Historia
CONTARINI, GASPARO (1483-1542)

En 1535 Pablo III inesperadamente le nombró cardenal, a fin de tener un hombre capaz de disposición evangélica en los intereses romanos. Contarini aceptó, pero en su nueva posición no mostró su anterior independencia. La disposición que Ranke (Popes, i. 118) denomina 'el producto acumulado de sus más altas facultades', gobernó su acción también en este nuevo campo. Al principio todo parecía ir bien, pero en 1536 Pablo III nombró una comisión para elucubrar vías para una reforma. El movimiento evangélico había progresado tanto en Italia que había que hacer algo, pareciendo que los más influyentes deberían ser los protagonistas. La decisión era valiente; Pablo III recibió favorablemente el Consilium de emendanda ecdesia de Contarini, pero se quedó como un documento muerto, incluyéndolo después su sucesor Pío IV, que fue miembro de la comisión, en el Índice, un hecho que todavía perturba a los historiadores católicos. Lo que Contarini tenía que hacer se aprecia en sus cartas al papa, en las que se queja del cisma en la Iglesia, de simonía y adulación en la corte papal, pero por encima de todo de tiranía papal. El problema es que Contarini había llegado un siglo demasiado tarde. En una carta a su amigo el cardenal Pole (fechada el 11 de noviembre de 1538), dice que sus esperanzas han sido avivadas de nuevo por la actitud del papa. Él y sus amigos pensaban que todo lo que había que hacer era acabar con los abusos en la vida eclesiástica. Era el juicio de un diplomático de naturaleza noble y virtuosa, criado con los mejores frutos de la antigüedad y refinado por el evangelio, constreñido por un deseo de paz y libre de las fórmulas dogmáticas. Pero pronto iba a ver el otro lado.
El siguiente texto es parte del Consilium de emendanda ecclesia (marzo de 1537):
'El Espíritu de Dios ha decretado que la Iglesia de Cristo, casi derrumbada, sea restaurada a su gloria original... Vuestra Santidad sabe que tales males son consecuencia de la obstinación de varios papas que lo precedieron... [y de su convicción] de que el papa, siendo señor de todos los beneficios, podía vender el suyo propio sin que fuese por ello culpable de simonía... De ahí que, como el caballo de Troya, hayan irrumpido en el seno de la Iglesia de Dios tantas y tan graves enfermedades... que, obedeciendo vuestro mandato, hemos examinado y aquí os hacemos saber... En lo que toca a las ordenaciones, no se toma ningún cuidado, pues, sean quienes sean (sin educación, de pésimas costumbres, sin edad suficiente), se les admite habitualmente a las órdenes sagradas, de donde vienen tantos escándalos y desprecio hacia la Iglesia. El respeto por el servicio divino ha disminuido tanto que está prácticamente extinguido... Vuestra Santidad debería ordenar que todos los obispos pongan mucho cuidado en ello y que, observando las leyes, designen un maestro que instruya a su clero en letras y costumbres... [Once párrafos en los que se detallan abusos relativos a los beneficios].
Otro abuso común es el de conceder obispados a la mayoría de los reverendos cardenales, cuando tales oficios son incompatibles, ya que los cardenales deben asistir a Vuestra Santidad en Roma, mientras que los obispos tienen que cuidar de sus rebaños y, por tanto, como pastores, residir con ellos. Se da así un nocivo ejemplo, pues ¿cómo puede pretender la Santa Sede corregir los abusos ajenos, si los permite entre sus más altas dignidades?; que porque sean cardenales, no tienen mayor libertad para quebrantar las leyes, sino todo lo contrario. Su vida debería ser como una ley para todos los demás... pero, ¿a qué pueden inducir a otros que no sea a la avaricia?... Graves penas deberían imponérseles y, en especial, impedirles sus rentas.
En lo que toca al gobierno de los fieles cristianos, el principal abuso que necesita de reforma es que los obispos y clérigos no se ausenten de sus iglesias y que residan en las mismas para que cuiden de lo que se les confió. ¿Hay visión más deplorable que la de una iglesia desamparada? Lo cierto es que la mayoría de los pastores han dejado a sus rebaños o los han abandonado a mercenarios. Se debe imponer un duro castigo, no sólo por medio de censuras sino impidiendo además las rentas... [de todos los que] se ausentan más de tres domingos al año...
Un abuso intolerable se halla en los impedimentos que se ponen a los obispos en el gobierno de su rebaño, pues muchos de los que son causa de estos males están exentos de su jurisdicción... Entre los mismos, ningún caso es tan manifiesto como el de las órdenes monásticas, tan desfiguradas que es mucho el perjuicio que causan a través de su ejemplo. Todos los conventuales deberían ser suprimidos, prohibiéndoles que admitiesen novicios... [Diez párrafos en los que se detallan los males procedentes de dispensas e indulgencias].
En lo que se refiere a Roma, en esta ciudad e iglesia, madre y maestra de todas las otras, deberían florecer las maneras honestas... [y sin embargo] las prostitutas deambulan como matronas o pasean a lomos de mulas, acompañadas a pleno día de nobles, cardenales y clérigos.'
Vivió creyendo que una reforma debía empezar por la cabeza, haciéndole ver su nacimiento, educación y carrera diplomática, que la cuestión era más de sistema de gobierno que de doctrina, estando dispuesto a mediar en esos términos. Pero el lado negativo, que produjo el cisma, permaneció ininteligible para él, concediendo sólo el matrimonio del clero y la comunión en ambas especies. Mientras que Roma se había desplazado hacia la reacción, él murió siendo legado en Bolonia, en un momento cuando la Inquisición había hecho que muchos de sus amigos y compañeros se fueran al exilio. Al morir entonces, se le ahorró tomar una decisión que seguramente habría sido demasiado difícil para él.