Historia

CUNNINGHAM, WILLIAM (1805-1861)

William Cunningham, teólogo escocés, nació en Hamilton, Larnarkshire, Inglaterra, el 2 de octubre de 1805 y murió en Edimburgo, Escocia, el 14 de diciembre de 1861.

William Cunningham, por William Bonnar
William Cunningham, por William Bonnar
Estudió en Edimburgo, licenciándose en 1828; se estableció como ministro en Greenock en 1830; fue trasladado a Trinity College Church, Edimburgo, en 1834; fue nombrado profesor en New College en 1843 y principal en 1847. Se entregó con gran energía a la lucha en la Iglesia de Escocia, que comenzó a tornarse seria hacia el tiempo de su establecimiento en Edimburgo. Por su saber eclesiástico y su poder en el debate encontró un espléndido campo, según avanzaba la lucha, en el conflicto con hombres tan entendidos como Lord Medwyn y Sir William Hamilton. Cuando fue nombrado profesor se le pidió por la Asamblea General que fuera a América y aprendiera los métodos de estudio seguidos allí, haciendo estrechas amistades. En teología era totalmente calvinista. Sus obras (principalmente póstumas) fueron: Historical Theology (2 volúmenes, Edimburgo, 1862); The Reformers and the Theology of the Reformation (1862); Discussions on Church Principles (1863); Sermons from 1828 to 1860 (1872); Lectures on Subjects Connected with Natural Theology (Londres, 1878).Estudió en Edimburgo, licenciándose en 1828; se estableció como ministro en Greenock en 1830; fue trasladado a Trinity College Church, Edimburgo, en 1834; fue nombrado profesor en New College en 1843 y principal en 1847. Se entregó con gran energía a la lucha en la Iglesia de Escocia, que comenzó a tornarse seria hacia el tiempo de su establecimiento en Edimburgo. Por su saber eclesiástico y su poder en el debate encontró un espléndido campo, según avanzaba la lucha, en el conflicto con hombres tan entendidos como Lord Medwyn y Sir William Hamilton. Cuando fue nombrado profesor se le pidió por la Asamblea General que fuera a América y aprendiera los métodos de estudio seguidos allí, haciendo estrechas amistades. En teología era totalmente calvinista. Sus obras (principalmente póstumas) fueron: Historical Theology (2 volúmenes, Edimburgo, 1862); The Reformers and the Theology of the Reformation (1862); Discussions on Church Principles (1863); Sermons from 1828 to 1860 (1872); Lectures on Subjects Connected with Natural Theology (Londres, 1878).

De su obra Sermons from 1828 to 1860 procede el siguiente texto:

"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios;[…]Efesios 2:8).

Consideremos ahora,... brevemente, el efecto de la fe al unirnos a Cristo y así, salvar el alma. Se habla mucho en la Escritura sobre el tema de la fe -de su gran importancia y de su necesidad indispensable para la salvación-. Leemos: "El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado" (El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado.[…]Marcos 16:16). Es la fe la que hace cristiano a un hombre, la que produce todas aquellas cosas que acompañan a la salvación, esa salvación que es el punto de inflexión de la existencia de un hombre, esa salvación que lo libera de la autoridad del diablo y lo traslada al reino del amado Hijo de Dios.

La fe ocupa este importante lugar en nuestra salvación porque nos une a Cristo. Nos lo dice el Apóstol, expresamente, en de manera que Cristo more por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en amor,[…]Efesios 3:17, donde está escrito: "Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones". Esta unión de los creyentes a Cristo, efectuada por la fe, es ciertamente mencionada con frecuencia en el Nuevo "Testamento. La naturaleza de la misma nos es presentada por medio de todos los modos de expresión y descripción adecuados para transmitir la más fuerte impresión de su cercanía e importancia.

Por cuanto agradó al Padre que en Cristo "habitase toda plenitud" (Porque agradó al Padre que en El habitara toda la plenitud,[…]Colosenses 1:19) y sólo de Él puede derivarse cualquier porción de esta "plenitud". El Pacto de Redención' se hizo entre el Padre y el Hijo, pues el hombre no era parte directa ni principal del mismo. Así como Cristo cumplió las condiciones de este pacto, todas las bendiciones que el pacto aseguraba le fueron otorgadas a Él y continúan en su posesión. En todo lo relacionado con este pacto eterno, Él actuó como la Cabeza y Fiador de su pueblo en el nombre y lugar de ellos. Él tomó el lugar de ellos, aceptando sufrir lo que ellos debían haber sufrido y pagar por ellos lo que era necesario para su salvación, lo cual, ellos por sí mismos, nunca podrían haber ganado. Él fue aceptado por Dios como Fiador y Sustituto de todos aquellos que después creyeran en Él y Él fue tratado en consecuencia.

