Historia
CRISÓSTOMO, JUAN (c. 347-407)
- Su vida hasta el año 398
- Patriarca de Constantinopla, 398
- Sus enemigos y controversias
- El sínodo de La Encina
- Crisóstomo desterrado
- Escritos
- Su importancia y doctrina

El apelativo de Crisóstomo, prestado de Dión de Prusa, le fue dado poco después de su muerte. Procedía de una rica familia patricia, quedando huérfano de padre poco después de nacer y siendo criado por su madre, Antusa. A la edad de veinte años estaba entre los alumnos del retórico Libanio de Antioquía, asistiendo a las clases del filósofo Andragatio. Al principio quiso estudiar derecho, pero pronto decidió retirarse del mundo enteramente, encontrando un compañero en su colega Basilio, de quien nada más se sabe. Se aplicó al estudio de las Escrituras y se preparó para el bautismo, que recibió tres años más tarde de Melecio, obispo de Antioquía hacia el año 368 y ciertamente antes del 370, en el que Melecio dejó Antioquía. Tras bautizarse fue ordenado inmediatamente como lector. Sus maestros en ese periodo eran Diodoro de Tarso y un cierto Carterios, de quien nada más se sabe. Sus amigos eran Máximo, que después sería obispo de Seleucia, y Teodoro, obispo de Mopsuestia. Él mismo nos habla de lo estricto de su vida ascética que llevaba a cabo en la casa de su madre. Declinando un obispado hacia el año 373, se retiró un año o dos después de la muerte de su madre a una montaña solitaria cerca de Antioquía, donde pasó cuatro años en ejercicios ascéticos con un viejo monje sirio y dos más en una cueva, hasta que necesitó tratamiento médico que le hizo volver a Antioquía en el año 380. Probablemente a principios del año siguiente fue ordenado diácono por Melecio y sacerdote por su sucesor Flaviano, al comienzo del año 386. En esta capacidad ejerció en Antioquía durante doce años, poniendo los fundamentos de su fama como predicador y maestro y distinguiéndose por la santidad de su vida.
Patriarca de Constantinopla, 398.
Cuando Nectario, el sucesor de Gregorio de Nacianzo en la sede episcopal de Constantinopla, murió el 27 de septiembre del año 397, se desató la intriga sobre el sucesor. El débil emperador, Arcadio, estaba enteramente en las manos de su chambelán Eutropio, a quien la elección le interesaba solamente por razones políticas. Teófilo, patriarca de Alejandría, más diplomático que obispo, se esforzó por poner en el puesto a Isidoro, pero Eutropio, siguiendo la política inaugurada por Teodosio en el año 381, no estaba dispuesto a apoyar la influencia alejandrina, colocando a Teófilo en la coyuntura de consentir al nombramiento de Juan o responder por graves acusaciones. Al preferir la primera opción, Juan fue consagrado el 26 de febrero del año 398. Se entregó pronto al propósito de reformar los muchos abusos, especialmente entre el clero. Expulsó a las 'hermanas espirituales', con quien muchos vivían en un supuesto matrimonio espiritual y controló los hábitos parásitos de otros, que eran meros vividores a costa de los ricos. Recortó los gastos eclesiásticos y destinó lo ahorrado a los hospitales. Naturalmente sus reformas le crearon enemigos, pero nada podían contra él mientras la corte estuviera de su lado. Sin embargo, pronto entró en conflicto con el todopoderoso favorito cuya vergonzosa conducta le había reprochado. Pero antes de que Eutropio pudiera vengarse cayó en desgracia (399), teniendo que refugiarse en la misma iglesia donde él había violado el derecho de asilo a otros, unos años antes. Crisóstomo le protegió de los soldados que querían capturarlo.
