Historia

DAVIES, SAMUEL (1724-1761)

Samuel Davies, presbiteriano americano y cuarto presidente del colegio de New Jersey (Princeton), nació cerca de Summit Ridge, New Castle County, Delaware, el 3 de noviembre de 1724 y murió en Princeton, New Jersey, el 4 de febrero de 1761.

Samuel Davies
Samuel Davies
Era hijo de David y Martha (Thomas) Davies, ambos de extracción galesa. Su madre determinó que el muchacho estudiara para el ministerio y con ese fin ingresó en la famosa academia de Samuel Blair, en Fagg's Manor (Londonderry), Chester County, Pensilvania. Obtuvo la licencia para predicar por el presbiterio de New Castle el 30 de julio de 1746 y el 23 de octubre de ese año se casó con Sarah Kirkpatrick. Ordenado como evangelista el 19 de febrero de 1747 fue enviado a Hanover County, Virginia. Al morir su esposa el 4 de octubre de 1748 se casó con Jean, hija de John Holt de Hanover, Virginia. En Virginia los disidentes eran mal vistos y las actividades de sus predicadores estaban sujetas a estricta vigilancia. Cuando Davies se estableció en Hanover County había muchos pleitos contra los presbiterianos por celebrar asambleas prohibidas y predicar sin licencia de la corte general. Hizo de la causa de los no conformistas la suya propia y pronto fue considerado abogado y defensor de sus derechos y libertades civiles. Aunque siempre débil de salud no ahorró a su cuerpo ni a su tiempo esfuerzo en favor de su tarea evangelizadora. Casi sin ayuda edificó una fuerte membresía presbiteriana en Virginia. Sus cultos dirigidos en siete lugares de adoración se esparcieron por cinco condados y además viajó por todo el Estado organizando reuniones de avivamiento. Fue el 'alma animadora del interés disidente en Virginia y Carolina del Norte.'

En 1753, con Gilbert Tennent, fue comisionado por el sínodo de Nueva York para ir a las islas Británicas a levantar fondos para el colegio de New Jersey, que desde su fundación en 1747 pasaba por difíciles circunstancias, y para conseguir una declaración real para que el Acta de Tolerancia se extendiera a Virginia. Los enviados tuvieron gran éxito, recaudando más de 3.000 libras, la mayor parte de los presbiterianos de Escocia. Davies, a pesar de su juventud, pues apenas tenía treinta años, se hizo famoso. En Inglaterra y Escocia predicó más de sesenta sermones, muchos de los cuales fueron ampliamente leídos. Como resultado de su obra por el colegio se hizo amigo de Jonathan Edwards, Aaron Burr y otros de sus ayudantes. Inmediatamente tras su viaje regresó a Virginia, donde a finales de 1775, gracias a su participación decisiva, se fundó el presbiterio de Hanover, el primero en Virginia.

Dos años después ocurrió la muerte del presidente Burr del colegio de New Jersey y a las pocas semanas la de su sucesor, Jonathan Edwards. Los fiduciarios, tras considerable retraso, eligieron a Samuel Davies para la presidencia. Durante un tiempo se sintió constreñido a rechazar la oferta, ya que el fraccionamiento hacía estragos entre los fiduciarios, pero finalmente, cediendo a su importunidad, asumió el cargo el 26 de julio de 1759. Menos de dos años después moría de neumonía. Durante su breve mandato realizó importantes cambios. Se elevó el nivel académico y los requerimientos de admisión se fortalecieron. Se hicieron planes para una biblioteca mejor, que fueron interrumpidos por su muerte. Aunque su carrera fue corta, Davies dejó un envidiable registro. Faltándole el trasfondo educativo de sus predecesores, logró la presidencia del colegio de New Jersey. También alcanzó reputación como el mayor predicador de su generación. Durante cincuenta años tras su muerte sus sermones fueron más leídos que los de cualquiera de sus contemporáneos.

De su sermón The Universal Judgment es el siguiente fragmento:

