Historia
CONSTANTINO EL GRANDE (c. 288-337)
- Constancio, padre de Constantino
- La madre de Constantino, Elena
- Desórdenes políticos, 306-311
- Conversión de Constantino. El edicto de Milán
- Vida posterior y reinado de Constantino
- Su cauta y sabia política
- Logros legales del cristianismo
- Oposición de Constantino al paganismo desde el principio
- Valor político de la unidad religiosa
- Texto del edicto de Milán

Fotografía de Wenceslao Calvo
Un entendimiento adecuado de los primeros años de Constantino exige un conocimiento de la historia y personalidad de su padre, Flavio Valerio Constancio (el sobrenombre Cloro entró en uso sólo con los escritores bizantinos). Era parte de los hombres que en el siglo tercero emprendieron la carrera militar como medio para escalar posiciones políticas elevadas. Su origen está asociado con Claudio el Gótico (Claudio II, emperador 268-270). Maximiano, Augusto de occidente, dio a su hijastra, Flavia Maximiana Teodora, en matrimonio a Constancio, entonces prefecto de la guardia, una vez que fue obligado a separarse de la madre de Constantino, Elena. Su elevación al rango de César sucedió en 293 y con ello la transferencia de las provincias galas, hispanas y británicas. Tanto en actividades pacíficas como bélicas demostró ser un hombre de fidelidad al deber y de moderada ambición. La abdicación de ambos Césares el 1 de mayo de 305 le facilitó la dignidad imperial, pero murió en Eboracum (York) en julio del año siguiente. La cuestión de si era cristiano ha quedado sin resolver. En cualquier caso no recibió el bautismo. Por otro lado mantuvo su protección hacia los cristianos durante la persecución de Diocleciano y prestó una obediencia debida cuando tuvo que destruir iglesias. La base determinante a su conducta sólo se puede encontrar en su actitud religiosa. Había renunciado a la creencia en los dioses y vivió un monoteísmo cuya impronta cristiana está confirmada por el hecho de que no sólo concedió libertad completa al cristianismo en su entorno, sino que también permitió que los ritos religiosos cristianos fueran observados en su palacio. Una de sus hijas, por el segundo matrimonio, llevaba el nombre cristiano de Anastasia. Si es verdad que sus monedas tienen frecuentes referencias a los ritos de Hércules, esa circunstancia se explica por la preferencia de su padre adoptivo hacia la adoración de ese héroe, de quien él trazó su descendencia y el nombre Herculius. Es posible que su súbita muerte impidiera a Constancio recibir el bautismo. Que su segunda esposa puede haberle influido religiosamente es muy razonable, ya que ella, en todos los aspectos, era cristiana.
Constantino nació de la unión entre su padre, que en ese tiempo era todavía un joven oficial, con Flavia Elena, una mujer de extracción inferior. Esta forma de vínculo matrimonial no debe ser entendida en el sentido moderno de la palabra concubinato. Según la costumbre y la ley de ese tiempo, el concubinato era una unión estable monógama con un nombre legalmente reconocido, compensando una capacidad defectuosa por parte de la esposa mediante la autorización de un justum matrimonium. Esta inferior forma de unión matrimonial fue ampliamente prevaleciente en el Imperio romano, especialmente en el ejército. Como ya se ha mencionado antes, Constancio se vio obligado posteriormente a disolver esta unión, pero Elena en ninguna manera desapareció de la escena; la reverencia y amor de su único hijo, quien levantó estatuas en su honor, acuñó monedas con su imagen y llamó a algunas ciudades por su nombre, hizo de ella una figura pública, manteniéndola como Augusta.
Desórdenes políticos, 306-311.
Según la división del imperio por Diocleciano, Constancio se había convertido en Augusto en el oeste y Galerio en el este. Sus respectivos Césares eran Flavio Valerio Severo y Maximino Daia. A la muerte de su padre el ejército en Bretaña proclamó Augusto al joven Constantino. Majencio, el hijo de Maximiano, procuró la dignidad con la ayuda de la guardia pretoriana y una facción descontenta en Roma. Su padre se puso de su lado, Severo pereció en el conflicto desencadenado y Galerio se encontró presionado en la perturbación de esta nueva rebelión. Maximiano se separó de su hijo, se fue con su hija Fausta a Constantino en Italia y los unió en matrimonio. Constantino asumió el título de Augusto (primavera de 307). Sin embargo, como resultado de una conferencia con Diocleciano en Carnuntum (noviembre de 307), Valerio Liciniano Licinio fue nombrado Augusto. Maximiano se levantó en rebelión contra Constantino perdiendo su vida (310). Galerio murió en mayo del año siguiente. Enseguida surgieron los desacuerdos entre Maximino Daza y Licinio sobre la sucesión. El primero buscaba la alianza con Majencio y Licinio se alineó con Constantino. El casamiento de la hermana de Constantino con Licinio fortaleció su alianza política por los lazos familiares. Majencio se lanzó a una guerra que Constantino acometió por necesidad. El curso de la misma decidió abiertamente el futuro del cristianismo.