Mientras tanto, el número de los prelados que se le oponían iba en aumento. Entre ellos estaban varios eclesiásticos insatisfechos con sus normas estrictas y cierto número de mujeres ricas y mundanas a las que había censurado. En el concilio celebrado en Éfeso en el año 400 se creó más enemigos, al destituir a seis obispos que habían obtenido sus puestos por simonía. La emperatriz, sin embargo, quien ahora llevaba las riendas del poder, todavía le apoyaba y cuando nació un heredero varón (401), Juan ofició el bautismo. Su posición no era segura, como se vio en el curso de la controversia con Severiano de Gábala, quien tenía buenas relaciones en Constantinopla y quería promover sus ambiciosos planes en la capital. Crisóstomo le prohibió predicar, sometiéndose y retirándose Severiano a Calcedonia, pero Eudoxia obligó a Crisóstomo a llamarle. Un enemigo más peligroso era Teófilo de Alejandría, que en ninguna manera había abandonado sus deseos de engrandecimiento de su sede. Para ello encontró un nuevo motivo para sostener que el patriarcado de Constantinopla pertenecía a su jurisdicción patriarcal. En la controversia origenista que entonces agitaba a la iglesia egipcia, Teófilo encontró que muchos monjes del desierto eran reacios a dejar a su amado maestro Orígenes. Cuatro de entre ellos de especial influencia, los 'hermanos largos', Dióscuro, Ammonio, Eusebio y Eutimio, fueron desterrados por Teófilo, yendo a Constantinopla. Crisóstomo los trató benevolentemente, buscando la reconciliación. Al principio Teófilo no respondió, pero luego adoptó un tono soberbio. Cuando Eudoxia se puso del lado de los monjes, desplegó todas sus energías para destruirlos y también a Crisóstomo, a quien él veía, detrás de ellos. No fue a Constantinopla en persona sino que envió a Epifanio de Salamis, para llevar a cabo la campaña contra el supuesto origenismo de Crisóstomo. Epifanio partió de mala gana sin lograr resultados, muriendo en el camino de regreso.
El sínodo de La Encina.
Crisóstomo estaba enfrentado con la emperatriz por predicar vehementemente contra el lujo de las mujeres en el vestir, de manera que ella y otras mujeres de la corte se dieron por aludidas. Teófilo viajó a Constantinopla citado por ella y encontró unas circunstancias propicias. Congregó a todos los obispos que pudo en una iglesia en un suburbio de Calcedonia, en la finca imperial denominada 'La Encina' (de ahí que el nombre latino se conozca como Synodus ad Qvercum), en el otoño del 403. Había treinta y seis presentes de los cuales veintinueve eran de Egipto (Focio, quien ha preservado una parte de sus procedimientos dice que eran cuarenta y cinco, pero tal vez algunos firmaron después). Las acusaciones contra Crisóstomo no eran de importancia y solamente mostraban la animosidad de sus acusadores. Sin embargo, a él le pareció que la situación era muy peligrosa. Citado ante el concilio hostil, puso como condición para acudir si los que manifestaban su deseo de destruirlo, Teófilo, Acacio, Severiano y Antíoco, eran excluidos. Mientras tanto, se había solicitado al emperador que le obligara a presentarse en caso de duda. Cuando Crisóstomo demoró su presencia, fue condenado en ausencia y privado de su cargo. Se pidió al emperador que sancionara la sentencia. Aunque obviamente era ilegal, Crisóstomo se sometió y cuando el emperador confirmó su destitución fue enviado al exilio en Prænetus (o Pronectus), en Bitinia, tras lo cual intentó calmar al excitado pueblo en un magnífico sermón. La noche siguiente algo alarmante sucedió en el palacio que puso fin a su destierro. Teodoreto habla de un terremoto, pero ni Sócrates ni Sozomeno lo mencionan. El pueblo también estaba revuelto, de manera que Teófilo se dio prisa en partir y días más tarde un mensajero imperial fue enviado para llamar a Crisóstomo.

por Benjamin Constant
Sin embargo, la paz no iba a ser de mucha duración. Dos meses más tarde, la lucha comenzaba de nuevo a causa de una afrenta a la vanidad de la emperatriz. El prefecto Simplicio había erigido una estatua suya de plata en el lado sur de la gran iglesia, que fue dedicada con gran regocijo. Crisóstomo en un sermón se quejó de las festividades populares ruidosas que impiden las devociones de los fieles. De nuevo fue acusado de insultar a la emperatriz, quien otra vez comenzó a maquinar su caída. Un sínodo reunido en Constantinopla, dirigido por el ausente Teófilo, compuesto de obispos maleables, siguió, con muy pocas excepciones, la voluntad del emperador. El método empleado creó interminables discusiones, hasta que poco antes de Pascua del 404, el emperador ordenó a Crisóstomo que dejara su iglesia al haber sido condenado por dos sínodos. El obispo dijo que sólo se sometería por la fuerza, que fue empleada el miércoles santo, cuando sus partidarios fueron expulsados de la iglesia tras un violento ataque. Crisóstomo permaneció en los suburbios, fortaleciendo a los suyos, hasta que el 10 de junio sus enemigos obligaron al emperador a tomar nuevas medidas, haciendo que Crisóstomo se embarcara el día 20 para Asia Menor adonde había sido desterrado. Esa noche un fuego prendió en la catedral, de lo cual sus seguidores fueron acusados y por lo que fueron severamente reprimidos. Un débil anciano, de nombre Arsacio, hermano del predecesor de Crisóstomo, fue puesto en su lugar el día 26. Pero mientras Crisóstomo iba en camino a Cúcuso en Armenia, sus amigos no se quedaron pasivos. Cuatro obispos fueron a Roma con una carta suya para interceder ante Inocencio I en su favor. Las actas del primer sínodo que le había condenado fueron enviadas poco después por la parte opositora, lo que le convenció de que la condena era ilegal. Inocencio escribió a Teófilo de que el asunto debería ser tratado en un concilio general y exhortó a Crisóstomo y sus seguidores a ser firmes. Honorio, el emperador occidental y hermano de Arcadio, también escribió a este último en favor del obispo desterrado, pero sin éxito. El resultado fue una ruptura de la comunión entre la antigua y la nueva Roma. Tras la muerte de Arsacio (14 de noviembre del 405), Ático fue nombrado obispo en la primavera siguiente, persiguiendo a los 'johannitas' con severidad renovada. Se ordenó a Crisóstomo ser trasladado de Cúcuso a Pitio, un lugar aún más desolado, pero la dureza del viaje fue demasiado para él y murió cerca de Comana, la actual Toskat. Treinta años más tarde sus restos fueron solemnemente transportados a Constantinopla y enterrados con honores en la iglesia de los Apóstoles, expiando Teodosio II los hechos de sus padres.
