Froilán Díaz, dominico y confesor de Carlos II de España, célebre por su desgraciada intervención en los escandalosos hechos de los últimos años del reinado de aquel monarca y por el ruidoso proceso de que fue objeto, murió en 1709.
Froilán DíazEn 1667 fue nombrado confesor del rey y cuando comenzaron a circular rumores de que aquél estaba hechizado, Froilán, hombre de buena fe, pero tan falto de ilustración como corto de alcances, en lugar de desvanecerlos, contribuyó a robustecerlos. El inquisidor general Rocaberti se puso de acuerdo con Froilán para que le ayudara en sus investigaciones para descubrir los males del rey, entablando correspondencia con fray Antonio Álvarez de Argüelles, famoso exorcizador. Se llevó a cabo el acto de expulsar los demonios del cuerpo del desdichado monarca y éstos declararon que la culpa de todo la tenía la madre del rey, ya difunta, su esposa y otras personalidades del partido austriaco. Esta facción quiso sostener también la lucha en el mismo terreno y envió de Alemania a fray Mauro Tenda, célebre también por sus conjuros; el rey fue sometido de nuevo a los exorcismos que acabaron de perturbar su débil inteligencia y esta vez los demonios lanzaron tremendas acusaciones contra los del partido francés. Enterada la reina de tantas y tan indignas farsas, denunció a Froilán a la Inquisición, consiguiendo que fuese separado del cargo de confesor y que se le entablase proceso (1700), pero en lugar de comparecer ante el superior de su convento de Valladolid, como lo tenía mandado, se refugió en Roma. Reclamado por el embajador español, tuvo que regresar a España y fue preso en Cartagena por los alguaciles de la Inquisición. La junta de cinco calificadores reunida para juzgarle fue favorable al reo y el consejo en pleno sobreseyó la causa, pero discrepó de tal opinión el inquisidor general y pidió y obtuvo auto de prisión para Froilán, que los consejeros se negaron a firmar. El inquisidor mandó entonces prender a tres de los consejeros y al secretario, lo que produjo el escándalo que es de suponer y motivó la intervención del general de la orden dominica. Después de la muerte de Carlos II continuó preso su antiguo confesor, que hasta el 17 de noviembre de 1704 no recobró la libertad y con ella su plaza de ministro del consejo del Santo Oficio y el derecho a ocupar una celda en el convento del Rosario, inherente a todos los confesores del rey.