'Entremos ahora a la escena majestuosa. Pero, ¡ay!, ¿qué imágenes usaré para representarlo? Nada que hayamos visto, nada que hayamos oído, nada que jamás haya sucedido en el curso del tiempo puede proporcionarnos ilustraciones adecuadas. Todo es bajo y humillante, todo es débil y obsceno debajo del sol en comparación con el gran fenómeno de aquel día. Estamos tan acostumbrados a lo bajo y a las pequeñeces que es imposible elevar nuestro pensamiento a una altura apropiada. Dentro de pronto seremos espectadores atónitos de estas maravillas majestuosas, y nuestros ojos y nuestros oídos serán nuestros instructores. Pero ahora es necesario que tengamos los conceptos de ellos que puedan afectar nuestro corazón y prepararnos para la escena. Pasemos, pues, a mostrar esas representaciones que nos da la revelación divina que es nuestra única guía para este caso...
En cuanto a la persona del Juez, nos dice el salmista, Dios mismo es el Juez. Sin embargo, Cristo nos dice que el Padre no juzga a nadie, sino que ha encargado todo el juicio a su Hijo, y que le ha dado autoridad para ejecutar el juicio porque él es el Hijo del hombre. Es, por lo tanto, Cristo Jesús, el Dios-hombre, como ya lo mencioné, quien tendrá esta elevada misión. Por razones ya mencionadas, comprendemos que es muy apropiado que le fuera delegada a él. Siendo Dios y hombre, todas las ventajas de la divinidad y la humanidad se centran en él y lo hacen más digno para este oficio que si fuera únicamente Dios o únicamente hombre. Este es el juez augusto ante quien hemos de comparecer. Tal perspectiva puede inspirarnos reverencia, gozo y terror.
En cuanto a la forma de su aparición, será la apropiada para la dignidad de su persona y oficio. Brillará en todas las glorias intachables de la Divinidad y en las glorias más moderadas del hombre perfecto. Sus asistentes agregarán dignidad a su gran aparición, y la alegría de la naturaleza aumentará la solemnidad y el terror de ese día. Sus propias palabras lo describen: "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria" (Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con El, entonces se sentará en el trono de su gloria;[…]Mateo 25:31). "Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo" (7 y daros alivio a vosotros que sois afligidos, y también a nosotros, cuando el Señor Jesús sea revelado desde el cielo con sus poderosos ángeles en llama de fuego, 8 dando retribución a los que no conocen a Dios, y a los que no obedecen al evangelio[…]2 Tesalonicenses 1:7-8). Este es el juez ante quien hemos de comparecer...
Ya el Juez ha venido, el tribunal divino ha sido constituido, los muertos han resucitado. ¿Y ahora, qué sigue? Pues, ahora es la convención universal de todos los hijos de los hombres ante el tribunal divino. ¡Qué convocación augusta, qué asamblea vasta es esta! Todos los hijos de los hombres se reúnen en una numerosísima asamblea. Adán contempla la larga línea de su posteridad, y esta contempla al padre que tienen en común... En esa asamblea prodigiosa, hermanos míos, tenemos que estar ustedes y yo. No nos perderemos en el gentío, ni pasaremos desapercibidos para nuestro juez: fijará su vista en cada uno en particular como si no hubiera más que uno ante él.
Ahora el Juez ha tomado asiento. Millones de personas ansiosas permanecen de pie delante de él, esperando su condenación. Hasta entonces, no existe ninguna separación entre ellos... Pero, ¡miren! A la orden del Juez, el gentío entra en movimiento. Se separan. Se agrupan según su carácter y se dividen a la derecha y la izquierda... ¡Oh! ¡Qué separaciones sorprendentes se hacen ahora! ¡Cuántas multitudes que antes se contaban entre los santos y eran altamente estimados por otros -y por ellos mismos- debido a su consagración, ahora han sido desterrados de entre ellos y han sido colocados con los criminales temblando de terror en el lado izquierdo! ¡Y cuántas almas pobres, sinceras de corazón y desalentadas, cuyos temores aprensivos frecuentemente los habían colocado allí, se encuentran ahora con la agradable sorpresa de estar en el lado derecho de su juez quien con su sonrisa, les muestra su aprobación! ¡Cuántas conexiones se han quebrantado ahora! ¡Cuántos corazones destrozados! ¡Cuántos amigos cercanos, cuántos seres queridos, separados para siempre! Vecino de vecino, amos de sus siervos, amigo de amigo, padres de sus hijos, esposos de sus esposas... Porque, ¿quiénes son esas multitudes miserables en el lado izquierdo? Allí, por el medio de la revelación, veo al borracho, al maldiciente, al rufián, al mentiroso, al fraudulento, y a las diversas clases de pecadores profanos y lascivos. Allí veo a las familias que no claman al Señor, naciones enteras que lo olvidan. Y, ¡oh! ¡Qué multitudes vastas, cuántos millones de millones de millones son!