Los escritos de Crisóstomo se pueden dividir, según su biógrafo Paladio, en 'homilías, tratados y cartas.' La lista conocida como Catalogus Augustanus (de un manuscrito perdido de Augsburgo) enumera 102 títulos separados, sin incluir los que no son genuinos. Sus sermones cubren prácticamente toda la Biblia, entre los que se cuentan setenta y seis sobre el Génesis, noventa sobre Mateo, ochenta y ocho sobre Juan, cincuenta y cinco sobre Hechos y doscientos cuarenta y dos sobre las cartas paulinas, sin contar los de Gálatas, que están preservados en la forma de comentarios hechos de sermones. Hay también alocuciones sobre las principales fiestas y un gran número sobre varios santos, de los que los más notables son siete sobre Pablo. Los tratados son parcialmente apologéticos y parcialmente prácticos, siendo éstos los más numerosos. Los más antiguos que tenemos son dos cartas a Teodoro, que después sería obispo de Mopsuestia, quien a causa de un asunto sentimental estaba pensando regresar al mundo. Para justificar su negativa a un obispado, dirigió a su amigo Basilio, hacia el año 373, los seis libros 'sobre el sacerdocio'. Según Sócrates la composición de esta obra fue en el periodo tras su ordenación como diácono, es decir después del año 381. A este periodo probablemente pertenecen también dos libros 'Sobre la penitencia' y los tres contra los enemigos de la vida monástica. La superioridad del celibato la trata en una obra sobre la virginidad escrita hacia el 380 y dos pequeñas obras del mismo periodo: A una joven viuda y Contra un segundo matrimonio. Con ellas pueden clasificarse dos cartas pastorales de sus primeros días en Constantinopla, dirigidas contra los abusos del clero ya mencionados. Sus cartas, que se cuentan en 245 en número, son casi todas del periodo del segundo exilio, dando un interesante resumen de su vida y trabajos. La liturgia que lleva su nombre no es suya, como tampoco lo es la 'Obra incompleta sobre Mateo' de cincuenta y cuatro sermones, compuesta por un arriano hacia finales del siglo VI.
Su importancia y doctrina.
