Everard Digby, célebre conspirador inglés, nació en 1578 y murió ejecutado en Londres el 30 de enero de 1606.
Everard DigbyPertenecía a una de las familias más ilustres del condado de Rutland y se distinguió en su juventud por su extraordinaria fuerza física y por sus condiciones y afición a los deportes. Desde 1599 contrajo amistad con el jesuitaJohn Gerard, que le convirtió al catolicismo, figurando entre los que reclamaron la subida al trono de Jacobo I, pero que no le perdonaron su apostasía al abjurar del catolicismo, por lo que fue uno de los miembros más activos e importantes que tomaron parte en la famosa Conspiración de la Pólvora, que se proponía volar el parlamento cuando estuvieran reunidos en su recinto, con motivo de su apertura, el rey, los príncipes, la corte y los diputados. Contribuyó con 1.500 libras esterlinas a los gastos de la conjura y escondió en su casa a Fawkes, que debía realizar el atentado, siendo encarcelado en la Torre de Londres al descubrirse la trama; después de que el parlamento volara, el papel de Digby sería el de levantar la nobleza católica de los Midlands. Abortada aquella conspiración, cayó prisionero, después de su novelesca fuga a través de los bosques, siendo condenado a muerte y decapitado detrás de la catedral de San Pablo. Antes de morir se mostró arrepentido y ante sus jueces solicitó que le perdonaran, comprendiendo las consecuencias que podía tener aquel acto, del que se confesó único culpable, añadiendo que la intolerancia del gobierno con los católicos había sido la causa que entrara en la conspiración. Estuvo casado con una rica heredera llamada Mary, hija del conde de Mulsho. Antes de ir al cadalso dejó escritas unas notas con zumo de limón, enviadas más tarde a la viuda, descubiertas en 1675, en las que mostraba la pena que sentía por haber tomado parte en aquel terrible intento, cuyo enorme alcance no comprendió en un principio. Estas cartas se añadieron en 1678 al legajo referente a la conspiración de los barriles de pólvora. En ellas dirigió también tiernas despedidas a sus dos hijos Kenelm y John, recomendando que no se las entregaran hasta que estuviesen en edad de comprenderlas.