Ahora, cuando un hombre cree en Cristo, está, según la designación de Dios, unido a Él. Se forma una unión entre ellos. Dios lo considera como si fuera Cristo y lo trata como si hubiera sufrido el castigo por sus pecados, el cual Cristo soportó en su lugar -como si hubiera realizado en su propia persona, esa plena y perfecta obediencia a la Ley divina que la conducta de nuestro Salvador exhibió-. Es esta imputación de los sufrimientos de Cristo y de su justicia o, como es llamada a menudo, su obediencia activa y pasiva -es esta comunión de sufrimiento y de mérito en la cual consiste, principalmente, la unión de los creyentes con Cristo-. Esta unión y comunión con Él es el fundamento de su salvación en todas sus partes y en todos sus aspectos. Cuando creen en Él, Dios los considera como uno con Él -como si hubieran ofrecido lo que Él ha sufrido, como si hubieran hecho lo que Él ha hecho, como si hubieran pagado la pena por sus pecados y hubieran ganado un derecho al favor de Él.

Viéndolos así unidos a Cristo ---como uno con Él Dios les concede las bendiciones que Cristo compró para todos los que creyeran en su Nombre. Obtienen por la fe el perdón de sus pecados, la aceptación de Dios como personas justas, la renovación' y santificación de su naturaleza y, finalmente, una herencia entre los santificados. Cristo es la gran Cabeza de influencia: Todas las bendiciones espirituales son los frutos de su adquisición. Sólo permaneciendo en Él es que podemos producir frutos para vida eterna como está escrito: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto" (Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.[…]Juan 15:5).

Ve ahora la gran importancia de la fe en la salvación de los pecadores. Es el instrumento por medio del cual recibimos todo lo necesario para nuestra paz. Nadie puede ser salvo sin ella y todo el que la tenga, será salvo con toda seguridad. Está relacionado en las declaraciones de la Palabra de Dios con casi todas las bendiciones que se mencionan como importantes y valiosas, como el origen del cual todas se derivan, el instrumento por medio del cual todas se reciben. Es el Espíritu Santo el que forma la unión entre Cristo y los creyentes, y la fe forjada en sus corazones por su poder omnipotente es el lazo que los une y forma el vínculo de unión.

Aunque la salvación es por la fe, es al mismo tiempo, "por gracia" (Ef. 2:5, 8). Debe atribuirse, enteramente, al favor gratuito e inmerecido de Dios. No hay nada en la fe como gracia o virtud, como un acto nuestro, que merezca algo de las manos de Dios [o] que merezcamos algo para nosotros... La fe, vista como una obra o acto nuestro, no podría por sí misma, procurarnos el perdón del pecado ni siquiera el arrepentimiento, si eso también estuviera en nuestro poder. Mucho menos -[incluso si] nosotros pudiéramos creer por nuestras propias fuerzas podría merecernos alguna recompensa de las manos de Dios.

No es verdad, entonces, que como una obra o una gracia, la fe salve, sino que es, sencillamente, el instrumento que nos une a Cristo. Su obra es el único fundamento de nuestra salvación y de todo lo relacionado con ella. Todo se lo debemos a Él. Él nos la compró por sus propios sufrimientos y obediencia, y nos la otorga mediante su Espíritu. Por lo tanto, debemos cuidarnos, amigos, de darle a nuestra propia fe, en la obra de la salvación, el lugar que sólo le pertenece a Cristo. Cuando se atribuye la salvación a la fe, se está tan lejos de atribuir mérito a la fe que, más bien, se está renunciando expresamente a ella. En efecto, somos salvos por la fe, pero es la }e en Cristo Jesús. Nuestra fe es la que nos lleva desde nosotros mismos a Cristo, transfiriendo toda nuestra dependencia, por así decirlo, de nuestras propias obras a lo que Él ha hecho y sufrido por nosotros. Y es un acto constante de confianza, una confianza en Él para todo lo que pertenece a otro mundo. Conlleva en todo momento, una declaración de nuestra total incapacidad para hacer algo por nosotros mismos. Por lo tanto, la salvación por la fe, no sólo es totalmente compatible con la salvación por gracia, sino que además, como nos dice el Apóstol, es por fe para que ésta pueda ser por gracia. No sólo son coherentes entre sí, sino que una proporciona la ilustración más sorprendente de la otra. Nada podría haber establecido más plenamente o ilustrado más claramente, la gracia gratuita del Evangelio que hacer que nuestra salvación dependa de la fe porque la fe, además de ser originalmente, don de Dios, es una apelación constante a su intervención: Es tanto en forma como en sustancia, un arrojarnos enteramente y sin reservas sobre su misericordia a través de Cristo y descansar sólo en Él. Creemos en el Señor Jesucristo y somos salvos.