Pero, ¿quiénes son esos inmortales gloriosos en el lado derecho? Son los que ahora lloran por sus pecados, los resisten y abandonan. Son los que se han entregado enteramente a Dios por medio de Jesucristo, que han cumplido con entusiasmo el plan de salvación revelado en el evangelio; que han sido hechos criaturas nuevas por el soberano poder de Dios; que han intentado por todos los medios y con perseverancia obrar en su vida su propia salvación y vivir correcta, sobria y piadosamente en el mundo...
Ahora comienza el juicio. Dios juzga los secretos de los hombres a través de Jesucristo. Todas las obras de todos los hijos de los hombres serán juzgadas... ¡Qué descubrimientos extraños habrá en este juicio! ¡Qué inclinaciones nobles que nunca brillaron en toda su hermosura ante la vista mortal; qué acciones piadosas y nobles escondidas detrás del velo de la modestia; qué aspiraciones afectuosas, qué devotos ejercicios del corazón vistos solo por los ojos de Omnisciencia, son ahora traídos a plena luz para recibir la aprobación del juez supremo ante el universo reunido!
Pero, por otro lado, ¡qué obras vergonzosas y tenebrosas; qué deshonestidades secretas; qué nefastos secretos de traiciones, hipocresías, lascivias y diversas formas de maldad, astuta y cuidadosamente escondidos de la vista humana; qué explotaciones horribles de pecado ahora se iluminan de todos los colores infernales para confusión de los culpables y asombro y horror del universo! ¡Sí, la historia de la humanidad parecerá ser entonces los anales del infierno o la biografía de los demonios! Allí la marca de la hipocresía será arrancada. Caracteres nebulosos se verán con claridad, y tanto los hombres como las cosas se verán como realmente son. ¿No les horroriza a algunos de ustedes la perspectiva de tal descubrimiento? Porque muchas de sus acciones, y en especial sus corazones, no aguantarán la luz. ¡Cómo les desconcertaría si fueran publicados ahora, aun en el pequeño círculo de sus conocidos! ¿Cómo pueden, entonces, soportar que sean expuestos totalmente delante de Dios, los ángeles y los hombres?
Llegamos ahora a la gran crisis, a lo que el estado eterno de toda la humanidad depende. Me refiero a dictar la gran sentencia decisiva. Cielo y tierra guardan silencio y escuchan atentamente mientras el juez, con rostro sonriente y una voz más dulce que una música celestial, se vuelve a la gloriosa compañía a su derecha y derrama todas las alegrías del cielo en sus almas en esa extática frase de la cual en su gracia nos dejó una copia. "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo" (Entonces el Rey dirá a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.[…]Mateo 25:34). Cada palabra está llena de énfasis, llena del cielo y coincide exactamente con los deseos de aquellos a quienes va dirigida. Ellos deseaban, anhelaban y ansiaban estar cerca de su Señor. Ahora su Señor les invita: "Acérquense a mí, y moren conmigo para siempre". No anhelaban otra cosa que la bendición de Dios, no temían más que su maldición. Ahora sus temores han sido totalmente eliminados, y sus deseos totalmente cumplidos porque el juez supremo los pronuncia benditos de su Padre. Habían sido pobres en espíritu, la mayoría de ellos pobres en este mundo, y todos conscientes de su falta de mérito. ¡Qué contentos están entonces ante la sorpresa de oír que son... invitados a heredar un reino, como príncipes de sangre real nacidos para los tronos y coronas!... Pero ¡escuchen! Otra sentencia es pronunciada como un trueno vengador por un Juez airado. ¡La naturaleza lanza un profundo y tremendo gemido! ¡Los cielos se oscurecen y quedan en tinieblas, la tierra tiembla, y los millones de culpables languidecen con horror ante su sonido! Y vean, Aquel cuyas palabras son obras, cuyo puño produjo de la nada los mundos, Aquel que puede reducir diez mil mundos a la nada con son solo fruncir su seno- Aquel cuyo trueno venció la insurrección de ángeles rebeldes en el cielo y los lanzó de cabeza a las profundidades del infierno; vean, se vuelve a su izquierda, hacia el gentío culpable. Su rostro denota la justa indignación que late en su pecho. Su rostro se muestra inexorable, que no hay ya lugar para oraciones y lágrimas. Ahora ya ha pasado la hora dulce, gentil, mediadora, y nada aparece más que la majestad y el terror del juez. Horror y tinieblas surcan su frente, y de sus ojos salen relámpagos vindicadores. Ahora - ¡Oh! ¡Quién puede tolerar el rugido! El Señor habla: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles" (Entonces dirá también a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles.[…]Mateo 25:41). ¡Oh, el énfasis cortante de cada palabra! ¡Apartaos! ¡Apartaos de mí! De mí, el autor de todo lo bueno, la fuente de toda felicidad. Apartados de mí con todo mi profunda y total maldición sobre vosotros. Apartaos al fuego, al fuego eternal preparado, abastecido de combustible y que arde con furia, preparado para el diablo y sus ángeles.'