Conservatorio de Roma
Es cierto que Constantino había adquirido de su padre una inclinación hacia la nueva fe. Sin embargo, su posición religiosa era todavía oscura. La campaña en Italia puso fin a la incertidumbre y la indecisión. Según Eusebio, contempló una cruz en las nubes un día con su ejército; según Lactancio recibió en un sueño el mandato de colocar el monograma de Cristo en los escudos de los soldados. Este segundo informe indudablemente complementa al primero y el hecho de que recibió una manifestación divina no debe ponerse en duda. La impresión producida por esta aparición halló su continuidad en un sueño por la noche. De las fuentes se desprende que la conversión decisiva de Constantino al cristianismo se ha de fijar al principio de la campaña o en la primavera de 312; también que esta conversión no fue resultado de una sola experiencia, la aparición del sueño, sino de experiencias preparatorias que colaboraron con ella. Cómo se efectuó, religiosa y psicológicamente, esa trasformación, y especialmente si o en qué medida los motivos religiosos fueron estimulados por las consideraciones políticas, no se puede decidir, porque nada adecuado se sabe sobre la convicción religiosa de Constantino en ese tiempo. El análisis usual tiene por tanto sólo un valor dudoso, incluso donde no se desvanece enteramente en lo nebuloso. Pero indudablemente se sobreestima el lado político y probablemente no jugó un papel determinante. El emperador consultó con consejeros espirituales y mediante ellos fue más intensamente instruido en lo tocante al cristianismo; el influyente Osio de Córdoba aparece entre sus más cercanos, manteniendo una alta posición de confianza durante mucho tiempo. Con asombrosas victorias, el pequeño ejército, adornados sus escudos con el monograma de Cristo, se puso en marcha hacia Roma. En un atrevido ataque Constantino venció a su adversario, quien junto con la batalla perdió la vida en el puente Milvio (28 de octubre de 312) y en medio del regocijo del pueblo Constantino entró en Roma donde el Senado le edificó un arco de triunfo. Constantino tuvo su estatua erigida en una plaza pública, con una cruz en su mano, y una inscripción en alabanza de la victoria alcanzada por la ayuda de "esta saludable señal". En el labarum (griego labaron, laböron, labouron; la derivación es bastante incierta), las suntuosas banderas de la cruz, cuyas astas estaban coronadas por el monograma de Cristo rodeadas con una corona dorada, se convirtieron en el nuevo símbolo de brillante exhibición pública. Una vez que Constantino hubo regulado los asuntos en Roma, marchó a Milán en enero de 313, donde se encontró con Licinio, dándole en matrimonio a su hermana Constancia. Al mismo tiempo acordaron un decreto religioso y político cuyas principales ideas aparecieron en un escrito de Licinio desde Nicomedia, el (falsamente) denominado edicto de Milán, culminando en el otorgamiento a los cristianos del libre ejercicio de su religión.