La importancia de Crisóstomo no yace en el dominio de la teología, en la que tuvo poca influencia sobre su desarrollo. Fue eminentemente un hombre práctico, dejando huella por la enseñanza práctica. Como discípulo de la escuela de Antioquía mostró a lo largo de toda su vida la característica de esa escuela. El alumno de Diodoro de Tarso es fácilmente reconocible en su sobria exégesis, ocupado en determinar el sentido literal de su texto. Constantemente preocupado por las necesidades de su rebaño, no llevó los principios exegéticos de esa escuela hasta extremos como los encontrados en los comentarios de Teodoro de Mopsuestia, siendo más bien un maestro en el arte de extraer verdades prácticas para el día a día de la Escritura. Por eso sus sermones sobrepasan a los de Orígenes en valor práctico, aunque son inferiores en penetración especulativa. La suya no era una mente sistemática, dejando el desarrollo lógico del dogma a otros. Allí donde la Iglesia se había pronunciado, la cuestión estaba cerrada para él. Se puso del lado de la teología nicena, estando presto a defenderla ante sus atacantes. Para entender esta postura hay que captar las dificultades en las que fueron puestos los maestros de la iglesia de Antioquía, teniendo que contender no sólo contra paganos y judíos sino también contra sectas cristianas de toda índole, como novacianos, arrianos, maniqueos, gnósticos y muchos otros. En su antropología y soteriología Crisóstomo representa fielmente la enseñanza de Diodoro. El hombre, consistente de cuerpo y alma, está dispuesto hacia el bien y hacia el mal, no habiendo lugar para el dualismo maniqueo. Para el desarrollo del primer hombre, creado perfecto e inmortal por Dios, la posesión del libre albedrío fue fatal. No sabiendo usar su libertad, el hombre se rebeló contra Dios, atrayendo sobre sí mismo la corrupción de la mortalidad, propagándose el pecado desde nuestros primeros padres a toda la raza, lo que no le impide contradecir que el pecado sea parte integral de nuestra naturaleza. Como consecuencia del pecado siguió la muerte. Desde esta posición el hombre obtiene el bien por medio de su libre albedrío, al cual se vuelve desde el mal; pero esto sólo es posible por la gracia divina. Sin embargo, esta operación de gracia no obstaculiza nuestro libre albedrío; nuestra propia decisión viene primero y luego Dios comienza a hacer su parte. Que Oriente tomara poco interés en la controversia sobre la gracia se debe en gran medida a la posición asumida por la escuela de Antioquía y especialmente por Crisóstomo. Su inclinación ascética se muestra no sólo en sus primeros escritos, sino en muchos pasajes de sus sermones. Su doctrina eucarística es especialmente notoria. Afirma enfáticamente la identidad del pan y del vino con el cuerpo y sangre de Cristo, yendo tan lejos como para afirmar que Cristo bebió su propia sangre en la institución. El cambio se produce por las palabras de la institución repetidas por el sacerdote, siendo su operación análoga a las palabras de la creación dichas por Dios. La consecuencia de esta idea sobre la concepción de su oficio es obvia, siendo su influencia importante sobre las generaciones venideras en este punto. Hay que añadir que nunca tuvo la oportunidad de desarrollar sus pensamientos más cuidadosamente; los pronunció en sermones de los cuales sólo una pequeña parte eran preparados de antemano, no recibiendo tal vez revisión completa tras haber sido escritos. Lo que hacía su predicación tan poderosa era no sólo la fuerza retórica innata que indudablemente poseía, sino también su habilidad para iluminar las preguntas de la vida diaria desde las Escrituras, guiando a los hombres en su paso por el mundo. Él podía atreverse a predicar a su manera 'y no como los escribas'. Valientemente reprendió al rico, hasta tal extremo que fue culpado por ello, y no tuvo temor de desagradar a los poderosos, no reprimiéndose de declarar la verdad de Dios.
El siguiente es un pasaje que ilustra su manera de tratar un vicio:
"Nada hay más cruel; nada más infame, que la usura, tan común entre los hombres. El usurero trafica con la desgracia de los demás; se enriquece con su pobreza, y después demanda su usura como si ellos le debieran una gran obligación. Es desalmado con su deudor, pero tiene temor de aparecer como tal; cuando pretende tener la mejor inclinación por complacer a alguno, más lo aplasta y más lo reduce hasta el extremo de sus posibilidades. Le ofrece una mano y con la otra lo empuja hacia el precipicio. Ofrece ayudar a los náufragos; y en vez de guiarlos hacia puerto seguro timonea el barco hasta que lo embica con tra los arrecifes y las rocas. Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón, dice nuestro Señor. Puede que hayáis evitado muchos males provenientes de la avaricia, pero si guardáis algún apego a este vicio odioso, de poco os servirá, porque todavía seréis esclavos por muy libres que os imaginéis; y os precipitaréis desde la altura del cielo a ese lugar donde vuestro oro está escondido, y vuestros pensamientos todavía volverán a detenerse complacientemente en el dinero, las ganancias, la usura y el comercio deshonesto. ¿Qué puede haber peor que este estado miserable? No hay tiranía más triste que la del hombre que se deja subyugar por ese déspota furioso, que destruye todo lo bueno que hay en él, es decir, la nobleza de su alma. En tanto tengáis un corazón miserablemente apegado a las ganancias y a las riquezas, todo lo que se os pueda decir en cuanto a la verdad; todo consejo que se os pueda dar para proporcionaros salvación, todo será inútil. La avaricia es un mal incurable, un fuego que siempre arde, una tiranía que se extiende a diestra y siniestra; porque, quien en esta vida es esclavo del dinero, se carga con cadenas y su destino es cargar con cadenas más pesadas aún, en la vida que ha de venir."
