Teodeberto, rey de Austrasia, en Metz. Éste lo recibió gentilmente y se ofreció a establecerlo en cualquier lugar que pensara que sería un sitio adecuado para la obra misionera entre los paganos de los distritos circundantes. Columbano fue a buscar un campo de trabajo por sí mismo; ascendió el Rin y entró en el actual cantón de Zug. Aquí él y sus monjes predicaron a los alamanes y los suevos. En su celo, prendió fuego a un templo pagano, lo que enfureció tanto a la gente que él y su grupo se vieron obligados a huir. Fueron a Arbon, en el lago de Constanza, y de allí a las ruinas de la antigua Bregentium, ahora Bregenz, donde se establecieron. Columbano destruyó de nuevo las imágenes de los paganos, pero la predicación de , que era uno de sus compañeros, y que conocía el idioma del país, tuvo un efecto considerable, y parece que los misioneros no fueron molestados.
El derrocamiento de Teodeberto en Tolbiac en 612 puso a Bregenz bajo el poder de los enemigos de Columbano, Teodorico y Brunilda. Por lo tanto, partió hacia Italia, dejando a Gall, que o bien simulaba o estaba enfermo, y en el mismo año que la batalla de Tolbiac llegó a Milán, habiendo pasado un año en Bregenz (Walafrid dice tres años, pero esto, como Lanigan muestra, es probablemente incorrecto). Fue recibido con gran amabilidad por el rey de los lombardos, Agilulfo, permaneciendo en Milán durante un año. Durante este tiempo discutió con los arrianos y escribió un tratado contra su doctrina, que no ha sido preservado (Vita, 29). A petición de Agilulfo y la reina Teodolinda, escribió una carta a Bonifacio IV sobre la herejíanestoriana, que prevalecía en toda Italia. En esta carta, parece defender la doctrina nestoriana y exhorta al papa a someter el asunto a un concilio general. En 613, Agilulfo le otorgó una concesión de tierras en los Apeninos y allí fundó su monasterio de Bobbio, reconstruyendo una antigua iglesia que encontró y construyendo otra. Mientras estaba ocupado, un mensajero vino a él enviado por Hlothair diciéndole que su profecía se había cumplido. Teodeberto había sido derrotado y asesinado en 612 y su conquistador, Teodorico, había muerto al año siguiente. Holthair mató a los hijos de Teodorico y ahora era el rey de los tres reinos francos. Quiso que Columbano acudiera a él. Sin embargo, el abad se negó y solo suplicó al rey que demostrara bondad a su monasterio en Luxeuil. Fue enterrado en Bobbio. Su memoria es celebrada en el norte de Italia y se conserva en el nombre de la ciudad de San Columbano. Su nombre es realmente otra forma de Columba (Vita, i.) El ejemplo del celo misionero establecido por Columbano encontró muchos imitadores tanto en Inglaterra como en Irlanda. Aproximadamente cincuenta años después de su muerte, su regla fue reemplazada por la de Benito. Sin embargo, su obra no pereció, ya que en la Galia ningún monasterio llegó a ser tan famoso como su casa en Luxeuil, mientras que en Italia la congregación que fundó en sus últimos días, estaba floreciente siglo y medio después de su muerte, siendo durante mucho tiempo un lugar de saber y un baluarte de la ortodoxia.
Columbano fue un hombre de fuertes convicciones y valiente, pero también obstinado. Sus escritos en muchos pasajes respiran el verdadero espíritu del evangelio, pero en otros hay una tendencia al legalismo y la formalidad. Aconsejó moderación en el ascetismo, pero él mismo fue muy riguroso. Se dirigió al papa con todos los respetos, reconociendo a Roma como metrópolis de la Iglesia. Su saber era genuino, siendo uno de los escritores eminentes del periodo merovingio. Demuestra conocimiento de Virgilio, Horacio y Séneca; tal vez también de Ovidio y Juvenal. Tenía algo de conocimiento de griego y leía literatura cristiana latina. Las obras más importantes de las existentes son sus cartas y su regla monástica, que consiste de dos partes: la primera comúnmente conocida como Regula S. Columbani, contiene diez capítulos con normas generales para la vida monástica en el espíritu de moderación y libertad cristiana; la segunda, la denominada Regula cænobialis fratrum Hibernensium, en la que se incluyen castigos para las faltas de los monjes e impone rigurosa disciplina por cuestiones triviales. En su forma actual ha sido añadida de antiguas fuentes irlandesas, que sin duda fueron también usadas originalmente por Columba. Hay indicaciones frecuentes de que usó la regla de Basilio, así como reminiscencias de Casiano y Pacomio.