«Sabíase que Majencio se preparaba para la lucha, usando ritos mágicos. Constantino sintió la necesidad de procurarse una ayuda, sobrenatural, para luchar con su adversario. Reflexionando sobre 1a conveniencia de ponerse bajo la protección especial de algún dios, recordó que Constancio, su padre, había sido siempre afortunado, mientras, que los que habían perseguido a los cristianos, habían acabado siempre mal. Entonces tomó la resolución de abandonar el culto de los ídolos, e implorar al Dios único y supremo, que había, sido el Dios de su padre. Hallándose ocupado en estas reflexiones, cerca de medio día, vio dibujarse en el cielo una luminosa cruz, y debajo de ella, leíanse estas palabras: «Con esta enseña triunfarás.» En presencia de tal prodigio, el emperador quedó grandemente perplejo, deseando conocer el sentido de aquella visión. Durmióse después, y en sueños se le apareció Cristo con la misma enseña que había visto en el cielo, diciéndole que si quería salir siempre victorioso, debía, hacerse un estandarte de la misma forma. Al despertarse, hizo llamar a los doctores cristianos y les pidió que le instruyeran respecto del Dios que se le había aparecido y le explicaran el sentido de la visión. Después de haber sido instruido por ellos en la doctrina cristiana, mandó hacer un estandarte según el modelo que le había sido revelado. Este, fue el célebre lábaro (labarum), o sea el estandarte de la cruz, que durante mucho tiempo era llevado al frente de los ejércitos imperiales, y que más tarde fue conservado en Constantinopla como una santa reliquia. Se componía de un largo palo dorado, atravesado por otro en forma de cruz. En lo alto había una corona de oro, guarnecida de piedras preciosas, llevando las dos letras griegas entrelazadas XP, que forman el monograma de Cristo. Atóse al palo un paño de púrpura, bordado de oro y adornado con .piedras preciosas, en cuyo centro se bordaron los retratos del emperador y de sus hijos.»
(Eusebio, Vida de Constantino, cap. xxi, xxvi)
Maximino Daia fue derrotado por Licinio en el Campus Serenus en Tracia (30 de abril de 313), proclamando un nuevo edicto de tolerancia, con aplicación particular a la situación eclesiástica y política creada por Maximino, en el decreto de Nicomedia de 13 de junio de 313. El derrotado Maximino se suicidó. El imperio tenía ahora dos gobernantes; pero el gran crecimiento de su poder aumentó en tal grado la insolencia y la envidia de Licinio, quien se identificó con el cristianismo sólo por razones externas y que en el aspecto religioso siempre persistió en la religión y superstición pagana, que provocó a su colega imperial a la guerra. Tras dos agotadoras campañas, separadas por un ilusorio intervalo de paz, Licinio fue derrotado en una batalla decisiva en Crisópolis, el 18 de septiembre de 323. Gracias a la intercesión de Constancia, el vencedor respetó su vida bajo juramento y le otorgó Tesalónica como residencia. Sin embargo, el depuesto emperador procuró fomentar una nueva insurrección mediante alianzas secretas con los bárbaros del Danubio, siendo consecuentemente condenado a muerte por el Senado como enemigo público y rebelde, realizándose la ejecución en 325.
Durante esos sucesos había estallado la gran controversia arriana y cuando resultaron ser ineficaces otras medidas, Constantino convocó el primer concilio general en Nicea, inaugurándolo en persona el 20 de mayo de 325. Pero esto no significó una paz duradera. Ni el emperador estaba destinado a ver la supresión de los problemas en el Danubio que le acosaron en 313. Una sombra en su reinado fue la ejecución de Crispo, su hijo mayor. Bajo la tutoría de Lactancio había crecido siendo un prometedor joven y en las batallas con Licinio había demostrado ser un valiente militar. La catástrofe por la que él y la emperatriz perecieron a principios de 326 no está totalmente explicada. Pero fue un caso demostrado o admitido de adulterio entre Fausta y su hijastro. La elección de Bizancio a la dignidad de metrópolis imperial, bajo el nombre de Constantinopla "Ciudad de Constantino", fue un importante y agradable suceso en ese tiempo.
Tras el sometimiento de Licinio, Constantino se ocupó sólo de forma militar con las guerras en la frontera, particularmente con los godos. Sin embargo, hacia el fin de su vida la fuerza persa bajo Sapor II avanzó amenazando la jurisdicción romana. El emperador hizo apresurados preparativos y resolvió dirigir la campaña en persona. Hacia la Pascua de 337 sufrió una indisposición que enseguida demostró ser una enfermedad peligrosa. Los baños termales de Helenópolis no dieron resultado, por lo que tuvo la certeza de que su fin estaba cerca, trasladándose a Achyrona, suburbio de Nicomedia, y ante una asamblea de obispos recibió la eucaristía, cambió la púrpura por el atuendo blanco bautismal y ordenó sus últimos asuntos.

