Karl Daub nació en Cassel el 20 de marzo de 1765 y murió en Heidelberg el 22 de noviembre de 1836.
Karl DaubEstudió en su ciudad natal y en Marburgo, donde fue docente privado en 1791, enseñando sobre filosofía, filología y teología. Sospechoso de kantianismo en teología, fue trasladado en 1794 a una escuela en Hanau como profesor de filosofía, pero al año siguiente fue llamado a Heidelberg como profesor de teología. Su posición fue primeramente kantiana y en este espíritu escribió su Lehrbuch der Katechetik (Heidelberg, 1801), insistiendo en una base ética de la religión, una distinción firme entre la religión legalista y la religión de la razón, un énfasis sobre la importancia práctica de la Biblia y un rechazo de lo sobrenatural. Sin embargo, incluso en este libro hay huellas de insatisfacción con la posición kantiana y en Heidelberger Studien, que editó en colaboración con Georg Friedrich Creuzer tras 1805, reconoció su conversión a los principios de Schelling. Ahora estimaba la religión como puramente objetiva, asumiendo formas distintas según las características raciales e individuales. El cristianismo es una religión popular, representada en el lado del culto por el catolicismo y en el lado de la doctrina por el protestantismo; cualquier unificación de esos dos elementos en una sola iglesia llevaría, en su opinión, a la destrucción de la nación alemana. Este cambio de idea está plenamente desarrollado en su Theologumena (1806) y Einleitung in das Studium der Dogmatik (1810). Rechazando el sobrenaturalismo y el racionalismo, asumió un fundamento especulativo, implicando por este término que el concepto de Dios debe formar el fundamento, mientras que la religión es la revelación de Dios en el alma del hombre y obtiene la perfección sólo en el cristianismo. Ya que a partir de sus premisas Daub no pudo asumir el origen del mundo separado de Dios, se vio obligado a definir el universo como si tuviera sólo la apariencia del ser. La creación la entiende en forma platónica, al igual que la caída y la expiación fueron, por consiguiente, la reconciliación del mundo con Dios, en un proceso que fue metafísico más que ético. En su interpretación del Cristo histórico, Daub estimó las definiciones de la Biblia y la Iglesia sobre la personalidad y hechos de Cristo como declaraciones simbólicas del proceso general cósmico y metafísico, mientras que, por otro lado, la personalidad y hechos de Jesús de Nazaret los toma como históricos y los contempla como la perfección del concepto de la encarnación y la expiación.
El punto débil del sistema de Daub fue su ignorancia del problema del mal, lo que le llevó a otra etapa de desarrollo, que fue presentada en Judas Ischarioth, oder Betrachtungen über das Böse im Verhältniss zum Guten (2 partes, 1816-18), que, en algún sentido, forma la antítesis directa de sus antiguas ideas. Lo histórico, que anteriormente había sido prácticamente ignorado, ahora recibió pleno reconocimiento, obsesionándose con la concepción del mal como un factor positivo de destrucción hasta tal punto que se aproximó al dualismognóstico. La necesidad de reconciliar su teoría del mal con los principios de la filosofía especulativa le obligó a avanzar la hipótesis de que el mal es un auténtico "milagro", aunque falso, al que se opone el "milagro" positivo quíntuple del bien primordial en Dios, su realización ideal en la creación y el orden del universo y finalmente la restauración del bien en un mundo distanciado de Dios, por su encarnación y la absoluta impecabilidad de Cristo, el Hijo de Dios. Con todas sus excentricidades, este libro fue la obra más capaz de su autor.
La posición final de Daub fue fuertemente hegeliana y el resultado de la especulación hegeliana y la teología ortodoxa fue, en su caso, la reencarnación de una escolástica medieval. A un largo período de inactividad siguió la publicación de su Dogmatische Theologie jetziger Zeit (1833), en el que sin piedad reveló la debilidad de la teología de su tiempo. Extravagantemente condenada y extravagantemente alabada, la obra falla por la misma falta de sentido histórico e imparcialidad que le resta valor a sus otras obras. Una impresión más agradable se obtiene de su Theologische und philosophische Vorlesungen, editada tras su muerte por T. W. Dittenberger y P. C. Marheinecke (7 volúmenes, Berlín, 1838-44), aunque no está completamente libre de sus características faltas.