Historia

DECIO, CAYO MESIO QUINTO TRAJANO (c. 200-251)

Cayo Mesio Quinto Trajano Decio nació cerca de Sirmio hacia el año 200, en una familia romana o romanizada, y murió en las marismas de Dobrudja, Rumanía, en el verano u otoño de 251.

Busto de Decio, Museo Capitolino, Roma
Busto de Decio,
Museo Capitolino, Roma
Comenzó su carrera en el ejército, siendo gobernador de Dacia y Moesia bajo Felipe el Árabe, quien lo puso al mando de las fuerzas que envió para aplastar la invasión goda. Desanimado por sus derrotas, el ejército del Danubio le proclamó Augusto en 249 y su victoria en Verona, en la que cayó el emperador Felipe, le proporcionó el trono ese mismo año. Decio era esencialmente un soldado, dispuesto a fortalecer y reavivar las fuerzas morales y religiosas que todavía existían, pero le faltó percepción política y fue incapaz de procurar resultados permanentes durante su breve reinado. Una nueva incursión de los godos le hizo tener que dejar otra vez Italia y Roma para ir a los países del Danubio, donde cayó tras una serie de desastrosas batallas.

En el curso de su turbulento reinado Decio comenzó una persecución contra los cristianos que amenazó la Iglesia más que ninguna anterior. La política religiosa de Felipe, quien había favorecido a los cristianos, puede haber hecho que el nuevo emperador los contemplara como sus oponentes, pero un fuerte motivo fue su personal tendencia anti-cristiana, basada en su adherencia a la antigua fe y dirigida primordialmente contra el clero. Es también probable que el censor Valeriano, quien posteriormente sería emperador, y a quien Decio favorecía grandemente, fuera activo en esta persecución, requiriéndose que como principal magistrado civil la llevara a cabo. Por tanto, es con justicia que la tradición cristiana combinó el nombre del emperador con el de su principal oficial. Incluso es posible que Valeriano fuera el verdadero dirigente. La represión, que parece haber comenzado hacia finales de 249, y que duró, al menos en parte, hasta la caída de Decio, fue premeditada desde el mismo principio, mientras que la uniformidad de su ejecución se muestra por los informes del norte de África, Roma, Egipto y Asia Menor. Todos, sin excepción, fueron obligados a ofrecer sacrificios. Sin embargo, en caso de rechazo los procedimientos posteriores se dejaban a la discreción del juez y los castigos que eran infligidos oscilaban desde el castigo leve hasta la muerte, algunas veces en forma tan cruel como desnutrición, quema y lapidación. La única uniformidad observada fue el deseo de aniquilar al alto clero, por lo que muchos obispos, como en Roma, Antioquía y Jerusalén, sufrieron el martirio, mientras que otros se salvaron huyendo. La actitud de los laicos fue, en conjunto, débil. Orígenes fue torturado y el cuadro general de devastación está descrito por los presbíteros romanos con las palabras (Cipriano, Epist., xxx. 5): "Mirad a casi todo el mundo devastado y observad que los restos y las ruinas de los caídos yacen por todas partes." Esas condiciones dieron origen al difícil problema de la actitud de la Iglesia hacia los lapsed, entre los cuales los denominados libellatici aparecen ahora por vez primera en la historia de la persecución de los cristianos, aunque aquellos que flaquearon también fueron contrabalanceados por muchas almas valientes y firmes.

En vista de su destructivo efecto la persecución de Decio ha sido siempre contemplada como de extraordinaria severidad. No obstante, esta persecución no fue general en alcance, aunque pretendió serlo. En muchos lugares los edictos imperiales fueron desestimados y en otros ejecutados sólo formalmente. Las turbulentas condiciones políticas del período no permitían una acción uniforme y rígida, por lo que la persecución de Decio fue meramente transitoria.

«Tan terrible decreto, nos sumergió a todos en la mayor consternación. Varios de los miembros más distinguidos de la Iglesia fueron los primeros en someterse. Unos por propio temor, o empujados por los parientes o amigos, se presentaron individualmente; mientras que otros quisieron presentarse como funcionarios públicos, en virtud de sus cargos. Cada cual, al ser llamado, se acercaba y sacrificaba. Algunos estaban tan pálidos y temblorosos, que más parecían víctimas que sacrificadores, por lo que eran objeto de la burla del populacho que los suponía con tanto miedo de sacrificar como de morir. Otros al contrario, sacrificaban con tal apresuramiento, que afirmaban atrevidamente no haber sido nunca cristianos. En cuanto al pueblo cristiano, una parte siguió el mal ejemplo dado por la gente principal; mientras que otra, buscó su salvación en la huida. De los que fueron presos, unos mostraron su fortaleza, hasta que tuvieron las manos encadenadas con las esposas; otros permanecieron firmes hasta después de algunos días de cárcel, pero abjuraron antes de comparecer ante el tribunal; mientras que varios que habían sufrido algunos tormentos, acabaron por ceder. También hubo cristianos que permanecieron firmes como si fueran columnas benditas del Señor, que fortalecidos por Él, soportaron los padecimientos con una constancia digna de su fe y fueron hechos testigos admirables de la verdad y de su reino.»
(Eusebio, Hist. eccl., VI. xli)