Inmortal, Dichoso, Augusto. Reverso: La dichosa
renovación de los tiempos
El nombre de Constantino el Grande está justamente relacionado con la victoria del cristianismo sobre el paganismo griego y romano, pues desempeñó una parte fundamental en esta crisis decisiva. Gracias a la profunda percepción política que tenía por naturaleza y a su sensibilidad hacia la acción, dirigió su política religiosa hacia la consumación de la transición entre la antigua y la nueva era sin demoler el imperio. Los resultados de perseguir a los cristianos, de cuyos efectos finales él fue testigo, no dejan lugar a dudas en cuanto al carácter maligno de la fuerza bruta dirigida contra la religión, prohibiendo toda aplicación de una política semejante contra el paganismo, que por otra parte todavía abarcaba a la vasta mayoría del imperio. En el ejército, en el servicio gubernamental, entre las clases educadas y en la población rural meramente había minorías evanescentes de cristianos. Toda la maquinaria de la adoración antigua en sus innumerables puntos de contacto con la vida, los poderosos sacerdocios, cuyas ramificaciones se extendían hasta los más profundos círculos sociales, ricamente dotados con propiedades y derechos legales, todavía permanecía intacta. Incluso un cristiano desapasionado como Constantino debe haber reconocido una barrera contra los procedimientos compulsivos. Aunque la meta de su política religiosa era liberar al mundo del paganismo y transferirlo al cristianismo en la medida que el Estado pudiera hacerlo, no obstante la prudencia dictaba un solo método de procedimiento: ir lentamente al atacar las sensibilidades religiosas y contentarse con pequeñas cosas y detalles, tediosas en verdad, pero menos peligrosas y más seguras en resultados.
Este es, de hecho, el trato distintivo de la política religiosa de Constantino con respecto al paganismo y el hecho mismo es una indicación de su correcta estimación de la situación política y religiosa. No hubo en ningún momento una expresa deposición judicial de la antigua religión como tal. Es verdad que para el que tuviera ojos para ver todo indicaba que se llegaría a tal conclusión, pero el aspecto de tolerancia se mantuvo intacto. Las masas fueron las más fácilmente engañadas en este aspecto, en tanto el gobierno nunca pensó, y no podía pensar, en llevar a cabo sus decretos en todas partes indiscriminadamente; los distritos en conjunto no fueron afectados, o lo fueron inmaterialmente. Incluso siglos después se halló necesario hacer concesiones similares.
Logros legales del cristianismo.
Las pérdidas del paganismo aumentaron por otro lado por un incremento de los derechos legales adjudicados a la Iglesia. Ya en 313 la Iglesia obtuvo la inmunidad para sus clérigos, exención de todos los impuestos personales y la capacidad de heredar ella misma y sus miembros individuales. A los obispos se les otorgó jurisdicción en el dominio de la ley privada, lo que dio fundamento a decisiones de validez legal. La influencia del cristianismo sobre el derecho penal se aprecia en la prohibición de marcar en la frente y la condena de los espectáculos sangrientos en el circo. En el derecho familiar se rechazaron los duros estatutos contra el celibato y los matrimonios estériles, probablemente bajo la influencia de la valoración eclesiástica del celibato, siendo desplazado el matrimonio de concubinato y tomándose rígidas medidas contra la costumbre de abandonar, empeñar o vender a los niños. Si la ley sobre la esclavitud fue generalmente permitida sobre formas humanitarias, recibió no poca modificación en la dirección que el cristianismo exigía, mediante la institución de la manumissio in ecclesia; de hecho, incluso los clérigos quedaron autorizados a otorgar la ciudadanía a sus esclavos sin proceso formal. Constantino hizo una concesión añadida en forma legislativa al colocar el domingo bajo el cuidado del Estado.
Oposición de Constantino al paganismo desde el principio.
La política religiosa de Constantino está clara en su bosquejo y es transparente en las principales características de su progreso. Cualquier idea de igualdad entre las dos religiones estaba lejos del mismo, siendo éste necesariamente el caso, porque asumir un Estado no confesional era inseparable de tal pensamiento. Sin embargo, la idea de un Estado no confesional es extraña para la antigüedad y estaba más allá de toda posibilidad para las dos religiones, cuyo contenido moral y religioso era no sólo diferente, sino incluso rígidamente excluyente entre sí, como para existir armoniosamente una al lado de la otra en la comunidad. La deducción que usualmente se hace del asunto, de que después de la derrota de Licinio la paridad de las dos religiones cambió a una política favorable al cristianismo, es una suposición que no puede demostrarse. Pues lo que sucedió en la política religiosa tras 323-324 fue sólo la mayor cristalización de pensamientos y hechos que comenzaron en 312-313; la diferencia es sólo de cantidad. Finalmente, la suposición de que Constantino buscó y encontró una Deidad y una religión superior a las religiones históricas y se propuso fundirlas en una y absorberlas y que modeló su política religiosa hacia ese fin, sobreestima extravagantemente al filósofo religioso Constantino y subestima al práctico estadista. Nada podía ser más ininteligible a su entendimiento que tales especulaciones. Ya sea que hable en pasajes de Eusebio o en otra parte, él habla de una religión y fe en un Dios, significando con ello el cristianismo histórico, dirigiendo no a los cristianos, sino a los paganos a esta doctrina. Y sólo en esta luz hizo que sus contemporáneos cristianos y paganos le entendieran.
Valor político de la unidad religiosa.
La disolución de una religión en favor de otra promovió también la unidad imperial. La guerra con Licinio fue testigo de los grandes peligros políticos de un credo discordante. Nadie podía garantizar que tales precedentes no se repitieran. La derrota del paganismo está por tanto complementada, en la política religiosa de Constantino, con el rechazo de todas las invenciones sectarias que debilitaran la unidad de la Iglesia y promovieran la discordia religiosa. La actitud del emperador antes y durante el concilio de Nicea y durante el curso entero de la disputa arriana, no menos que su dura acción contra los donatistas, novacianos y otros cismáticos del cuerpo eclesiástico, tiene importancia primordial en esta dirección. La Iglesia indivisa imperial era para él un valioso, incluso necesario, apoyo de la unidad imperial. Las duras medidas contra los judíos, especialmente la prohibición de unirse a ellos como prosélitos, las dictó no sólo por consideraciones religiosas y eclesiásticas, sino también por consideraciones políticas.
Para que la Iglesia pudiera tener su pleno valor en el Estado en esta dirección, tenía que encontrarse una relación legal que permitiera al Estado una influencia determinante. Por tal motivo, el Estado, como la antigüedad sabía, tenía por costumbre tomar bajo su inspección los asuntos religiosos, sobre un fundamento de subordinación. Sin embargo, Constantino no logró obtener esta relación legal. El carácter transicional del tiempo y la libertad acostumbrada de la Iglesia explican el fracaso. Por otro lado, sus relaciones personales con los poderes de la Iglesia y su disposición agradecida hacia él fueron suficiente garantía de que el estatus legal no faltaría según pasara el tiempo.
La cuestión de la política religiosa de Constantino no se puede separar de la de su cristianismo personal y no hay más duda sobre una que sobre la otra. La nueva religión era verdaderamente una norma de vida y una fuerza para él. Como emperador se sintió obligado con Dios como su Señor soberano, considerando su llamamiento una comisión divina. Su forma de religión está coloreada de misticismo. Se zambulló en las Sagradas Escrituras y le gustaba presentar sus convicciones y conocimiento religioso en el discurso oral. Su moralidad no fue inferior a la mejor común de la Iglesia en esa época. Al perseguir la falta de castidad en otros con severos castigos, él se exigió los más elevados requerimientos en la misma dirección. Sus características dominantes eran su fuerte impulso y la resolución poderosa. Se distinguió por un profundo sentido del deber hacia el imperio y más de una vez resistió la tentación de exaltar sus intereses personales por encima del bien común. Su educación fue moderada, pero procuró obtener lo que la vida castrense le había negado, asociándose gustosamente con eruditos, incluso paganos, y promoviendo la ciencia y el arte. La legislación bajo su gobierno fue un asunto muy vívido; pero el tesoro público, debido en parte a la fastuosidad imperial, no estuvo siempre sin déficit. Era de agradable presencia y valoró la majestuosidad imperial. Desde el principio había endurecido su cuerpo en el campo, por la caza y los juegos, fortaleciéndolo por las fatigas de las guerras que libró con el dominio de un gran estratega y el cariño de sus soldados. En sus últimos años su vigor físico e intelectual declinó. No obstante, mantuvo las riendas del gobierno firmemente en sus manos hasta su muerte.
'Durante largo tiempo ha sido nuestra intención que no sólo no se negase la libertad de culto sino que todos tengan el derecho a practicar su religión conforme elija. Por tanto, hemos dado órdenes de que tanto a los cristianos como [a todos los demás] se permita guardar la fe de su propia secta y culto. Pero como evidentemente se habían añadido tantas condiciones de toda clase a aquel edicto en el que se habían concedido tales derechos a esas mismas personas, puede que algunos de ellos se vieran poco después reprimidos de tal observancia.
Cuando bajo unos felices auspicios yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, habíamos venido a Milán y estuvimos tratando todas las cuestiones referentes al bien público, entre las otras cuestiones de beneficio para el bienestar general o mejor aún, como cuestiones de la mayor prioridad- decidimos promulgar aquellos decretos que asegurasen el respeto y la reverencia a la Deidad; esto es, conceder a los cristianos y a todos los demás la libertad de seguir cualquier forma de culto que les agrade, para que todos los poderes divinos y celestiales que puedan existir nos sean favorables y a todos los que vivan bajo nuestra autoridad. Aquí, por tanto, está la decisión a que llegamos mediante un sano y prudente razonamiento: a nadie se le puede negar el derecho a seguir o escoger la forma cristiana de culto u observancia, y todos deben gozar del derecho a dar su asentimiento a aquella forma de culto que considere apropiada para sí, de modo que la Deidad nos muestre su cuidado y generosidad usuales en todas las cosas. Fue apropiado enviar un edicto de que así nos plugo, de modo que canceladas todas las condiciones en la carta anterior enviada a Tu Dedicación acerca de los cristianos, pudiera también eliminarse todo aquello que parecía injustificado o extraño a nuestra clemencia, y que ahora a todo aquel que desee observar la forma cristiana de culto le sea permitido hacerlo sin obstáculo alguno. Hemos decidido explicar esto muy exhaustivamente a Tu Diligencia, para que puedas saber que hemos concedido a estos mismos cristianos una libre e ilimitada licencia para practicar su propia forma de adoración. Y cuando observes que les hemos concedido este permiso sin restricciones, Tu Dedicación comprenderá que el permiso se ha dado también a otros que deseen seguir su propia observancia y forma de culto -algo claramente en conformidad con la tranquilidad de nuestros tiempos, para que cada uno pueda tener potestad para escoger y practicar cualquier forma que escoja. Esto hemos hecho para que no parezca que hemos menospreciado ningún rito ni forma de culto en manera alguna.
Con respecto a los cristianos, en la carta anterior enviada a Tu Dedicación, se dieron instrucciones concretas acerca de sus lugares de reunión. Ahora resolvemos adicionalmente que si aparece que alguien ha comprado estos lugares bien de nuestra tesorería o de cualquier otra fuente, debe restaurarlo a estos mismos cristianos sin pago ni demanda de compensación, y hacerlo sin negligencia ni vacilación. Si alguno lo hubiese recibido como un don, debe restaurarlo a estos mismos cristianos sin retardo, disponiéndose que si alguno de los que han comprado estos mismos lugares o los que los han recibido como don apelan a nuestra generosidad, pueden solicitar al prefecto del distrito, para que también ellos se beneficien de nuestra bondad. Todas estas propiedades deben ser entregadas al cuerpo de los cristianos de inmediato, por medio de la celosa acción de tu parte y sin retardo alguno.
Y por cuanto estos mismos cristianos no sólo poseían lugares de reunión sino que se sabe que también poseían otras que no pertenecían a personas individuales sino a la corporación de los cristianos, ordenarás que sean restituidas de manera totalmente incondicional todas dichas propiedades, bajo las disposiciones de la anterior ley, a los dichos cristianos, esto es, a su corporación y asociaciones, siempre, de nuevo, que los quo restauren las mismas sin compensación, como se ha dicho más arriba, pueden buscar en nuestra generosidad una indemnización de sus pérdidas.
En todas estas cuestiones deberías actuar con toda posible diligencia en favor de la dicha corporación de los cristianos para que nuestro mandamiento pueda aplicarse con toda prontitud, a fin de que aquí también nuestra bondad pueda fomentar la común tranquilidad pública. De esta manera, como se ha dicho antes, el cuidado divino hacia nosotros que hemos conocido en muchas ocasiones anteriores permanecerá con nosotros de manera constante. Y a fin de que nuestra generosidad y edicto puedan ser conocidos por todos, lo que hemos escrito debe ser anunciado por orden tuya, publicado en todo lugar, y llevado al conocimiento de todos, para que el edicto que incorpora nuestra generosidad no escape de la atención de nadie.'